Mi mujer descubre lo que me gusta II
Elena siempre supo que algo pasaba bajo esa fachada de macho alfa. Cuando abre su portátil, no encuentra solo pornografía, encuentra su propia humillación. Ahora, en lugar de romper el matrimonio, ella decide cobrar su deuda: arrodillarse y escuchar cómo su marido confiesa cada vez que fue usado.
Llevábamos ocho años juntos, tres de ellos casados. Los dos con treinta y dos recién cumplidos y, la verdad, éramos esa pareja que la gente mira con envidia sana. Elena es un puto espectáculo andante: 1,72 de estatura, piernas largas y torneadas de correr y de sentadillas, cintura de avispa, culo alto y redondo que parece esculpido, tetas naturales perfectas (copa C que se mantiene tiesa sin sujetador) y una cara que mezcla inocencia y vicio: labios carnosos, ojos verdes felinos, pómulos altos y ese pelo negro azabache que le llega casi a la cintura. Cuando se pone bikini en la playa, los tíos se dan literalmente la vuelta para verla pasar. Yo tampoco estoy mal: 1,85, 88 kg repartidos en hombros anchos y espalda en V, abdominales marcados todo el año, brazos con venas que se notan cuando cojo peso. La cara cuadrada, mandíbula fuerte, barba de tres días permanente y ojos oscuros ojos castaños que, según ella, «ponen cara de mala leche muy sexy». En Instagram siempre me piden fotos sin camiseta y las subo porque sé que revientan. El problema viene cuando la ropa desaparece del todo: mi polla, erecta, mide doce centímetros justos y es más bien delgada. Elena nunca me lo ha echado en cara, pero a veces, después de follar, la he pillado mirando al techo con cara de «bueno, algo es algo».Y ella llevaba años sabiendo que yo escondía algo.La primera pista seria fue hace unos cinco años. Estábamos en la cama con el portátil, viendo porno para calentar antes de follar. Yo controlaba el ratón y, de pronto, el vídeo recomendado pasó a un trío bi: una morenaza espectacular entre dos tíos cachas. Uno le comía el coño mientras el otro la penetraba… y de repente el que comía se giró y empezó a chupársela al otro. Intenté hacer clic rápido para cambiar, pero Elena me agarró la muñeca.
Espera, déjalo un segundo.
Yo me puse rojo como un tomate. Intenté disimular, pero mi polla (esa polla pequeña) se puso tiesa al instante y empezó a palpitar contra su muslo. Ella no dijo nada, pero noté cómo me miraba de reojo mientras yo fingía estar muy concentrado en la pantalla. Al día siguiente el historial estaba limpio… pero ella ya era tarde.Después vinieron las vacaciones en la playa. Una tarde en Tarifa, viento fuerte, ella tumbada boca abajo leyendo. Yo con las gafas de sol, supuestamente mirando el horizonte. Pero un grupo de surfistas salió del agua: tres tíos altos, bronceadísimos, cuerpos de gimnasio, bañadores ajustados marcando paquetes considerables. No pude evitarlo: los seguí con la mirada mientras se quitaban la arena. Uno de ellos, rubio, se agachó a por la tabla y el bañador se le marcó tanto que se le veía hasta el contorno del glande. Sentí un calor inmediato en la entrepierna. Elena levantó la cabeza, me pilló de lleno y sonrió con esa media sonrisa suya que da miedo.
¿Te gusta el paisaje, amor?
Qué va, miraba las olas.
Claro. Y yo soy monja.
No dijo más, pero desde entonces cada vez que íbamos a la playa me pillaba dos o tres veces más. Y siempre la misma sonrisita.Y luego estaba lo del culo.Empezó como un juego. Una noche, después de una mamada lenta, me dijo:
Date la vuelta.
¿Para qué?
Quiero probar una cosa.
