Mi madre es una perra I
Laura solo quería un café con su madre, pero la entrada de casa le reservaba un secreto que le helaría la sangre. Allí, desnuda y encerrada, estaba Carmen. Y de pie, con una fusta en la mano y una sonrisa de complicidad, Clara. ¿Qué clase de juego se juega la mujer que te crió? Y más importante aún: ¿por qué Laura no puede apartar la mirada?
A mis 29 años, la vida me tenía agotada. Trabajaba en una oficina de seguros en el centro de Madrid, atrapada en un cubículo gris revisando pólizas, con un jefe que me hablaba como si fuera idiota y un sueldo que apenas cubría mi piso en Lavapiés, un apartamento diminuto con paredes finas y un vecino que ponía reggaetón hasta las tantas. Ese viernes, 20 de octubre de 2025, después de una semana infernal, solo quería ir a casa de mamá, en un pueblo a las afueras de Madrid, tomarme un café solo con ella y dejar que su calma me quitara el peso de encima. Mamá, Carmen, tenía 57 años, pero no los aparentaba. Era guapa, de esas que no necesitan maquillaje para destacar: pelo castaño ondulado, con mechones grises que dejaba a la vista porque decía que eran “su historia”; ojos verdes que parecían leer tus pensamientos; y una figura que, aunque había ganado algo de peso, seguía siendo atractiva, con caderas redondeadas y una postura elegante que hacía que sus vestidos de verano parecieran de alta costura. Vivía en un chalet de dos plantas en un pueblo tranquilo, con un jardín lleno de rosales que cuidaba con devoción. Desde que papá se largó hace diez años, ella había hecho de esa casa su mundo: libros de novela histórica apilados en las estanterías, jazz suave sonando en el equipo del salón, el olor a café recién hecho flotando siempre. Por eso, cuando llegué esa tarde, abrí la puerta con mi llave y grité “¡Mamá, ya estoy aquí!”, esperaba encontrarla en la cocina, con la cafetera italiana borboteando y esa sonrisa suya que me hacía sentir en casa.
No respondió. La casa estaba en silencio, algo raro porque mamá siempre tenía la radio puesta, aunque fuera con anuncios de talleres mecánicos. Dejé el bolso en el perchero del recibidor, frunciendo el ceño. Y entonces la vi. Justo ahí, en la entrada, al lado del mueble donde mamá dejaba las llaves, había una jaula de metal negro, grande, como para un pastor alemán, con barras gruesas y un candado cerrado asegurando la puerta. Dentro, desnuda, de rodillas, con un collar de cuero negro alrededor del cuello, estaba mamá. Su pelo castaño caía desordenado sobre sus hombros, rozando su piel pálida, que brillaba bajo la luz del sol que entraba por la ventana del recibidor. El collar tenía una anilla plateada de la que colgaba una correa corta, suelta dentro de la jaula. Sus manos estaban apoyadas en el suelo, como si estuviera a cuatro patas, aunque el espacio apenas le dejaba moverse. Su cuerpo, con las curvas suaves de sus caderas, el leve redondeo de su vientre y los pechos que colgaban ligeramente, parecía fuera de lugar, vulnerable, como si no perteneciera a la mujer que me había criado. No era la madre que me llevaba a clases de baile, que me regañaba por dejar la ropa tirada, que me hacía tortilla de patatas los domingos. Era otra cosa, alguien que no reconocía. Mi corazón se disparó, y el aire se me quedó atascado en la garganta.
—¿Mamá? —grité, con la voz rompiéndose—. ¿Qué coño haces ahí?
Ella levantó la cabeza, y sus ojos verdes se clavaron en los míos. Había un destello de pánico, quizás vergüenza, pero no dijo nada. Abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, una voz cortó el aire como un latigazo.
—Carmen, cierra esa boca inmunda. Las perras no ladran sin mi permiso.
Me giré, con las piernas temblándome. En el umbral del salón estaba Clara, la mejor amiga de mamá desde que yo era pequeña. Clara tenía 52 años, pero parecía de 40: melena rubia lisa, cortada con precisión, que le caía justo por encima de los hombros; ojos azules que podían ser cálidos como un abrazo o fríos como el hielo; y una figura alta y delgada, de esas que parecen hechas para llevar ropa elegante sin esfuerzo. Ese día vestía una blusa blanca ajustada que marcaba su cintura estrecha y unos vaqueros oscuros que parecían hechos a medida. En la mano sostenía una fusta corta de cuero negro, con una punta reforzada, pero no la usaba; simplemente la tenía ahí, como si fuera una extensión de su cuerpo. Clara había sido como una tía para mí. Me llevaba al cine cuando mis padres curraban, me compraba gominolas en la tienda del pueblo, me ayudaba con los deberes de mates cuando estaba en el instituto. Era mi confidente, la que me escuchaba cuando me peleaba con mamá, la que me llevaba a tomar horchata en la plaza del pueblo y me hacía reír con sus historias de ligues desastrosos. Siempre había confiado en ella, más que en nadie, porque Clara tenía esa forma de mirarte que te hacía sentir que todo iba a estar bien. Incluso ahora, con este caos, sentía que ella era mi ancla.
