Rebeca: Del Despotismo a la Ilustración (1ª parte)
Rebeca ha pasado toda su vida construyendo muros de hielo y control, pero esta noche, en un club donde las reglas se invierten, su secretaria no solo va a romper esos muros, sino a mancharlos con la verdad de su propio deseo.
Rebeca acababa de cumplir cincuenta años, pero el tiempo parecía haberse detenido para ella. Su cuerpo era una obra de arte esculpida por la disciplina y la genética: una silueta explosiva que desafiaba los estragos del paso de los años.
Sus pechos, aun con el paso del tiempo, eran firmes y generosos, con sus casi 100 centímetros, eran la envidia de las mujeres más jóvenes, quienes, entre susurros cargados de resentimiento, la llamaban "la diosa de mármol".
Sus caderas que, aunque con los años se habían ensanchado un poco, eran perfectas curvilíneas que se fundían en unos muslos tonificados que parecían diseñados para caminar sobre pasarelas o dominar salas de juntas.
Su piel, tersa y luminosa, era el resultado de años de cuidados meticulosos y una dieta estricta que solo alguien con su fuerza de voluntad podía mantener. La belleza de su cuerpo cubría la falta de hermosura de su rostro, fundamentalmente debido a que su constante desprecio por todo el mundo la hacían más fea de lo que era en realidad.
Pero Rebeca no era solo un cuerpo. Era una mujer que creía que lo había conseguido todo en la vida al ser una de las más importantes directivas de la mayor entidad bancaria del país, habiéndolo hecho a pulso, con un esfuerzo titánico que pocos podían comprender.
En un mundo de élite donde el sexo y las relaciones turbias eran moneda de cambio, ella, aunque no siempre fuera fácil, había logrado mantenerse al margen, mientras otros ascendían entre sábanas de seda y promesas vacías.
Rebeca había construido su imperio con inteligencia, disciplina y una determinación férrea. Sus superiores, hombres y mujeres acostumbrados a jugar sucio, la admiraban por su brillantez y su capacidad para resolver problemas que parecían insalvables. Para ellos, Rebeca era como la gallina de los huevos de oro: un activo invaluable que había que proteger a toda costa. Y así lo hicieron, blindándola de las intrigas y los juegos de poder que solían rodear a los altos ejecutivos.
Sin embargo, su rechazo a las dinámicas sexuales de la élite no era por moralismo ni por falta de deseo. Rebeca huía por miedo, pero no un miedo al sexo duro que se vive en las alturas, en la que los placeres más ocultos florecen por el poder del dinero, como cuando una mujer es penetrada de forma salvaje por varios hombres entregándose a los placeres prohibidos. No, su miedo era más profundo, más arraigado.
Tanto esfuerzo laboral, tanta dedicación mental, la habían llevado a vivir en una burbuja, desconectada del mundo real. Había invertido cada gramo de su energía en su carrera, en su imagen, en su perfección, y en el proceso había olvidado cómo sentir, cómo conectar, simplemente, cómo “ser”.
El sexo, con su crudeza y su vulnerabilidad, la asustaba porque era un recordatorio de todo lo que había dejado atrás: la espontaneidad, la entrega, la humanidad. Aunque no lo admitía, ni siquiera ante sí misma, ese miedo la mantenía prisionera en su propia torre de marfil.
Ese miedo lo materializó en su trato laboral. Perfiló su despotismo, principalmente, durante su época como directora de sucursal bancaria de barrio en su Valencia natal con cualquiera que osara pedir ayuda financiera. No había nadie con o sin poder que no lo estrujara. Rebeca no negociaba: cazaba. No distinguía entre tiburones en traje y pequeños negocios familiares; para ella, todos eran piezas de un juego donde ganar significaba aniquilar. Su arma era su carácter despótico: una inteligencia glacial que detectaba debilidades como un sabueso entrenado. Una vez descubrió que un ferretero, aparentemente honorable, movía dinero negro a través de facturas falsas mientras su hijo dilapidaba fortunas en apuestas clandestinas. En lugar de denunciarlo, Rebeca le concedió un crédito inflado con intereses estratosféricos, sabiendo que caería en impagos. Cuando el local fue subastado, incluyó el caso en su currículum como "recuperación de activos de alto impacto". Así operaba: convertía la corrupción ajena en peldaños para su ascenso.
