Xtories
Amor filialJan 2026

Contenido erótico con mamá (1)

PerseoRelatos32K vistas9.2· 34 votos
<p>A veces el destino no manda señales ni avisos. Simplemente levanta el teléfono.En el caso de Martha, el teléfono sonó un martes cualquiera, mientras preparaba café instantáneo y trataba de convencer a su gato de que no podía seguir comiéndose las plantas. La voz del otro lado de la línea era amable, institucional y, como suele ocurrir con las tragedias menores, completamente carente de emoción.</p> <p>—Lamentamos informarle, señora Pérez, que mientras las clases sean en línea no requeriremos de sus servicios…</p> <p>Así, con un par de frases burocráticas, quince años de rutina quedaron suspendidos en el aire. Martha colgó el teléfono sin decir mucho, se quedó un momento mirando el vapor que subía de su taza y pensó que tal vez el gato tenía razón al destrozar la maceta: había que desquitarse con algo.</p> <p>Martha no era el tipo de mujer que uno imagina derrotada por las circunstancias. Tenía ese tipo de belleza que era francamente injusta con su currículum. Verán, queridos lectores, uno esperaría que un rostro tan angelical y unas curvas tan generosas, cuyo efecto era devastador sobre la mayoría de los hombres que cruzaban su camino, hubiesen servido de trampolín para una carrera mucho más glamurosa. Pero el destino, o la procrastinación, había decidido lo contrario.</p> <p>Había estudiado psicología y tenía una especialidad en sexología (una decisión que todavía hacía sonreír a su madre, la más devota de las devotas), pero nunca logró titularse. La vida, los trabajos temporales, el hijo, el exmarido, todo se había interpuesto entre ella y ese papel que acreditaba su saber. Así que cuando consiguió aquel puesto como consejera vocacional en una preparatoria, decidió no soltarlo. Lo convirtió en su lugar en el mundo. Hasta ese martes.</p> <p>Nicolás, su hijo, no parecía particularmente preocupado por el apocalipsis doméstico. Claro, tenía dieciocho años, y a esa edad el mundo siempre parece recuperable. Mientras su madre repasaba portales de empleo y actualizaba un currículum que ya nadie pedía, él pasaba horas frente al monitor, entre partidas de <em>League of Legends</em>, videos de cocina que jamás intentaría replicar, y, bueno, otros sitios, como este mismo desde donde ustedes me leen, con los que intentaba pasar el rato y desahogarse las muchas veces que su verga pedía atención a lo largo del día.</p> <p>A decir verdad, Nicolás era mucho más despierto que la media de los chicos que salían de la adolescencia, pero la vida real aún no le había dado permiso para ser más que un espectador.</p> <p>Una tarde, mientras su madre revisaba por décima vez los anuncios de trabajo, Nicolás soltó una frase al aire:—Quizá debería abrirme un OnlyFans. No estoy tan mal de ver…</p> <p>Lo dijo sin pensar demasiado, medio riendo, como quien propone un plan absurdo sólo para ver la reacción. Y la reacción llegó: Martha se rió. Una carcajada auténtica, de esas que le devolvieron el color a la cara.—Sí, claro —le dijo—. Con eso nos vas a salvar del hambre — respondió la madurita que no era de todo ajena a las nuevas tendencias del mundo digital.</p> <p>Pero en el fondo, mientras seguían bromeando, algo en esa ocurrencia se le quedó dando vueltas. No el OnlyFans, por supuesto, sino la idea de que quizá internet podía ser la respuesta. Al fin y al cabo, quién sabe cuándo terminaría esa puta cuarentena a causa del CO… bueno, ustedes seguramente saben.</p> <p>Esa noche, después de cenar, Martha encendió su laptop vieja y comenzó una búsqueda más amplia. “Sexóloga online”, “educación sexual remota”, “consultoría psicológica internacional”… las combinaciones eran infinitas y los resultados decepcionantes. Pero su perseverancia (o desesperación, según se mire) la hizo persistir, hasta que apareció algo diferente. Una página en una lengua extraña a la que llegó saltando de link en link.</p> <p>El texto no tenía ni pies ni cabeza —para ella, al menos—, pero el número que acompañaba la palabra <em>Euro</em> era lo bastante tentador como para seguir leyendo. Abrió Google Translator y empezó a copiar fragmentos.El traductor hacía su mejor esfuerzo: lo que decía era algo sobre “videos educativos sobre sexualidad humana”, “contenido formativo”, “material visual instructivo”. Sonaba profesional, incluso inspirador. “Esto está hecho para mí”, pensó Martha, sin notar que algunas expresiones demasiado literales habían sido dulcificadas por el traductor hasta el punto de la falsedad.</p> <p>La oportunidad parecía diseñada para rehabilitar su carrera. Se pasó horas puliendo un correo con la ayuda de la recién descubierta ChatGPT, logrando redactar en un alemán pulcro y sofisticado su inmenso interés por la "vacante de educadora sexual”. Mandó el correo y se fue a dormir con una mezcla de vértigo y esperanza.