Todas Putas (1)
Pedro siempre dijo que todos tenemos un precio. Sonia creyó que el suyo era intocable, hasta que la vida la obligó a volver. Ahora, de rodillas frente a su profesor, descubre que el dinero no es lo único que cambia cuando se vende el alma.
Esta frase llevaba dos años rondando mi cabeza.
— ¿Seguro que no eres una puta?
Pedro, mi profesor de piano, era bastante particular. Jamás se callaba lo que pensaba, y era capaz de hablar de las cosas más complicadas haciéndote sentir que se trataba de algo vulgar y corriente.
— Todos tenemos un precio, Sonia. No nos hace malos, es simplemente humano.
— Yo no. Para eso no.
— Ya… Mira, lo que he dicho es una verdad absoluta. Todos tenemos precio, y además lo tenemos en dinero, porque el dinero provee de prácticamente todo, incluídas la paz, la seguridad, el crecimiento personal, la emoción, la sabiduría y hasta el amor si me apuras, sobre todo si eres un hombre. No hay excepciones, por lo que tenerlo no te hace peor que los demás. Afirmar que no lo tienes, en cambio, indica que no conoces tu precio. Y eso no te hace ningún bien, es una falta de autoconciencia como cualquier otra.
Me pareció una de sus imposturas, pero nunca salió de mi cabeza.
— ¿Cómo se sabe el precio?
— Pues confrontando la situación. Imagina que llega Amancio Ortega, un hombre anciano y más bien feo, y te dice que serás su esposa. Calcularías lo que te reportaría a su muerte, ¿verdad?
— Sí.
— Y te lo plantearías, ¿cierto? Porque es algo que te daría, a ti y a generaciones posteriores, seguridad.
— Sí.
— Bien. Pues tú vives bien, así que tu precio, lógicamente, será alto. Tiene que hacerte sentir una diferencia clara entre tenerlo y no tenerlo.
— Ya
— Y yo te ofrezco 120.000 € por una semana.
— ¡Pedro!
— Lo que oyes.
— Vete a la mierda.
Y salí dando un portazo. Me sentía tan ofendida que cambié de profesor de piano y no volví a dar clase con él.
Pero un año más tarde había cortado con mi novio y había cambiado de trabajo tres veces. Tuve que volver con mis padres un mes después de salir de casa y seguir buscando bolos. Monté una banda, que sólo consiguió ser un entretenimiento.
Y la oferta seguía en mi cabeza.
Hasta que un día me peleé con mi madre, y al día siguiente me planté en la academia.
— ¿Podemos hablar?
— Claro.
— Recuerdas que dije que no? Pues ahora digo que sí.
Dije, muy digna, pero coqueta, apoyada en la ventana.
— De acuerdo, Sonia, pero ahora la oferta se ha reducido. Son 20.000 € por una semana.
— 60.
— 30.
Y asentí, intentando recuperar la sonrisa.
— ¿No vas a pactar los servicios?
— ¿Cómo?
— No puedes ofrecerme una semana a discreción por 30.000 euros. Puedo estar loco, o hacer algo que, para ti, valga más. O quizá quiero algo tan sencillo durante esa semana que estarías dispuesta a hacerlo por 10.0000.
— Ya, entiendo.
— El valor marginal del dinero que te daré depende del que ya tienes y del que consideras que puedes obtener en el futuro más o menos cercano. El precio de tus servicios como puta.
— Y dale.
— Eres una puta, como todas. Y como todos, aunque en nuestro caso no tenemos generalmente tanto valor económico.
— Es una palabra fea. Y no lo voy a hacer más, por muy valioso que sea.
— Vaya, a ver… Es una palabra clara, pero, como todas, no tiene un significado adherido, unívoco. No se puede llamar a las cosas por su nombre porque las cosas no tienen nombre. Luego, en cuanto a que lo hagas o no en adelante, no hace diferencia alguna. Ya eras puta y seguirás siendo igual de puta. La diferencia está, como en cualquier otra competencia, en que lo serás mejor o peor, más o menos experta. Mala puta o buena puta, tú verás. En cuanto al valor, depende de muchos factores y es subjetivo: hay millones de putas que me la chuparían por 60 euros, pero yo jamás le comería el coño a una desconocida que no me atrajese, probablemente, por menos de medio millón. Tengo dinero y vivo frugalmente. Pero sí le daría un masaje por 100, probablemente no me importaría. Si no tuviese dinero lo haría por 100, probablemente.
