Sumisa de la hija de mi amiga 12
La copa no contenía vino, sino la esencia más íntima de su Ama. Mientras Elena bebía, la pantalla del portátil mostraba la vergüenza de otra madre, y el silencio de la casa solo era roto por el susurro de órdenes que desdibujaban los límites de la familia.
La espera se había hecho eterna. Aproveché para adelantar un compromiso que tenía pendiente con un amigo (Entrevista a Elena: Sumisa de la hija de mi amiga: https://movil.todorelatos.com/relato/242471/) así como unos tediosos trámites de la notaria con el portátil.
Cuando por fin cerré la pantalla, el silencio de la casa era absoluto, solo roto por el lejano rumor del mar. Miré el reloj: las once y cuarenta y cinco. Con un nudo de nervios en el estómago, me desvestí rápidamente, cumpliendo el deseo tácito de mi Ama de verme siempre desnuda y disponible en su presencia. Con manos que apenas temblaban, recuperé el plug anal de su escondite y, con la práctica ya automatizada, lo lubriqué y lo coloqué en su sitio. La familiar sensación de plenitud metálica me reafirmó en mi papel. Estaba lista.
Pocos minutos después, la puerta se abrió sin previo aviso. Sofía entró, también desnuda, su cuerpo esbelto y pálido parecía brillar en la penumbra de la habitación. Traía consigo una energía contenida, un brillo de malicia en sus ojos azules.
—Tu hija ha tardado en dormirse, pero por fin está frita,— anunció, con un deje de impaciencia. —Son las doce menos diez. Justo a tiempo para nuestra cita con mi madre. Voy a prepararlo todo. Baja y trae una botella de vino y un par de copas.
Asentí en silencio y salí de la habitación, sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Bajé a la cocina, donde la luz de la luna se colaba por la ventana, iluminando la encimera. Encontré una botella de tinto ya abierta y dos copas de cristal. Al subir, el tintineo del cristal era el único sonido en la casa dormida.
Al entrar en la habitación, vi que Sofía ya tenía su portátil abierto sobre la mesilla de noche. La pantalla mostraba la ventana de Skype. Estaba tecleando en el chat, una sonrisa juguetona en sus labios.
«Querida putita, he tenido un problema con la cámara y no me vas a poder ver hoy, pero prometo que pronto nos veremos. Vamos a realizar la sesión, y si estás dispuesta a ser mi esclava como Elena debes saber que no debes negarte a nada, entendido?»
La respuesta de Marta no se hizo esperar. «Sí, estoy deseando poder obedecer tus órdenes. ¡Qué pena no poder verte!»
«Antes de empezar con el vídeo prepara una copa», tecleó Sofía.
«Voy», fue la respuesta inmediata.
Sofía alzó la mirada hacia mí.
— Sírveme una copa de vino— ordenó.
Obedecí, tomando la botella y llenando una de las copas hasta la mitad con el líquido granate. Cuando me acerqué a la segunda copa, su mano se posó sobre mi muñeca, deteniéndome.
— Tú no beberás vino,— dijo, su voz fría y clara.
Cogió la copa vacía de mis manos y, con una naturalidad pasmosa, se puso de pie y se la acercó a la entrepierna. Contuve la respiración mientras veía, hipnotizada, cómo un chorro dorado y cálido salía de su interior, llenando lentamente la copa de cristal hasta el borde. El olor acre y ligeramente dulce se mezcló con el aroma del vino en la habitación.
Al terminar, unas gotas residuales brillaron en su piel. Sin necesidad de que me lo ordenara, me arrodillé y, con la punta de la lengua, limpié meticulosamente cada gota, saboreando la esencia salada de mi Ama.
Sofía me tendió entonces la copa, ahora llena de su orina.
— Tú brindarás con esto— declaró.— Y no quiero que te lo bebas de un trago. Lo irás saboreando poco a poco, como un buen vino. Disfruta de cada sorbo.
