Xtories

Con el ginecólogo

La sala de espera estaba vacía, pero el deseo no. Cuando el ginecólogo salió del gabinete, sus miradas se cruzaron y supo que la cita de hoy sería muy diferente a las demás. Sin una palabra, ella lo siguió a la habitación cerrada, sabiendo que el examen médico estaba a punto de volverse mucho más íntimo.

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La cita era para el médico de cabecera, pero aquel día algo dentro de mí ardía sin control.

Me vestí de forma provocadora, aunque “casual” a simple vista: una falda negra corta, que apenas cubría lo justo; tacones finos que marcaban mis piernas largas, firmes, y una blusa blanca algo suelta, pero con los botones estratégicamente tensos sobre mis senos enormes.

No llevaba sujetador.

El destino —o quizá mi instinto travieso— hizo que mi cita fuera justo al lado del gabinete de ginecología. Al salir el ginecólogo, para llamar u su próxima paciente me miró sorprendido sentí las miradas perforarme la piel.

A mi lado, solo había una mujer que la llamó y desapareció tras la puerta del ginecólogo.

Me quedé sola.

Unos minutos después, el ginecólogo salió del gabinete, sujetando una carpeta.

—¿Patricia…? —llamó, mirando alrededor.

Silencio.

Patricia no estaba.

Entonces sus ojos se toparon con los míos.

Se detuvo.

Me miró como si acabara de descubrir un pecado irresistible en plena sala de espera.

Su mirada fue bajando despacio, desde mis labios humedecidos, recorriendo mis pechos marcados en la blusa, mis muslos brillantes bajo la luz tenue, hasta mis tacones.

Me sentí desnuda bajo su mirada.

Y me encantó.

Una idea prohibida surgió en mi mente:

¿Qué pasaría si me levantaba y, en lugar de ir al médico de cabecera, me colaba en su gabinete?

¿Si me dejaba explorar, sin batas, sin guantes…?

Sus manos dentro de mi falda, sus dedos apartando mi ropa interior empapada…

Solo de pensarlo, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Deslicé mis piernas, descruzándolas y volviéndolas a cruzar lentamente, dejando que viera más piel.

La tela de la falda subió aún más.

Su mirada se oscureció.

Me levanté despacio, muy despacio, dejando que mis caderas hablaran por mí.

Me acerqué a él, sentí su respiración acelerarse cuando estuve a un paso.

Me incliné apenas, acercando mis labios a su oído:

—Si quieres… Patricia —susurré, cargada de insinuación.

Él se quedó inmóvil.

Su mandíbula se tensó.

El deseo brotaba de sus ojos.

—¿Entonces quieres entrar…? —preguntó, su voz ronca, llena de tensión contenida.

No respondí.

Simplemente sonreí, di media vuelta y caminé hacia la puerta del gabinete, moviendo las caderas de manera provocativa, sabiendo que sus ojos me devoraban entera.

Abrí la puerta sin mirar atrás.

Y él me siguió.

Dentro, cerró la puerta con el pestillo.

La habitación quedó en un silencio tenso, apenas roto por nuestras respiraciones entrecortadas.

Me giré lentamente, apoyándome contra la camilla, con las piernas entreabiertas.

—¿Me vas a examinar, doctor? —pregunté con una voz baja, arrastrada, mientras jugueteaba con el borde de mi falda.

Se acercó como un hombre al borde de perder el control.

Colocó sus manos grandes en mis muslos, ascendiendo despacio, subiendo la falda sin pedir permiso.

—Vamos a hacer un examen… más exhaustivo —murmuró.

Sus dedos acariciaron la parte interna de mis muslos, subiendo, subiendo, hasta encontrar mis bragas.

Tocó con la yema de sus dedos y descubrió que ya estaba mojada.

—Tan húmeda… —gruñó, como si no pudiera creerlo.

Con un gesto brusco, corrió mi ropa interior a un lado y metió dos dedos en mi interior, profundos, cálidos.

Me estremecí, dejando escapar un gemido suave.

Su otra mano subió a mi blusa, desabotonándola con movimientos torpes, desesperados.

Mis tetas quedaron al descubierto, rebotando al liberarse.