</p> <p>A la mañana siguiente, con el café en mano, fue directo a la computadora. Había un correo nuevo. Lo abrió con cautela, y aunque no entendía más que unas cuantas palabras, el tono general parecía alentador. Tradujo el mensaje y sonrió: “Nos complace informarle que su perfil es de gran interés para nuestro instituto”.</p> <p>—¿Instituto? —repitió en voz alta, casi para convencerse.</p> <p>Nicolás apareció detrás de ella, despeinado y con ojeras de insomne.—¿Qué instituto?—Uno alemán… — Y así, una entusiasmada Martha comenzó a narrarle a su hijo los detalles de su descubrimiento nocurno.</p> <p>Él arqueó una ceja, dudando.—¿No suena demasiado bueno para ser verdad?</p> <p>Martha giró el monitor hacia él, enseñándole el correo.—Míralo tú mismo. Hasta suena académico.</p> <p>El chico se encogió de hombros.—Bueno, pues al parecer sí parece legítimo, siempre y cuándo no nos pidan algún depósito, podrías intentarlo.</p> <p>—Sí, voy a contestar ahora mismo que me interesa mucho, a ver qué me dicen.</p> <p>Y fue así como ambos, mitad serios mitad cagándose de risa por lo improbable que era escribir a través de Chat GPT en una lengua que ni siquiera podían pronunciar, redactaron un email explicando que Martha estaba por demás interesada en participar y que tenía disponibilidad inmediata para sumarse al proyecto.</p> <p>La mesa de la cocina estaba cubierta de papeles como si hubiera explotado una bomba de burocracia doméstica. Recibos de luz, agua, gas, internet, el aviso del casero pidiendo la renta de marzo, facturas del súper de los últimos tres meses. Martha tenía una libreta abierta delante, con columnas trazadas a mano alzada, los números apretados en renglones cada vez más angostos. Nicolás estaba sentado frente a ella con el teléfono en la mano, leyendo cifras de los recibos digitales que le habían llegado por correo. La luz de la tarde entraba por la ventana en un ángulo oblicuo, cortando la mesa en dos mitades: una dorada, la otra en sombra.</p> <p>—Lo bueno es que renta no tenemos que pagar, simplemente el mantenimiento, 600—dijo Martha, escribiendo el número con una presión que dejó marca en la página siguiente.</p> <p>—Luz: doscientos treinta el mes pasado —leyó Nicolás desde la pantalla—. Pero si seguimos encerrados todo el día va a subir.</p> <p>Martha asintió sin levantar la vista. Escribió "250" al lado de la palabra luz, agregando un margen de error que no podían permitirse pero que era inevitable.</p> <p>—Agua: ciento veinte. Gas: ochenta. Internet: cuatrocientos —siguió Nicolás, deslizando el pulgar por la pantalla—. Y eso que es el plan más bara…</p> <p>El departamento donde vivían tenía cuatro habitaciones distribuidas en un espacio que alguna vez, cuando el edificio era nuevo, habría sido considerado generoso. La cocina y el comedor eran un solo ambiente, separado de la sala. Desde donde estaban sentados, Martha y Nicolás podían ver el sofá café de la sala, el librero y la televisión bastante más moderna que el resto de muebles. Las dos recámaras estaban al fondo, una a cada lado del único baño, y las puertas de ambas quedaban visibles desde el comedor si uno estiraba el cuello. El edificio tenía más de cincuenta años, y se notaba en los pisos de mosaico desigual, en las ventanas de marco de madera que se hinchaban en época de lluvias, en las tuberías que cantaban cuando alguien abría la llave. Pero también tenía encanto. Las ventanas eran grandes, con vidrios gruesos que filtraban la luz de manera suave, y los techos altos hacían que incluso en días grises el espacio se sintiera respirable.</p> <p>Martha terminó de escribir la lista de servicios y trazó una línea horizontal debajo. Después sumó. Los números se apretujaban en una columna vertical, y cuando llegó al total, cerró los ojos un segundo antes de escribirlo.</p> <p>—Mil ochenta —dijo en voz baja.</p> <p>Nicolás levantó la vista del teléfono.</p> <p>—Sin contar comida.</p> <p>—Sin contar comida —repitió Martha.</p> <p>Se quedaron en silencio, mirando el número como si con suficiente concentración pudieran hacerlo cambiar. El gato, que hasta ese momento había estado echado en el marco de la ventana, saltó a la mesa con un movimiento que no pidió permiso. Aterrizó sobre un recibo del gas, arrugándolo bajo las patas, y se sentó exactamente en el centro de la pila de papeles.</p> <p>—Pinche gato —dijo Nicolás sin ninguna convicción.</p> <p>El animal los miró con esa indiferencia soberana que sólo los gatos pueden lograr, después bostezó y empezó a lamerse una pata.</p> <p>—¿Cuánto gastamos en comida? —preguntó.</p> <p>Nicolás se encogió de hombros.</p> <p>—No sé. Dos mil pesos, más o menos. Depende.</p> <p>Martha dividió mentalmente dos mil pesos entre veinte, que era el tipo de cambio aproximado que había visto la última vez que revisó. Cien dólares. Escribió "100" al lado del signo de interrogación.