La tomé con ambas manos, sintiendo el calor del líquido a través del cristal. Era un cáliz de mi humillación, y mi sumisión exigía que lo honrara.
En ese momento, un nuevo mensaje de Marta apareció en la pantalla. «Estoy lista.»
Se activo la pantalla del vídeo. La imagen de Marta apareció, nítida. Llevaba un precioso conjunto de lencería de encaje color rosa, que contrastaba con la intensidad de su mirada, expectante y sumisa.
Sofía tecleó rápidamente. «Quiero brindar por mi nueva esclava. Coge esa copa, quiero verte orinar en ella. Vas a beberte todo su contenido para mí.»
A través de la pantalla, vimos cómo la expresión de Marta se tornaba de sorpresa a duda, y finalmente a una determinación excitada. Se levantó, apartó la tela de su braguita y, con una concentración absoluta, comenzó a orinar en su propia copa de vino. El chorro, al principio tímido, pronto se volvió constante, llenando el recipiente con un líquido ámbar. Cuando terminó, alzó la copa hacia la cámara, mostrándonos su contenido con una mezcla de vergüenza y orgullo.
Sofía sonrió, satisfecha, y escribió: «Brindemos. Y como te decía, pronto nos veremos y ya podrás beber de mí. Eso te gustará más.»
— Muchísimo— respondió Marta al instante.
Sofía alzó su copa de vino. Yo, con el corazón latiéndome con fuerza, levanté la mía, cargada con orina de nuestra ama. Quizá la próxima vez que bebiera de ella lo podría hacer compartiéndola con su madre, todo esto era una locura, y me tenía intensamente enganchada. A través de la pantalla, Marta hizo lo mismo con la suya, la alzó como si quisiera brindar con nosotras.
"Por mi nueva y obediente esclava", escribió Sofía, y bebió un sorbo de vino.
Yo, siguiendo sus órdenes, acerqué la copa a mis labios. El olor era intenso, animal. Cerrando los ojos, di un pequeño sorbo. El sabor, salado, cálido y ligeramente amargo, inundó mi boca. Lo mantuve un momento, saboreando la esencia de mi Ama, antes de tragar. Era degradante y me ataba a ella de una manera que ni el plug anal ni las marcas en mi piel podían igualar. En medio de esta nueva humillación, una chispa de excitación recorrió mi cuerpo. Estaba bebiendo de mi Ama, y cada sorbo era un recordatorio de que le pertenecía por completo.
A través de la pantalla, vi a Marta hacer lo mismo, bebiendo su propia orina con los ojos cerrados, una expresión de entrega total en su rostro. Las tres, unidas por un vínculo invisible y perverso, brindábamos en la noche, cada una a su manera, en el altar de la sumisión que Sofía había erigido. El juego continuaba, y los límites se desvanecían en la oscuridad, dejando solo la verdad cruda de nuestro deseo y nuestra entrega.
Cuando Marta había bebido media copa, Sofía le dió la orden de vaciar el resto sobre su cabeza. A través de la cámara, vimos cómo Marta, sin dudar un instante, alzaba la copa y volcaba su contenido sobre su rostro y su pelo. El líquido ámbar corrió por sus mejillas, empapando su melena y manchando la delicada lencería rosa. Goteaba sobre sus pechos, con los ojos cerrados y una expresión de éxtasis sumiso. Era un espectáculo de humillación voluntaria que me dejó sin aliento.
«Muy bien. Me encanta verte así, sucia como la puta que eres», tecleó Sofía, una sonrisa de puro poder dibujada en sus labios.
Luego, su mirada se volvió más astuta. Escribió de nuevo.
«Mi otra sumisa, Elena, me contó que tienes una hija. ¿Está en casa?»
Marta, con el rostro aún brillante y el pelo pegado a la piel, leyó el mensaje y respondió con voz jadeante que se filtraba por los altavoces.
— No, se ha ido de fin de semana con... unas amigas.
La sonrisa de Sofía se ensanchó.
