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Sumisa de la hija de mi amiga 9

Elena lleva un secreto que pesa más que su propia dignidad: un plug anal y una sumisión absoluta hacia Sofía, la novia de su hija. Cuando la frontera entre la amistad, la traición y el placer se desdibuja, Elena descubre que su verdadera liberación no está en negar su deseo, sino en abrazar la humillación más absoluta.

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La puerta de mi casa se cerró detrás de mí con un sonido sordo, aislando el mundo exterior y su cruda luz. El contraste con el espacio cargado de perversión y dominio del que acababa de salir era tan brutal. El olor a orina de Sofía, que se había secado en mi piel, me seguía como un fantasma húmedo y vergonzante, una marca invisible que proclamaba mi sumisión a cualquier espíritu sensible que pasara a mi lado.

Subí las escaleras directamente al baño, encerrándome con llave. Al encender la luz, me enfrenté de nuevo a mi reflejo. Mostraba con nitidez la mirada de una mujer que había traspasado demasiados límites y que, para su propia perplejidad, seguía encontrando un eco de excitación en el fondo del agotamiento.

Me quité el vestido, esa prenda inocente que había sido testigo mudo de mi humillación final en el recibidor de Marta, y lo tiré al cesto de la ropa sucia. La sensación del plug, ahora familiar y constante, se intensificó con la desnudez.

La ducha fue un ritual de purga y reafirmación. El agua caliente cayó sobre mi cuerpo, arrastrando el olor de las secreciones secas que mi ama había dejado sobre mi piel madura. Me restregué con fuerza, frotando hasta enrojecerla, pero sabía que algunas manchas no saldrían con jabón. Eran interiores.

Mientras el agua corría, repasé mentalmente cada orden, cada transgresión. La imagen de Sofía de pie sobre mí en la ducha, vaciando su vejiga con una expresión de poder absoluto, me hizo estremecer, y no solo de horror. Una parte de mí, la Vaquita, se regodeaba en ello. Era suya, marcada por dentro y por fuera.

Al salir, me coloqué de nuevo el plug. Ya no era solo una orden; era una parte de mi nueva anatomía, la prueba física de a quién pertenecía. Al vestirme con ropa de casa, cómoda y anodina, la sensación de plenitud y sometimiento era un recordatorio constante.

Al bajar, encontré a Laura en el salón, arrebujada en el sofá con el semblante oscuro. La televisión estaba encendida, pero sus ojos estaban perdidos en la pantalla sin verla.

—Hija —dije, sentándome a su lado—. Tenemos que hablar.

Ella esbozó una mueca.

—¿De qué? ¿De lo felices que vamos a ser todos ahora que mi mejor amiga se folla a mi hermana pequeña y vosotras lo celebráis como si hubiera ganado la lotería?

Su crudeza me golpeó, pero no podía reprochársela. Yo era la reina de la doble vida, la experta en crudezas inconfesables. Pensé para mí, 'si supieras, a quien se folla también tu amiga...'.

—Laura, por favor. Intenta entenderlo. Raquel es feliz. Tenemos que apoyarla.

—¡Sofía es mi amiga! —estalló, girándose hacia mí con los ojos brillantes de lágrimas de rabia—. ¡Era mi amiga! ¿Y ahora? ¿Es mi cuñada?... es raro, mamá. Es todo muy raro. Y lo que más me duele es que tú... tú lo aceptes tan fácilmente. Parece que te alegra.

Su observación me atravesó. Tenía razón. Mi aceptación había sido demasiado rápida, demasiado ferviente, porque estaba cimentada en un secreto monstruoso que ella no podía ni imaginar. Tenía que facilitar la relación de mi ama, aún a costa de actuar de manera distinta de como lo haría una madre.

—No es fácil, cariño —dije, eligiendo mis palabras con cuidado—. Pero he cambiado. En los últimos tiempos... he aprendido a ver las cosas de otra manera. He comprendido que la vida es demasiado corta para vivirla según las expectativas de los demás. Lo único que de verdad me importa ahora es que mis hijas sean felices. Que tú y Raquel lo sean. El resto... cada vez me importa menos.