Se inclinó y atrapó uno de mis pezones entre sus labios, lamiendo, succionando, mientras sus dedos me follaban con fuerza rítmica.

Yo agarré su cabeza, enredando mis dedos en su pelo, guiándolo con ansias.

Movía mis caderas buscando más, deseándolo todo.

El ginecólogo se arrodilló ante mí, deslizando la lengua por la cara interna de mis muslos hasta mi sexo hinchado.

Separó mis labios con los dedos y empezó a lamerme lentamente, como si saboreara un manjar prohibido.

Su lengua era hábil, rápida, precisa.

Me corrió en su boca en pocos minutos, mi cuerpo temblando contra la camilla, mientras trataba de contener los gemidos para no alertar a nadie.

Cuando me recuperé, él se levantó, con su erección marcada brutalmente en sus pantalones.

—Ahora tú vas a examinarme a mí —susurré, con una sonrisa sucia, bajándome de la camilla y arrodillándome ante él.

Mis manos fueron a su cinturón, desabrochándolo lentamente, mientras mis ojos no se apartaban de los suyos.

Hoy no iba a ser un chequeo cualquiera.

Hoy iba a ser un examen que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Aún jadeaba sobre la camilla, las piernas temblándome después del orgasmo que su lengua me había arrancado.

El ginecólogo, de pie ante mí, se veía desbordado: sus pantalones marcaban de forma obscena su polla dura, gruesa, lista para estallar.

Me incorporé lentamente, dejando que mi blusa abierta resbalara por mis hombros, quedándome casi desnuda, solo con la falda subida y las bragas desplazadas a un lado.

Me acerqué a él, mis ojos clavados en los suyos, y deslicé mis manos por su cinturón, abriéndolo despacio.

Saqué su polla, palpitante, caliente entre mis dedos. Era gruesa, venosa, perfecta.

La acaricié lentamente, sintiendo su dureza, su ansia de entrar en mí.

Entonces, sin apartar la mirada, con la voz ronca de deseo, le susurré:

—Doctor… ¿puede preñarme aquí mismo?

Él se quedó congelado un segundo, mirándome como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

La imagen de mi cuerpo ofrecido, de mi coño empapado y hambriento, lo rompió.

Sin decir una palabra, me agarró de la cintura y me giró, empujándome contra la camilla.

Me dobló de espaldas, levantándome aún más la falda hasta dejar mi culo completamente expuesto.

Sus manos grandes agarraron mis nalgas, separándolas, abriendo mi sexo húmedo y brillante.

Y sin más aviso, me embistió.

Su polla entró de un solo golpe, desgarrando el aire con el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando.

Un gemido roto se escapó de mis labios al sentirlo llenándome, estirándome, empujándome contra la camilla.

—¿Así querías, zorrita? —gruñó detrás de mí, dándome una embestida brutal que me hizo gemir más fuerte.

—Sí… —jadeé—. ¡Rómpeme, fóllame, préñame…!

Él me agarraba con fuerza, su polla entrando y saliendo de mi coño mojado con un sonido obsceno, brutal.

Cada estocada era más profunda, más intensa, golpeándome el útero, reclamándome como suya.

Yo abría las piernas todo lo que podía, ofreciéndome, moviendo las caderas para recibirlo aún más adentro.

Mis manos se aferraban a la camilla, sintiendo el temblor recorrerme entera.

El ginecólogo estaba fuera de sí, follándome como un animal salvaje.

Hasta que, de repente, gruñó con rabia contenida, se enterró hasta el fondo… y empezó a correrse dentro de mí.

Su polla palpitaba profunda, lanzando chorros calientes de semen directamente en mi vientre.

Sentí el calor de su corrida llenándome, rebosándome.

Me quedé jadeando, con la polla de él aún enterrada en mi coño lleno de semen, notando cómo sus espasmos no cesaban, descargándome hasta la última gota.

Él se apoyó contra mi espalda, respirando agitado.

—Así es como te quería —murmuró, todavía moviéndose lento dentro de mí, asegurándose de vaciarse bien, de que su semen se quedara donde tenía que quedarse.

Yo sonreí, satisfecha, sabiendo que no era solo una fantasía…

sino que ahora, dentro de mí, llevaba su semilla.