Me puse nervioso, pero obedecí. Me abrió las nalgas y, sin avisar, me pasó la lengua por el ano. Fue como un rayo: gemí tan fuerte que me asusté yo mismo. Ella se rio y lo repitió. Y otra vez. Y metió la puntita de la lengua. Me retorcí, empujé el culo hacia atrás sin querer y me corrí en menos de treinta segundos sin que me tocara la polla. A partir de ahí lo convirtió en rutina. Cada vez que me hacía una mamada, terminaba comiéndome el culo. Y cada vez yo explotaba más rápido. Un día, mientras me lamía, deslizó un dedo lubricado con saliva y lo metió despacio. Me quedé sin aire. Me corrió en la cara entera sin tocarme.
Joder, cómo te gusta por detrás, cabrón… -susurró, limpiándose la cara con la mano-. Esto no es normal.
Yo me hice el dormido.Así que cuando, meses después, Elena abrió mi portátil y vio el historial lleno de títulos como «Trans 20 cm destruyendo culo de macho», «Shemale facial brutal», «Travesti domina a marido delante de su mujer»… no se sorprendió. Encajó todas las piezas de golpe.Esa misma noche, mientras yo llegaba del gimnasio, me estaba esperando en el salón con una copa de vino y esa cara de «se acabó el secreto mejor guardado del mundo».Se levantó, se acercó despacio y me habló pegada a mi oído:
Ocho años juntos, tres casados… y has sido un estúpido de mierda por no contármelo antes.
Yo abrí la boca para negarlo todo.Ella me puso un dedo en los labios.
Shhh. No hace falta que digas nada. Ya sé que te gustan las pollas. Sé que te mueres porque te coman el culo hasta que llores. Sé que te pones cachondo mirando tíos buenos. Y sé que tu fantasía más sucia es que una trans preciosa trans con una polla enorme partiéndote el culo mientras yo miro y me río de lo patético que te pones.
Tragué saliva. Mi polla pequeña ya estaba dura dentro del pantalón del chándal.
Y como has sido tan tonto escondiéndomelo… -continuó, mordiéndome el lóbulo de la oreja- ahora vas a pagar por cada año que me has hecho esperar.
Tragué saliva. Mi polla pequeña ya estaba dura dentro del pantalón del chándal, empujando inútilmente contra la tela como si quisiera demostrar que seguía existiendo.Elena se apartó un paso, me miró de arriba abajo y soltó una risita baja.
Como has sido tan tonto escondiéndomelo… (se acercó otra vez y me mordió el lóbulo de la oreja con fuerza justa para que doliera rico) ahora vas a pagar por cada año que me has hecho esperar.
Se sentó en el sofá, cruzó las piernas y me señaló el suelo frente a ella.
Arrodíllate. Y cuéntame todo. Quiero saber qué hacías antes de conocerme, cuando todavía eras un machote que fingía que solo le gustaban las tías. ¿Ya te comían el culo en la uni? ¿Ya te la cascabas pensando en pollas? Habla.
Me puse de rodillas, las manos sobre los muslos, la cara ardiendo.
Bueno… sí, algo pasó.
«Algo» -repitió ella, burlona-. Detalla, amor. Quiero nombres, sitios, pollas.
Respiré hondo.
Cuando tenía veintitrés, en la residencia de Madrid… había un compañero de piso, Dani. Era rugbista, un armario de dos metros, moreno, siempre andaba en calzoncillos por casa. Una noche, después de una fiesta, llegamos borrachos los dos. Yo me metí en la ducha y él entró detrás, dijo que no había agua caliente en la suya. Se puso a mi lado, completamente desnudo… y tenía una polla enorme, colgando, gruesa. Me quedé mirándola sin poder evitarlo. Él se dio cuenta, se rio y dijo: «¿Te gusta lo que ves, campeón?». Yo negué, pero él se acercó, me agarró la nuca y me dijo: «Tranquilo, no se lo cuento a nadie». Y me la metió en la boca.
Elena se mordió el labio inferior, los ojos brillantes.
¿Y te gustó?
Me corrí en treinta segundos sin tocarme. Él se rio y me dijo que era un puto tragón. Después de esa noche… pasó más veces. Siempre borrachos, siempre «sin que se enterara nadie». Me folló tres o cuatro veces en el culo, en su cama, con vaselina. Decía que apretaba como una virgen.