«Perfecto. Quiero que vayas a su habitación y me traigas unas bragas usadas de tu hija. De las más sucias que encuentres.»
Un escalofrío me recorrió.
— ¿Qué vas a hacer con ellas?,— le pregunté en un susurro, incapaz de contener mi horror y mi morbosa curiosidad.
Sofía me miró, sus ojos brillando con una malicia glacial.
— Mi madre tiene que acostumbrarse al sabor de su hija. Tiene que aprender cual va a ser el olor que va a tener a partir de ahora en su cara y en su boca. Ya verás que en breve, no solo me va a comer el ojete, Vaquita, sino que encima me lo va a suplicar.
Marta salió del encuadre y regresó minutos después con una pequeña tela negra en la mano. Eran unas braguitas de deporte.
— Jaja, solo he encontrado estas, las del gimnasio, se las dejé bien preparadas— susurró Sofía en voz baja— Están que echan humo. Sudadísimas.
«Huelelas», ordenó Sofía a través del teclado. «Hondo. Y dime a qué huelen.»
Vimos cómo Marta se llevaba la tela a la nariz e inhalaba profundamente. Su expresión era una mezcla de vergüenza y una excitación que no podía disimular.
— Huelen a... a ella. A su sudor, a su... a su coño— dijo Marta, titubeante.
«Ahora, lámelas. Especialmente quiero ver tu lengua recorrer bien la zona donde estuvo el coño de tu pequeña. Quiero ver si estás dispuesta a lamer su esencia de tu hija para mí.»
Marta, con una obediencia que ya rayaba en lo hipnótico, acercó la tela a su boca y pasó la lengua por la entrepierna. Una vez, otra, con los ojos cerrados, perdida en el acto. Los gemidos bajos que emitía confirmaban que, lejos de repudiarlo, lo encontraba profundamente excitante.
«¿Te gusta?», preguntó Sofía.
— Sí...— jadeó Marta, su voz un hilo de sonido cargado de lujuria.
«Bien. Ahora, métetelas enteras en la boca. Y mientras las tienes ahí, desnúdate completamente.»
La visión fue surrealista. Marta, con las bragas de su hija abultándole la boca, y con el pelo húmedo de su propia orina, comenzó a quitarse el conjunto de lencería con movimientos torpes pero urgentes. Su cuerpo, aún en buena forma pero marcado por la edad y la maternidad, quedó completamente expuesto. La tela negra sobresalía de sus labios como un mudo testigo de su degradación.
Fue entonces cuando Sofía se volvió hacia mí.
— Y tú, deja de mirar y haz tu trabajo. Cómete el coño de tu Ama.
Obedecí al instante. Me arrodillé entre sus piernas y enterré mi rostro en su sexo, mi lengua buscando su clítoris con la devoción de siempre. Pero mi mente estaba dividida. Mientras lamía, succionaba y gemía contra su piel, mi atención estaba puesta en los sonidos que llegaban del portátil. Los jadeos de Marta se hicieron más fuertes, más desesperados. Sofía, con una mano en mi pelo guiando mis movimientos, tecleaba órdenes a su madre con la otra.
No podía ver la pantalla, pero imaginaba la escena. Los gemidos de Marta, entrecortados por la tela en su boca, me daban pistas. Sofía debía estar ordenándole cosas cada vez más explícitas.
El sonido de un consolador, o quizás de sus propios dedos, penetrándola. Sus gemidos subían de tono, se volvían más agudos, más animales.
Yo redoblaba mis esfuerzos, deseando con cada fibra de mi ser que Sofía alcanzara el clímax, que mi boca fuera la causa de su placer mental y físico de su propia madre.
Finalmente, lo logré. Un temblor violento recorrió su cuerpo y un grito ahogado escapó de sus labios. Un torrente cálido y familiar inundó mi boca y mi mentón. Me obligó a mantenerme ahí, bebiéndola, hasta la última gota.
Cuando me separé, jadeante, alcé la vista hacia la pantalla. La imagen que vi me dejó paralizada.
