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Dominacióndic 2025

La putita del bazar 01

Necesito el dinero, pero no mi dignidad. O eso creo, hasta que la persiana baja y el silencio de la tienda se llena de sus órdenes. Él no quiere mi cuerpo, quiere mi vergüenza.

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Estoy harta de este trabajo. Lo acepté en un momento de pura desesperación: se me acabó el paro y era eso o volver a casa de mi madre, y eso solo lo haría peor.

Trabajo en un bazar y mi jefe es un gilipollas integral. Salim nunca sale de la caja cuando está de turno. Se atrinchera allí, con su sudadera Hood By Air o alguna camiseta Off-White que le cuesta más que mi sueldo semanal, y se dedica a cobrar mientras yo repongo y atiendo a los clientes. Los días de poca afluencia se fuma un porro sin prisa e incluso se abre una cerveza fría, como si la tienda fuera su salón privado.

Lo peor son sus miradas. Aunque aquí curramos varios, hay turnos en los que estoy sola con él. Me devora con los ojos cada vez que me agacho para arreglar las estanterías bajas, cuando me subo a la escalera y la falda se me tensa, o… ¿cuándo no? Es un tío fuerte, de hombros anchos, piel morena, barba recortada y esos rasgos árabes marcados que a mí nunca me han atraído. No es feo, objetivamente no lo es, pero no es mi tipo. Para nada. Pero siento su mirada quemándome el culo, las piernas, como si ya me estuviera desnudando.

Me paga una miseria y ya hemos discutido más de una vez. Necesito que me suba el sueldo; todo se está encareciendo y apenas llego a fin de mes. El muy cabrón aparca cada mañana un Audi Q8 negro brillante, lleva un reloj que vale más que mi alquiler y siempre huele a ese perfume caro, una colonia amaderada y especiada que inunda la tienda entera. No creo que pagarme cien euros más al mes le suponga ningún esfuerzo.

Hoy estamos los dos solos otra vez. El cielo está negro, cargado de nubes que amenazan tormenta. Llevo toda la tarde sugiriéndole que quizá deberíamos cerrar e irnos, porque con este tiempo no vamos a vender ni un paraguas; como mucho, algún despistado se refugiará en la entrada.

Me ha dicho que hoy han llegado un montón de pedidos y que hay que descargar los palés y ordenar la tienda. Que aproveche que no hay clientes.

Y aquí estoy, con la tienda iluminada solo por las lámparas fluorescentes, porque fuera está todo oscuro. Salim ha bajado la persiana metálica, dejando apenas una rendija a la altura de los tobillos. Lo ha hecho después de que un par de tipos se resguardaran en la entrada sin comprar nada. Les ha soltado que esto no es una puta ONG y los ha echado a la calle.

Mientras repongo, lo veo de reojo encorvado sobre el móvil. Lleva los cascos puestos, totalmente absorto, con el porro ya a medias. Estoy colocando artículos en el pasillo de la lencería cuando oigo el chasquido de la tercera cerveza abriéndose.

Justo entonces me doy cuenta de que a mi pistola de precios se le han acabado las etiquetas. Voy hacia la caja a por otro rollo. Al pasar por detrás de él, echo un vistazo rápido a la pantalla: está en una web porno, viendo en primer plano cómo le follan la boca a una chica. Me quedo clavada un segundo. Noto el bulto evidente en sus vaqueros, tensando la tela.

Algo se me revuelve por dentro, un calor que no es asco. Me obligo a apartarlo: mi jefe es un imbécil, un cerdo arrogante. No es mi tipo, pero la idea del dominio, de que alguien me folle la garganta, me obligue… eso sí me pone. Aunque jamás se lo cedería a un abusón como él.

Vuelvo al pasillo de la lencería e intento concentrarme.

Entonces lo oigo moverse. Viene hacia mí, seguramente a tocarme las narices con cualquier tontería.

Pero no. Se apoya contra una columna y se queda ahí, observándome. Hoy está en modo mirón total.

—Sé que lo has visto —dice con voz ronca.

—No sé de qué hablas.

—Has visto el porno que estaba mirando y me has mirado la polla. Lo he visto reflejado en ese espejo —añade, señalando uno de los espejos convexos anti-robo.

Niego con la cabeza y me levanto de golpe. Me alejo hacia el pasillo de los juguetes infantiles. No pienso tener esta conversación. Juro que, si pudiera, ahora mismo lo mandaría a la mierda. Pero no quiero volver a casa de mi madre sin trabajo, dependiendo de ella. A ella ya le cuesta llegar a fin de mes.

