Primera visita de Nuria (Arantza VIII)
Arantza teme que la atención de su prima hacia Ricardo sea más de lo que parece. Pero cuando la puerta se cierra, ella sabe que su verdadero lugar no es competir, sino obedecer. Ricardo no necesita palabras para recordarle quién manda.
Este relato continúa la serie de Arantza desde el punto en que la dejó el relato previo: 'Tomando cafécon Annie (Arantza VII)' https://todorelatos.com/relato/244813/
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Nuria, la prima de Arantza era por entonces una joven de 25 años cuya presencia siempre dejaba una impresión duradera. Con su largo cabello oscuro, por debajo de los hombros y unos ojos azules como el cielo despejado, su mirada era tanto intensa como gentil, capaz de expresar una calidez y curiosidad contagiosas. Esos ojos, heredados de su madre, eran una de sus características más llamativas y parecían iluminarse cada vez que hablaba de algo que le apasionaba.
Su figura era voluptuosa, con un cuerpo que se alejaba de los estándares típicos de delgadez pero que irradiaba una feminidad y confianza envidiables. Su cuerpo algo rellenito era armonioso y proporcionado, con curvas bien definidas que realzaban su belleza natural. Los pechos de Nuria eran notablemente grandes, atrayendo miradas aunque ella siempre los llevaba con elegancia y sin dejar que definieran su personalidad. Su cintura, aunque no pequeña, era firme y daba paso a unas caderas anchas que complementaban su silueta curvilínea.
El día que llegó de visita, llevaba una blusa blanca ajustada que resaltaba su busto generoso sin ser vulgar, mostrando solo un toque de escote que dejaba claro su gusto por la moda y su deseo de sentirse cómoda. La blusa, hecha de un material suave y ligero, se amoldaba a su figura de manera que acentuaba su feminidad sin excesos. La combinó con una falda de mezclilla azul hasta la rodilla, que se ceñía a su cintura y caía suavemente sobre sus caderas, destacando sus piernas bien formadas.
Completando su look, llevaba unas sandalias de cuero marrón, sencillas pero elegantes, y un par de pendientes de plata que relucían a juego con sus ojos. Su cabello, suelto y brillante, caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando su rostro y acentuando aún más sus impresionantes ojos azules. Nuria, con su estilo y presencia, no solo irradiaba belleza, sino también una confianza y naturalidad que la hacían única.
La llegada de Nuria al apartamento que Arantza y Ricardo compartían en Madrid, trajo un aire de frescura y novedad. La prima, con su cabello oscuro y sus ojos azules, siempre había sido una presencia vibrante y llena de energía. Su visita estaba planeada para tres días, y desde el momento en que entró en la casa, su entusiasmo contagió a todos.
Arantza había preparado la habitación de invitados con esmero, queriendo asegurarse de que su prima se sintiera como en casa. La prima, por su parte, estaba encantada de pasar tiempo con ellos y explorar la ciudad.
La primera noche, después de un día de turismo por Madrid, los tres se sentaron a cenar en la acogedora sala de estar. Mientras degustaban un delicioso risotto preparado por Ricardo, Nuria no pudo evitar expresar su admiración por él.
—Ricardo, esto está delicioso. No sabía que cocinabas tan bien.
—Gracias, Nuria. Cocinar es uno de mis pasatiempos favoritos. Me relaja después de un día de trabajo.
Arantza observó la interacción con una ligera punzada de celos, aunque trató de mantener la compostura.
—Sí, Ricar es un chef fantástico. Me siento muy afortunada de disfrutar de sus habilidades culinarias con frecuencia. —añadió, tomando la mano de Ricardo sobre la mesa.
Después la de pelo marrón rojizo cambió de tema, tratando de desviar la atención hacia el plan de vacaciones que la pareja tenía para ese verano, un tour por Italia y Grecia.
El segundo día, Arantza tenía que trabajar, así que Nuria y Ricardo decidieron pasar el día explorando Madrid juntos. Visitaron el Parque del Retiro, el Museo del Prado y terminaron la tarde en un encantador café cerca de la Gran Vía.
—Ricardo, gracias por acompañarme hoy. Ha sido increíble. —dijo ella, mientras tomaban café—. Me he dado cuenta de lo bien que cuidas de mi prima. Eres realmente especial.
Él, sintiéndose halagado, respondió con una sonrisa.
—Gracias. Tu prima es muy importante para mí, y haría cualquier cosa por ella.
Había un destello de interés en sus ojos azules que él no pudo ignorar. Se sintió un poco incómodo, aunque no quiso darle demasiada importancia. Decidió mantener la conversación en un tono ligero y amistoso.