Marta estaba a cuatro patas en el suelo, de espaldas a la cámara, con las nalgas elevadas. Un consolador de tamaño considerable estaba incrustado en su ano, y una de sus manos se movía frenéticamente sobre su sexo, masturbándose.
De repente, el sonido gutural y ahogado de Marta, con las bragas de su hija aún abultándole la boca, se convirtió en un grito largo y tembloroso que resonó a través de los altavoces del portátil. Su cuerpo, arqueado en una posición obscena, se convulsionó violentamente. La mano que se masturbaba se detuvo, aferrándose a su propio muslo con fuerza, mientras el consolador seguía incrustado en su ano. La oleada de su orgasmo la recorrió, dejándola jadeante y temblorosa, desplomada sobre el suelo, la imagen misma de la rendición absoluta. Lo más impactante del acto de ese orgasmo solitario y obsceno, había sido dirigido a distancia por su propia hija.
Sofía, junto a mí, soltó una risa baja y satisfecha. Tomó su copa de vino y bebió un largo sorbo, sus ojos fijos en la pantalla donde su madre, su nueva y obediente esclava, culminaba su humillación.
— Lo ves, Vaquita— murmuró, acariciándome el pelo con una mano.— No hay límite. Para ninguna de vosotras. Haréis siempre lo que os ordene porque mi madre es igual de puta que tú.
Y en ese momento, viendo el éxtasis y la vergüenza fundirse en el rostro de Marta a través de la pantalla, y sintiendo el sabor de Sofía aún en mis labios, supe que tenía razón. El abismo no tenía fondo, y yo, la Vaquita, estaba cayendo en él con los ojos bien abiertos, deseando cada nuevo y terrible escalón que mi Ama me hiciera descender.
Sofía, a mi lado, soltó un suspiro de satisfacción profunda. Sus dedos, que aún jugueteaban en mi pelo, se enredaron con fuerza y me apartaron suavemente de su sexo. Sus ojos, brillantes y fríos, no se apartaban de la pantalla.
«Muy bien, esclava. Ahora, quiero que lamas el consolador como si fuera mi polla. Límpialo bien con tu lengua», tecleó.
En la pantalla, vimos cómo Marta, con movimientos lentos y agotados, se retiraba el juguete de su interior. Se lo llevó a la boca y, con los ojos fijos en la cámara, comenzó a pasar su lengua por la superficie de latex, limpiando meticulosamente los restos de su propio cuerpo. Su mirada era vidriosa, sumisa, completamente quebrada.
Mientras lo hacía, Sofía escribió de nuevo, sus dedos volando sobre el teclado con una determinación feroz.
«Si quieres ser mía definitivamente, si quieres probar tu sumisión absoluta, tienes que hacer una última cosa. Quiero que me envíes una foto. Una foto desnuda de tu hija.»
Yo contuve la respiración, mirando a Sofía con incredulidad. ¿Una foto de mi ama? ¿Desnuda? El horror se apoderó de mí, un frío que me heló la sangre. Esperaba una negativa o una mínima resistencia como mínimo de su madre.
Marta, en la pantalla, se detuvo. Se sacó el consolador sucio de su boca y trago saliva.
–¿Una... una foto de Sofía? –preguntó, su voz ronca por el esfuerzo y la humillación.
«Sí. De tu hija. Desnuda. Seguro que es una chica mona pero no es que me interese, es que quiero ver hasta donde serías capaz por mí», tecleó Sofía, su expresión era una máscara de piedra.
Hubo un silencio cargado al otro lado de la pantalla. Luego, la voz de Marta, clara y sin un ápice de duda, respondió:
–Lo haré.
Un escalofrío me recorrió. Sofía sonrió, una sonrisa triunfal y depredadora.
«Cuando lo hagas», escribió, «te haré llegar tu propio plug, como el que lleva Elena. Para que lo lleves siempre para mí. Y entonces, por fin, te conoceré. Cara a cara.»
