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La Regla de Martina 4

Martina no solo quiere su cuerpo, quiere su silencio. Cuando la madre de ella llega a cenar, Daniel debe convertirse en el sirviente perfecto mientras una audiencia invisible juzga cada movimiento. ¿Podrá mantener la máscara sin revelar que su obediencia es su única verdad?

Martin Gonzalez3.2K vistas
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La Regla de Martina

Capítulo 4: El Uniforme y la Prueba de Fuego

Pasaron dos semanas. Daniel ya no vivía en su casa, vivía en la casa de Martina y, más concretamente, para Martina. La mudanza fue una rendición expedita: tres cajas, el taladro, y el resto se vendió o se regaló. El rol de "sumiso doméstico" había pasado de la teoría a una realidad cotidiana y exigente.

Una tarde, mientras aspiraba el salón (una tarea que antes le habría parecido indigna, y que ahora ejecutaba con una concentración casi zen), Martina entró con una bolsa de una boutique.

"Daniel, para. Reunión de pareja," anunció, con una sonrisa que no auguraba nada bueno.

Él apagó el aspirador y se enderezó, listo para recibir órdenes.

"Tengo una propuesta. Tu trabajo. Me estresa que tengas que ir a la oficina, que hables con gente que no soy yo, que no estés aquí cuando te necesito para sujetarme la estantería del lavadero," dijo ella, con una lógica aplastante en su burbuja.

"Pero Martina, el estudio... tengo un par de proyectos importantes. No puedo dejarlo de golpe. Además, mi sueldo..."

"Tonterías. Ya he hablado con tu socio. Le he dicho que te tomas un 'año sabático' por 'agotamiento creativo'. Y le he garantizado que yo te pagaré un sueldo mensual. Más bajo, claro, porque la creatividad cuesta. Pero te dará para tus gastos."

Daniel sintió un frío en la nuca. Ella había cortado sus lazos con el mundo exterior sin consultarle. Odiaba esa falta de respeto a su autonomía. Y lo amaba. Amaba que ella lo hubiese decidido por él, liberándolo de la responsabilidad de la elección.

"Pero... ¿qué voy a hacer yo todo el día aquí?" preguntó, casi suplicando.

Martina sonrió con la boca llena de triunfo. Sacó de la bolsa una pequeña caja de cartón.

"Vas a cumplir tu verdadero propósito. Y para eso, necesitas la indumentaria adecuada."

La caja contenía un traje de criada francesa. Negro de raso, con un delantal blanco y ribetes de encaje.

"Me estás tomando el pelo. No voy a vestirme con esto."

"Claro que lo vas a hacer," replicó Martina, su voz se había endurecido. "Y no es un disfraz para el sexo. Es tu uniforme de trabajo, tu armadura de obediencia. De ahora en adelante, y mientras estés en casa, tu ropa es esta. Olvídate de esos jerséis caros. Te pasas el día haciendo tareas, ¿no? Pues lo harás vestidito para mí. ¿Entendido?"

Daniel sintió que la cara le ardía. Se miró en el espejo, luego al traje. Era la humillación pública, la vergüenza hecha tela. Era la línea final que no sabía que quería cruzar.

"Sí, dueña," susurró, la palabra saliendo por primera vez de forma natural, sin pensarlo.

El Ritual en la Cama

Esa noche, el uniforme de criada se desprendió lentamente, pero la sumisión no. Durante el coito, Martina, cabalgando sobre él, lo obligó a un ritual de preguntas y respuestas.

"¿Quién está aquí mandando, Daniel?" "Tú, dueña."

"¿De quién es tu cuerpo?" "Tuyo, dueña."

Ella intensificaba el ritmo con cada respuesta, marcando un compás que no le permitía pensar, solo responder y sentir. Apretó la mandíbula, jadeando.

"¿De quién es este placer que vas a tener?" "Tuyo, dueña."

"Dímelo una vez más," exigió ella, acelerando hasta el punto de no retorno. "Soy tuyo, dueña. Solo tuyo."

El clímax fue una rendición sonora, y en ese momento, Daniel no pudo distinguir entre el placer y la obediencia absoluta. Era un gusto dulce, abrumador y terriblemente adictivo.

La Prueba de Fuego: La Cena con Mamá

Dos días después, Daniel ya se había acostumbrado al uniforme (aunque solo lo llevaba puesto cuando Martina estaba en casa). Estaba obsesionado con la idea de cocinar para ella.

"Martina, por favor, déjame cocinar. ¡Es lo único que no me dejas hacer! Tengo talento, te lo juro. Déjame servirte una vez, y si no te gusta, me castigas," suplicó una mañana mientras ella se preparaba para salir.

Martina se pintaba los labios con calma, sin mirarle. "No, Daniel. Yo cocino, yo mando. Punto. Tú te quedas en tu sitio."

"Pero..."

"¡Pero nada! Deja de molestar. Voy a casa de Lara a ver una peli. No me esperes despierto." Le dio una palmada en el trasero y se fue.

