Elisa III (La propuesta indecente)
El dinero de la cura de su madre está a un paso de alcanzarla, pero el precio es su dignidad. En el despacho de cuero y tabaco, la propuesta es clara: su cuerpo por la vida de quien la dio. ¿Hasta dónde puede llegar el amor de una esposa antes de romper su propio alma?
Elisa III
Es que… —dijo Nadja, sin poder contener las lágrimas mientras acunaba a la pequeña Natacha contra su pecho—. Es que huele a ti cuando eras bebé.
Iván sintió un nudo en la garganta. Se acercó despacio, acariciando la espalda de su hija. Elisa estaba terminando de guardar algunas cosas en la cocina, y al oírlos se asomó a la puerta con una sonrisa tenue.
-Le encanta que la abracen —dijo Elisa con dulzura—. Apenas siente calor humano, se relaja.
Nadja asintió. Besó la frente de la niña con una ternura que conmovió a todos.
-Gracias por dejarme verla crecer —murmuró.
Elisa se acercó y se sentó al lado de Iván. Nadja la miró y, como si acabara de tomar una decisión importante, le sostuvo la mano.
-Al principio… no sabía qué pensar de ti —confesó la madre de Iván—. No por prejuicio, sino por miedo. A que mi hijo se partiera en dos. Pero ahora… ahora veo que se ha multiplicado. Que es más fuerte, más feliz. Y eso… eso es por ti.
Elisa no supo qué responder. Solo bajó la mirada, conmovida, mientras acariciaba la pierna de Iván por debajo de la mesa.
Natacha, ajena a todo, soltó un pequeño bostezo, y Nadja, aún emocionada, se la entregó con suavidad a su madre. Luego se levantó, acomodándose el cabello y dijo:
—Voy a preparar café. ¿Quieren?
Iván asintió. Elisa se quedó meciendo a la bebé, que ya estaba a punto de dormirse.
—No te imaginas cuánto significa todo esto —dijo en voz baja—. Cuando todo pasó… pensé que no volvería a confiar en nadie. Ni en los hombres, ni en mí. Pero tú… tú siempre fuiste mi luz y me devolviste algo que no sabía que había perdido.
Iván la miró en silencio. No necesitaba responder. La intensidad de sus ojos decía lo que las palabras no lograban.
—¿Y tú? —preguntó Elisa—. ¿Estás feliz?
Iván se apoyó contra el respaldo del sofá y suspiró.
—Estoy cansado. A veces, abrumado. Pero feliz, sí. Porque sé que estoy donde debo estar. Y eso… eso vale más que cualquier comodidad.
Elisa le tomó la mano y la colocó sobre el vientre de la bebé dormida.
—Entonces no necesitamos nada más.
Febrero de 2000
Un año había pasado desde el nacimiento de Natacha. Ya caminaba con torpeza por el pequeño departamento, señalando todo con sus deditos y balbuceando palabras sueltas.
Elisa había comenzado sus estudios de enfermería y Claudia seguía trabajando medio tiempo y ayudando con la niña, mientras Iván había logrado que lo dejaran fijo en el taller. Ahora haciendo pequeños recambios, y aunque el sueldo apenas alcanzaba, lo llenaba de orgullo saber que lo había conseguido por si solo
Una tarde de invierno, al organizar el trastero, Iván encontró una carta. Fue cuando limpiaba el depósito en lo alto de un armario intentando mover una caja, esta se le resbaló cayendo y esparciéndose su contenido. Allí lo vio, un sobre con su nombre. La letra era pequeña y ordenada. No conocía el remitente, pero algo en la caligrafía le resultaba familiar. Al abrirlo frunció el ceño.
Era de Elisa, pero no de la Elisa actual. Una carta que ella misma había escrito antes de dar a luz, una noche de soledad, que por vergüenza no se la había entregado dejándola escondida en aquella caja..
Decía:
29 de octubre de 1998
Iván,
Si estás leyendo esto, es por mi cobardía para decírtelo, porque seguís acá. Y si seguís, sabes lo que sos para mí.
Nunca voy a poder borrar lo que ocurrió, ni cambiar las decisiones que me alejaron de ti cuando más te necesitaba. Pero si algo aprendí de todo este dolor, es que la vida da segundas oportunidades. Y tú… tú eres la mía.
Gracias por ver más allá de mis heridas. Por amar a una niña que no lleva tu sangre pero que lleva tu ternura en la piel. Por enseñarme que los hombres también lloran, también cuidan, también aman y están.
No sé qué seré para ti, pero hoy, sos mi todo.