</p> <p>—Bueno —dijo ella—. Supongamos que necesitamos doscientos dólares al mes para comer sin morirnos de escorbuto. Eso nos da…</p> <p>Sumó en la libreta. Redondeando bastante quedaba en 300 dólares por mes.</p> <p>El número quedó colgado en el aire, pesado como plomo. Nicolás se recargó en el respaldo de la silla, que crujió bajo el peso.</p> <p>—Con trescientos al mes alcanza —dijo después de un rato—. Si nos apretamos.</p> <p>Martha levantó la vista de la libreta.</p> <p>—¿Trescientos?</p> <p>—Para sobrevivir. No para vivir bien, pero para sobrevivir una pandemia. No está tan mal</p> <p>Suspiraron, la decisión de hacer el cálculo en dólares era para saber cuánto era lo mínimo que podían aceptar con el nuevo pero ideal trato que habían descubierto.</p> <p>—Trescientos dólares —repitió, escribiendo el número en un círculo en la esquina de la página—. Por mes. Hasta que acabe esto.</p> <p>—Hasta que acabe esto —confirmó Nicolás.</p> <p>Martha extendió la mano a través de la mesa y le apretó los dedos. Él le devolvió el apretón, con una fuerza que era reconfortante sin ser excesiva.</p> <p>El correo, ese salvavidas que desesperadamente necesitaban llegó a las nueve de la mañana, con un asunto en alemán que Martha no entendió pero que de todas formas le aceleró el pulso. Estaba sentada en su cama con la laptop sobre las piernas, todavía en pijama. Cuando vio el nombre del remitente —algo con "Institut" y una cadena de consonantes imposibles—, el corazón le dio un vuelco.</p> <p>—¡Nico! —gritó hacia la puerta cerrada de la recámara del hijo—. ¡Contestaron!</p> <p>Se escuchó un golpe sordo del otro lado, después pasos descalzos en el mosaico del pasillo. Nicolás apareció en el marco de la puerta.</p> <p>—¿Qué?</p> <p>—Que contestaron. El instituto. Ven, ayúdame a traducir.</p> <p>Nicolás se talló los ojos con el dorso de la mano y entró a la recámara arrastrando los pies. Se dejó caer en la cama junto a Martha, haciendo que la laptop rebotara ligeramente, y se inclinó hacia la pantalla.</p> <p>El correo era un bloque compacto de texto en alemán. Las palabras se amontonaban unas sobre otras como ladrillos en una pared, todas llenas de esas vocales con diéresis y esos símbolos extraños que parecían letras pero no lo eran del todo. Martha lo miró unos segundos, después abrió otra pestaña y fue directo a Google Translate.</p> <p>—A ver, copia el primer párrafo —dijo Nicolás, todavía con voz de recién levantado.</p> <p>Martha seleccionó las primeras líneas y las pegó en el cuadro de traducción. La herramienta tardó medio segundo en procesar, después escupió una versión en español que sonaba como si la hubiera escrito un robot con problemas de sintaxis.</p> <p>—"Estimada señora Pérez, nos complace informarle que su perfil es de gran interés para nuestro proyecto" —leyó Martha en voz alta, despacio, saboreando cada palabra—. "Después de revisar su formación en psicología y sexología, consideramos que usted posee las cualificaciones necesarias para participar en nuestro proyecto educativo".</p> <p>Se detuvo y miró a Nicolás con los ojos brillantes.</p> <p>—¿Ves? Te dije que sonaba legítimo.</p> <p>Nicolás asintió, pero no dijo nada. Martha volvió al correo, seleccionó el siguiente párrafo y lo pegó en el traductor.</p> <p>—"El objetivo del instituto es producir material audiovisual educativo de alta calidad sobre sexualidad" —siguió leyendo—. "Los videos están destinados a ser utilizados en contextos didácticos, principalmente para el uso de público joven, entendemos las limitaciones del idioma y queremos asegurarle que no será un inconveniente".</p> <p>Martha hizo una pausa.</p> <p>—videos…Ay qué nervios, ojalá no tenga que hablar.</p> <p>—No no, ahí dice que el idioma no será un inconveniente —dijo Nicolás, rascándose la nuca, sin entender cómo eso sería posible.</p> <p>—Bueno, mira, acá creo dice lo del pago.</p> <p>Copió el tercer párrafo con una urgencia que casi le hace saltar las palabras de la pantalla. El traductor hizo su trabajo, y Martha leyó con voz que se iba acelerando con cada frase.</p> <p>—"Cada video aprobado recibirá un pago inicial mínimo de quinientos euros, más regalías mensuales basadas en el uso del material en nuestras plataformas. Las regalías se calcularán según la demanda y el alcance del contenido.".</p> <p>Se detuvo. Quinientos euros. Mínimos. Hizo el cálculo mental rápido, convirtiendo a dólares. Quinientos euros eran como… ¿once mil pesos? Y sin contar las regalías por los que ya hiciera. Si hacía dos videos…</p> <p>—Espera —dijo Nicolás, que también estaba haciendo cuentas—. ¿Quinientos euros por video? Eso nos resuelve la vida</p> <p>—No tanto, nos da para vivir bien pero no sabemos bien si después…—Martha frunció el ceño—. ¿Qué son regalías?</p> <p>Nicolás se encogió de hombros.</p> <p>—Son pagos que te dan luego creo, como en YouTube cuando un video sigue generando visitas.