Xtories
Dominacióndic 2025

Dominado por mi ex feminista [Parte 4]

Lleva un mes intentando soltarse, pero esta vez ella no le dará opción. Con el cuerpo inmovilizado y la boca vedada, descubrirá que su liberación depende enteramente de su capacidad para obedecer sin cuestionar.

EscritorX6K vistas8.8· 8 votos

Obedecí y me tumbé en la cama boca arriba. Algo dentro de mí me hacía sentir nervioso. Quizá me iba a quitar el juguete que enjaulaba mi polla, o eso pensaba yo, tan iluso. Llevaba un mes desde que empezó la relación de ama-sumiso, y en este tiempo había conseguido soltarme. No paraba de pensar en ella y en la forma en la que, cuando hacía las cosas bien, me hablaba dulcemente.

—No, cariño, no.

Sonrió, y en aquella sonrisa escondía toda su malicia. A mí me excitó verla así, tan poderosa.

—Los hombres no valéis para nada.

Me quedé callado sin saber que quería decir.

—Boca abajo.

Y así hice. Tras ponerme boca abajo cogió mis manos y las ató a la parte de arriba de la cama. Seguidamente me metió una bola en la boca, que ató por la parte de la nuca, y me puso un collar al cuello.

Realmente estaba inmóvil sin saber qué más hacer, ni qué quería de mí.

—Sé... —susurró en mi oído—, que esto también has querido hacerlo hace tiempo.

Yo no podía verla, pero ya estaba intuyendo qué quería. Me azotó el culo y dijo simplemente:

—En posición de perrito, ¡ya!

Sin poder decir nada hice caso y sentí como, al instante, algo viscoso y frío calló por mis nalgas. Ella entonces masajeó hasta llegar al ano y me acarició los huevos, que estaban estrujados por el aro que sujetaba el cinturón de castidad.

En ese momento era totalmente suyo. No podéis imaginaros cuánto. Habría hecho todo lo que me pidiese, y así hice.

—Relájate —dijo.

Sentí entonces como su dedo comenzó a entrar suavemente en mi culo. Yo nunca había hecho eso. No me consideraba homosexual, y jamás me lo habría planteado. Pero ella, con su estilo autoritario y odiadora de los hombres, me ponía mucho imaginarla así.

—Hace quince años decías que nada iba a entrar por este culo —rio—, como cambia la vida.

Se alejó, y sus zapatos resonaron hasta un armario. Entonces escuché a mis espaldas como se preparaba para algo.

Volvió, y sus pisadas sonaron más fuertes. Me cogió de la correa e hizo que levantara ligeramente la cabeza.

—¿Quieres correrte? —preguntó.

—Mmmfii —respondí difícilmente.

—¿Crees que las mujeres estamos aquí para vuestro deseo, nada más?

Yo negué con la cabeza y ella me azotó nuevamente. Aun tenía las marcas de la última vez que me azotó.

Entonces me enganchó del pelo y me susurró nuevamente:

—Te voy a follar como no has follado nunca a nadie.

Sentí como el pene de plástico que se había puesto entró suavemente, solo la punta. Yo hice una ligera mueca de dolor pero me resistí. Sentí como iba masajeando en círculos hasta meterla más y más. El peor tramo fue el primero. Imaginé la parte del glande de plástico, que suponía que sería el más complicado de introducir. Intenté chillar pero la mordaza en la boca lo impidió. Ella por su parte me tiró del collar y la escuché reír.

—Eres una putita, ¿eh?

Aquello, por lo que fuera, me excitó. Pero sentí como la polla me iba a explotar dentro de la jaula.

Sentí como disfrutaba de su poder mientras no tenía ni idea de cuánto estaba metiendo. Imaginaba un pene enorme, porque aquello me estaba desgarrando. Entonces llegó la parte dolorosa, cuando dejó de masajear en círculos y empezó a hacer fuerza. Yo abrí los ojos y chillé como pude, babeando y dejando perdida la almohada de babas. Ella paró y me empujó la cara contra la propia almohada, rebozándome en mi propia saliva fruto de la bola en la boca que no me dejaba hablar, y se acercó a mi oído:

—Esto es solo la puntita —y, en su tono, noté su excitación.