Te amo,
Iván terminó de leerla con los ojos empañados. Se la guardó en el pecho, como quien guarda un talismán, y entró a casa.
Más tarde se pondría roja de vergüenza al saber que la carta le fue entregada
Claudia estaba en la cocina. Elisa en la habitación con Natacha. Los observó desde el pasillo. Tan simples. Tan suyos. Y pensó que, por mucho que la vida les hubiera quitado, ellos habían sabido construir algo más fuerte: un hogar. Más tarde se pondría roja de vergüenza, al saber que la carta le fue entregada.
Múnich, 2004.
Iván tenía ahora veintidós años. Ya no era el muchacho flaco que llegó escapando de las sombras de una guerra, sino un joven adulto con la mirada firme y un corazón templado por las pérdidas y los encuentros inesperados. Vivía con Elisa, Claudia y Natacha en un pequeño pero luminoso departamento en Neuhausen, un barrio de familias jóvenes de bajos recursos, pero tranquilo
Elisa, a sus veintitrés años, se había reencontrado consigo misma. Tras dejar atrás el trauma con Fran y encontrar apoyo en Iván, se animó a estudiar enfermería. Quería ayudar a otras mujeres, a otros jóvenes rotos como ellos dos lo habían estado. Natacha, su hija, crecía fuerte y alegre, con una mirada curiosa y una risa que iluminaba todo a su alrededor. Iván la cuidaba como si fuese suya. Jamás lo dijeron en voz alta, pero en esa casa él era su padre.
Así fueron transcurriendo los años más felices de su vida, pero poco a poco la ciudad se le estaba haciendo pesada. La misma rutina en el pequeño apartamento, con una vida de precariedad donde si bien no faltaba la comida tampoco sobraba, siéndole imposible darse un capricho para ella o para su hija y viendo como cada día su amado Iván llegaba más tarde y más cansado.
Fue en el otoño del 2004 que arrodillado frente a ella se lo pidió. El regalo de Santa fue un anillo de compromiso. Su brillo dorado iluminó sus ojos acuosos y su corazón latió muy fuerte, tanto que no pudo articular palabra, viéndose obligada a responder el si, moviendo la cabeza.
La boda se celebró a principios de la primavera, a ella asistieron sus amigos y familiares más cercanos. La modesta capilla albergó a no más de 30 personas para luego ir a una pequeña casa de campo propiedad del jefe de Iván y padrino de la boda, el señor Genaro.
Ahora permítanme un paréntesis, para hablar de cómo Iván conoció a Don Genaro
Iván se había apuntado a un curso de Chef profesional, con duración de 4 años
Para entonces tenía 3 años en ello, cuando decidió buscar un trabajo en algún restaurante famoso. Sin embargo, en dichos lugares solo contrataban gente con experiencia. Incluso los ayudantes. Un día cansado se lo comentó a su profesor, el Chef Pierre.
- Profesor estoy buscando trabajo en cocina
- Iván, pero tú no estabas trabajando
- Estoy en un taller, pero no me gusta y el sueldo es muy bajo
- Como ayudante de cocina, tampoco ganarás mucho
- pero acumulo experiencia
- Eso si
- El problema es que los restaurantes que me gustan me rechazan
- Seguro vas a los más caros
- Si es donde quiero aprender
- ve a uno intermedio. Los 5 Estrellas contratan gente calificada
- No sé a cuál ir
- hay uno en la avenida acá abajo. Es un viejo amigo mío, se llama Genaro.
- Creo que lo he visto.
- Es un bistro. Algo pequeño, pero se la pasa lleno. Sabes porque
- Ni idea
-Genaro es uno de los mejores chefs de comida italiana del país. El tema está en que es muy amargado
- Pues está difícil
-Dile que vas de parte mía. A ver
-Gracias Pierre
- De nada
Ivan se encaminó al restaurante, pero aquel hombre lo corrió diciendo que el local era pequeño y no necesitaba más personal
Ivan salió cabizbajo y se quedó parado en un callejón, lamentando su suerte. No supo cuánto tiempo quedó allí tomando aire para continuar, sólo que en un momento dado vio abrir una puerta de donde salió Genaro, el cual bajó tres escalones con una pesada bolsa de basura y al llegar al último, se cayó. Iván corrió para ayudarlo.
¿Está bien?
Si, ya estoy
Le ayudó a levantar
-No hace falta. Sigue tu camino.
Ivan lo dejó incorporarse, pero al caminar el hombre cojeaba, luego se acercó al contenedor y en el primer intento no logró elevar la bolsa lo suficiente para meterla. Nuevamente Ivan se acercó y tomándola de un lado le ayudó a colocarla dentro.