El rostro de Marta se iluminó con una mezcla de excitación y alivio. La promesa de un encuentro físico, de tener el símbolo de su sumisión dentro de ella, pareció electrificar a Marta.
–¡Lo estoy deseando! –exclamó, y luego, con un deje de curiosidad lasciva, añadió–: estoy deseando poder mirarte a la cara y hacer lo que me pidas.
«Te follaré como la puta sucia que eres. Aunque sea una mujer, te prometo que te follaré como ningún hombre lo ha hecho jamás.»
La sorpresa fue evidente en el rostro de Marta durante una fracción de segundo. Hasta ahora desconocía el sexo de "DomX". inmediatamente después un rubor intenso y una sonrisa tímida cubrió el rostro de mi amiga. La idea, tan transgresora, pareció encajar en su nueva realidad.
–Me... me gusta –susurró.
«Lo sé», tecleó Sofía. «Y no creas que porque yo sea mujer tendrás un trato distinto, te haré traspasar todos los límites imaginables.»
Y con eso, cerró la videollamada. La pantalla se volvió negra, sumiendo la habitación en un silencio repentino, solo roto por el latido furioso de mi corazón. La habitación quedó sumida en un silencio pesado, cargado con el olor a sexo, vino y orina. El triángulo perverso se cerraba. Marta, la madre, deseando entregarse a su propia hija sin saberlo. Yo, la amante sumisa y madre de su novia, habiendo sido testigo y partícipe de la humillación más íntima. Y Sofía, en el centro, la maestra de marionetas, tirando de los hilos con una destreza aterradora.
Me quedé mirando a Sofía, incapaz de articular palabra. El plug en mi interior parecía haberse vuelto de hielo.
–¿Una foto tuya? –logré balbucear finalmente–. Sofía, eso es... no puede ser ¡Y tú madre ha accedido!
Ella se giró hacia mí, sus ojos azules eran dos pozos de oscura satisfacción.
–Mi madre no tiene reparos en mostrarme a mí, su hija, desnuda a otra mujer. No tiene reparos en nada –dijo, su voz serena pero cargada de veneno–. Tengo muchas, muchas ganas de humillarla. De mostrarle su lugar.
–Pero... –No pude terminar, rápidamente me interrumpió.
–Además, no seas tan hipócrita de escandalizarte, acabas de comerle el coño a tu hija menor y estabas como una perra en celo.
Su lógica era indiscutible. Con la cara sonrojada me quedé en silencio.
Se acercó a mí, su cuerpo desnudo rozando el mío. Agarró uno de mis pechos con fuerza.
–Mi madre va a ser mi puta, Elena. Y la voy a tratar como tal. Igual que a ti. Os tendré a las dos. Seréis mis putas sumisas.
Sus palabras, en lugar de aterrorizarme, encendieron una chispa en lo más profundo de mi ser. La misma chispa oscura y retorcida que me había llevado hasta aquí. El miedo y la culpa luchaban contra una excitación profunda y culpable. Sofía no solo estaba poseyendo mi vida y mi cuerpo; estaba ampliando su harem secreto y para ello había determinado ir finalmente a por su propia madre. No solo la quería dominar; quería destruirla y reconstruirla a su antojo, convirtiendo a su propia madre en otra versión de mí. Y yo, en el centro de todo, era su cómplice, su testigo y su instrumento.
–¿Y... Raquel? –pregunté, mi voz apenas un susurro.
–Raquel es mi novia –dijo Sofía, con un encogimiento de hombros–. Es diferente. Pero ustedes dos... –su mirada recorrió mi cuerpo desnudo y tembloroso–. Ustedes sois mis putas.
Se inclinó y sus labios rozaron los míos en un beso que no era de ternura, sino de posesión. Un beso que sabía a vino, a orina y a poder absoluto. Y supe, con una certeza que me aterraba y me excitaba por igual, que no había vuelta atrás. La Vaquita había encontrado su rebaño, y su Ama las conduciría a todas hacia el abismo, una detrás de otra.