—¿Clara? —dije, mi voz apenas un susurro—. ¿Qué está pasando?
Ella me miró, y sus ojos se suavizaron al instante, como si pudiera cambiar de registro en un segundo. Dio un paso hacia mí, dejando la fusta en una mesita del recibidor, junto a un montón de objetos que no quise mirar demasiado: cuerdas de nailon negro, un par de pinzas metálicas con puntas de goma, un plug de silicona negra, una botella de lubricante medio gastada. Alzó las manos, un gesto tranquilo, como si quisiera evitar que me derrumbara.
—Laura, pequeña, no esperaba verte hoy —dijo, su voz suave, cálida, como cuando me consolaba después de una bronca con mamá—. Sé que esto es un shock. Respira, venga, estoy aquí contigo. Siempre lo estoy.
—¿Un shock? —espeté, señalando la jaula—. ¡Mi madre está desnuda en una jaula! ¡Con un collar! ¿Qué coño es esto?
Mamá bajó la cabeza, y vi cómo sus hombros se encorvaban, como si quisiera desaparecer dentro de la jaula. Clara la miró, y su expresión se endureció, volviéndose casi cruel.
—Esa perra asquerosa está donde pertenece —dijo, con un desprecio que me heló la sangre—. Encerrada en su jaula, como el animal patético que es. El candado está cerrado porque no merece ni la idea de salir sin mi permiso.
Volvió a mirarme, y su rostro se suavizó otra vez, como si nada hubiera pasado.
—Laura, cariño, lo siento mucho —dijo, acercándose un paso más, su voz llena de esa calidez que siempre me había dado seguridad—. Sé que esto es demasiado. Vamos a la cocina, pequeña. Te lo explicaré todo, te responderé lo que quieras. Pero no aquí, no delante de esa cosa.
Miré a mamá otra vez, esperando que dijera algo, que me diera una señal de que estaba bien. Pero seguía con la cabeza gacha, inmóvil, con la correa colgando del collar dentro de la jaula cerrada. No pude soportarlo. Corrí. Agarré mi bolso del perchero y salí de la casa, cerrando la puerta de un portazo. Me metí en el coche, con las manos temblando en el volante, respirando como si me ahogara. Quería largarme, borrar la imagen de mi cabeza: mamá, desnuda, en una jaula cerrada, con un collar; Clara, con esa fusta, llamándola “perra” con tanto desprecio. Pero no podía. La mirada de Clara, cálida, comprensiva, como si supiera exactamente lo que sentía, me tenía atrapada. Siempre había confiado en ella, más que en nadie. Cuando mamá me castigaba sin razón, Clara era la que me escuchaba. Cuando me rompieron el corazón a los 17, Clara me llevó a tomar un helado y me dijo que el mundo no se acababa por un idiota. Incluso ahora, con este caos, algo en mí sabía que ella era la única que podía explicármelo, la única en la que podía confiar. No podía dejar a mamá así, sin entender qué estaba pasando.
Después de unos quince minutos, con el corazón todavía acelerado, volví a entrar. Clara estaba en el salón, sentada en el sofá de cuero marrón, con una taza de café solo humeante en la mano. Me miró cuando entré, y su expresión era cálida, aliviada, como si hubiera estado esperando mi regreso.
—Sabía que volverías, pequeña —dijo, dejando la taza en la mesa de centro de madera rústica. Su voz tenía ese tono que siempre me había hecho sentir segura, como cuando me contaba historias de sus viajes o me ayudaba a elegir un vestido para una cita—. Venga, siéntate. Hablemos.
Me senté en el sillón frente a ella, un mueble viejo tapizado en gris que crujió bajo mi peso. Mis manos estaban apretadas en el regazo, los nudillos blancos. Clara se inclinó hacia mí, sus ojos azules fijos en los míos, y sentí esa conexión que siempre había tenido con ella, como si fuera mi aliada, mi refugio en medio de la tormenta.