- Hijo parece que no escuchas, sigue tu camino, no hay trabajo para ti
- Ya lo sé, estoy ayudándolo. Solo tenía que decir gracias. Donde quedaron los modales de este país
Ivan se dio la vuelta y traspuso alejándose del lugar
Al día siguiente Pierre lo esperaba para decirle que el viejo Genaro lo había contratado y debía empezar a trabajar esa misma noche.
Ahora hacia las mañanas en el taller, las tardes en el curso y las noches en el restaurante de Genaro. En resumen, que solo dormía para regresar a trabajar.
En tan solo 7 meses se había ganado el cariño del viejo, si bien al principio fue amargado, luego resultó ser casi un padre. En fin, que el día de la boda no todo fue alegría
La nota discordante la dio el padre de Iván, el cual, al terminar la boda, se fue de la iglesia sin despedirse, ni felicitar a los novios
Los meses siguientes fueron duros, pero siempre se daban un beso, una caricia, un te amo, pequeños bálsamos que les alegraba el alma ha ambos
El 4 agosto del 2005 la cosa se complicó. Claudia la madre de Elisa le diagnosticaron cáncer en la matriz y lo tenía avanzado. Por esta condición la madre se vio obligada a dejar el trabajo menguando la economía familiar. Para colmo de males el taller donde trabajaba Iván decidió finalizar su contrato, ya que necesitaban alguien a turno completo.
- Tesoro relájate, venderé mi moto y hablaré con Genaro para que me preste el dinero del tratamiento de tu mamá.
- Iván ¿de donde vamos a sacar 14000 euros?.
-Joder 14.000 euros Uff, se me hace caro
-Iván tienen que quitarle la matriz y darle radioterapias, además de los tratamientos para que no se extienda. Créeme que ese precio es porque trabajo en el hospital. Mi madre averiguó en otros sitios y todos eran más caros.
- Vale, pero deberíamos buscar más. En fin, déjame averiguar cómo reunir el dinero, no entremos en desesperación
- No tenemos mucho tiempo Ivan—- gritó desesperada
- Cálmate, están al regresar del parque
Claudia y Natacha entraban
- Que pasó mami por qué lloras
- Nada hija, algo que recordé, pero no te preocupes fue hace muchos años.
La pequeña a sabiendas que el padre de su mamá se fue dejándola sola, supuso que era por eso.
- Es por el abuelo, ¿que se fue y te dejó sola?
- Si cariño, es eso.
- Mami no llores, nos tienes a nosotros
Gracias mi pequeña, ustedes lo son todo para mi
La abuela, la nieta y el marido se unieron a ella dándole un gran abrazo
- Gracias, los amo.
Las semanas siguientes Iván hizo hasta lo imposible para reunir el dinero, pero sumando la venta de la moto, la liquidación del taller y lo que pudo prestarle Genaro apenas llegó a 6000 euros
- Lo siento no logré reunir más
-Déjame a mi, yo los consigo – dijo Elisa con tono firme
- Y como vas a hacerlo
- Eso es cosa mía.
Pensó en ir a un Banco a por un préstamo
Múnich, octubre de 2005
El hospital olía a lejía, pero no a la limpieza viva de una casa recién barrida, sino a esa otra clase de pulcritud que enmascara lo irremediable. Una fragancia fría, resignada, como si el aire mismo supiera que allí se libraban combates que no siempre buscaban la victoria, sino apenas una tregua. El murmullo de las enfermeras, el eco metálico de los carros de medicación, los anuncios apagados en alemán: todo componía una sinfonía blanda de rutina y derrota.
El crédito le fue rechazado.
Elisa caminaba con el cuerpo inclinado hacia adelante, como si llevara sobre los hombros el peso de un tiempo que no terminaba de pasar. El uniforme le quedaba holgado: no por vanidad, sino por que había bajado unos kilos. Dormía mal, comía poco, y en su cabello —recogido con una horquilla débil— se adivinaba la urgencia. Había aprendido a caminar deprisa, sin hacer ruido. A mirar sin detenerse. A no llorar delante de nadie.
Claudia, su madre, no respondía como esperaban al tratamiento inicial. Cada día parecía más pequeña, más vencida. Y el dinero… el dinero era un problema con olor a miedo. Cada factura abría una nueva grieta en la frágil arquitectura doméstica que Iván y ella intentaban sostener. Él, generoso y terco, se aferraba a su papel de protector. Pero Elisa veía lo que nadie más veía: cómo su espalda se encorvaba un poco más cada semana, cómo dejaba de comer a la mitad, cómo el silencio lo invadía con la misma delicadeza con que caen las primeras hojas del otoño.