¿Y tú qué le decías?
Nada. Solo gemía y pedía más. Era patético.
Elena se removió en el sofá, claramente excitada.
Sigue. ¿Hubo más?
Sí… cuando terminé la carrera y me fui a Londres un verano a mejorar el inglés. Trabajaba de camarero en un pub gay de Soho. Al principio solo iba por la pasta, pero una noche el dueño, un brasileño que se llamaba Rafael, cuarentón, cuerpo de culturista, me invitó a una cerveza después del cierre. Terminamos en su piso. Me ató las manos con su corbata, me puso a cuatro patas y me abrió con la lengua durante media hora. Yo lloraba de placer. Después me folló sin condón, me llenó entero. Me corría cada vez que me daba una embestida fuerte. Cuando terminó me dijo: «Tienes culo de puta, españolito». Me pagó el alquiler de dos meses solo por volver cada semana.
Elena soltó un gemido bajito y se pasó la lengua por los labios.
¿Y nunca me contaste nada de esto en ocho años?
Me daba vergüenza… pensaba que me ibas a ver como menos hombre.
Ella se levantó, se puso delante de mí y me levantó la barbilla con dos dedos.
¿Menos hombre? Cariño, lo que eres es un puto vicioso reprimido que se muere por una polla de verdad. Y mañana… (se agachó hasta quedar a mi altura) vas a pagar cada polvo que te diste a escondidas, cada corrida que te tragaste sin contármelo. Carla viene a las nueve. Y tú vas a estar depilado, duchado y con el culo limpio, porque vas a suplicarle que te use delante de mí hasta que llores como llorabas con Rafael.
Me dio un beso rápido en la boca y se apartó.
Elena me miró fijamente, con esa mezcla de curiosidad y dominio que me desarma.
¿Menos hombre? (se agachó hasta quedar a la altura de mis ojos, su voz baja y peligrosa) Lo que eres es un sumiso de manual, amor. Y eso no lo descubriste con Dani en la resi… eso ya lo llevabas dentro. Dime la verdad: ¿quién te enseñó a arrodillarte de verdad? ¿Quién te hizo entender que te gusta que te manden, que te humillen, que te usen?
Tragué saliva otra vez. El corazón me iba a mil.
Fue… Rafael. El brasileño de Londres.
Cuéntamelo todo. Con pelos y señales. Quiero saber cómo un macho como tú terminó pidiendo por favor.
Cerré los ojos un segundo, recordando.
La primera noche ya fue intensa, pero la segunda… llegó al pub al cerrar, me dijo que me quedara. Me llevó a su piso de encima. Nada más entrar me mandó quitarme toda la ropa y quedarme de pie en el centro del salón, con las manos detrás de la nuca. Me estuvo mirando en silencio diez minutos, fumando, mientras yo temblaba de frío y de vergüenza. Luego se acercó, me dio una vuelta lenta y me dijo en portugués: «Qué bonito culo de puta tienes, españolito». Me puso un collar de perro que tenía en un cajón, de cuero negro con una anilla. Me enganchó una correa y me llevó a gatas hasta el dormitorio.
Elena soltó un gemido suave, se mordió el labio.
Sigue.
Me ató las manos a la cabecera con la correa, boca abajo. Me abrió las piernas con las rodillas y me azotó con la mano abierta hasta que tuve el culo rojo. Cada azote me preguntaba: «¿Te gusta, putito?». Y yo, sin poder evitarlo, contestaba «Sí, señor». Me metió un plug mediano de golpe, sin lubricante apenas, y me dejó ahí media hora mientras él se duchaba. Cuando volvió, me lo sacó y me folló sin condón, lento al principio, luego como un animal. Me agarraba del collar y me ahogaba un poco cada vez que empujaba fuerte. Me llamaba «mi zorrita española», «mi juguete». Me obligó a mirarle a los ojos mientras me corría dentro y me decía: «Trágatelo todo, que no se derrame nada.
¿Y tú qué hacías?