–Bien, Vaquita -dijo, su voz un susurro ronco-. Ha sido una noche productiva. Me voy con tu hija.
Me hizo arrodillarme y restregó su sexo por mi cara. Dejé mi cabeza relajada como un gesto instintivo de sumisión y agradecimiento.
–Quiero que duermas con mi olor en tu cara. Mañana –continuó, y su tono adoptó ese deje lascivo que precedía siempre a una nueva orden– quiero que nos despiertes a Raquel y a mí. No te laves la cara, nos llevarás el desayuno a la cama.
Asentí contra su piel, sabiendo que había más. Siempre había más.
–Y lo harás desnuda –añadió, y sentí cómo sus dedos se enredaban un poco más fuerte en mi cabello–. Quiero que mi novia se acostumbre a verte así. Expuesta. Natural. Que vaya aceptando tu cuerpo, que vaya sintiendo la curiosidad... la atracción.
Sus palabras encendieron una chispa de pánico y excitación en mi pecho. ¿Atracción? ¿De Raquel hacia mí? La idea era tan monstruosa y tan retorcida que apenas podía formularla en mi mente. En lo profundo de mi ser era algo que deseaba por transgresor que resultara.
–Es joven y curiosa. Está tarde te miraba desnuda cuando creía que no nos dábamos cuenta. Vamos alimentar esa curiosidad. Quiero que te muestres bien ante ella
–¿Crees que le puedo atraer a Raquel? –pregunté con timidez.
–Estoy segura de ello. Algún día, Vaquita, follaréis las dos conmigo. Juntas. Sin secretos. Será... liberador.
La crudeza de su fantasía, que era también la mía, hizo que un temblor incontrolable me recorriera. Visualicé la escena: Raquel y yo, desnudas, entregadas a Sofía, nuestros cuerpos, el joven y el maduro, fundiéndose bajo su dominio. La prohibición absoluta. El pecado último. Y para mi terror y mi vergüenza, sentí cómo mi cuerpo respondía con una humedad caliente e inmediata. Un gemido ahogado se escapó de mis labios.
Sofía lo captó al instante. Una sonrisa lenta, de triunfo absoluto, se dibujó en su rostro.
–Te excita la idea. Admítelo.
No podía mentirle. No quería. En el oscuro rincón de mi alma que ella había reclamado, esa era la verdad.
–Sí –confesé, mi voz apenas un hilo de sonido, cargado de culpa y lujuria–. Me excita. Me excita muchísimo, Ama.
–Bien –dijo, satisfecha–. Ahora, a dormir. Mañana empiezas a labrar ese futuro.
Salió del cuarto de Laura y volvió con Raquel.La casa estaba en silencio, solo el mar rompiendo en la playa como un latido constante. Me acosté en la cama individual, pero el sueño no llegaba. Mi mente no dejaba de reproducir la imagen de Raquel, dormida e inocente en la habitación de al lado, ajena a los designios que su novia y su madre tramábamos para ella.
La mañana llegó teñida de una luz dorada y salitrosa que se colaba por la ventana. Me desperté con los nervios a flor de piel, el estómago hecho un nudo. La orden de Sofía resonaba en mi cabeza como un tambor de guerra. Sin permitirme dudar, me levanté y, siguiendo su mandato, no me vestí ni lavé mi cara. Retiré el plug anal para que mi hija no lo descubriera insertado en mi ano.
Bajé a la cocina desnuda, sintiendo el aire de la mañana sobre mi piel. Preparé una bandeja con café, zumo de naranja, tostadas y mermelada. Mis manos temblaban ligeramente al colocar las tazas, cada tintineo de la porcelana sonando como una campanilla de alarma en el silencio de la casa.
Con la bandeja firmemente sujeta, subí las escaleras. Mi corazón latía con fuerza, golpeando contra mis costillas. Me detuve frente a la puerta de la habitación de matrimonio. Respiré hondo, buscando una calma que no existía, y luego, con cuidado, giré el picaporte y entré.