Fue entonces cuando lo vio. Herr Fischer jefe de administración. Pulcro hasta el extremo. Los zapatos de cuero brillaban como espejos rotos y siempre de corbata. Su voz era baja, cuidadosa. Siempre la había tratado con una cortesía que bordeaba el paternalismo, con esos ojos que tardaban un segundo de más en alejarse de su rostro y sintiendo que la observaba al caminar.
La propuesta indecente
-Elisa, ¿tiene un minuto?
No esperó respuesta. La condujo hasta su despacho, una sala cálida con olor a café, tabaco frío y cuero envejecido. Todo allí hablaba de permanencia: los estantes de roble, el reloj de péndulo, los diplomas enmarcados.
-He estado al tanto de la situación de su madre —empezó con una voz ensayada—Hablé con ella la semana pasada cuando vino al tratamiento. Una gran mujer, correcta y amable.
Elisa asintió, muda. Apretó las manos sobre las rodillas como si así pudiera anclar su cuerpo al presente.
-Y usted… admirable. La he observado. La manera en que cuida de su madre, su entrega. Sé que la situación económica no es fácil. Los catorce mil euros son un obstáculo considerable.
Ella levantó la cabeza. No entendía aún hacia dónde iba aquella conversación. Pero algo, en su estómago, se endureció.
-¿A qué viene todo esto?
Fischer se quitó las gafas con un gesto medido, casi teatral. Se reclinó con lentitud, como un hombre que sabe que está a punto de decir algo importante. O irreversible.
—Tengo conocidos —dijo—. Caballeros respetables, educados. Solitarios. Que agradecerían una compañía femenina discreta. Cenas, eventos… momentos de cercanía.
Elisa lo miró como si no entendiera. O como si no quisiera entender. Y entonces él pronunció las palabras con esa frialdad burocrática que las volvía aún más brutales:
—Dama de compañía. Todo bajo sus términos y amparado en un contrato. Presencia, conversación, elegancia y sexo. Con su exuberante belleza podría ganar en una noche lo que un enfermero gana en un mes, incluso más.
El despacho se volvió de pronto un ataúd. Elisa sintió cómo el aire se volvía viscoso, hostil. Quiso gritar, pero no supo con qué palabras.
—¿Cree que yo aceptaría algo así?
Él no se inmutó. Limpiaba sus gafas con un pañuelo blanco.
-No lo sé. Pero sé que necesita catorce mil euros. Y que esta ciudad no se los va a regalar.
-Estoy enamorada y felizmente casada —dijo ella indignada, poniéndose de pie.
- Muchas mujeres casadas lo hacen en secreto. Y con eso aseguran el futuro de su familia.
-Asqueroso degenerado—murmuró ella, más con asco que con rabia.
Salió. No corrió. No lloró. Solo caminó como quien acaba de ver, por un segundo, una versión de sí misma en el espejo que no sabía que existía.
Esa noche, en casa, todo era normal. Iván cocinaba sopa de lentejas. Natacha jugaba con bloques de madera en la alfombra. Pero Elisa tenía la sensación de estar viendo su vida desde afuera, como si la escena fuese una pintura que ya no podía habitar. Las voces le llegaban como si vinieran de una habitación cerrada. Su cuerpo estaba allí, sí. Pero algo en su alma había quedado atrás, en aquel despacho.
A la madrugada, sentada junto a la ventana, pensó en su madre. En la forma en que forzaba una risa cuando tenía dolor. Pensó en Iván, en su ternura hecha rutina: la moto vendida, las manos cansadas, la risa con que despertaba a Natacha. Pensó en esa niña. En lo que merecía.
Y también pensó en sí misma. En lo que estaba dispuesta a ceder.
Aquella noche mientras cortaba cebolla, se le oscureció la vista sintiendo las lágrimas y no supo si eran por la verdura o por esa pregunta que ya no podía arrancarse del pecho: ¿si lo hiciera?
Dos días después, encontró el sobre. Blanco. Impecable. Una nota escrita a mano, con aquella letra de juez jubilado:
“Usted decide si quiere salvarla. Todo sería legal, con un contrato y en extremo secreto. Le dejo la dirección y hora.”
Lo arrugó sin pensar. Como quien quiere aplastar un recuerdo, pero antes de terminar el turno, volvió. Lo buscó en el cesto. Nadie la vio. Nadie supo.