Pero él no se rinde. Me sigue, sus zapatillas Nike de edición limitada resonando entre las estanterías.

—Helena, me dijiste que te costaba llegar a fin de mes —dice con esa voz pastosa—. Podríamos arreglar eso.

Me giro de golpe. Tiene los ojos un poco rojos, brillantes por el porro y por algo más oscuro.

—¿Me vas a subir el sueldo?

—¿Qué te parece si te lo pago ahora mismo?

Mierda. Espero que no esté insinuando lo que creo.

—No pienso dejar que me folles —le suelto.

Él sonríe, ladeado, con esa arrogancia que odio.

—No hace falta. Me conformo con verte mientras haces lo que te ordeno.

Dudo, y lo sabe. Necesito el dinero. La semana pasada me pusieron una multa de tráfico que no sé cómo pagar, y él lo sabe porque me oyó contárselo a los compañeros.

Salim coge la pistola de precios que llevo en la mano, sus dedos rozando los míos un segundo de más.

—¿De cuánto era esa multa, Helena?

—Dos… doscientos euros.

—Vale. —Lo veo marcar cien en la pistola—. ¿Qué te parecen cien euros? Solo serán un par de minutos.

Dudo. Estoy nerviosísima, el corazón me late a mil. No quiero, pero lo necesito. ¿Tan malo es? Me toco un poco por encima de la ropa, él se pajea mirándome y me llevo cien euros limpios. Nadie se entera.

—Y-yo… no sé…

—Puedo dárselos a una puta cuando salga de aquí —dice, encogiéndose de hombros—. Y hasta me dejaría follarle la boca por ese dinero.

Aprieto el puño al notar que las manos me tiemblan. No me está pidiendo tanto. Cien euros son lo que me paga por tres días de trabajo y me los va a dar en apenas unos minutos.

—Vale, pero no me tocas —le digo con voz firme, aunque por dentro estoy temblando.

—Genial —responde, y me pasa el porro.

Le doy una calada profunda; el humo me raspa la garganta y toso. Él suelta una risa baja, satisfecho. Vuelvo a darle otra calada, más larga, para aflojar los nervios que me atenazan el estómago.

—Es para hoy, Helena —dice, impaciente.

Le devuelvo el porro y empiezo a tocarme el pecho por encima de la camiseta. Despacio, como si aún pudiera controlarlo. Sus ojos se clavan en mí cuando los pezones se me endurecen bajo la tela, marcándose sin remedio. Intento sostenerle la mirada, desafiarlo, que no note lo nerviosa que estoy… ni lo mucho que me afecta que me esté mirando así.

Poco a poco bajo una mano, me la meto dentro del pantalón y empiezo a tocarme de verdad. El roce me hace cerrar los ojos un segundo.

—Quítatelo —ordena con voz ronca.

—No era eso lo que acordamos.

—Te dije que te observaría mientras haces lo que te ordeno.

—Pero…

Salim se da la vuelta, como si de verdad fuera a irse. Maldita sea. Ahora que he empezado, que ya me he rebajado, que siento el calor entre las piernas traicionándome… coge y se larga.

—Espera —le digo casi sin voz.

—¿Te vas a quitar el pantalón o no?

Asiento, tragando saliva con dificultad.

—La puerta está abierta —insisto, la voz apenas un hilo.

—Está casi bajada del todo. No va a entrar nadie. Si alguien intenta, lo oiremos de sobra. Y desde la entrada no se ve este pasillo. Me estoy empezando a aburrir, Helena.

Se cruza de brazos y me observa, impaciente. Huele a esa colonia cara que siempre lleva, una mezcla intensa de madera y especias que me invade aunque esté a un metro. Yo empiezo a bajarme el pantalón despacio, torpe, intentando que parezca algo sexy, aunque me tiemblen las piernas.

—Las bragas también —ordena, sin apartar la vista.

Respiro hondo. Ya están húmedas después de haberme tocado antes. Son blancas, sencillas, de algodón. Me las quito con las mejillas ardiéndome y se las tiendo. Él las coge, las examina un segundo con una ceja alzada y se las lleva a la nariz sin disimulo antes de guardárselas en el bolsillo de sus vaqueros de marca.

—Están empapadas, zorra. Mira cómo te pones por alguien que ni siquiera te gusta —dice con sorna—. ¿O sí te van los moros fuertes como yo al final?

—No soy una zorra —le suelto, aunque noto cómo me arde la cara.