Por eso, todos asumían que su crueldad profesional se extendía al sexo. —Una mujer que despedaza éticas así debe romper camas, —murmuraban a sus espaldas. Nada más lejos de la realidad, ya que, tras cerrar la puerta de su bungalow de diseño minimalista o la habitación de lujo de cualquier hotel donde se hospedaba por viaje de negocios, Rebeca se transformaba en un algoritmo de soledad.
Los escorts masculinos que contrataba, siempre en ciudades donde no residiera, recibían órdenes tan frías como sus informes de riesgo: “Termina en diez minutos, no hables, enséñame a hacerlo mejor, etc.”. Les pagaba el triple por dos servicios: uno, por su silencio, pero no solo para que no se fueran de la lengua por follársela, eso se daba por hecho, sino porque no se extendiera el rumor de lo fría y frígida que era ante ellos, y el otro servicio, las lecciones de felación que decidió solicitarles cuando, hace muchos años, oyó decir a una jefa suya, su maestra y de quien aprendió todo para ser la número uno en su trabajo, el poder que daba tener cogidos a los tíos cuando se tragaba sus pollas.
No sabía por qué les pedía las lecciones, ya que nunca las llegaba a utilizar. Al menos, con ello, se quitaba de encima esa imagen de frígida despótica que siempre la acompañaba: "más lengua aquí… menos dientes…", mientras obedecía como si estuviera en una videoconferencia corporativa y su piel comenzaba a arder.
Practicaba con una precisión técnica aséptica, como si estudiara para un examen que nunca llegaría. Los gemidos que fingía sonaban a transacciones fallidas, y aunque su boca aprendía, su cuerpo seguía siendo un territorio yermo, por eso tragaba y devoraba las pollas de alquiler, pero nunca dejaba que se corrieran sobre su cutis. Era su asignatura pendiente.
Era su paradoja: dominaba el arte de dar placer, pero ni siquiera en aquellos viajes anónimos lograba sentir algo que no fuera el eco de su propio vacío.
Con los años, y debido al traslado de la sede social de su entidad,, Rebeca volvió a su ciudad natal empezando a frecuentar gimnasios de clase media como una reina visitando suburbios. No por necesidad, el propio edificio donde trabajaba tenía un gimnasio y un spa de lujo para sus directivos, sino porque adoraba el contraste: ser un diamante en un escaparate de plástico.
Allí, entre máquinas oxidadas y espejos empañados, su cuerpo se convertía en un monumento a la excelencia inalcanzable. Usaba leggings que pintaban sus caderas como pinceladas de un artista obsesivo y tops que dejaban al descubierto su abdomen cincelado, no para seducir, sino para subrayar la mediocridad ajena. Cada sentadilla, cada estocada, eran actos performativos: coreografiaba su superioridad ante un público de hombres sudorosos que tragaban saliva y mujeres que ajustaban sus sujetadores con envidia resignada.
Pero aquel teatro escondía un riesgo que Rebeca subestimaba. En el spa del gimnasio, donde el vapor borraba las jerarquías, más de un cliente humillado por sus préstamos abusivos la observaba con miradas de hiena hambrienta. Soñaban con arrinconarla contra los azulejos fríos y sus manos callosas arañando ese cuerpo pulido como si fuera una factura por cobrar. Querían devorar su altivez a mordiscos, reducir su elegancia a jadeos sucios, probar si bajo esa piel perfecta latía algo más que números. Pero ni en sus fantasías más brutales imaginaban la verdad: Rebeca no sabía lo que quería, solo sentía un vacío que ni el poder ni la admiración podían llenar.