Los días se volvieron grises, sin contornos. Elisa caminaba por los pasillos del hospital como un fantasma que ya no esperaba ser visto. En casa, acariciaba a su hija con una ternura que dolía. Y cuando Iván la abrazaba, ella escondía el rostro para que no le viera los ojos.
Una noche, al salir de la ducha, se miró en el espejo empañado. No con deseo. No con pudor. Se miró como se observa una casa antigua: preguntándose si todavía era habitable, si aún podía provocar calor.
Sin embargo, amaba demasiado a Iván como para hacerle daño. No fue al encuentro. No esa vez. Pero guardó la nota bajo el colchón. No porque pensara usarla. Sino porque destruirla del todo habría sido como negar que ese precio existía.
Y cada noche, mientras Natacha se metía en la cama buscando el calor de sus padres, mientras Iván le acariciaba el pelo con esos dedos cansados, Elisa pensaba:
“¿Cuánto amor cabe en un sacrificio? ¿Y cuánto sacrificio puede soportar el amor antes de romperse?”
Flaubert habría escrito: “La vida no es más que un largo sacrificio con momentos de luz que nos ciegan por brevemente antes de devolvernos a la oscuridad.”
Tal vez nunca se lo diría a nadie. Tal vez eso era el verdadero amor: callar lo insoportable para proteger lo que aún brilla.
La propuesta la perseguía. No como una tentación, sino como un espejo torcido. Porque no se trataba de sexo. Se trataba de hasta dónde se puede estirar el amor sin romperse. De qué se está dispuesto a ceder para salvar a otro.
Así, sin hablarlo con nadie, Elisa comenzó a vivir con esa duda enquistada. No por cobardía, sino por amor. Un amor que a veces abruma, porque exige más de lo que uno cree poder dar.
Y en medio de todo, seguía despertando cada mañana con la cabeza pegada al pecho de Iván. Él le acariciaba el pelo sin saber lo que ella callaba. Natacha venía a meterse en la cama, como si su risa pudiera ahuyentar a los fantasmas.
Y tal vez, pensó Elisa, pueda hacerlo y seguir viviendo como si hubiera sido una pesadilla, un eclipse que ensombreció brevemente el amor
La pequeña alegría.
Hija fui al hospital que me recomendó mi amiga
Y como te fue
me hicieron un examen y allí la operación sale más barata
En serio mami.
Sí hija, es una bendición
¿Y cuanto sería?
El tratamiento y la operación cuesta 7500 euros
- Joder la mitad. __ Elisa pensó en Fischer y en los precios que como administrador seguro los había puesto más caros. Maldito viejo hijo de puta
Pero Iván me dijo la semana pasada que de lo que tenía ahorrado solo le quedaba 2500 euros porque el tratamiento en el hospital ha sido costoso.
Mami quédate tranquila yo los consigo. Solo hazme un favor no le digas a Iván que en otro hospital nos hicieron mejor precio.
-Cariño, como le vamos a mentir
Mamá, si le digo que en otro sitio sale más barato, después de lo que me ha insistido en buscar precios, se cogería un mosqueo monumental.
Está bien, no quiero que tengas un problema por mi culpa
-Venga, cambia esa cara que pronto te operas
- Si, gracias a Dios.
Continuará…. próximo lunes capítulo IV por Peter28
Besitos de Saura
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Madura insatisfecha busca en otra nevera
A sus 58 años, Laura siente que el deseo aún arde, pero su matrimonio se ha enfriado. Cuando decide buscar una solución en otro lado, la urgencia de…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Con la amiga de su mama
Nunca imaginó que la amiga de su madre sería la clave de su despertar sexual. Entre la lluvia y la soledad de un hotel, la timidez se rinde ante el…
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
Trato con mi jefe
Llegar tarde no era el problema; el problema era la mirada de su jefe. En el silencio de su despacho, el ascenso que tanto deseaba tenía un precio…
Comparte:ChantajeDominacion masculinaInfidelidad oculta
- Hetero: General
La tentación tiene piel de mujer 7
Beth nunca imaginó que despertar en brazos de su clienta sería el preludio de una traición doble.
Comparte:Dominacion masculinaInfidelidad ocultaSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
¿Quién demonios es Javier?
Llevan veinte años juntos, pero esa noche, entre suspiros y caricias, ella susurró un nombre que no era el suyo.
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualSoledad y deseo
- Hetero: Infidelidad
Con mi vecino septuagenario
Sergio siempre fue el vecino amable, pero esa noche, con el champán y la soledad de años, la cortesía se rompió.
Comparte:Infidelidad ocultaDespertar sexualSoledad y deseo