</p> <p>—Ah…</p> <p>Ese pequeño detalle, que debía revelar completamente la naturaleza del acuerdo, fue insignificante para ambos, pues la promesa de dinero caliente les nublaba la razón.</p> <p>Martha siguió leyendo, aunque leer es extender un poco el significado natural del verbo. Todo sonaba profesional a través del traductor, pues cada vez que alguna expresión se tornaba sexual, google translator se encargaba de suavizarla hasta el punto de hacerla family friendly, entonces, donde decía: “material sexual explícito para un público deseoso de pornografía educativa”, la herramienta lo convertía en “Material íntimo educativo, para una audiencia expectante”</p> <p>El rostro se le iluminó con cada línea. La piel pálida de las mejillas se le tiñó de rosa, y los ojos oscuros le brillaban con una intensidad que Nicolás no le había visto en meses. Extendió la mano y tocó la pantalla con la punta de los dedos, como si las palabras fueran algo físico que pudiera agarrar.</p> <p>—Esto es perfecto —dijo en voz baja—. Es como si lo hubieran hecho para mí.</p> <p>Nicolás no dijo nada, pero sintió algo apretándole el pecho. No era desconfianza, exactamente. Era más bien el miedo de que algo tan perfecto resultara demasiado bueno para ser real. Pero no quiso arruinar el momento.</p> <p>—Sigue leyendo. Debe haber más.</p> <p>Martha asintió y volvió al correo. El siguiente párrafo era más corto, pero igual de importante.</p> <p>—"Adjuntamos un contrato preliminar para su revisión. Este contrato está sujeto a la aprobación de una evaluación final, que consiste en una serie de fotografías de calidad profesional siguiendo las especificaciones detalladas en el archivo adjunto. Una vez recibidas y aprobadas las fotografías, procederemos a formalizar su participación en el proyecto".</p> <p>—¿Fotografías de calidad profesional? — preguntó Martha en voz alta</p> <p>—Sí, supongo que tiene sentido si aparecerás frente a cámara —dijo Nicolás.</p> <p>Martha asintió despacio, aunque no estaba del todo convencida. Volvió al correo y bajó hasta los archivos adjuntos. Había dos: uno llamado "Vertrag_Vorlage.pdf" y otro llamado "Fotoanforderungen.pdf". Hizo clic en el primero, que se abrió en una nueva pestaña mostrando un documento denso en alemán con márgenes estrechos y letra chica.</p> <p>—El contrato —dijo, aunque no entendía nada de lo que decía—. Ya después lo traducimos.</p> <p>Cerró esa pestaña y abrió el segundo archivo. Este era más corto, apenas dos páginas, con una lista numerada y algunas imágenes de referencia. También estaba en alemán, pero Martha ya tenía el ritmo. Seleccionó todo el texto, lo copió, y lo pegó en el traductor.</p> <p>—"Requisitos para las fotografías de evaluación" —leyó en voz alta—. Bueno, aquí viene lo que piden.</p> <p>Se quedó callada mientras leía para sí misma, los ojos se movían rápido de izquierda a derecha. Nicolás se inclinó un poco más, tratando de leer por encima de su hombro.</p> <p>—¿Qué dice?</p> <p>Martha levantó la vista de la pantalla y lo miró. Había algo en su expresión que Nicolás no supo interpretar de inmediato. No era preocupación, exactamente. Era más bien sorpresa. O tal vez recalibración.</p> <p>—Piden cuatro series de fotos —dijo despacio—. Retratos faciales, ropa formal, ropa casual, y…</p> <p>Se detuvo.</p> <p>—¿Y qué? —preguntó Nicolás.</p> <p>Martha carraspeó.</p> <p>—Y desnuda.</p> <p>Silencio.</p> <p>—Ah —dijo finalmente.</p> <p>—Cinco poses desnuda —agregó Martha, leyendo de nuevo el texto traducido—. Dice que abajo vienen los detalles…</p> <p>Nicolás se rascó la nuca, incómodo.</p> <p>—Bueno. Supongo que… tiene sentido. Si van a hacer videos educativos sobre sexualidad, necesitan saber que estás… ya sabes. Cómoda con tu cuerpo. Además… — añadió, porque su propia explicación le parecía ridícula — me imagino es para evitar que alguien suplante la identidad de alguien más… o para evitar que lo intentes hacer con IA… no sé.</p> <p>Martha asintió, aunque la explicación no terminaba de convencerla. Pero tampoco tenía una mejor. Y además, ya había llegado tan lejos. Quinientos euros por video. Eso los hacía salivar.</p> <p>—¿Cómo vamos a hacerle con las fotos?</p> <p>Nicolás se quedó callado un momento.</p> <p>—¿Ves el curso de foto que tomé en la prepa? Tengo la cámara todavía.</p> <p>—¿Pero es profesional?</p> <p>—Es mirrorless — dijo Nico, pero luego tuvo que precisar, porque el adjetivo significaba todo y nada para su madre —, yo creo que sí, sólo habrá que ingeniárnoslas con la luz, pero fuera de eso nos sirve tanto para foto como para video.</p> <p>—Sí, ¿Y me ayudarías?</p> <p>—Obvio má.</p> <p>Martha le apretó el hombro con una mano, con una fuerza que era mitad gratitud, mitad alivio.</p> <p>—Gracias, mi amor. No sé qué haría sin ti.