Su cuerpo, entrenado para ser una fortaleza, a veces traicionaba sus pensamientos. Algunas noches, mientras se masajeaba las piernas frente al espejo, sus dedos se detenían en el borde de la ropa interior, y por un segundo imaginaba cómo sería que alguien le arrancara ese control a fuerza de dientes, pero no como lo conseguía ahora, pagando, sino en una relación que fuera más sentimental o amistosa. Pero el miedo siempre ganaba, convirtiendo aquellos destellos en ceniza. Aún no estaba lista para admitir sus deseos.
En el lado contrario, estaba su secretaria de dirección, Amalia, que era el antídoto perfecto para el despotismo de Rebeca. Mientras su jefa irradiaba una frialdad que helaba las oficinas, ella era un rayo de sol en miniatura: apenas metro cincuenta y cinco de altura, un cuerpo menudo que parecía diseñado para esconderse tras montañas de papeles, y unos pechos pequeños, pero perfectamente esculpidos, como si un artista hubiera decidido que menos era más.
Su sonrisa, sin embargo, era su arma secreta: dulce, traviesa y cargada de promesas. Cada vez que se reía, y lo hacía a menudo, sus ojos brillaban con una luz que hacía preguntarse a más de uno qué se escondía detrás de esa apariencia de mosquita muerta.
Amalia era la encargada de limpiar los desaguisados de Rebeca, pero nadie sospechaba que, tras esa fachada de eficiencia y simpatía, había una mujer que jugaba con fuego. Siempre pendiente de su jefa, parecía no tener vida más allá de la agenda de Rebeca... o eso creían los demás. La verdad es que poco se conocía del pasado de la secretaria de treinta y nueve años, más allá de que venía escalando y luchando desde lo más bajo.
Era muy reservada con su vida privada. Lo que no sabían era que Amalia tenía un doble turno: por las noches, frecuentaba lugares donde la modestia no era moneda de cambio. Allí, su sonrisa inocente se transformaba en una invitación peligrosa, y su cuerpo menudo, que en la oficina pasaba desapercibido, se convertía en el centro de atención. Era como un caramelo envuelto en papel transparente: pequeño, pero imposible de ignorar una vez que lo probabas.
Es por eso que Amalia, como única amiga cercana de Rebeca, para celebrar el cumpleaños número cincuenta de esta, había decidido que era el momento perfecto para sacarla de su zona de confort.
—Es hora de que vivas un poco, Rebeca, —le había dicho con una sonrisa pícara mientras le entregaba una tarjeta de acceso a un local swinger. Esta, aunque reticente, aceptó el regalo más por curiosidad que por convicción, pero con la condición de que fueran juntas, de hecho, no se creía, como le decía muchas veces mientras tomaban un tentempié, que su secretaria de dirección fuera cliente habitual de estos locales. Tan ciega estaba más allá de las cifras de su trabajo que no se daba cuenta de la vida que mantenía la gente a su alrededor.
El local swinger era un lugar que Rebeca nunca habría elegido por voluntad propia. Las luces tenues, los sofás de cuero rojo y el aire cargado de deseo le resultaban ajenos, casi intimidantes. Era como entrar en un mundo paralelo donde las reglas que ella dominaba no se aplicaban.
Aquella noche, el destino, o la mala suerte, quiso que no hubiera parejas, y las únicas mujeres fueran ellas dos. Por parte masculina, solo dos hombres, un poco más mayores que ellas, pero con muy buena presencia: uno de cabello canoso y sonrisa seductora llamado Carlos, y otro más robusto, de mirada intensa, que se presentó como Javier.