—Laura, cariño, sé que lo que viste en la entrada es… jodido —empezó, su voz suave pero directa, como cuando me hablaba de problemas en el instituto—. No tienes que pasar por esto sola. Pregúntame lo que quieras, estoy aquí para explicártelo todo. Siempre lo estaré, ya lo sabes.
A pesar del shock, su voz me calmó, como siempre lo había hecho. Confiaba en Clara, más que en nadie. Siempre había sido mi apoyo, mi confidente, la persona que me entendía incluso cuando yo no me entendía a mí misma. Miré hacia la entrada, donde la jaula seguía cerrada, con mamá dentro, inmóvil, como una figura rota. La imagen me quemaba, pero la presencia de Clara, su calma, me mantenía anclada.
—¿Por qué está en una jaula? —pregunté, mi voz temblorosa—. ¿Por qué está desnuda, con un collar, como un puto animal?
Clara suspiró, pero no apartó la mirada. Se recostó un poco en el sofá, cruzando las piernas, y su rostro se mantuvo abierto, comprensivo, como si quisiera envolverme en su calma.
—Vamos a la cocina, pequeña —dijo, poniéndose de pie—. No quiero que esa perra inmunda nos oiga. Esto es entre tú y yo.
La seguí a la cocina, una estancia amplia con encimeras de granito negro y armarios blancos que mamá siempre mantenía impecables. Clara cerró la puerta tras nosotras, el clic suave resonando en el silencio, y se acercó a la cafetera italiana que estaba en la encimera, con algo de café del desayuno de mamá. Mientras vertía el café en dos tazas, su aroma amargo llenando la cocina, empezó a hablar.
—Esa perra asquerosa que tienes por madre es mía desde hace cinco años —dijo, su voz cargada de un desprecio cortante que me hizo estremecer. Era como si hablara de algo repugnante, no de la mujer que me había criado—. Todo empezó una noche, en mi piso, hace años. Estábamos tomando unas cañas, comiendo unas patatas bravas, hablando de gilipolleces. No sé cómo, pero salió el tema del sexo, de cosas raras que habíamos probado. Yo le conté que me gustaba mandar, tener el control, atar a alguien si me lo pedían. Esa perra se rió al principio, como si fuera una broma, pero luego me dijo, medio en serio, que quería probar. Pensé que era un capricho, pero accedí. Empezamos con tonterías: órdenes simples, una cuerda vieja que tenía por casa. Pero a ella le gustó. Mucho. Cada vez pedía más, quería ser menos. Así que la convertí en mi perra, y ahora no es nada sin mis órdenes.
Me quedé mirándola, con la taza quemándome las manos. Clara hablaba de mamá con una dureza que me ponía los nervios de punta, pero conmigo era la Clara de siempre: cálida, cercana, como la tía que me llevaba a la feria del pueblo y me compraba algodón de azúcar. Confiaba en ella, incluso ahora, porque sabía que no me mentiría, que me diría la verdad, por dura que fuera.
—¿Por qué una jaula? —pregunté, intentando mantener la voz firme—. ¿Por qué la tratas como si no valiera nada?
Clara me pasó una taza de café solo, fuerte, como a mí me gustaba, y se sentó frente a mí en la mesa de madera de la cocina. Sus ojos azules se clavaron en los míos, su expresión suave, protectora, como cuando me consolaba después de una bronca con mamá.
—Laura, pequeña, la jaula es para recordarle lo que es —dijo, su voz suave conmigo, pero endureciéndose al hablar de mamá—. Esa perra no merece más que eso. Es un animal, y los animales se encierran. El collar es para que nunca olvide que es mía, que no es nada sin mí. El candado está cerrado porque no merece ni la idea de salir sin mi permiso, porque es una cosa que obedece, nada más.
—¿Pero por qué? —insistí, apretando la taza hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. ¿Por qué deja que la trates así?
Clara se inclinó hacia mí, y su mano tocó la mía, un gesto cálido que me transportó a las tardes de verano en su casa, comiendo pipas y riéndonos de cualquier tontería.
—Porque es una perra, Laura —dijo, con un tono frío y afilado como un cuchillo—. No hay más que explicar. Algunas personas nacen para arrastrarse, para servir. Yo le di un lugar donde puede ser lo que es sin fingir. Y ella se queda porque sabe que no sirve para nada más.
Las lágrimas me picaban en los ojos, pero me las traguardé. Clara me apretó la mano, como si supiera lo que estaba sintiendo, como cuando me ayudaba a elegir un vestido para una cita o me escuchaba cuando me peleaba con mamá.
—¿Por qué no me lo contó? —pregunté, con la voz quebrándose—. ¿Por qué me lo escondió?