La habitación estaba bañada por la misma luz suave de la mañana. Raquel y Sofía dormían desnudas, entrelazadas en la cama grande. Raquel, de espaldas a mí, con su melena castaña esparcida sobre la almohada. Sofía, de cara a mí, tenía los ojos abiertos. No dormía. Me observaba con una sonrisa enigmática, sus ojos azules brillando con malicia y aprobación. Con un movimiento casi imperceptible de su cabeza, me indicó que me acercara.
Avancé con pasos silenciosos, sintiendo cómo la mirada de Sofía recorría mi cuerpo desnudo, evaluando, poseyendo. Coloqué la bandeja con cuidado sobre la mesilla de noche, junto a Sofía. El leve ruido despertó a Raquel.
Ella se movió, bostezó, y luego, al abrir los ojos, su mirada se posó primero en la bandeja y luego, inevitablemente, en mí. Sus ojos se abrieron de par en par, y un rubor intenso le subió por el cuello hasta las orejas.
–¡Mamá! –exclamó, su voz ronca por el sueño, mezclada con sorpresa y vergüenza.
–Buenos días, cariño –dije, forzando una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora–. He pensado que os apetecería desayunar en la cama.
Sofía, en ese momento, intervino con su voz dulce y manipuladora.
–Buenos días –dijo, acariciando el brazo de mi hija que intentaba tapar con las sábanas su cuerpo desnudo– ¿Por qué no te sientas aquí en la cama con nosotras y desayunamos juntas las tres?
Raquel me miró, luego a Sofía, y finalmente, con las mejillas aún encendidas, asintió lentamente. No dijo nada, pero su mirada, antes llena de bochorno, ahora tenía un destello de algo más... curiosidad. Sus ojos bajaron, recorriendo mi cuerpo de forma fugaz, deteniéndose en mis pechos, en mis caderas, antes de desviarse rápidamente.
Fue solo un instante, pero Sofía y yo lo captamos. Nuestros ojos se encontraron por encima de la cabeza de Raquel con excitación al confirmar que mi hija estaba cayendo en nuestro juego. En esa mirada furtiva, supe que la semilla había sido plantada. El juego de Sofía era perfecto, su malicia, genial. Yo era su instrumento, su carnada, y mi hija la presa que, sin saberlo, comenzaba a ser atraída hacia la red. Y lo más aterrador y excitante era que yo, la Vaquita, ansiaba ver cómo se cerraba esa trampa, deseando mi propia perdición y la de mi Ama.
–Venga, vaquita –dijo Sofía, dirigiendo su mirada hacia la bandeja–. Sírvénos.
Me acerqué para servir el café. Mientras lo hacía intentaba moverme de manera q atrajera sus miradas. Al volverme noté como mi hija rápidamente desviaba su mirada de mi trasero.
El aroma a café y a sal marina se mezclaba en la habitación, creando una atmósfera doméstica y, sin embargo, profundamente transgresora. La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana, iluminando nuestros cuerpos desnudos. Yo estaba sentada en el borde de la cama grande, con una taza de café caliente entre las manos, intentando proyectar una serenidad que no sentía. Había elegido mi posición con cuidado dejando mis piernas abiertas, ofreciendo sin pudor la vista de mi sexo maduro y poblado a quien quisiera mirar.
Raquel, frente a mí en la cama, intentaba mantener una conversación trivial sobre los planes para el día, pero su voz se quebraba ligeramente. Sus mejillas estaban sonrojadas y respiraba de forma un poco demasiado rápida. Yo fingía estar absorta en mi café, mirando por la ventana el azul infinito del mar, pero por el rabillo del ojo no perdía detalle.
Bajo las sábanas, oculto a mi vista pero no a mi intuición, el movimiento era inconfundible. La mano de Sofía, diestra y experta, se estaría moviendo entre las piernas de mi hija.