Rebeca, vestida con unos vaqueros de marca y un suéter de cuello alto que apenas contenía sus 100 cm de pecho, intentó mantener su compostura. Amalia, en cambio, lucía un vestido corto que dejaba ver el borde de sus medias de encaje y un escote que, aunque modesto comparado con el de su jefa, era una invitación directa al juego.
Amalia, experta en esos lares, no tardó en entablar conversación con ellos. Rebeca, con su habitual vanidad, observaba, incómoda pero fascinada, cómo su secretaria coqueteaba con naturalidad, riendo y tocando a los hombres con una confianza que a ella le resultaba inalcanzable. No tardó mucho en acercarlos a su jefa cogiéndolos de la mano a ambos para presentárselos. Carlos se inclinó hacia esta con su voz baja y cargada de intención: —¿Y tú, Rebeca? ¿Qué te trae por aquí? —Ella, acostumbrada a controlar cada situación, se sintió fuera de lugar. Respondió con evasivas, mientras Amalia tomaba el control de la conversación, dejando claro quién era la anfitriona de aquel encuentro.
Tras un rato de conversación para que Rebeca se relajara, Amalia propuesto que era momento de trasladarse a los reservados, un espacio más íntimo donde las toallas de algodón reemplazarían la ropa, o lo que es lo mismo, equivalía a ir los cuatro a cambiarse a los vestuarios.
Es aquí donde la cumpleañera recibió el primer shock, ya que era mixto: debía desnudarse frente a dos hombres que no conocía de nada. Hizo como que no los veía, concentrándose en quitarse la ropa de espaldas, pero no pudo evitar notar cómo la observaban.
Amalia, en cambio, no tuvo reparos y se deslizó las braguitas con un movimiento fluido, dejando al descubierto su humedad, introduciéndose los dedos en la boca con una sonrisa provocativa antes de envolverse en la toalla. Los hombres, expertos en saber estar y comportarse en estos lugares, les sonreían y las miraban como preparando sus armas para la acción.
Rebeca, aunque intentó ignorarlo, sintió cómo su cuerpo respondía a aquel ambiente cargado de lujuria.
Al salir del vestuario, entraron en una sala con una luz tan tenue que parecía diseñada para borrar inhibiciones. Rebeca se ajustó la toalla con incomodidad, sintiendo cómo el tejido resbalaba sobre su piel. Amalia, en cambio, llevaba la suya con una naturalidad desenfadada, abriéndola ligeramente para insinuar lo que escondía. Aunque su cuerpo no era tan esbelto como el de Rebeca, sabía cómo usarlo.
Los hombres, ahora más relajados, no tardaron en acercarse más de la cuenta. Carlos se sentó junto a Rebeca, su mano rozando su muslo, mientras Javier se inclinaba hacia Amalia, susurrándole algo al oído que la hizo reír con una risa baja y cargada de promesas.
Rebeca, atrapada entre el sofá y Carlos, sintió cómo su cuerpo se tensaba. El hombre, con su miembro ya fuera de la toalla, rozaba su muslo con una insistencia que la hacía contener la respiración. Era como si su altivez, tan imponente en la sede central de su banco, se desmoronara bajo el peso de aquella situación.
Carlos, con una sonrisa burlona pero sorprendentemente delicado, le susurró al oído: —Relájate, princesa. Sé cómo tratar a una mujer como tú.
Sus dedos, hábiles y pacientes, se deslizaron hacia su monte de Venus, explorando con una suavidad que la hizo contener el aliento. Notó su sequedad y, sin decir una palabra, se llevó los dedos a la boca, humedeciéndolos antes de volver a acariciarla. —Así está mejor —murmuró, mientras sus labios encontraban los suyos en un beso lento pero insistente.
Rebeca, aunque reticente, se dejó llevar por el momento, sintiendo cómo su cuerpo respondía, a pesar de su obstinación mental, a esos dedos humedecidos que lentamente le masturbaban la parte superior de su clítoris.