</p> <p>Nicolás le devolvió una sonrisa pequeña. Y es que, para quien todavía no lo tenga claro, Nicolás y Martha se consideraban así mismos un gran equipo.</p> <p>Martha volvió a la pantalla, con el rostro iluminado por el brillo azul de la laptop. Abrió el contrato preliminar de nuevo, lo descargó, y después cerró todas las pestañas excepto la del correo.</p> <p>—Voy a contestarles —dijo—. Les voy a decir que acepto. Y después leemos bien las instrucciones de las fotos.</p> <p>Nicolás asintió, aunque no dijo nada. Se quedó sentado en la cama junto a su madre, mirando cómo sus dedos volaban sobre el teclado, redactando una respuesta en español que después ChatGPT traduciría al alemán.</p> <p>Abrieron el archivo de las instrucciones fotográficas con la misma expectativa con la que se abre un regalo: sin saber exactamente qué esperar. El documento se cargó en la pantalla, dos páginas con una lista numerada y algunas imágenes de referencia en blanco y negro que mostraban poses genéricas. Martha empezó a leer en voz alta, traduciendo sobre la marcha mientras Nicolás miraba por encima de su hombro.</p> <p>—Serie uno: retratos faciales. Frente, perfil izquierdo, perfil derecho, tres cuartos. Con expresión neutral. —Martha hizo una pausa—. Eso es fácil.</p> <p>Siguió bajando por la página.</p> <p>—Serie dos: ropa formal de trabajo. Blusa, falda o pantalón, zapatos cerrados. Poses de pie y sentada. —Asintió para sí misma—. Tengo un conjunto que funciona.</p> <p>—Serie tres: ropa casual. Jeans, camiseta, zapatillas. Poses relajadas. —Otro asentimiento.</p> <p>Después llegó a la serie cuatro. Los ojos le recorrieron las líneas rápido, demasiado rápido, como si quisiera terminar antes de que el cerebro procesara lo que estaba leyendo. Pero no funcionó. Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.</p> <p>—Serie cuatro —dijo despacio—. Desnuda. Cinco poses. Primera: sentada en una silla con las manos cubriendo el pecho. Segunda: de pie, de espaldas, con las manos al frente cubriendo la zona púbica. Tercera: inclinada hacia adelante desde una postura de pie, mostrando anatomía genital desde atrás. Cuarta: sentada con las piernas cruzadas, manos a los lados. Quinta: arrodillada, mirando directamente a la cámara.</p> <p>El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo. Nicolás tragó saliva, y el sonido fue audible en el cuarto cerrado. Martha cerró la laptop despacio, sin mirar a su hijo, y se quedó con las manos sobre la tapa como si necesitara algo sólido que tocar.</p> <p>—Bueno —dijo finalmente, con una voz que intentaba sonar práctica pero que se quebraba en los bordes—. Es… específico.</p> <p>—Sí —dijo Nicolás. Carraspeó—. Muy específico.</p> <p>Martha se puso de pie y caminó hacia la ventana de su recámara, con los brazos cruzados sobre el pecho. Miró hacia la calle sin ver nada en realidad, sólo las formas borrosas de los árboles y los coches estacionados. Nicolás se quedó sentado en la cama, mirándose las manos.</p> <p>—Debe ser para verificar identidad —dijo Martha después de un rato—. Ya sabes, con toda esa cosa de la inteligencia artificial. Pueden hacer videos falsos de cualquier persona ahora. Deepfakes, les dicen.</p> <p>—Sí —dijo Nicolás, aferrándose a la explicación como a un salvavidas—. Seguro es eso. Necesitan asegurarse de que eres tú. Imagínate, 500 euros es un buen dinero como para que te estafen…</p> <p>—Exacto.</p> <p>—Y además, si van a hacer contenido educativo sobre sexualidad, pues… tiene sentido que quieran ver que estás cómoda. Ya sabes. Sin tabúes.</p> <p>—Sin tabúes —repitió Martha, aunque la palabra le sonó extraña en la boca.</p> <p>Se quedaron así un momento más, cada uno procesando en silencio. Después Martha se giró hacia Nicolás con una expresión que era mitad determinación, mitad rendición.</p> <p>—Bueno —dijo—. Pues vamos a hacerlo.</p> <p>Tardaron media hora en montar el estudio improvisado en la sala. Movieron el sofá hacia un lado, despejando un espacio amplio frente a la ventana grande que daba a la calle. Nicolás arrastró una lámpara de pie desde su recámara y la colocó en un ángulo que complementara la luz natural. Después fue a buscar su cámara, una mirrorless Sony que había comprado con sus ahorros el año anterior y que estaba sólo acumulando polvo.</p> <p>La cámara era buena. Profesional, incluso. Nicolás la montó en el trípode que encontró en el fondo de su clóset, ajustó la altura, y comprobó el enfoque. Martha lo observaba desde el otro lado de la sala, con los brazos todavía cruzados, mordiéndose el labio inferior.</p> <p>—¿Lista? —preguntó Nicolás sin mirarla.</p> <p>—Lista —mintió Martha.</p> <p>Empezaron con la serie uno. Retratos faciales. Martha se sentó en una silla que Nicolás colocó frente al fondo blanco de la pared, con la luz natural entrando en un ángulo perfecto. Él se agachó detrás de la cámara, miró por el visor, y ajustó el encuadre.