Y me encantaba.

Su polla seguía enterrada dentro de mí, aún caliente, aún latiendo, mientras sus manos grandes me apretaban con fuerza las caderas.

Sentía cómo su semen goteaba en mi interior, caliente, espeso.

Sin moverme demasiado, con su polla todavía profunda en mi coño, le hablé con voz ronca, lujuriosa, retorciendo las palabras como una serpiente:

—¿No te parece, doctor…? —murmuré, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con una sonrisa sucia—. Una paciente con este cuerpo… no se encuentra todos los días.

Él gruñó, apretándome aún más fuerte, hundiéndome de nuevo contra su polla.

—Este culo… —continué, moviendo las caderas lentamente, provocándolo—, pide a gritos mucha polla. Y estas tetas… —deslicé una mano hacia adelante, acariciándome los pechos abiertos y brillantes de sudor—, estos labios… invitan a cualquier hombre a soñar con la mejor mamada de su vida.

Mientras hablaba, su polla empezó a endurecerse de nuevo dentro de mí.

Lo sentía. Palpitante. Creciendo.

Su respiración se hacía cada vez más pesada.

Yo lloriqueaba de placer, empujando el culo hacia atrás, buscando meterlo aún más dentro de mí, sintiéndolo cada vez más grueso, más rígido.

Y entonces, con un susurro descarado, le pregunté:

—¿Quieres follar también mi culo, doctor?

La reacción fue instantánea.

Su polla endureció brutalmente dentro de mi coño mojado, tan rápido, tan violento, que gemí de sorpresa.

Sonreí para mí misma.

Apoyé ambas manos en la camilla, levantando el culo aún más, presentándoselo descaradamente.

Lo movía en círculos lentos, haciéndole ver la apertura tentadora de mi ano, invitándolo.

—Tómame —susurré—. Mete tu polla en mi culo, doctor… no quiero que se contenga nada dentro de mí hoy.

Él soltó un gruñido grave, casi animal.

Salió de mi coño con un sonido húmedo, arrastrando hilos de semen que chorrearon por mis labios vaginales.

Con la misma mano, se escupió en los dedos, llevándolos a mi ano, lubricándolo con movimientos rudos, ansiosos.

Yo gemía bajito, abierta, húmeda, esperando.

Y entonces, sin más, apuntó su polla empapada de semen y me la metió en el culo.

La cabeza entró despacio, haciéndome gemir fuerte, sentía como mi esfínter se abría para recibirlo.

Me agarró con ambas manos de las caderas, sujetándome firme, y con un gemido sordo, me la enterró hasta el fondo.

—Mierda… qué culo más apretado tienes… —jadeó detrás de mí, clavándome las uñas en la piel.

Yo gritaba de placer, moviéndome contra él, empujándome hacia su polla, sintiéndola llenar cada centímetro de mi interior.

Era obsceno, brutal, adictivo.

Él empezó a follarme el culo con fuerza, embistiendo hasta las entrañas, mientras yo lloriqueaba de placer, sintiendo sus huevos golpear contra mi sexo mojado.

Mientras el doctor me follaba el culo, agarrándome con fuerza por las caderas, jadeando como un animal salvaje, tuve una idea aún más pervertida.

—¿Me dejarías hacerte una foto? —preguntó, con la voz ronca de deseo—.

—¿Con tu polla adentro? —pregunté yo, mirándolo por encima del hombro, con una sonrisa sucia.

—Claro… —contestó él sin pensarlo, sacando su móvil de la bata.

Me moví aún más descaradamente, agitando mi enorme culo, haciéndolo rebotar contra su pelvis mientras su polla me taladraba el ano.

Sentí cómo grababa, cómo su respiración se aceleraba aún más.

—¿Y si entra otro doctor por la puerta y nos pilla así…? —preguntó de repente, excitado, grabándome mientras me follaba.

Su pregunta me encendió como nunca.

Estaba tan caliente, tan fuera de mí, que aunque hubieran entrado tres doctores, no me habría importado en absoluto.

Gemí fuerte, moviendo las caderas, sintiendo su polla aún más dura en mi culo.

—¿Le chuparías la polla si nos viera…? —gruñó, embistiéndome más fuerte.