Gemía como una perra, empujaba el culo hacia atrás para que entrara más. Me corría sin tocarme cada vez que me insultaba. Una noche me hizo grabar un vídeo con el móvil: yo de rodillas, lamiéndole los huevos mientras él me decía que era su puta personal. Me obligó a decir delante de la cámara: «Soy la zorra de Rafael y me encanta que me folle el culo». Aún debe tener ese vídeo.
Elena respiró hondo, se notaba que estaba empapada.
¿Y qué más? Sé que hay más.
Sí… los viernes me hacía ir al pub con un plug puesto todo el turno. Me mandaba fotos desde la barra: yo sirviendo copas con cara normal y el culo lleno. Al cerrar me llevaba al almacén, me bajaba los pantalones y me follaba contra las cajas de cerveza, rápido y fuerte, mientras me tapaba la boca para que no gritara. Una vez vinieron dos amigos suyos, también brasileños, y me hicieron chupársela a los tres de rodillas mientras Rafael grababa. Me corrieron en la cara y me obligaron a irme a casa así, en metro, con la cara pegajosa. Llegué oliendo a semen y me masturbé tres veces seguidas recordándolo.
Elena se levantó, se puso delante de mí y me levantó la cara agarrándome del pelo.
Ocho putos años ocultándome que eras una zorrita entrenada… (me dio una bofetada suave, pero firme) Mañana Carla va a hacer contigo lo que le dé la gana, y yo voy a mirar y a reírme mientras recuerdas todo esto. Y cada vez que te humille, vas a pensar en Rafael y en lo mucho que te gustaba ser su juguete.
Me soltó el pelo y sonrió con maldad pura.
Ocho putos años ocultándome que eras una zorrita entrenada… (me dio esa bofetada suave, casi cariñosa, y se quedó mirándome con los ojos encendidos, sin rastro de enfado, solo hambre).Se agachó hasta quedar a mi altura, me agarró la barbilla con fuerza y me obligó a mirarla de frente.
¿Sabes por qué no me enfado, ¿verdad?
Negué con la cabeza, apenas.
Porque esto me pone como una moto, gilipollas.Porque desde el primer día que te vi supe que debajo de esos hombros anchos y esa cara de macho alfa había un puto sumiso esperando que alguien le apretara el botón.Y resulta que el botón es una polla bien gorda partiéndote el culo.
Se incorporó, se quitó la camiseta de un tirón y se quedó en sujetador negro de encaje. Los pezones se le marcaban duros.
¿Crees que me molesta que te hayan usado antes que yo?Al contrario. Me encanta saber que ya estás roto, que ya tienes el culo entrenado, que sabes tragar y que te corres cuando te insultan.Eso me ahorra trabajo.
Se desabrochó el pantalón vaquero, lo dejó caer y se quedó solo en tanga y sujetador. Se sentó en el sofá, abrió las piernas y se señaló el coño por encima de la tela.
Me pone cachonda imaginarte de rodillas en Londres, con la cara llena de leche brasileña.Me pone cachonda pensar que mientras yo creía que follaba con un tío normal, tú ya habías sido la puta de tres tíos a la vez.Y me pone enferma de caliente saber que mañana vas a serlo delante de mí, pero esta vez con mi permiso y con mis reglas.
Se pasó un dedo por el tanga, lo hundió un poco y gimió bajito.
No estoy celosa, amor. Estoy mojada.Porque ahora tú eres mío.Tu culo es mío.Tu vergüenza es mía.Y tu sumisión… esa también es mía.
Se levantó, se puso detrás de mí y me habló pegada a mi nuca mientras me apretaba la polla pequeña por encima del pantalón.
A partir de ahora voy a mirar, a reírme y a correrme viendo cómo te conviertes en lo que siempre has sido... porque ahora tu placer y tu humillación me pertenecen.
Me dio un mordisco fuerte en el hombro y susurró:
Así que no llores por habérmelo ocultado.Agradece de rodillas y dame las gracias…porque tu mujer no solo lo acepta:tu mujer va a sacarle todo el jugo hasta que supliques que pare.
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