</p> <p>—Mírame —dijo—. Expresión neutral. Como si estuvieras en una foto del INE.</p> <p>Martha obedeció. Miró directamente a la lente, con el rostro relajado pero serio. Click. El obturador disparó con un sonido seco y satisfactorio.</p> <p>—Ahora perfil izquierdo.</p> <p>Martha giró la cabeza. Click.</p> <p>—Perfil derecho.</p> <p>Giró hacia el otro lado. Click.</p> <p>—Tres cuartos.</p> <p>Ajustó la posición, encontrando el ángulo intermedio. Click.</p> <p>La serie dos fue igual de eficiente. Martha se cambió en su recámara, poniéndose una blusa azul marino y una falda de tubo negra que usaba para las juntas de la escuela. Se veía profesional, casi severa. Nicolás le indicó las poses: de pie con las manos al frente, de pie con las manos atrás, sentada en la silla con las piernas cruzadas, sentada con las manos sobre el escritorio que habían arrastrado hasta el set improvisado. Click, click, click, click.</p> <p>La serie tres fue todavía más fácil. Martha se puso unos jeans y una camiseta blanca, y Nicolás le pidió poses relajadas: apoyada contra la pared, sentada en el suelo con las rodillas dobladas, de pie junto a la ventana mirando hacia afuera. Para entonces ya habían encontrado un ritmo. Nicolás daba instrucciones claras y concisas, Martha las seguía sin dudar, y la cámara capturaba todo con una precisión clínica. Era casi divertido. Casi. Pero ahí entonces, Nico se dio cuenta de algo.</p> <p>La camiseta blanca se adhería demasiado a los pechos de su madre, y aunque el brasier no se alcanzaba a transparentar, la curva de los inmensos senos comenzó a antojarsele deliciosa. Un sentimiento que no le había cruzado la cabeza nuca jamás antes. Y lo mismo pasó con esos jeans que le apretaban las nalgas como la gravedad adhiriéndose al mundo mismo.</p> <p>Después llegó la serie cuatro.</p> <p>Martha se quedó de pie en medio de la sala, con los brazos colgando a los lados, mirando el espacio vacío donde momentos antes había estado posando con confianza. Nicolás ajustó la cámara en el trípode, revisó la luz, movió la lámpara un par de centímetros a la izquierda. No dijo nada. No hacía falta.</p> <p>Martha respiró hondo. Después se llevó las manos al borde de la camiseta y la levantó despacio, pasándola por encima de la cabeza. La tela se arrugó al salir, y el pelo se le despeinó. Lo dejó caer al suelo a un lado. El sostén color carne apenas podía contener sus tetas. Nico fingió corregir el balance de blancos mientras los admiraba.</p> <p>Finalmente, los pechos le quedaron expuestos a la luz de la tarde. Eran grandes, llenos, con la piel pálida marcada por algunas estrías apenas visibles que bajaban desde la parte superior. Los pezones eran rosados, perfectos, ideales para mamar y mamar durante toda la tarde. Martha se quedó quieta un segundo, con los brazos todavía levantados, antes de bajarlos y desabrochar el botón de los jeans.</p> <p>El sonido del cierre bajando fue demasiado fuerte en el silencio de la sala. Martha empujó los jeans hacia abajo por las caderas, después por los muslos, y se agachó para quitárselos de los tobillos. También se quitó las bragas, un par de algodón azul que había visto mejores días. Las dejó caer junto a la camiseta.</p> <p>Ahora estaba completamente desnuda.</p> <p>El vello púbico le formaba un triángulo oscuro entre las piernas, sin depilar, natural, con algunos rizos más claros en los bordes. Las piernas eran fuertes, con los muslos llenos y las pantorrillas bien definidas. Las caderas anchas, la cintura suave, el vientre ligeramente abultado de una mujer que había tenido un hijo y que ya no tenía veinte años.</p> <p>Nicolás miraba por el visor de la cámara, con la boca seca y el corazón latiéndole demasiado rápido. Carraspeó.</p> <p>—Primera pose —dijo, la voz saliéndole ronca—. Siéntate en la silla. Con las manos cubriendo… cubriendo el pecho.</p> <p>Martha caminó hasta la silla. Se sentó despacio, con la espalda recta, y levantó las manos para cubrirse los pechos. Los dedos se le hundieron en la carne blanda, y los pezones quedaron ocultos bajo las palmas.</p> <p>Nicolás ajustó el enfoque. Click.</p> <p>—Segunda pose —dijo después de tragar saliva—. De pie. Date la vuelta. Con las manos delante, cubriendo… ya sabes.</p> <p>Martha se puso de pie y giró, dándole la espalda a la cámara. La columna vertebral le formaba una línea clara en el centro de la espalda, bajando hasta las nalgas redondas que se separaban en la parte inferior, revelando apenas el inicio del pliegue. Cruzó las manos al frente, Nicolás tuvo la revelación de que esa pose podía no ser erótica en otro cuerpo, pero ahora que su mamá era la modelo no había otro adjetivo mejor que “pornográfica” para describirla.</p> <p>Click.</p> <p>—Tercera pose —la voz de Nicolás se quebró a la mitad de la frase. Carraspeó de nuevo—. Inclínate hacia adelante. Un poco más. Desde donde estás. Que se te vea… que se vea…</p> <p>No terminó la frase. No hacía falta.