Era una verdad a medias envenenada. Mi cambio era real, pero había nacido de la sumisión y la lujuria, no de una epifanía espiritual. Laura me miró, buscando en mis ojos la sinceridad. Debí de parecérselo, porque la tensión en sus hombros cedió un poco. Un sollozo escapó de su garganta y se dejó caer contra mí.

—Es que no lo entiendo, mamá —lloriqueó, su voz quebrada contra mi hombro—. Me siento traicionada, verlas juntas me duele.

La abracé fuerte, sintiendo el contraste entre su dolor puro y mi consuelo corrupto. Yo era su madre, su roca, y al mismo tiempo, la amante sumisa de la chica que le estaba rompiendo el corazón. La culpa era un peso frío en mi estómago, pero incluso entonces, el plug en mi interior parecía latir, recordándome mi verdadera lealtad.

—Todo irá bien, mi niña —susurré, acariciándole el pelo—. Dale tiempo, todo se calmará y lo veremos de otra manera.

Esa noche, en la cama, Carlos se volvió hacia mí. Su mano, grande y familiar, se deslizó por mi cintura en un gesto que antes me resultaba reconfortante y ahora me ponía en tensión.

—Elena —murmuró, su voz ronca por el sueño—. Hace tiempo...

Su deseo era palpable. Yo no quería. Mi cuerpo, mi mente, todo en mí le pertenecía a Sofía. Pero la lógica, el miedo a levantar sospechas, fue más fuerte. Una esposa normal tendría sexo con su marido. Yo tenía que interpretar el papel.

—Espera un momento, cariño —dije, besando su mejilla y saliendo de la cama—. Voy al baño.

Una vez allí, con la puerta cerrada, tomé el móvil con manos temblorosas. Escribirle a Sofía para esto era la humillación más íntima, la confirmación de que ni mi propio lecho conyugal era un territorio libre de su dominio.

«Ama... Carlos quiere tener sexo. ¿Me das permiso?»

El visto azul apareció al instante. Mi corazón se encogió esperando su respuesta. Llegó en segundos.

«Puedes. Pero con condón. No quiero que te llene con su semen. Ese sitio es mío. Y hazlo rápido.»

Un alivio agridulce me invadió. Tenía permiso, pero con condiciones. Era lo más parecido a una bendición que podía esperar.

«Sí, Ama. Gracias.»

Antes de volver a la cama me retiré el plug anal y lo dejé escondido en el baño. Estuve pensando como podría convencer a mi marido para usar preservativo. Cuando llegué Carlos ya estaba desnudo y me miró expectante.

—Cariño, lo siento —dije, tratando de sonar avergonzada—. He estado hoy en la ginecóloga. Tengo una pequeña infección, nada grave, pero me ha dicho que debemos usar preservativo estas semanas, por si acaso.

La mentira salió con una facilidad aterradora. Carlos frunció el ceño, decepcionado.

—Vaya... —refunfuñó—. ¿En serio? Así no se siente igual.

—Lo sé. A mí me encantaría poderlo hacer de otra manera—mentí—. Pero es mejor prevenir.

Asintió, resignado, y buscó en el cajón de la mesilla y extrajo un condón. Mientras se lo ponía observaba su pene, nada q ver con el tamaño del "pollón" de Sofía.

El acto fue mecánico, vacío. Mientras él se movía sobre mí, yo cerré los ojos y me transporté a otro lugar. No era la cama de mi casa, era la habitación de hotel, o la cama de Marta. No eran las manos de Carlos las que me tocaban, eran las de Sofía, más firmes, más seguras, más exigentes. Cada gemido de Carlos lo ahogaba en mi mente con el recuerdo de las órdenes de mi Ama. Mi cuerpo respondió lo justo para no resultar extraño, pero mi mente estaba en otra parte, en un mundo de oscuridad y sumisión donde yo era deseada, poseída y usada de una manera que Carlos nunca podría comprender.