El tercer día era sábado, y como cada semana, Arantza se levantó temprano para limpiar la moto de su chico. Todavía con el breve picardías que usaba para salir de la cama, salió al garaje donde estaba aparcada la moto y empezó por enjabonar cuidadosamente cada parte del vehículo. Sus manos recorrían con destreza el asiento, el manillar y las ruedas, eliminando cualquier rastro de polvo. Mientras tanto, el sol de la mañana empezaba a iluminar su rostro, y un leve olor a jabón mezclado con el rocío matutino llenaba el aire.
Terminada la limpieza, la abogada secó la moto con una gamuza, asegurándose de que brillara como nueva. Satisfecha con el resultado, entró en la cocina para preparar el desayuno. Puso a calentar café, sacó pan del día anterior y lo colocó en la tostadora. Mientras tanto, cortó un poco de fruta y preparó zumo de naranja.
Nuria se despertó poco después, atraída por el aroma del café. Aún somnolienta, apareció en la cocina con una sonrisa.
—Buenos días, prima —saludó, estirándose—. ¡Huele de maravilla! ¿Puedo ayudarte?
—Claro, prima. Podrías poner la mesa mientras termino con las tostadas —respondió Arantza mientras colocaba las rebanadas doradas en un plato.
Con ambas trabajando juntas, el desayuno estuvo listo en pocos minutos. Cuando Ricardo entró en la cocina, todavía con el cabello alborotado y los ojos medio cerrados, se encontró con la mesa perfectamente puesta y las dos primas sonriéndole.
—¡Buenos días! ¡Menuda recepción! —dijo él, dejando escapar una risa baja mientras se frotaba los ojos.
—Espero que tengas hambre, porque hemos preparado un desayuno digno de un rey —dijo Nuria, señalando con un gesto teatral la mesa llena de comida.
Él se sentó con una sonrisa satisfecha y probó un sorbo de café.
—Esto es justo lo que necesitaba. Gracias, chicas.
Tras desayunar, el informático propuso salir a disfrutar del día juntos.
—Podríamos coger el coche y enseñarle la ciudad a Nuria —sugirió.
Pero Nuria, emocionada con la idea de montar en moto, levantó la mano como si estuviera en clase.
—¡Yo quiero ir en la moto! Siempre he querido saber cómo es.
Arantza se encogió de hombros con una sonrisa.
—Por mí, perfecto. Ricar, lleva a mi prima en la moto, y yo iré en autobús. Así la experiencia será más especial para ella.
Ricardo asintió, y poco después, partieron. Durante el trayecto en moto, Nuria se sujetaba fuerte al conductor, dejando entrever cierta sensualidad en sus gestos, que no pasaron desapercibidos para él.
Al llegar, se reunieron los tres y disfrutaron de una comida en un acogedor restaurante del centro. Tras esto, visitaron algunos de los lugares icónicos de Madrid, como la Plaza Mayor, la Plaza de España y la Gran Vía. Arantza iba explicándole a su prima la historia de cada sitio, pero en algún momento se equivocó en un detalle.
—En realidad, la Plaza Mayor data del siglo XVII, no del XVIII —corrigió Ricardo con cortesía, ganándose la atención de ambas.
Nuria se mostraba fascinada con cada palabra suya y, al volver en la moto, no perdió la oportunidad de abrazarse de nuevo más de lo necesario y coquetear un poco con él, mientras Arantza, siguiendo tras ellos, sonreía para sí misma, disfrutando del día en familia.
Esa noche. la última de la visita, Arantza preparó una cena especial para despedir a su prima. Mientras disfrutaban de la comida, la prima de pechos generosos continuó mostrando una admiración notable hacia Ricardo, que no pasó desapercibida para Arantza.
—Ricardo, eres tan talentoso en tantas cosas. Me gustaría encontrar a alguien como tú. —dijo Nuria, sonriendo de manera coqueta.
Arantza sintió que su paciencia se estaba agotando. Aunque confiaba en Ricardo, la constante admiración de Nuria la estaba afectando.
—Nuria, creo que cualquier chica sería afortunada de encontrar a alguien que la cuide y la respete. Pero Ricardo es mío, y estoy muy agradecida por ello. —dijo, su tono era firme pero amigable.
Su prima sonrió, quizás notando la incomodidad de Arantza.
—Claro, Aran. Solo estaba bromeando. Sabes cuánto te quiero y respeto tu relación.
El hombre, percibiendo la tensión, intentó suavizar el ambiente.