Cogió fuerte del collar y tiró, dejando mi cara hacia la pared para que no pudiera ocultarla entre las sábanas.

—Eres una zorra —me dijo.

Aquello me excitó y yo balbuceé.

—¡Dilo! —y acompañó la orden con un azote en la nalga derecha mientras metió un poco más su polla de plástico.

—Mmffo aa oaa —dije como pude.

Ella rio fuertemente.

—Una verdadera puta, ¿verdad?

—Mmfiii.

Un nuevo azote llegó a la misma nalga para volver a recibir una orden.

—Sí, mi Ama —puntualizó.

—Mmmffii, iaa aaa.

Entonces, y sin haberme dado cuenta, sentí que llegó hasta el final. Lo hizo con la delicadeza de quien se preocupa aunque no lo parezca. Entendí que eso era otra forma de amor. Yo le daba placer por la forma en la que me tenía, por el poder que ella desprendía, y ella me trataba con cariño para que no sufriera más de la cuenta.

Me enganchó del pelo y ordenó:

—Pídeme que te folle.

—Ooaaae,,. —balbuceé nuevamente, esta vez babeando.

Ella la sacó un poco y embistió. Yo gemí y entendí que, en ese momento, no era otra cosa salvo una puta. Su puta.

Una vez que tuvo mi culo abierto comenzó a follarme sin contemplación. Comenzó lento, aunque embestía con una estocada final fuerte para dejarme claro que era ella la que mandaba. Yo pedí más, aunque no se me entendiera nada. Me siguió tirando del collar hasta que finalmente con la otra mano alternaba entre tirarme del pelo y azotarme.

Para cuando sentí el culo lo suficientemente dolorido a causa de los azotes y su posesión, fue bajando el ritmo. Eso solo anticipaba la tormenta.

—¿De quién eres? —preguntaba con rabia y enfadada.

—Uuoo —decía como podía.

Entonces, tras haber bajado el ritmo, comenzó la traca final. Empezó a follar sin miramientos mientras me acarició los huevos, estrujándolos un poco. Gemí y sentí como, embestida tras embestida, la polla quería explotar de su jaula de castidad.

Sentí la prohibición de moverme, la bola en la boca que me tenía babeando. Sentí el collar del que tiraba, que me impedía esconder la cara en la almohada. Sentí la baba, que caía. Mientras notaba sus folladas. El ano se me había dilatado y algo por dentro me recorrió hasta los huevos, que los tenía en sus manos.

Hasta que, finalmente, me corrí. Sin haber hecho nada más que obedecer y ser follado como una zorra.

Tras mi orgasmo ella rio y fue desacelerando. Sentí mi corrida en mi piel. Me desató y me dejó tanto la bola de la boca como la correa. Me dio media vuelta y vi su cara de asco y rabia, pero era una cara que intentaba disfrazar su goce.

Me escupió y, seguidamente, me dijo:

—Ale, ya te has corrido, perra.

No podía parar de jadear mientras la miraba con lágrimas, no sabía si de dolor o de placer, pensando en que hasta dentro de un mes no volvería a pensar en que me quitaría la jaula.

—Eee aaoo —balbuceé como pude.

Ella me miró, también exhausta. Sonrió levemente, saliendo de su papel de zorra mala, y me quitó la bola.

—Te amo —conseguí decir, entonces, con toda mi alma.

Ella abrió los ojos, sorprendida. Miró el cinturón de castidad, que escondía mi pene recién corrido sin tocarlo si quiera, y con la punta de un dedo recorrió el capullo, recogiendo mis restos de corrida. Se lo puso en la palma de la otra mano y me miró sonriendo.

—Calla, y come.

Dudé unos instantes. La humillación era total. Obedecí, claro. Saqué la lengua y saboreé con cara de asco aquella cosa viscosa y amarga. Me acarició la cabeza, como el perro que era, mientras añadió:

—Te tengo en el bote.