Cuando terminó, satisfecho y rendido, se dio la vuelta y pronto se durmió. Yo me quedé mirando al techo. En la mesita de noche descansaba arrugado el preservativo usado como un recordatorio grotesco de la farsa que mi vida se había convertido. Lo llevé al baño para tirarlo en la papelera y recuperé el plug. Volvía a estar en su sitio, un centinela fiel en la oscuridad. Era la prueba de que, a pesar de todo, a pesar de quien estuviera encima de mí, yo seguía siendo, por dentro y en secreto, la Vaquita de Sofía. Y en la perversa quietud de la noche, eso era el único consuelo que necesitaba.

Antes de volver a la cama envié un mensaje a Sofía.

La respuesta no tardó en llegar.

<¡Muy bien vaquita! Aquí solo te ensucio yo;)>

Con una sonrisa orgullosa y con mi compañero metálico atrás, regresé a la cama y caí agotada.

La mañana siguiente llegó teñida de una calma extraña. La rutina de desayunar con Carlos, con el plug firmemente en su sitio, había adquirido ya una sensación de normalidad distorsionada.

Mi móvil vibró junto a la taza de café. Era Marta.

«Hola, Elena. ¿Cómo estás hoy? ¿Algo más tranquila después de hablar ayer con Sofía?»

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios. "Tranquila" no era la palabra. "Poseída", "dominada" o "completamente bañada" habrían sido más exactas.

«Sí, mucho más, gracias, Marta. Fue una conversación muy... fluida.»

La elección de palabras era un guiño privado a mi Ama, sabiendo que, de alguna manera, ella aprobaría mi doble juego.

«Me alegro mucho. Oye... ¿te apetece pasarte esta tarde? Podemos tomar un café, charlar...»

El corazón me dio un vuelco. Sabía lo que esa invitación significaba en realidad. La imagen de su selfie desnuda, obsceno y directo, me vino a la mente de inmediato, y sentí un calor familiar entre mis piernas.

«Me encantaría. Paso sobre las seis.»

Colgué, sintiendo una mezcla de anticipación y una punzada de ansiedad. Iba a la casa de mi amiga, pero en realidad iba al territorio de mi Ama, a un lugar donde los límites entre la amistad y la perversión más absoluta se desdibujaban hasta desaparecer.

Llegué puntual. Marta me abrió la puerta con una sonrisa amplia y, sin mediar palabra, me atrajo hacia sí, sellando mis labios con un beso húmedo y profundo que sabía a deseo contenidos.

—Pasa, pasa —dijo, separándose un poco, con los ojos brillantes—. Las niñas están arriba. Vamos a esperar a que se vayan y...— me guiñó un ojo.

"Las niñas". Mi hija y mi Ama. La frase sonó extrañísima en mis oídos.

Hicimos tiempo en el salón, con nuestras tazas de café, hablando de trivialidades. Nuestras miradas, sin embargo, decían mucho más. Mis ojos recorrían su cuerpo, recordando cada curva que había explorado, y los suyos hacían lo mismo conmigo, con una intensidad que hacía que el aire fuera espeso y eléctrico.

Al rato, oímos pasos en las escaleras. Bajaban Sofía y Raquel, entrelazadas, con las mejillas sonrojadas y esa aura de intimidad que solo comparten los amantes recientes. Raquel se sorprendió al verme y se separó instintivamente de Sofía, un gesto de respeto o de vergüenza adolescente.

—¡Mamá! Hola, no sabía que estabas aquí —dijo, acercándose a darme un beso.

—Hola, cariño. Hola, Sofía —dije, intentando que mi voz sonara normal, mientras mis ojos se encontraban con los de mi Ama por una fracción de segundo. En ellos no había sorpresa, solo una diversión burlona.