Él se ríe.

—Te estás vendiendo por cien euros, Helena. Eso es lo que hacen las putas baratas.

Después de decirlo, arranca la etiqueta de la pistola donde pone «100 €» y me la pega en la frente con una sonrisa ladeada.

—Y ahora, tócate para mí. Muéstrame lo puta que puedes llegar a ser por dinero.

¿Por qué coño me pone tan cachonda la puta pegatina en la frente? En cuanto lo ha hecho, he sentido un tirón caliente en el bajo vientre. La humedad se intensifica, traicionera, entre mis piernas. No me gusta, joder. No es mi tipo: demasiado fuerte, demasiado árabe, demasiado arrogante con su ropa cara y su perfume de rico. Pero que me trate así, que me humille… eso me está volviendo loca.

Empiezo a tocarme el clítoris despacio, en círculos, mientras él me observa sin parpadear. Sus ojos oscuros clavados en mi coño, devorándome.

Me relajo demasiado rápido. Me meto dos dedos dentro y se me escapa un gemido pequeño, involuntario, que resuena en el silencio de la tienda.

—Al final te va a gustar y todo —murmura con voz ronca—. Me estás poniendo muy cachondo, Helena. Sigue tocándote, no pares. Una chica como tú, con estudios, rebajándose a esto por una mierda de dinero… Qué patético.

Pasa por mi lado, rozándome apenas con el brazo, y se aleja unos pasos. No sé a dónde va, pero oigo cómo revuelve entre las estanterías mientras otro gemido se me escapa, más fuerte esta vez.

—La puerta está casi bajada, pero alguien podría escucharte —me recuerda, burlón.

Vuelve con algo en las manos: una pelota antiestrés de juguete, de esas blandas de plástico que, al rebotar, se encienden lucecitas de colores.

—Abre la boca. Con esto amortiguaremos tus gemidos, putita mía.

—No soy tu…

—Abre la boca. Me estoy impacientando.

Y yo, sin saber por qué, obedezco. Abro los labios y él me mete la bola blanca, empujándola con dos dedos hasta que llena mi boca por completo. Su sonrisa se ensancha, satisfecha y cruel.

Sigo tocándome sin parar. Otro gemido sale amortiguado, vibrando contra el plástico.

Me da una palmadita ligera en la mejilla, casi cariñosa, y la pelota se enciende con destellos intermitentes de luces rojas y azules que iluminan mi cara como si fuera un puto árbol de Navidad.

—Perfecto. Así sí, con luces y todo, como la puta barata que eres esta noche.

Y entonces se desabrocha el pantalón, se saca la polla dura y empieza a pajearse despacio, sosteniéndome la mirada.

No puedo evitar mirársela. El moro tiene un rabo enorme, grueso, venoso. Se me abren los ojos como platos y él lo nota al instante.

—Mírala bien. Al final me la pedirás, blanca de mierda —susurra, triunfal.

No contesto porque no puedo. Empiezo a babear sin control; noto la saliva resbalándome por la barbilla, goteando sobre mi pecho. Eso lo excita más, acelera el movimiento de su mano.

—Arrodíllate. Rodillas separadas. Quiero ver bien ese coño que te has vendido.

Obedezco sin pensar. Estoy tan cachonda que me tiemblan las piernas. Sigo tocándome sin parar, al borde del orgasmo.

—No te corras hasta que yo te lo diga, Helena. Si lo haces, no te pago ni un euro. Las putas obedecen.

Me sale un gruñido frustrado, profundo, amortiguado. Si pudiera hablar le diría que no es justo, que estoy aquí con el coño al aire, tocándome para él, con una puta bola de juguete en la boca que me hace babear como una perra. Pero no puedo. Aprieto los dientes de pura rabia y la bola se enciende otra vez, parpadeando furiosamente.

Escucho su risa mientras se aleja y vuelve con algo que no esperaba: una espada láser de juguete, de las pequeñas para niños de tres años, con la punta redondeada… y que se enciende con luz roja y hace el típico sonido «vuuuum-vuuuum» al moverla.

—Métete esto en el coño, Helena. Como la niña que vende su dignidad por billetes.

Me la tiende. La cojo sin dudar. Joder, estoy tan cachonda que ya ni pienso en los cien euros. Me inclino hacia atrás, abriendo bien las piernas para que me vea perfectamente, y me la introduzco despacio mientras sigo frotándome el clítoris. Al moverla, la espada se enciende con un brillo rojo intenso y empieza a emitir ese zumbido característico de Star Wars. Aprieto los dientes al sentirla entrar y la bola de mi boca estalla en luces de nuevo, a juego con la maldita espada.