—Nuria, es un placer tenerte aquí, es como tener a dos terneritas navarras en casa. Pero Arantza y yo estamos muy felices juntos, y no cambiaría eso por nada.
Esa noche, después de que la visita se retiró a su habitación, Arantza y Ricardo se quedaron un rato en la sala de estar, disfrutando de un poco de tranquilidad. Ella decidió expresar lo que había estado sintiendo.
—Ricar, no puedo evitar sentirme un poco celosa de Nuria. Sé que no ha pasado nada, pero sus comentarios hacia ti me incomodan.
Él la abrazó, acariciándole el cabello suavemente.
—Aran, no tienes nada de qué preocuparte. Es un placer tratar con Nuria y me gustaría que la invitemos más veces. Pero tú eres mi vida, y nada ni nadie cambiará eso.
Ella suspiró, dejando que las palabras de Ricardo la consolaran.
—Lo sé, solo... a veces me siento insegura.
Ricardo la besó en la frente.
—Esa inseguridad es parte de tu encanto. Y yo estoy aquí para recordarte lo mucho que te amo y lo importante que eres para mí.
Al día siguiente, se despidieron de Nuria con abrazos y promesas de volver a verse pronto. Mientras su prima se alejaba, Arantza sintió una mezcla de alivio y gratitud. Al cerrar la puerta, miró a Ricardo, quien le devolvió una mirada tranquilizadora.
—Gracias por entenderme, Ricar.
—Siempre, Aran. Estaremos juntos, pase lo que pase.
Con esas palabras, se sintió más segura y confiada en su relación. La visita de Nuria había sido un desafío, pero también una oportunidad para fortalecer el vínculo entre ellos. Ahora, más que nunca, sabían que podían enfrentar cualquier obstáculo juntos.
Antes de acostarse, Ricardo revisó la depilación de su chica con una atención minuciosa, una rutina que solían tener semanalmente, buscando cualquier pequeño pelo rebelde que pudiera haberse pasado por alto. Ella, consciente de la exigencia de Ricardo, se había esmerado mucho en su tarea, no queriendo llevarse una reprimenda de su parte.
Mientras Ricardo pasaba suavemente la mano por la piel femenina, ambos disfrutaban de ese momento de cercanía física. Su depilación era total, brazos, piernas, torso, axilas e ingles, su sexo estaba desnudo cómo el día en que nació.
—Te has esforzado mucho, Aran —dijo él en voz baja, con una sonrisa de aprobación, mientras acariciaba, por último, sus labios vaginales, tratando de detectar cualquier pequeño olvido—. Estoy orgulloso de ti.
Arantza sonrió, aliviada y feliz por su reconocimiento. —Gracias, Ricardo. Quería asegurarme de que todo estuviera perfecto para ti.
—Y lo está —respondió él, acariciando su mejilla con ternura—. Me encanta saber que te importa tanto complacerme.
Arantza se relajó, sintiéndose segura y apreciada en ese instante íntimo. Aunque la atención a los detalles a veces le resultaba estresante, la recompensa de la cercanía y la aprobación de su hombre hacía que todo valiera la pena.
—Me gusta que hagamos esto juntos —admitió ella—. Me hace sentir más unida a ti.
Ricardo contempló el prístino coño de su novia, recién limpio y rasurado, delicadamente extendido para su placer. Tratando de encontrar algún pelo mal rasurado, no lo había, Entonces pasó la lengua por la suave piel, saboreando el dulce aroma que flotaba entre sus muslos. Ella gimió suavemente, levantando las caderas para recibir cada una de sus caricias.
Mientras él profundizaba en sus pliegues, explorando cada grieta oculta, la excitación de la pelirroja comenzó a crecer. Su cuerpo se estremeció de anticipación cuando el pulgar de él presionó suavemente contra su clítoris, enviando oleadas de placer por todo su ser.
Ricardo sabía exactamente cómo llevar a su pareja al límite. Deslizó sus dedos en su estrecho canal, bombeándolos hacia adentro y hacia afuera mientras continuaba lamiendo su sensible clítoris.
No se limitaba a lamer sino que mordisqueba sus labios excitados y succionaba el punto más sensible, para a continuación volver a lamer toda la almeja de forma rítmica y predecible. Ella jadeó y se retorció debajo de él, su cuerpo estremecido por el placer mientras avanzaba hacia su clímax.
Y entonces, con un último movimiento de su lengua, el informático la llevó al borde del abismo. Arantza gritó de éxtasis mientras su cuerpo convulsionaba, sus jugos fluían libremente mientras se desplomaba contra la cama.