—Hola, tía Elena —respondió Sofía con una dulzura que solo era una máscara—. Raquel y yo nos íbamos a dar un paseo, pero nos tomaremos algo aquí con vosotras antes de irnos.

—¡Claro! —intervino Marta, siempre anfitriona.

Se sentaron juntas en el sofá grande, frente a nosotras. Y entonces comenzó mi tortura personal. Sofía, con una naturalidad pasmosa, no dejaba de tocar a Raquel. Un brazo alrededor de sus hombros, una mano sobre su muslo, jugueteando con su pelo. Y luego, los besos. No eran besos apasionados, sino pequeños, dulces, en la sien, en la mejilla, en la comisura de los labios. Besos de posesión, de "es mía".

Cada uno de esos gestos era un cuchillo en mi pecho, pero un cuchillo que, de una manera retorcida, también me excitaba. Sentía unos celos amargos y voraces. Ella tenía la juventud, la inocencia, el derecho a exhibir su afecto. Yo tenía secretos sucios y un trozo de metal en el culo que me recordaba mi lugar. Sofía me miraba de vez en cuando mientras acariciaba el pelo de mi hija, y en sus ojos podía leer un mensaje claro: "Esta es mi novia, acepta tu sitio".

Raquel, al principio tímida, se fue relajando bajo su atención, sonriendo con una felicidad que era genuina y que, a su vez, me hacía sentir una madre terrible. Yo era el apoyo de mi hija, la comprensiva, mientras ardía por dentro por una razón que ella nunca podría comprender.

Cuando por fin se marcharon, el silencio que quedó en el salón era denso, cargado de todo lo no dicho. Marta y yo nos miramos. No hizo falta una palabra. La tensión de toda la tarde, el espectáculo de nuestras hijas juntas, la lujuria contenida, estalló en ese instante.

Subimos las escaleras corriendo, como dos adolescentes, y nos colamos en su habitación. La puerta ni siquiera llegó a cerrarse. Sus manos me empujaron contra la cama de matrimonio, la misma donde Sofía me había follado el día anterior, y nuestros labios se encontraron con una urgencia animal. No había timidez, ni exploración. Fue puro desenfreno.

La ropa voló por los aires. Su boca encontró mis pechos, mis "ubres" como las llamaba Sofía, y yo gemí, enterrando mis dedos en su pelo. La cama de matrimonio, el mismo escenario de mi humillación con Sofía, ahora recibía nuestros cuerpos desnudos en un torbellino de desenfreno. En un movimiento fluido, rodé sobre ella, ansiosa por devorarla a mi vez, por borrar con el sabor de su piel la imagen de Sofía besando a Raquel. Fue en ese momento, al cambiar de posición, cuando sucedió.

La mano de Marta, que acariciaba mi muslo, resbaló hacia la curva de mi trasero. Sus dedos, que buscaban aferrarse, encontraron no solo piel, sino la base fría y lisa del plug anal, firmemente incrustada en mi cuerpo. Se detuvo en seco. Todo el aire pareció salir de la habitación. Su cuerpo se tensó bajo el mío.

—Elena... —murmuró, su voz un hilo de incredulidad—. ¿Qué es... qué llevas ahí?

Mi corazón se detuvo y luego se disparó, martilleando contra mis costillas como un animal acorralado. Me separé de ella lentamente, rodando a un lado, sintiendo cómo el rubor me subía desde el pecho hasta las orejas. La mentira preparada, la excusa fácil, se desvaneció. Bajo su mirada, no había espacio para medias verdades.

—Es... un plug anal —confesé, mi voz apenas un susurro—. De mi amante.

Marta se incorporó sobre un codo, sus ojos, antes nublados por el deseo, ahora estaban despejados y llenos de una curiosidad intensa. No parecía enfadada, sino profundamente sorprendida.

—¿Un plug? ¿Y por qué... por qué lo llevas puesto ahora? —preguntó, su mirada recorriendo mi cuerpo desnudo y expuesto.