Pero cuando Carlos tomó su mano y la guio hacia su miembro, duro y palpitante, algo dentro de ella se rebeló. Con un movimiento brusco, se apartó, recogiendo su toalla y alejándose hacia el sofá que estaba enfrente del trío.
Frustrado, pero no sorprendido, ya que no era la primera vez que una inexperta reaccionaba así, se ajustó la toalla con un gesto de fastidio comedido. —Vaya, la gran Rebeca no es tan dura como parece, —dijo con una risa cortante. —Pero no te preocupes, cariño, hay otras que saben apreciar lo que ofrezco.
Pero no perdió el tiempo y con una mirada de complicidad hacia Javier, rodearon a Amalia, que los recibió con una sonrisa llena de promesas. Era una pluma entre dos árboles, aparentemente tan poquita cosa, que parecía que fueran a destrozarla, sin embargo, no fue así. Carlos, cogiéndose su miembro que estaba en plena efervescencia la puso junto a sus pequeños labios vaginales dando la sensación de que no iba a conseguir que esa cantidad de carne fuera absorbida por ellos. Con suavidad de maestro empezó a penetrarla hasta que sus dos bolsas que le colgaban hicieron tope, a partir de ese momento empezó a penetrarla con una fuerza que la hizo arquear la espalda.
Por otra parte, Javier colocaba su miembro ya jadeante entre los labios de Amalia que no dudó en tomarlo en su boca con una habilidad que lo dejó resoplando, mientras sus manos enredándose en su cabello lograba que ella succionara con una intensidad que lo llevó al borde del precipicio del placer rápidamente.
Carlos, por su parte, movía sus caderas con un ritmo implacable, cada embestida hacía que Amalia gimiera más fuerte y su pequeño cuerpo temblara entre ambos hombres logrando unos orgasmos que no dudo en expulsarlos a través de gritos.
El clímax llegó casi al mismo tiempo. Javier fue el primero, soltando un gruñido rudo mientras su miembro pulsaba en la boca de Amalia y su lengua lo absorbía cual helado de vainilla en pleno verano. Ella no se detuvo; lamió con una voracidad que lo dejó sin aliento, sus labios apretándose alrededor de la polla succionaron hasta la última gota que su posición le permitía, mirándolo fijamente a sus ojos. De repente, abrió su preciosa boquita, pequeña, pero capaz de albergar semejante mástil, y la mostró toda llena de lefa, dejando escapar una pequeña cantidad que se desbordó por sus mejillas rápidamente hasta caer en sus pezoncitos en forma de peritas que les daban una forma de sensualidad, mientras que el resto del semen lo mantuvo en su boca enjuagándose los dientes, pero sin tragárselo. Lo guardaba para alguien muy especial.
Lo de enjuagarse los dientes con esperma volvía locos a los chicos y, sobre todo, cuando abría la boquita y sacaba la lengua demostrando que se lo había tragado en su totalidad dejándolos alucinados. Era su especialidad. Pero esta vez no fue así…
Carlos, al ver la escena, no pudo aguantar más. Con un gemido ahogado, se retiró de Amalia y, sujetándola por los hombros, la giró hacia él descargando su miembro sobre su rostro en chorros gruesos y calientes, manchando sus mejillas, sus labios y su cuello. Amalia cerró los ojos, sonriendo mientras el semen resbalaba por su piel, como si fuera un trofeo que llevaba con orgullo. Javier, aún excitado, se acercó de nuevo y añadió de su propia contribución, lo que le quedaba mientras estrujaba su miembro sobre los pechitos de la chica, dibujando líneas blancas que contrastaban con su piel sudorosa.
Los dos hombres cayeron sobre uno de los sofás totalmente exhaustos.
Mientras tanto, Rebeca, sentada en el sofá frente a ellos, intentó ignorar la escena, pero era imposible. Sus dedos, mojados en champán, se deslizaban sobre su clítoris con movimientos torpes, como si intentara compensar la excitación que no quería admitir.