—Porque no quería que vieras a la perra asquerosa que es —respondió Clara, su voz suave otra vez, solo para mí—. Eres su hija, cariño. Para ella, eres lo primero. No quería que supieras que, cuando no está siendo tu madre, es solo un animal que gatea para mí. No quería que pensaras menos de ella.
Me sequé los ojos con la manga, intentando ordenar el caos en mi cabeza. Clara me miró, esperando, como si supiera que tenía más preguntas. Confiaba en ella, más que en nadie. Siempre había sido mi roca, la persona que me entendía, que me guiaba. Sabía que, si alguien podía ayudarme a entender esto, era ella.
—¿Cómo fue que llegasteis a esto? —dije, casi en un susurro—. ¿Cómo pasó de una charla a… esto?
Clara tomó un sorbo de café, pensativa, y dejó la taza en la mesa con un leve clink.
—Fue hace cinco años, una noche cualquiera —empezó, su voz calmada pero directa, como cuando me contaba historias de sus viajes por Europa—. Estábamos en mi piso, con unas cañas y unas tapas, hablando de chorradas. No sé cómo, pero salió el tema del sexo, de fantasías raras. Yo le conté que me gustaba tener el control, mandar, atar a alguien si me lo pedían. Esa perra se rió al principio, como si fuera una broma, pero luego me dijo, medio en serio, que quería probar. Pensé que era un capricho, pero accedí. Empezamos con cosas simples: órdenes tontas, un par de nudos flojos con una cuerda vieja. Pero a ella le gustó. Mucho. Cada vez pedía más, quería ser menos. Así que la convertí en mi perra, y ahora vive para lamerme las botas.
La crudeza de sus palabras me golpeó, pero no podía apartar la mirada. Clara hablaba de mamá con un desprecio que me helaba, pero conmigo era la Clara de siempre: cálida, cercana, como la tía que me llevaba a la plaza del pueblo a tomar horchata. Confiaba en ella, incluso en este momento, porque sabía que no me mentiría.
—¿Y el collar? ¿La jaula? ¿Todo eso? —pregunté, con la voz temblándome.
—Es lo que se merece —dijo Clara, con un filo en la voz que me hizo estremecer—. El collar es para que nunca olvide que es mía, que no vale una mierda sin mí. La jaula, cerrada con candado, es para recordarle que es un animal, que su sitio es estar encerrada hasta que yo diga. Eso es todo lo que es: una cosa que obedece.
No sabía qué responder. Mi cabeza era un torbellino, pero no podía dejar de preguntar.
—¿Y ella… lo acepta? —pregunté, aunque la pregunta sonaba absurda incluso para mí.
Clara soltó una risa corta, seca, llena de desprecio.
—¿Aceptarlo? —dijo—. Esa perra se arrastra porque es lo único que sabe hacer. No hay “aceptar” ni “no aceptar”. Es lo que es, punto. Se pone de rodillas porque no tiene otra. Pero tú, pequeña —su voz se suavizó, volviéndose cálida otra vez—, no tienes que preocuparte por esa cosa. Esto es entre ella y yo. Tú solo tienes que decidir si quieres entenderlo o no.
Hablamos durante casi dos horas, con el café enfriándose en las tazas. Clara respondió cada pregunta con paciencia, explicándome las reglas de su relación con mamá, cómo cada orden, cada humillación, era parte de un sistema que habían construido. Hablaba de mamá con una dureza que me ponía los nervios de punta, pero conmigo era como siempre: cercana, comprensiva, como si fuéramos familia. Me contó cómo diseñaron las sesiones, cómo mamá se sometía a castigos físicos y verbales porque eso era lo que la definía ahora. Me explicó que la jaula, cerrada con candado, no era solo un objeto, sino un símbolo de su lugar, de su nada. Cada palabra sobre mamá era un latigazo, pero conmigo, Clara era un refugio, como cuando me enseñaba a hacer tortilla de patatas o me llevaba a la feria del pueblo.
A medida que hablaba, algo en mí empezó a calmarse. No entendía del todo lo que veía en la jaula, pero la sinceridad de Clara, su forma de mirarme, de hacerme sentir que no estaba sola, me dio una extraña paz. Confiaba en ella, como siempre. Sabía que, aunque la situación era un caos, Clara no me engañaría, no me dejaría caer. Cuando terminamos, me sentía agotada, pero más ligera, como si hubiera soltado una parte del peso que llevaba desde que entré en la casa.
—No sé qué pensar —admití, mirando la taza vacía, con las manos más relajadas en el regazo.
Clara me apretó la mano, su tacto cálido, familiar.