Respiré hondo, sintiendo el peso del metal dentro de mí como un testigo mudo. Esta era otra rendición, otra confesión.

—Mi amante... quiere que lo lleve siempre. Es una orden. Solo me lo puedo quitar cuando estoy en la cama con Carlos —expliqué, sabiendo lo loco que sonaba.

Los ojos de Marta se abrieron aún más, pero en lugar de rechazo, vi un destello de excitación cruzar su rostro.

—Dios mío, Elena... eso es... es una locura —susurró, pero una sonrisa lenta y lasciva comenzó a dibujarse en sus labios—. Pero... no voy a mentirte. Me parece... increíblemente excitante.

Se inclinó hacia mí, su mano volvió a posarse en mi cadera.

—Muéstramelo —pidió, su voz ahora baja y cargada de un nuevo tipo de deseo—. Abre las piernas. Quiero verlo.

Una oleada de vergüenza y excitación me recorrió. Obedecí, girándome ligeramente y separando las piernas, ofreciéndole la vista de la base del plug, donde la 'S' grabada brillaba bajo la tenue luz de la habitación.

Sus dedos rozaron el metal, y luego se detuvieron en la letra.

—¿Y esta 'S'? —preguntó, mirándome fijamente—. ¿Qué significa?

El corazón me dio un vuelco. No había preparado una respuesta para eso. La verdad —"Sofía"— era imposible. Mi mente, nublada por los nervios y una necesidad desesperada de honestidad con alguien, improvisó.

—Significa... 'Sumisa' —dije, y al decirlo en voz alta, una extraña sensación de liberación me invadió.

Marta me miró, y en sus ojos no había juicio, solo una comprensión profunda y creciente.

—Sumisa —repitió, saboreando la palabra. Luego, su mirada se suavizó—. Cuéntame, Elena. Por favor.

Y entonces, se rompió el dique. Acostada a su lado, desnuda y vulnerable, con su marca en mi interior, le confesé todo. Le hablé del aburrimiento, de la monotonía, de la chispa que se encendió en los chats oscuros de internet. Le conté, sin nombres, por supuesto, que había descubierto que me excitaba someterme, que entregar el control era la liberación más grande que había experimentado. Que esa sumisión había reavivado mi sexualidad de una manera que me volvía loca.

—Con Carlos —continué, mi voz más firme—, ya no me siento conectada. El sexo con él... es solo un trámite. Una obligación. Ya no me atrae. Pero contigo, Marta... —la miré, y vi que sus ojos brillaban con lágrimas de emoción—. Contigo he encontrado algo diferente. Alguien con quien tener un sexo libre, sin ataduras, y con quien puedo hablar de todo esto con libertad. Alguien que no me juzga.

Marta se quedó en silencio durante un largo momento, digiriendo el torrente de confesiones. Luego, alargó una mano y acarició mi mejilla.

—Te entiendo, Elena. Más de lo que crees —susurró—. Siempre me he sentido atraída por ti, desde hace años. Pero ver estos cambios en ti... es sorprendente. Y muy, muy atractivo.

Luego, su sonrisa se tornó pícara.

—Y ahora siento una curiosidad enorme por conocer a tu.. 'amante'. Debe de ser una persona fascinante.

Una punzada de pánico me atravesó. "Fascinante" era una palabra muy suave para describir a Sofía.

—Es una persona... muy discreta —dije rápidamente—. Valora mucho su privacidad. Y yo debo respetarlo.

Marta asintió, comprensiva.

—Lo entiendo. Un secreto así... es poderoso.

El ambiente en la habitación había cambiado. La lujuria inicial se había transformado en una intimidad más profunda, cargada ahora con el conocimiento de mi secreto más oscuro. La excitación, lejos de disiparse, se había intensificado, alimentada por la transgresión y la complicidad.

—Bueno —dijo Marta, su voz convertida en un susurro seductor mientras se deslizaba entre mis piernas—. Ya que estamos compartiendo secretos... deja que te muestre lo que le voy a comer a su amante.