Yo apenas podía hablar, gimiendo, sintiendo cómo sus huevos chocaban contra mi coño mojado.

—¿Quieres verme chupándole la polla a otro? —jadeé—. Pensaba que aquí controlaban coños, no bocas…

—Pero… ¿no te gustaría…? —insistió él, follándome brutalmente.

—Suena provocador… —le respondí entre gemidos.

—¿Y si tuviera una polla muy grande…? ¿Cómo lo harías…? —me desafió, cada vez más salvaje.

Su juego me volvía loca, pero aún más me excitaba ver cómo a él también lo volvía loco.

—Se la chuparía… —le confesé, dejando que la lujuria me dominara.

Y fue escucharme decir eso y sentir cómo su polla empezaba a latir violentamente dentro de mi culo.

Gritó de placer, apretándome aún más fuerte las caderas, asegurándose de que su polla no saliera de mi interior.

Y entonces lo sentí.

Su semen caliente empezó a llenar mi culo, oleada tras oleada, mientras gemía como un hombre roto por el placer.

Me mantuvo así, empalado, con sus cojones pegados a mi culo, descargándose sin parar dentro de mí.

Cuando terminó, me incorporé despacio.

Me giré hacia él, sonriendo sucia, y le tomé la cara entre las manos.

Lo besé en los labios, larga, profundamente, mientras sentía el semen escurriéndose de mi culo y mi coño, chorreando por mis muslos.

Fue justo entonces cuando se abrió la puerta.

Me quedé congelada un segundo, con la falda levantada por encima de las nalgas, las tetas al aire, la blusa abierta, y mi sexo expuesto, goteando esperma.

Pensaba que era una paciente, pero no.

Era otro doctor.

Altísimo, de unos 55 años, de traje oscuro bajo la bata blanca, con el pelo entrecano, la mirada intensa.

Se quedó en el umbral, mirándonos.

Y en su cara apareció una sonrisa lenta, cómplice, hambrienta.

No cerró la puerta. La empujó para entrar.

Me miraba de arriba abajo: mi culo chorreando, mis tetas expuestas, mi cuerpo sudoroso, temblando de la corrida reciente.

No dijo nada.

Pero al bajar la mirada, fue imposible no ver el enorme bulto en sus pantalones.

Una polla enorme, claramente marcada bajo la tela.

Se acercó despacio, sus zapatos resonando en la sala.

Yo no podía apartar los ojos de él.

Mi coño volvió a palpitar de deseo.

Sentía aún caliente la corrida del otro doctor en mi interior… pero la visión de ese hombre, esa polla enorme, me abría aún más el hambre.

El nuevo doctor sonrió aún más y, mirándome directamente a los ojos, preguntó con voz grave:

—¿Interrumpo… o puedo unirme?

Me acerqué al nuevo doctor, que me esperaba de pie, con una sonrisa cargada de lujuria.

Sus manos grandes se alzaron enseguida y agarraron mis tetas expuestas, apretándolas con ansia, manoseándolas como si fueran un trofeo.

—Madre mía… —gruñó con voz ronca—. Qué mujer más de vicio…

Mientras me amasaba los pechos, puse mi mano en su pantalón.

El bulto era impresionante.

Una pieza de carne enorme, palpitante, que parecía querer romper la tela.

Sonreí con picardía.

Sin dudarlo, le desabroché el cinturón.

Él, ansioso, se bajó los pantalones de un tirón, quedándose desnudo de cintura para abajo.

Su polla era enorme, gruesa, venosa, casi totalmente erecta, apuntando desafiante.

Le miré, lamiéndome los labios.

—¿Quieres que te ponga estas tetas en tu pene? —le pregunté, mientras agarraba su polla caliente y palpitante con una mano.

—Lo que tú quieras… —murmuró él, pegando su boca a mis tetas, chupándolas con ansia.

Sus manos apretaban con fuerza mis nalgas, acercándome aún más a su cuerpo, embistiéndome suavemente.

Me di la vuelta, sin soltar su polla, y lo guié hacia la camilla.

—Túmbate boca arriba —le ordené, con una sonrisa sucia.

Él obedeció al instante, recostándose, su polla apuntando al techo como un mástil firme.