Daniel se puso el delantal del traje. Se sentó en la cocina, frustrado y con la lista de la compra de Martina en las manos.

A las siete de la tarde, Daniel estaba enfrascado en la limpieza de la encimera cuando sonó el timbre. Extrañado, abrió la puerta.

Era la madre de Martina. La señora, de unos sesenta y tantos, alta y con un gesto de hastío permanente, lo miró de arriba abajo con una ceja arqueada, ignorando el traje de criada por completo, como si no lo viera.

"Buenas noches," dijo la madre, con voz seca. "Mi hija me dijo que bajara a cenar hoy. Que 'ya vería' lo que había. Y me dijo que no la molestara, que estaba ocupada. ¿Supongo que tú eres el encargado?"

Daniel se quedó helado. Miró a la nevera y vio una nota de Martina:

"Cariño. SORPRESA. Tu prueba. Mamá cena hoy. Ya está todo pagado y listo. Tienes que cocinar lo que hay. Servirla, atenderla, no decir absolutamente nada de nuestro trato. Y lo más importante: sé el sumiso perfecto, no el novio. Si ella pregunta, soy tu jefa. No me falles. Te estoy vigilando. Diviértete. - Tu Dueña."

"Sí, señora," se aclaró Daniel, asumiendo su rol forzado. "Yo soy el... asistente doméstico. Por favor, pase. La cena estará lista en seguida."

Martina, a diecisiete minutos de distancia, en casa de su amiga Lara, ya había activado la cámara de seguridad de la cocina y estaba viendo el livestream con Lara y otra amiga, riéndose en voz baja.

"¡Mira, mira la cara de pánico que tiene!" susurró Lara.

En la cocina, la madre de Martina se sentó en la mesa con el mismo aire de desinterés.

"Tengo mucha hambre. ¿Qué tenemos hoy?"

"Tenemos solomillo de cerdo con salsa de mostaza y miel, señora. Lo prepararé en quince minutos," dijo Daniel, moviéndose con la agilidad que había adquirido con la práctica.

"Asegúrate de que no esté demasiado hecho. Y trae una copa de Jerez de la bodega."

Daniel sintió un escalofrío. ¿Bodega? ¿Y dónde demonios está el Jerez? Se obligó a sonreír y asintió.

Mientras revolvía la salsa, la madre preguntó, sin mirarle, leyendo una revista: "¿Y qué haces aquí, chico? ¿Martina te explota mucho?"

Daniel se secó las manos con un paño. La respuesta era clave. No podía mentir, pero no podía revelar.

"Yo... me encargo de que mi jefa esté contenta y de que la casa funcione, señora. Ella tiene un ritmo de trabajo muy alto y necesita mucha dedicación. Estoy encantado de servirla. De verdad. Su Jerez está por aquí, en el mueble alto, ¿verdad?"

La madre le dedicó una mirada fugaz, una especie de aprobación inexpresiva. "Sí, chico. La segunda botella a la izquierda. Y dime, ¿cocinas bien o tengo que pedir un delivery?"

"He practicado mucho para mi jefa, señora. Sé que le gustará." Daniel se alejó, sintiendo el peso del traje, la presión de la madre y la mirada invisible y burlona de Martina.

El solomillo salió perfecto. El Jerez se sirvió a la temperatura correcta. Daniel lo hizo todo: limpiar la mesa entre platos, rellenar el agua, retirar las migas. Fue el sirviente perfecto, humilde y eficiente.

Al final de la cena, la madre se puso de pie, sin una palabra de agradecimiento, y se dirigió a su habitación.

"Estuvo... aceptable. Retira la mesa cuando termines. Y cierra mi puerta al salir."

Daniel se quedó solo en el comedor, con una sonrisa tonta en la cara. Había aprobado. Y lo había odiado, pero, maldita sea, lo había disfrutado.

A medianoche, Martina regresó. Encontró a Daniel en la cama, sin el uniforme, pero despierto y tenso.

"¿Qué tal, criada?" preguntó ella, con una sonrisa pícara.

"Me odias, lo sabes, ¿verdad?" murmuró Daniel, abrazándola con desesperación.

"Un poquito. Pero la actuación fue impecable. Mamá no se dio cuenta de nada. El solomillo estaba perfecto. Y me encantó que la llamaras 'señora' en mi casa." Se tumbó a su lado.

"¿Y ahora qué?"

Martina acarició su cara. "Ahora me has demostrado que sirves para más cosas que para rogarme. Has suplicado por cocinar y has terminado cocinando, pero como mi empleado, no como mi novio. Eres muy predecible."

Se acercó a su oído. "Y me has demostrado que sirves para ser humillado. Lo has hecho muy bien, mi esclavo doméstico. Mañana te autorizo a tener cinco minutos de placer solo si me llamas 'dueña' en cada frase que digas. Ahora, apaga la luz. Y no me toques."

Daniel suspiró, sintiendo que había ganado una pequeña batalla solo para perder la guerra de su independencia. Y por primera vez, se durmió pensando en cuál sería su siguiente súplica.