Y, aprovechando la postura, hundió su rostro en mi entrepierna. Yo estaba ya empapada, cada nervio al rojo vivo por la confesión y su reacción. Su lengua, experta y dedicada, encontró mi clítoris sin esfuerzo. No tardé ni cinco minutos. Un orgasmo brutal, liberador, me sacudió, ahogando mis gritos en la almohada que olía a ella y, secretamente, a su hija.

Cuando logré recuperar el aliento, Marta se recostó a mi lado, con una sonrisa de superioridad satisfecha.

—Ahora tú, 'sumisa' —dijo, guiñándome un ojo y abriendo sus piernas en una invitación obscena y directa.

No necesité que me lo dijera dos veces. Me deslicé sobre ella con una devoción que no era servil, sino agradecida y ardiente. Mi lengua recorrió cada pliegue de su sexo, saboreando su esencia, lamiendo y succionando hasta que sus gemidos se convirtieron en un coro ininterrumpido de placer. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus caderas se elevaban para encontrarse con mi boca, y cómo, finalmente, se venía con un grito largo y tembloroso, sus dedos aferrándose a las sábanas.

Quedamos luego las dos desnudas, sudorosas y exhaustas, compartiendo un cigarrillo en su cama. El humo formaba espirales en el aire quieto de la habitación. No decíamos nada. No hacía falta. El plug en mi interior, la 'S' de "Sumisa", ya no era un secreto para ella. Era un vínculo más, un hilo extraño y fuerte en la compleja red que nos unía. Y yo, en el centro de todo, sentía que, a pesar del peligro y la perversión, había encontrado en Marta un puerto extraño y un refugio inesperado.

La ducha con Marta fue un ritual de espumas y caricias, un intento de lavar no solo el sudor y los fluidos, sino la intensidad de las confesiones compartidas. Sus manos, suaves y seguras, recorrieron mi espalda, mis caderas, deteniéndose con una curiosidad tácita cerca de la base del plug, ese secreto ahora develado que seguía en su sitio. Mis propias manos enjabonaron su cuerpo delgado y firme, un territorio que ya me era familiar y que, sin embargo, esa tarde parecía nuevo, marcado por la intimidad de lo confesado. El agua caliente nos envolvió, limpiando la piel pero dejando intacta la huella más profunda de nuestra complicidad.

Marta salió primero, se envolvió en una toalla y, con un beso lanzado al aire y una sonrisa cómplice, bajó a la cocina. "Voy a preparar algo de cenar, por si te quedas", dijo.

Me quedé sola, el vapor empañando el espejo, mi cuerpo aún vibrante. Pero una fuerza más poderosa que el cansancio me hizo activar. Secándome rápidamente y envolviéndome en mi toalla, salí del baño y, con el corazón empezando a acelerarse de nuevo, me deslicé en silencio por el pasillo hasta la habitación de Sofía.

Empujé la puerta. El aire allí era diferente, cargado con el perfume de mi Ama y otro más dulce, juvenil, que reconocí al instante: el de Raquel. La cama estaba deshecha, las sábanas revueltas como testimonio de una actividad reciente. Mi mirada se posó primero en una prenda minúscula sobre la almohada. Me acerqué. Era un tanga, diminuto que reconocí al instante, de Raquel.

Lo tomé entre mis dedos. La tela era suave, pero sentí como si me quemara. Aquello confirmaba lo que ya sospechaba, lo que Sofía me había insinuado con malicia: su relación con mi hija había dado un paso definitivo.

Un nudo de emociones contradictorias se apretó en mi garganta. Celos, un dolor agudo de madre, y una punzada de excitación tan retorcida que me avergoncé al instante. Quise alejarme, huir de esa habitación que de repente me resultaba opresiva. Pero entonces, al volverme, noté un bulto bajo las sábanas arrugadas. Con una mano temblorosa, las aparté.