Mientras miraba esa verga impresionante, se me ocurrió una idea aún más perversa.

—¿Te molesta si me grabo mientras uso tu polla? —pregunté, acariciándole despacio.

—Si es solo para ti… haz lo que quieras —contestó, deseoso.

Caminé hacia la mesa donde aún estaba sentado el primer ginecólogo, que me había follado minutos antes.

Saqué el móvil de mi bolso, lo preparé en modo grabación como una película casera, y se lo pasé.

—¿Puedes grabarme mientras uso su polla? —le pedí con una sonrisa sucia.

—Claro… —dijo, relamiéndose, cogiendo el móvil—. Quiero ver lo que vas a hacerle.

Me coloqué frente a la cámara, con cuidado de que se viera todo.

Me arrodillé al borde de la camilla, puse las tetas juntas, enormes, sudorosas, y empecé a frotar su polla enorme entre mis pechos, haciendo un vaivén suave y lento.

El doctor tumbado soltó un gemido largo, temblando de placer.

—Madre mía… qué tetas… —gimió, mirándome desde abajo.

Aunque mis tetas eran grandes y firmes, su polla sobresalía por el otro lado, brillante de humedad.

Movía mis pechos arriba y abajo, presionando fuerte, dejándole la punta de su glande asomando con cada movimiento.

La cámara lo captaba todo: la forma en que mi escote devoraba su polla, mis pezones erectos, la baba que me caía de los labios de lo excitada que estaba.

El primer doctor no apartaba el móvil de nosotros, grabando cada detalle, cada gemido, cada mirada.

abroché solo dos botones de la camisa, justo en el centro del escote, para cerrarlos y hacer que sostuvieran mis tetas, apretándolas más aún.

El escote se veía salvaje: las tetas redondas, firmes, aplastadas una contra la otra, mientras la polla enorme del doctor resbalaba entre ellas en una cubana lenta y sucia.

El roce de ese rabo duro entre mis pechos me volvía loca.

Cada vez que sentía su carne caliente rozándome, gemía bajito, mirándole desde abajo, lamiéndome los labios.

—Por favor… —gimió el doctor, jadeando de placer—. Quiero sentir tus labios en mi polla…

Mientras lo decía, su mano izquierda bajó a mi culo y me lo agarró con fuerza, abriéndome las nalgas.

Me sorprendió introduciendo un dedo en mi coño empapado, moviéndolo lentamente, haciéndome gemir.

Sin quitar los ojos de él, guié su polla hacia mi boca, con descaro, y pregunté provocadora:

—¿Eso quieres…?

—Sigue… —gruñó, casi desesperado.

Sonreí y puse mis labios en la cabeza brillante de su polla, empezando a succionar muy lentamente, saboreando su sabor salado, disfrutando de cada centímetro grueso que entraba en mi boca.

Me encantaba sentir su grosor tensando mis labios, acariciando mi lengua, llenándome la boca poco a poco.

—Madre mía… cómo lo haces… —gimió él, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Mientras lo devoraba, noté cómo el primer ginecólogo —el que me había follado antes— se acercaba aún más, grabando con mi móvil en una mano mientras con la otra se masturbaba, viendo la escena caliente que protagonizaba.

No pude evitar soltar un gemido contra la polla que mamaba.

Entonces, saqué despacio el pene de mi boca, dejando un hilo de saliva colgando, y mirándolos a los dos, jadeante, propuse con voz sucia:

—¿Por qué no te vienes detrás mía… mientras disfruto de tu colega…?

Abrí las piernas, moviendo el culo hacia atrás, ofreciéndome sin vergüenza.

Sin esperar ni un segundo, el primer doctor se colocó detrás de mí, aún con su polla empapada de sus propios fluidos.

Me agarró las caderas con fuerza y, de un solo empujón, me clavó su verga en el coño, arrancándome un grito de placer.

Estaba follándome de nuevo por detrás mientras yo mamaba la enorme polla del doctor tumbado, grabándolo todo con mi propio móvil.

Era sucia, pervertida, su juguete perfecto.

Y me encantaba.

El doctor delante de mí agarró mi cabeza, empujándola suavemente contra su rabo, mientras el de detrás embestía mi coño sin piedad.