Él ya se está pajeando otra vez, más rápido, los ojos fijos en mí.

—Mírate, joder… una discoteca infantil con coño. Vuelve a hacerlo. Enciende todo eso, putita. Quiero oír ese sonido cada vez que te folles con la espada de los críos.

Y lo hago. Aprieto los dientes una y otra vez, haciendo estallar la bola en luces multicolores mientras meto y saco la espada láser con más fuerza, más rápido. Cada embestida activa la luz roja brillante y el «vuuuum-vuuuum» resuena en la tienda vacía, mezclándose con mis gemidos amortiguados y con el sonido húmedo de mi coño. Es ridículo, humillante… y me pone aún más cachonda.

—Así, sí… mira cómo brillas, Helena. Pareces una atracción de feria barata —se burla entre jadeos, acelerando la mano en su polla—. Cien euros y te conviertes en un juguete sexual con luces y sonido. Qué puta más patética estás hecha.

Estoy tan ida que no veo cómo saca el móvil. Solo noto el flash.

Me ha hecho una foto.

Estoy a punto de parar, el cabreo me sube como una ola, pero él dice las palabras exactas:

—Córrete. Ahora, puta. Quiero verte explotar con toda esa mierda infantil encendida.

Y exploto.

El orgasmo me atraviesa como un rayo, brutal, me doblo hacia delante temblando, con la espada láser aún metida hasta el fondo (la luz roja brillando dentro de mí y el «vuuuum-vuuuum» zumbando sin parar) y la bola parpadeando loca en mi boca. La baba me cae en hilos por la barbilla, goteando sobre el suelo frío de la tienda. Todo mi cuerpo tiembla, las piernas me fallan, y un gemido largo y amortiguado sale de mí mientras las luces de la pelota y el sonido de la espada iluminan y llenan el silencio con mi vergüenza y mi placer.

Salim respira fuerte, pajeándose cada vez más rápido. Veo cómo se acerca, la polla hinchada, a punto.

—Quítate esa mierda de la boca y pon la cara —ordena, jadeando—. Me corro encima. Te lo has ganado, zorra.

Niego con la cabeza, aún recuperando el aliento. Escupo la bola al suelo; rueda un poco, parpadeando débilmente antes de apagarse. Dejo caer también la espada láser, que da un último zumbido antes de quedarse quieta. Me limpio la baba con el dorso de la mano, el sabor amargo del plástico todavía en la lengua.

—No… eso no entraba en el trato —murmuro, la voz ronca.

Él se detiene un segundo, la mano quieta en su polla. Saca el móvil del bolsillo y lo agita delante de mí.

—Te pago igual, Helena. Los cien euros son tuyos. Pero si no pones la cara… esta foto va directa a un grupo de WhatsApp que tengo con los chicos del barrio. O quizá la subo a alguna web. Tú eliges, putita.

Me quedo helada. Miro la pantalla: ahí estoy yo, arrodillada, con la pegatina de 100 € en la frente, la boca llena de la bola encendida, los ojos vidriosos, metiéndome la espada láser luminosa mientras me toco como una desesperada. La imagen es nítida, humillante, irrefutable.

Trago saliva. El corazón me late de nuevo a mil, pero esta vez no es solo por la excitación. Es miedo. Y algo más oscuro que no quiero nombrar.

Me inclino hacia delante lentamente, cierro los ojos y alzo la cara.

Él gruñe satisfecho. Unos segundos después siento el primer chorro caliente en la mejilla, luego en la frente, en los labios. Me recorre el semen, espeso, pegajoso, resbalando por mi piel mientras él acaba con un suspiro largo y animal.

Se guarda la polla, se sube la cremallera y me mira desde arriba.

—Buena chica —dice, sacando el billete de cien euros del bolsillo y dejándolo caer sobre mi regazo, como si fuera una propina—. Mañana te quiero a la misma hora. Y limpia esto antes de irte, que no soy tu criado.

Se da la vuelta y se va hacia la caja, como si nada hubiera pasado.

Yo me quedo ahí arrodillada, desnuda de cintura para abajo, con su corrida enfriándose en mi cara y la pegatina aún pegada en la frente.

Sé que esto no ha terminado.

Ahora tiene la foto.

Ahora tiene poder sobre mí.

Y lo peor de todo… es que una parte de mí, muy en el fondo, ya está esperando a mañana.