— Ya. Por 60 euros no te la chupo.
— ¿Me la chuparías ahora mismo por 500? Así estaría seguro de si la chupas bien, y de que realmente quiero tenerte una semana como cubo de semen y te ganarías el cierre del contrato. Ahora realmente estaría comprando a ciegas, y, te lo creas o no, en buena medida lo hago por ti. Disfrutaré follándote, por supuesto. Pero disfrutaré más de tu viaje y hablaremos mucho.
Me di la vuelta y miré por la ventana. Ya estaba dispuesta a hacerlo, así que dije que sí mientras me hacía una cola en el pelo.
— Ábrete la camisa. — dijo, cuando aún estaba de espaldas a él.
Le obedecí.
— Coge primero el dinero, Sonia.
Suspiré y me dio la risa.
— ¿Esto es una clase?
— Sí, lo es. Eres una puta novata y mala. Si quieres valer lo que me pides, tienes que ser muchísimo más y mejor puta. Ahora, así como estás, ponte de rodillas.
Se había sacado el rabo. Olía a limpio, suerte para mí. Era bonito, aunque no había visto muchos en el mundo real. Me acarició la boca con la polla mientras me tocaba el cuello con el dinero.
Saqué la lengua para mamarle el capullo y me agarró de la cabeza.
— Quieta, golfa, me gusta usar a las putas yo. Ya te pediré un masaje y tendrás que esforzarte en chupar activamente. Ahora quiero follarte la boca esa de puta golfa soberbia que tienes.
Me quedé clavada y a punto estuve de levantarme. Pero respiré hondo. Abrí la boca y cerré los ojos.
— Voy a decirte lo que te haré por 30.000 euros durante una semana. Si algo no entra en nuestro contrato, da una palmada en el suelo si estás con la boca llena, y di “naranja” si tienes la boca libre.
— Okglgoog…
Mientras asentía, su capullo entró contra mi lengua y su mano se posó en mi cabeza.
— Voy a hacerte pasear desnuda por los pasillos del hotel…
— glog… glug…
— Voy a follarte a pelo, quiero todos tus agujeros al natural…
— gug…
— No podrás negarte a tragar nunca, y te follaré la boca en cualquier momento. Me despertarás con una mamada, por supuesto. Me comerás el ojete y los huevos cada vez que lo ordene, y tu coño será barra libre…— Glug, gluglug… GlUgg..
— Para mí y para quien ordene, con un máximo de cinco hombres., por ejemplo… ahhh… así putita, así… Si… si traigo otra putilla tendrás que darme un espectáculo con ella.. Y tu culo, claro. Tendrá que estar siempre aseado por dentro, porque te lo voy a reventar a.. ahhh… a pollazos… traga más, puta…
— GLuG, GLugGlUg.. GLuG glOg
— Y te humillaré sin parar. Lo más suave que escucharás será “puta asquerosa”.... ufff… ahhh… porque eres una golfa chulita, pero me está gustando tu boca de puta… parece que te gusta mamar por dinero, ¿eh? Cómeme los huevos mientras me pajeas, zorra…
— GLOGLog… LlaaAAAMmm… mmmmff..
— Así cariño, ¿ves? Eres una puta, Sonia. Todas sois unas putas. Y no eres una puta cara, eres una zorrilla bastante barata. Vas a tragarte la leche y pedir más, como una buena zorra. Aaaassíí… venga, traga polla otra vez, pero entera, putita…
— GLOGG!! GLGogg… GOGjjjj… GLOG…
Y sí: me estaba poniendo cachonda. Su voz siempre me había hecho escuchar, pero acabé dándome cuenta de que el motivo era lo más obvio: el dinero.
Y esta situación, con su polla empezando a invadir mi garganta, a pesar del esfuerzo que estaba haciendo, no era la excepción. Así que decidí poner cara de zorra para ser una buena puta.
He decidido contar esto porque, creo, sintetiza todo lo que viene después. Y sólo lo que viene después explica lo que pasó en mi cabeza antes. Escribo para aclararme.
Continuará.
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