–¿Y... qué os apetece hacer hoy, chicas? –, pregunté con una voz deliberadamente despreocupada, llevando la taza a mis labios.
Raquel tragó saliva antes de responder.
– No sé, mamá, podríamos... uh... bajar a la playa más tarde. –Un pequeño espasmo, apenas un temblor en su pierna, delató la presión que Sofía estaba ejerciendo en su clítoris.
Hice como que no me daba cuenta, girando ligeramente el torso para ofrecer una mejor vista de mis pechos, que se balanceaban con el movimiento. Sabía que Raquel me miraba. Sentía su mirada furtiva, cargada de una curiosidad incómoda y, quizás, de un asombro reprimido al ver el cuerpo de su madre tan expuesto y tan diferente al suyo. Era un espectáculo calculado. Yo era el cebo, la distracción consentida que permitía a Sofía llevar a cabo su juego en la intimidad de las sábanas.
Sofía, por su parte, parecía la más tranquila de las tres. Con una sonrisa relajada, apoyada en las almohadas, su brazo desaparecía bajo la manta, su muñeca moviéndose con una lentitud deliberada y tortuosa.
–La playa suena bien –, dijo Sofía, su voz como seda. –Pero sin prisa. Tenemos todo el día.– Su mirada se encontró con la mía por un instante, y en sus ojos leí una aprobación. Yo estaba haciendo bien mi papel.
Al terminar mi café, me levanté con parsimonia. "Voy a recoger un poco", anuncié, como si fuera la cosa más natural del mundo. Caminé desnuda por la habitación, sintiendo sus ojos sobre mí. Me agaché para recoger la ropa sucia del día anterior, que yacía en un pequeño montón en un rincón. Al hacerlo, me aseguré de doblar la cintura, ofreciendo la vista completa de mis nalgas y mi sexo desde atrás. Sabía que era una imagen poderosa, y la usaba como una herramienta más de sumisión.
Fue entonces cuando, al enderezarme, mis ojos se posaron en un objeto en el suelo, junto a la pata de la cama. El strap-on. El mismo de la noche anterior, que había limpiado con mi boca. Brillaba débilmente bajo la luz del sol. Sin inmutarme, sin mostrar ni un ápice de vergüenza o sorpresa, me acerqué, lo recogí y lo coloqué con naturalidad sobre la cama, al lado de la pierna de Sofía.
– Chicas, Se os cayó esto–, dije con una voz que esperaba fuera neutral, aunque sentía un calor intenso subiéndome por el cuello.
Sofía sonrió, agradecida y divertida.
– Gracias, tía Elena. Qué despiste.
Raquel, sin embargo, desvió la mirada rápidamente, un rubor intenso cubriendo su rostro. La vergüenza y la incomodidad eran palpables en ella. Para mí, en cambio, ese objeto era ya una extensión más del juego, un símbolo de mi lugar en este mundo retorcido.
Salí de la habitación, cerrando la puerta suavemente tras de mí. Pero no me fui. Me quedé allí, al otro lado de la madera, apoyando la espalda contra la pared fría, con el corazón latiéndome con fuerza. A través de la puerta, los sonidos se filtran, tenues al principio, luego más claros. Los jadeos contenidos de Raquel, cada vez más frecuentes, más urgentes. El susurro ronco y alentador de Sofía. Y entonces, un gemido ahogado, un sonido que era a la vez placer y liberación, seguido de un silencio pesado, solo roto por el jadeo agitado de mi hija.
El orgasmo de Raquel. Contenido, íntimo, y provocado por su novia mientras su madre, la sumisa silenciosa, había sido cómplice necesaria con su propio cuerpo desnudo y su actitud calculada.
Una punzada de algo complejo y amargo me atravesó. ¿Eran celos? ¿Culpa? ¿O era la excitación retorcida de haber sido partícipe, una vez más, de la corrupción de los límites más sagrados? Respiré hondo, sabiendo que tras este desayuno empezaba un día que prometía ser de los más intensos de mi vida.
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