Pero Ricardo aún no había terminado. Levantó la cabeza de su chica y colocó una almohada grande debajo, luego se colocó sobre ella. Él tomó su rostro entre sus manos, obligándola a abrir bien los labios mientras empujaba su palpitante vara profundamente en su boca expectante.
Arantza se atragantó y perdió el aliento cuando Ricardo comenzó a entrar y salir rítmicamente de ella, con sus bolas golpeando su barbilla. Pero no se apartó, soportando estoicamente las arcadas que el miembro lujurioso del hombre que amaba le provocaba. Sabía que eso era lo que él quería y estaba decidida a complacerlo. Cada cierto tiempo, el la permitía descansar unos segundos, para que recuperase el aliento, antes de regresar a su tarea incansable, castigándole el paladar y la garganta sin piedad.
Mientras Ricardo seguía follándole la boca, puso su mano derecha entre las nalgas de la navarra. Sabía lo que vendría después y se preparó para cumplir su promesa una vez más. Ella sintió el calor acumulándose dentro. Estaba empezando a desear lo que hasta ese día había sido simplemente un acto de entrega por su parte, una dulce tortura consentida.
Con un empujón final, Ricardo se liberó de la boca de Arantza, su herramienta cubierta de saliva. Le levantó la cabeza y la miró con los ojos oscuros por el deseo.
—Date la vuelta—, ordenó, con voz baja y suave.
La hembra obedeció y se puso boca abajo mientras Ricardo se colocaba detrás de ella. El presionó con el glande su apretada abertura vaginal, gimiendo mientras ella se apretaba a su alrededor al ir entrando el pene en su funda natural.
Ella sintió sus manos en sus caderas, presionándola hacia abajo mientras comenzaba a bombear en su interior. Gritó, su cuerpo se retorcía debajo de él mientras la llenaba una y otra vez con su miembro.
La navarra se estremeció un segundo cuando él forzó uno de sus dedos en su ano, pero esta vez no hizo falta recordarle su promesa, no hubo ninguna queja.
Tampoco se quejó cuando el informático reemplazó el dedo con el pene, que entró lentamente en el ano poco dilatado, poniéndola, una vez más, a prueba ¿es que nunca iba a acostumbrarse a eso?, pensó sintiendo como los músculos de su esfínter cedían a la presión de él, pero no relajados, sino forzados por la dureza del miembro que entraba y salía de ella. Si bien la dócil navarra había comenzado a aceptarlo con deseo, su esfínter aún se resistía al castigo
Ricardo insistió empujando hasta que hubo entrado completamente. Entonces comenzó a moverse suavemente, disfrutando de los suaves quejidos que ella dejaba escapar con sus jadeos.
Así estuvo un buen rato, deleitando su pene con la presión del esfínter y sintiendo el placer moral del dolor y sumisión que ella dejaba entrever en el tono de lamento que ahora tenían sus gemidos. Fue aumentando el ritmo y recorrido de la sodomía hasta que los gemidos de Arantza empezaron a convertirse en gritos que ella se esforzaba por contener.
—Ay, duele, affffhhh
—Shhh, cielo, tranquila, me gusta así. — la acarició con una suavidad que a ella le pareció dulzura, dejándola descansar un segundo, antes de retomar el ritmo, aún con más fuerza y profundidad.
Y entonces, con un último gemido animal, él retiro el pene de su estrecho culito, y se encaramó sobre ella para correrse. Roció su semen por toda la cara de Arantza, dejándola cubierta de la sustancia pegajosa y blanca.
Ricardo sacó su teléfono y tomó una foto rápida, capturando la vista del rostro de Arantza cubierto de su semen. Ella sintió que un sonrojo subía por su cuello mientras contemplaba la imagen. Era humillante, pero sabía que Ricardo amaba ese lado de ella.
Mientras, el informático le frotaba el rabo por la cara, extendiendo su semilla y tomándola una foto tras otra, ella estaba contenta de quedarse allí, sumisa, disfrutando del resplandor de su pasión y sabiendo que no había nadie más que Ricardo que pudiera hacerla sentir tan viva.
Ambos se abrazaron por un instante, disfrutando de la conexión que habían construido.
Ahora vete a lavar, cerdita, — dijo Ricardo con una sonrisa, mientras se acomodaba en el centro de la cama. Arantza devolvió la sonrisa y cumplió, feliz, lo que se le pedía.
(Continuará)-----
Ese relato forma parte de la novela 'Arantza. Felizmente sumisa', de Arantzazu Urbiola.
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