</p> <p>Martha respiró hondo. Después se inclinó, bajando el torso hasta que quedó casi paralelo al suelo. Las nalgas se le separaron con el movimiento, y ahí, entre las piernas, quedó visible todo: los labios de la vagina, rosados y carnosos, enmarcados por el vello oscuro, y más atrás el pequeño anillo del ano, fruncido y del color de la piel enrojecida.</p> <p>Nicolás cerró los ojos un segundo, después los abrió y miró por el visor. Enfocó. Click.</p> <p>—Cuarta pose —dijo, casi sin voz—. Siéntate. Piernas cruzadas. Manos a los lados.</p> <p>Martha se enderezó y volvió a girarse hacia la cámara. Caminó de regreso a la silla, se sentó, y cruzó las piernas en posición de loto, dejando que las rodillas cayeran a los lados. Los labios de la vagina quedaron parcialmente visibles entre el vello púbico, una línea rosada que se abría apenas. Puso las manos sobre las rodillas, con las palmas hacia arriba.</p> <p>Click.</p> <p>—Última pose —dijo Nicolás, respirando por la boca—. Ven aquí. Arrodíllate. Mira directo a la cámara.</p> <p>Martha bajó de la silla y se arrodilló sobre el mosaico frío de la sala. Las rodillas se le separaron ligeramente, y el peso del cuerpo se distribuyó entre las pantorrillas y los empeines. Levantó la cabeza y miró directamente a la lente, con los ojos oscuros fijos en el punto negro del visor. Los pechos le colgaban libremente, moviéndose con cada respiración. Y esas tetas monumentales cubrían el resto de su desnudez, así de grandes eran.</p> <p>Nicolás la miró por el visor. Martha lo miró de vuelta, aunque no podía verlo realmente, sólo la máquina. El momento se estiró, denso y pesado, hasta que Nicolás apretó el botón.</p> <p>Click.</p> <p>El obturador disparó, y con ese sonido algo se rompió en la sala. Nicolás bajó la cámara y se enderezó, girándose hacia la ventana. Martha se quedó arrodillada un segundo más, después se puso de pie despacio y recogió su ropa del suelo.</p> <p>—Ya está —dijo Nicolás sin mirarla—. Ya terminamos.</p> <p>Nicolás conectó el cable de la cámara a su laptop y empezó a transferir las imágenes sin decir palabra. El pequeño indicador de progreso en la pantalla avanzaba despacio, un porcentaje subiendo de cinco en cinco mientras las fotos se copiaban al disco duro. Martha terminó de vestirse de espaldas a él, abrochándose los jeans con dedos que todavía temblaban. No se miraron. Ni una sola vez durante todo el proceso se permitieron el contacto visual.</p> <p>La barra de progreso llegó al cien por ciento. Nicolás desconectó el cable y cerró la laptop con un clic seco.</p> <p>—Listo —dijo, mirando la pantalla cerrada—. Ya están todas.</p> <p>Martha asintió, aunque él no la estaba viendo. Se pasó las manos por el pelo, tratando de ordenarlo, y después cruzó la sala para tomar la laptop de las manos de su hijo. Sus dedos se rozaron apenas en la transferencia, y ambos retiraron las manos como si el contacto quemara.</p> <p>—Gracias —dijo Martha en voz baja.</p> <p>Nicolás no contestó. Sólo se quedó parado en medio de la sala, mirando el espacio vacío donde momentos antes su madre había estado desnuda y arrodillada frente a la cámara.</p> <p>Martha se fue a su recámara con la laptop bajo el brazo, cerrando la puerta detrás de ella con un clic suave. Se sentó en la cama, abrió la computadora, y esperó a que la pantalla se iluminara. Le temblaban las manos. No era nerviosismo, o al menos no sólo eso. Era algo más profundo, algo que venía desde el pecho y se expandía por todo el cuerpo en ondas irregulares.</p> <p>Abrió el correo del instituto y releyó las instrucciones. Después abrió el contrato preliminar que había descargado esa mañana. Era un documento denso, lleno de términos legales en alemán que había traducido por encima sin entender realmente. Decía algo sobre derechos de uso, distribución de contenido, cláusulas de confidencialidad. Martha no leyó con atención. Simplemente bajó hasta el final, donde había un espacio para firma digital.</p> <p>Escribió su nombre con el trackpad, trazando las letras con una torpeza que la hizo empezar dos veces. Cuando terminó, guardó el documento y lo adjuntó al correo de respuesta. Después abrió la carpeta donde Nicolás había guardado las fotos.</p> <p>Ahí estaban. Todas. Los retratos faciales de expresión neutral. Las poses con ropa formal. Las poses casuales. Y después, la serie cuatro.</p> <p>No las abrió. No quería verse. En cambio, seleccionó todos los archivos, los adjuntó al correo, y escribió un mensaje breve con la ayuda de ChatGPT: "Estimados, adjunto el contrato firmado y las fotografías solicitadas. Quedo a la espera de su respuesta. Cordialmente, Martha Pérez." Por último, añadió sus datos bancarios.</p> <p>Movió el cursor hasta el botón de enviar.