Xtories

La fulana de los gendarmes

Adolfo la dejó desnuda y chorreando semen, pero no esperaba que su compañero llegara a buscar la credencial olvidada. La vergüenza se mezcla con el deseo cuando un desconocido decide no respetar sus límites.

Dolores385K vistas9.2· 5 votos

Nunca me importó una mierda el pudor. Siempre he sido una descuidada de la concha, exhibiendo accidentalmente o no mis tetas gordas, mi culo enorme o mi concha peluda. Mis agujeros lo saben bien: si un macho me ve el orto y nota que no me jode, se le para la pija al instante y quiere clavármela hasta el fondo, sea en la concha, el culo o la boca. A 50 metros de mi casa vive Adolfo, un gendarme mendocino de 41 años, casado. Su familia está en Mendoza, y él va cada 3 o 4 meses. No extraña mucho a su mujer: cuando le pica la verga, viene a casa y me revienta a pijazos para vaciarse los huevos. Yo no le digo que no; en mi cama, me hace sentir como una hembra que un macho necesita garchar. Por cómo me culea, siempre pensé que extraña a su puta esposa, por eso me deja el culo chorreando leche cada vez que me baja la bombacha y me pone en cuatro. Es un bruto hijo de puta, pero lo quiero un montón.

El sábado pasado, Adolfo me dio pija toda la noche. Me cogió como un animal: me abrió la concha con esa verga gruesa, me taladró el orto hasta que grité, y me llenó la boca de leche caliente. A la mañana, después de un café, empezó a besarme el cuello mientras se pajeaba atrás mío. Sentí su pija dura rozándome el culo, y de pronto, ¡zas! Me regó las nalgas con chorros espesos de guasca. Nos besamos un rato, con su lengua invadiendo mi boca, y se fue a su guardia en la ruta. Yo me quedé sola, haciendo cosas de la casa, olvidándome de la leche que me chorreaba por el culo.

A los pocos minutos, tocan la puerta. Pregunto quién es, y una voz grave responde: "Soy compañero de Adolfo, vengo por una credencial que se le olvidó". Digo: "Bueno, espérame que me visto". Y el cabrón contesta: "No te preocupes, sé que Adolfo te dejó desnudita y destapadita". Me quedé helada, balbuceando: "Pe... pero... bueno, al menos déjame ponerme una bombacha". Corro a la habitación, agarro la tanga sucia de la noche anterior, empapada de jugos y leche, y me la pongo. Abro la puerta, y ahí está: un hombretón enorme, uniformado, con ojos de lobo hambriento. Me mira de arriba abajo, devorándome las tetas que se salían del escote improvisado y el culo que rebosaba de la tanga.

"La credencial se le cayó cuando te cogió", dice con una sonrisa sucia. "En mi cuarto", respondo cohibida, y me doy vuelta para ir al dormitorio. Al girar, recuerdo los lechazos de Adolfo en mis nalgas, visibles y pegajosos. Siento una vergüenza de puta, pero también un cosquilleo en la concha. Él se ríe: "Ja ja, parece que te encanta la lechita caliente. Es cierto lo que dice Adolfo". Pregunto en un murmullo: "¿Y qué dice Adolfo?". "Dice que sos una gorda putona que se deja hacer cualquier cosa. ¿A ver qué te hace Adolfo, culona traga leche? ¿Te coge por la boca, te rompe el culo, te dice lo puta que sos, te nalguea?". Asiento, roja como un tomate: "Sí... me hace de todo".

Encontramos la credencial en el piso. Me agacho a levantarla, y siento su paquete enorme presionando mi culo. Ese bulto duro me da miedo: es un tipo implacable, un macho alfa que me va a dejar renga. Le aviso preocupada: "Adolfo me montó toda la noche, estoy dolorida de tanta pija". Él se ríe: "Putona culoroto, ¿creés que no me di cuenta que estás bien enlechada? ¿Te culea duro Adolfito?". Mientras, me da una palmada sonora en el culo que me hace saltar. "Pues... sí... me dio muy duro". Y él: "Y si ahora te quiero garchar yo, ¿qué vas a hacer?". Dudo, pero le digo la verdad: "Nada puedo hacer. Sos un macho fuerte, y los hombres como vos le hacen lo que quieren a las mujeres culonas y fáciles como yo. Aunque esté dolorida, me vas a coger igual hasta hacerme llorar".