Fue entonces, cuando Amalia, con una mirada llena de malicia, se apartó de los hombres y se acercó a su jefa. Estaba cubierta de sudor y semen, sus pequeños pechos brillaban bajo la luz tenue, y su sonrisa era una mezcla de triunfo y provocación.
—¿Te gusta lo que ves, jefa?, —balbuceó las palabras como pudo, al tener la boca llena de esperma, inclinándose sobre Rebeca.
Sin esperar respuesta, la besó en sus labios con una pasión que dejó a esta sin aliento, mezclando el sabor del champán con el del semen que aún flotaba entre sus dientes. Era tal la cantidad de lefa que guardaba Amalia en su boca que tuvo suficiente para cubrir todo el cutis de Rebeca con su experta lengua de mamadora, envolviéndola de fluidos mientras sus manos exploraban cada centímetro de su cuerpo.
Rebeca, que nunca había probado, ni siquiera con los chicos que pagaba, los fluidos de un hombre, sintió cómo su piel se erizaba bajo el contacto de Amalia. Una mezcla de repulsión y excitación que la dejó paralizada.
Por último, y por sorpresa, Amalia volvió a succionar todo el esperma que había vertido sobre la cara de Rebeca como una excelente aspiradora y, enjuagándoselo en su boca, se lo escupió sobre la cara pringándola de una manera que resaltaba su humillación, mientras sonreía burlonamente.
—Prueba el sabor de mi triunfo, jefa, —dijo con una risa baja. —A ver si aprendes.
La escena era digna del mejor porno, Amalia había manchado por completo a Rebeca, que se encontraba tumbada en el sofá, mientras los dos hombres se recuperaban del momento.
—Si no me hubiera dejado seco y reventado la pequeña de tu amiga, te hubiese hecho llegar al séptimo cielo, zorra, —dijo Carlos, todavía molesto por el rechazo sufrido por la déspota.
Ésta, sin embargo, apenas reaccionaba, se encontraba paralizada en el sofá con las piernas abiertas y toda pringosa de lefa, hasta que Javier vació lo que quedaba de la botella de champán que estaba bebiéndose esta, por encima de su cuerpo provocando las risas de los cuatro, incluido Rebeca, que era la primera vez que sonreía en toda la noche y, la primera, que ella recordara, que en un polvo lo hiciera.
La escena era brutal, tanto que Amalia no pudo evitar amorrar sus labios al monte de venus de su jefa para lamer, cual sedienta en un desierto, todos los jugos que resbalaban de todo el cuerpo, haciendo que esta se derritiera.
—Mmmmmm, Amalia por favor, no sigas torturándome, —dijo Rebeca mientras gemía de una manera que sorprendió a todos, siendo los primeros gemidos que soltaba en toda la noche.
Pero su subordina no hizo caso a su jefa y le dio una mamada a su clítoris introduciéndole los dedos en su vagina, que la hizo retorcer en el sofá de placer. El sonido que ofrecía las penetraciones con los dedos gracias al champán que pringaba todos los labios de su dueña puso como una moto a la más pequeña del grupo que empezó también a gemir. Estaba salida y necesitaba más…
—Uff, estoy como una moto y me habéis dejado todos a medias, —dijo la excitadísima Amalia, al contrario que su jefa que, aunque excitada, deseaba poner fin ya a todo aquello.
Aprovechando la coyuntura, entró en liza la dueña del local, una mujer entrada en carnes y que durante toda la noche había estado muy seria, cosa que extrañó a los chicos, que la conocía de otras ocasiones, pero no a Amalia… Traía unas toallas para que se ducharan y se quitaran todos los fluidos y aquellas pintas que llevaban encima, mientras daba instrucciones al camarero…
…¿qué instrucciones habrá dado esta mientras no dejaba de mirar con desprecio a Rebeca?...
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