</p> <p>El correo desapareció de la bandeja de salida con un sonido suave, casi reconfortante. Martha cerró la laptop y la dejó a un lado de la cama. Se quedó sentada en el borde del colchón, con las manos en el regazo, mirando la pared de enfrente sin ver realmente.</p> <p>La puerta de la recámara de Nicolás se cerró con un golpe más fuerte de lo necesario. Martha escuchó el sonido desde su cuarto.</p> <p>Se quedó parada del otro lado de la puerta un momento, con la espalda apoyada contra la madera, respirando hondo. El corazón le latía demasiado rápido. La sangre le zumbaba en los oídos. Tenía el cuerpo entero tenso, como un resorte enrollado al máximo, listo para saltar.</p> <p>Caminó hasta la cama y se dejó caer de espaldas, con los brazos extendidos a los lados. Cerró los ojos. Pero la oscuridad no ayudó. Al contrario. Las imágenes llegaron con una claridad brutal: el cuerpo desnudo de su madre frente a la cámara, los pechos llenos bamboleándose con cada respiración, la curva de las caderas, el vello oscuro entre las piernas, la manera en que se había inclinado hacia adelante dejando todo expuesto.</p> <p>—No mames —susurró Nicolás para sí mismo—. No mames, no mames, no mames.</p> <p>Pero el cuerpo no escuchaba. La erección ya estaba ahí, presionando contra el jeans, dura y dolorosa. Se llevó una mano al bulto y lo apretó por encima de la tela, tratando de aliviar la presión. No funcionó. Sólo hizo que todo empeorara.</p> <p>Se desabrochó el pantalón con movimientos bruscos, empujó los jeans y los bóxers hacia abajo, y liberó el pene. Lo agarró con la mano derecha, apretando con fuerza, y empezó a masturbarse con un ritmo desesperado.</p> <p>No quería pensar en lo que estaba pensando. No quería que las imágenes en su cabeza fueran las que eran. Trató de cambiarlas, de reemplazarlas con cualquier otra cosa. Actrices porno que había visto. Chicas de su escuela. Cualquier cosa. Pero las imágenes no se iban. Se quedaban ahí, grabadas en la retina, proyectándose una y otra vez: su madre arrodillada, mirando directamente a la cámara, los pechos colgando, las rodillas separadas.</p> <p>—Chingada madre —gimió, aumentando la velocidad.</p> <p>La mano le subía y bajaba por el eje del pene con una fricción que era casi violenta. El colchón crujía bajo su peso cada vez que las caderas se levantaban involuntariamente, buscando más presión, más contacto. El orgasmo llegó rápido, brutal, arrancándole un gemido ronco que tuvo que ahogar mordiéndose el labio inferior. El semen salió en chorros, manchándole el estómago y la camiseta, caliente y viscoso.</p> <p>Se quedó ahí tirado, respirando entrecortado, con el pene todavía en la mano y el cerebro flotando en esa neblina post-orgásmica donde nada parece real. La culpa llegó después, pesada y fría, instalándose en el pecho como una piedra.</p> <p>—Qué pedo conmigo —se dijo en voz baja.</p> <p>Pero no tenía respuesta.</p> <p>Del otro lado del pasillo, en su propia recámara, Martha seguía sentada en el borde de la cama. No se había movido desde que envió el correo. Simplemente se quedó ahí, con las manos en el regazo, sintiendo algo que no había sentido en años.</p> <p>Era calor. Pero no el calor normal de una tarde tibia o del esfuerzo físico. Era un calor diferente, uno que empezaba en el bajo vientre y se expandía hacia afuera en oleadas lentas y densas. Le subía por el pecho, le enrojecía las mejillas, le hacía sudar la nuca. Se llevó una mano al cuello y sintió el pulso latiendo rápido bajo los dedos.</p> <p>Los pezones se le habían endurecido. Lo notó cuando el roce de la camiseta se volvió incómodo, demasiado áspero contra la piel sensibilizada. Se llevó las manos al pecho por instinto, apretando la carne a través de la tela, y el contacto le arrancó un suspiro que no esperaba.</p> <p>¿Qué era esto?</p> <p>Martha no había tenido sexo en… ¿cuánto? ¿Tres años? ¿Cuatro? Desde antes de que terminara el matrimonio, en realidad. Los últimos años con su ex habían sido una sequía de afecto y deseo, y después del divorcio simplemente no hubo tiempo ni energía para pensar en eso. La sexualidad se le había dormido. O eso creía.</p> <p>Pero ahora estaba despierta. Muy despierta.</p> <p>Se recostó en la cama, con la espalda contra las almohadas, y cerró los ojos. El calor seguía ahí, pulsando entre las piernas con una insistencia que no sabía cómo manejar. Apretó los muslos, tratando de aliviar la presión, pero eso sólo hizo que la sensación aumentara. Un cosquilleo, una humedad, una necesidad que no tenía nombre.</p> <p>Separados por una pequeña pared, ambos eran conscientes pero se resistían a aceptar que esto era el comienzo del cambio.</p> <p><strong>Nota del autor:</strong></p> <p>Bueeenas, esta nueva serie ya va en el capítulo 4 en <a href="patreon.com/RelatosdePerseo">mi Patreon</a>. </p> <p>Asimismo, hay otras 3 series nuevas llegando.</p> <p>Les mando un abrazote, pásensela bien.</p>