El gendarme, que después supe que lo llaman Gringo, me pasa la lengua por la mejilla, babosa y caliente, y me agarra las tetas con fuerza, amasándolas como si fueran suyas. Me mete mano por todos lados: me pellizca los pezones duros, me mete dedos en la concha a través de la tanga, me hace gemir como una perra en celo. Le digo que tengo que ir al baño, y se ríe: "¿A cagar la leche de Adolfo? Puta, concha abierta". Mientras camino, me escupe las nalgas, y siento su saliva mezclándose con la guasca seca. Entro al baño y me siento en el inodoro, intentando cagar la leche que Adolfo me dejó adentro. Pero el Gringo entra atrás, se saca la pija por la bragueta: ¡dios mío, la verga más cabezona que vi en mi vida! Gruesa como una lata, con venas palpitantes, y unos huevos enormes, colgando pesados y llenos.

Me la pasa por la cara: "Chupámela, puta". Intento, pero esa cabeza monstruosa no me entra en la boca. Lo enoja, me agarra del pelo y fuerza, pero solo logro lamer el tronco, chuparle los huevos duros y calientes, oliendo a macho sudado. Los lamo con la lengua, succionando, sintiendo cómo se hinchan. De pronto, no aguanta más: me levanta de los pelos, me inclina sobre la pileta. Acababa de cagar, mi culo sucio y abierto, pero a él no le importa. Me clava esa poronga en el orto de un empujón brutal. ¡Reemplaza el papel higiénico con su verga! Me limpia el culo mientras me bombea, escarbando mis tripas con fuerza animal. Me nalguea duro, me escupe en la espalda, insultándome: "Puta sucia, culoroto, tragavergas, gorda regalada". Lloro a mares, no tanto por el dolor ardiente en mi ano dilatado, sino por ser tan puta, por no poder evitar que me usen como un agujero público. Me muero de vergüenza imaginando a estos machos contando en sus charlas: "Le reventé el ojete a esa gorda, le llené la boca de leche".

Me culea como un caballo contra el lavatorio, su pija dura como acero hundiéndose en mis intestinos, implacable, dominante. Así son las vergas de los buenos machos en los boquetes de las gordas fáciles como yo. Me folla un rato eterno, luego me la saca de golpe, dejándome el culo abierto y palpitante, volcada sobre la pileta. "Vamos a la cama, puta", ordena, y me nalguea camino al dormitorio. Corro temblando, llorando como una condenada, con él atrás gritando: "¡Puta, te voy a recagar a pijazos hasta reventarte la concha y el orto!". Me tiro en la cama, y se me echa encima, clavándome la verga en la concha de un solo envión. Me besa con toda su lengua, invadiendo mi boca mientras me taladra.

El Gringo me genera un torbellino: miedo puro, pero también seguridad. Es un verdadero hombre, saciándose con mis orificios, pero metiéndome la lengua con ternura. Para él, el amor es darle todo a una hembra; para mí, es dejarme abrir por un macho. Me coge con dureza salvaje: me abre la concha hasta el útero, me hace gritar de placer y dolor. Estuvo desde la mañana hasta la noche en mi cama. Me cogió 3 veces por la concha, inundándome de jugos; 4 por el culo, dejándome el ano rojo e hinchado; me hizo tragar su leche espesa, chupándole la pija hasta la última gota. Me hizo mimos, me obligó a tenerle la verga mientras meaba en el baño, sintiendo su orina caliente salpicar. Me nalgueó hasta que mi culo quedó marcado, me escupió en las tetas y me las lamió.

Antes de irse, me la clava por última vez en el orto, bombeando furioso hasta llenármelo de leche caliente. Me lo limpia con la bombacha que tenía puesta cuando llegó, empapándola de guasca y mierda, y se la guarda en el bolsillo como trofeo. Me besa profundo y dice: "Decile a Adolfo que es cierto... que sos una gorda putona". Se va, dejándome exhausta, con los agujeros ardiendo, chorreando leche por todos lados. Y yo, puta como siempre, ya ansiando el próximo macho que me reviente.