—No tienes que decidir nada ahora, pequeña —dijo, con esa voz que me hacía sentir que no estaba sola—. Si quieres hablar con esa perra, puedo sacarla de la jaula. O puedes irte y pensarlo con calma. Estoy aquí para ti, siempre, ya lo sabes.
Me quedé callada, mirando hacia la entrada, donde la jaula seguía cerrada, con mamá dentro, inmóvil, como un mueble roto. Y entonces, sin pensarlo, me levanté y me lancé hacia Clara, abrazándola fuerte, como cuando era niña y ella me consolaba después de un mal día. Apoyé la cabeza en su hombro, y ella me envolvió con sus brazos, su calor familiar calmándome el corazón. La besé en la mejilla, un gesto espontáneo, y las palabras salieron solas.
—Gracias, Clara —dije, con la voz temblorosa pero sincera—. Gracias por explicármelo, por no dejarme sola en esto. Y… no sé, prefiero que sea tu perra, tuya, antes que de cualquier otro o otra. Sé que contigo está… en buenas manos.
Clara sonrió, una sonrisa cálida, como la de siempre, y me apretó contra ella.
—Siempre seré la misma contigo, pequeña —dijo, su voz suave, protectora—. Y no te preocupes por esa cosa en la jaula. Yo me encargo de ella. Tú y yo, como siempre, ¿vale?
Asentí, sintiendo una calma que no esperaba. Confiaba en Clara, más que en nadie, y eso era suficiente por ahora. Pero antes de que pudiera decir algo más, Clara se puso de pie, con una chispa en los ojos.
—Oye, pequeña, ¿qué tal si nos vamos a cenar fuera? —dijo, con esa energía que siempre tenía cuando quería animarme—. Hay un sitio en el pueblo que hace unas croquetas de muerte. Vamos, nos lo merecemos después de esto.
Sonreí, casi sin querer, y asentí.
—Vale, me parece bien —dije, sintiendo que la idea de salir con ella me aliviaba.
Pero antes de irnos, Clara me miró con una sonrisa traviesa, como cuando planeábamos alguna trastada juntas de pequeñas.
—Espera un segundo, cariño —dijo, su voz baja, casi conspiradora—. Antes de irnos, voy a recordarle a esa perra su lugar. Quédate aquí, ¿vale?
La seguí con la mirada mientras salía de la cocina y se dirigía a la entrada, donde la jaula seguía cerrada. Me quedé en el umbral del salón, observándola, sin sentir la necesidad de intervenir. Confiaba en Clara, y si ella decía que esto era lo que mamá merecía, yo no iba a cuestionarlo. Clara se acercó a la jaula, su postura cambiando a una de autoridad absoluta, y golpeó las barras con la fusta, el sonido metálico resonando en la casa.
—Mírame, perra —ordenó, su voz dura, cargada de desprecio—. ¿Crees que porque tu hija está aquí vas a salirte con la tuya? Eres una cosa, un animal asqueroso, y no te mueves de ahí hasta que yo lo diga. ¿Entendido?
Mamá alzó la cabeza, sus ojos verdes llenos de algo que no supe leer, pero no respondió. Clara dio otro golpe a las barras, más fuerte, y escupió al suelo frente a la jaula.
—Patética —dijo, su voz cortante—. Quédate ahí, en tu sitio, como la basura que eres. Y no se te ocurra hacer ruido mientras no estoy.
Laura observó en silencio, sin moverse, sin decir nada. No sentía la necesidad de hablar con mamá, ni de pedirle a Clara que la dejara hablar. Confiaba en Clara, en su juicio, en su control. Si Clara decía que esto era lo que mamá merecía, ella lo aceptaba. La humillación de mamá frente a ella no la hizo sentir culpable, sino extrañamente tranquila, como si confirmar el poder de Clara sobre su madre reforzara su confianza en ella. Clara se giró hacia mí, su rostro suavizándose al instante, y me guiñó un ojo.
—Venga, pequeña, vámonos a cenar —dijo, con esa calidez que me hacía sentir en casa—. Esa cosa estará bien aquí, donde pertenece.
Asentí, cogiendo mi bolso del perchero mientras Clara agarraba su chaqueta. Salimos de la casa, dejando a mamá en la jaula cerrada, y mientras caminábamos hacia el coche, sentí una paz que no esperaba. Clara era mi refugio, mi confidente, y saber que ella tenía el control, incluso sobre mamá, me hacía sentir que todo estaba en su sitio. Subimos al coche, y mientras conducíamos hacia el pueblo, hablando de croquetas y riéndonos como siempre, supe que, pase lo que pase, Clara siempre sería mi ancla.
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