Allí estaba. El strap-on. El mismo que me había penetrado con tanta fuerza y brutalidad. Aún brillaba, húmedo, cubierto de un lubricante que no había tenido tiempo de secarse. Y el olor... Dios, el olor. Una mezcla inconfundible del latex y el aroma íntimo de una mujer, de mi hija Raquel. No había duda. Había estado dentro de ella. Sofía había cumplido su promesa. Había desvirgado a mi hija con la misma herramienta con la que me dominaba a mí.

Una oleada de náuseas y calor me recorrió. El mundo pareció tambalearse. Asustada, di un paso atrás, tropezando con la cama. Mi primera reacción fue el pánico, el deseo visceral de salir de allí, de borrar esa imagen de mi mente. Extendí la mano y, por un instante, toqué la fría superficie del arnés. Fue como tocar la evidencia física de una traición múltiple y monstruosa.

Iba a salir corriendo, a bajar las escaleras y marcharme sin mirar atrás. Pero entonces, justo cuando mi mano iba a abrir la puerta un pensamiento vino a mi mente que me detuvo. «¿Que le gustaría a mi ama que hiciera su Vaquita?»

La pregunta resonó en mi interior con la fuerza de una orden. Me di la vuelta, muy despacio, mis ojos fijos en el strap-on que yacía sobre las sábanas manchadas. Lo imaginé. Lo supe. Ella quería esto. Quería que yo, su sumisa, la madre de su novia, probara y aceptara hasta este extremo. Que convirtiera mi dolor y mis celos en un acto de sumisión aún más profundo. Quizás, incluso, lo hubiera dejado ahí esperando que yo lo encontrará.

Con un temblor que me recorría todo el cuerpo, me acerqué de nuevo. Agarré el strap-on. Esta caliente y resbaladizo. Sin permitirme pensar, sin dar cabida al asco o a la moral, llevé la punta a mis labios. Y comencé a lamer.

Al principio fue un roce tímido, una toma de contacto con ese nuevo sabor. Pero luego, con los ojos cerrados, me sumergí. Mi lengua recorrió cada centímetro de aquel falo artificial, limpiándolo, saboreando la esencia de mi propia hija. Era un sabor dulce, joven, virginal. Un cóctel de transgresión absoluta que se instaló en mi paladar, en mi garganta, en mi alma. Tragué saliva, incorporando su sabor, haciendo de mi cuerpo el recipiente final de este secreto. Quería que ese regusto me acompañara, que fuera un recordatorio constante de mi lugar, de la profundidad de mi entrega.

Cuando terminé, lo dejé sobre la cama, brillante y limpio de nuevo por mi boca. Me sequé los labios con el dorso de la mano, sintiendo una paz extraña y terrible. Había obedecido, incluso en esto. Había cruzado el último límite imaginable.

Bajé las escaleras con paso firme. Marta estaba en la cocina, cortando verduras.

-Me voy, Marta -dije, desde la entrada del salón.

Ella se volvió, sorprendida.

-¿Tan pronto? ¿No te quedas a cenar?

-No, mejor no. No tengo apetito. Pero, gracias.

Se acercó, con intención de darme un beso de despedida. Rapidamente, esbozando una sonrisa tensa, me despedí sin besarla.

Salí a la calle. La noche era fresca, pero yo ardía por dentro. Camino de casa, cada paso era una reafirmación. No me lavaría los dientes. No bebería agua. Dejaría que el sabor de Raquel, filtrado a través del instrumento de Sofía, se mezclara con mi saliva y se adueñara de mí. Era el deseo de mi Ama, lo sabía. Y ese sabor, amargo, dulce y perverso, sería mi secreto más íntimo durante el trayecto, un talismán de mi sumisión que me acompañaría hasta la puerta de mi hogar, donde otra vida, la vida de Elena, me esperaba para ser interpretada. La Vaquita otra vez llevaba a casa el sabor de su propia humillación, y lo hacía con un orgullo retorcido y absoluto.

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