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Ritmo y Rendición II: La Lección

Camila no necesita tocarlo para que él tiemble. Solo con una mirada y un susurro en el oído, convierte la disciplina del estudio en una trampa de deseo. Esta vez, la lección no termina cuando suena el timbre.

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Esta es la segunda parte de "Ritmo y Rendición I: El Vestuario". Si llegas aquí por primera vez, quizá quieras volver atrás. No por la historia… sino por lo que se va despertando.

El lunes siguiente, Nicolás llegó al estudio de danza veinte minutos antes de la clase. No podía evitarlo. Desde que Camila lo cogió en el vestuario, no había podido pensar en otra cosa. No dormía bien. No comía sin que se le empalmara. No se tocaba sin recordar sus gemidos, su cuerpo, su voz diciéndole “perrito”.

Entró al estudio con los auriculares puestos, fingiendo normalidad, pero lo único que escuchaba en su mente era el sonido de sus propias súplicas, y el eco de los golpes de cadera de Camila chocando contra su culo.

Cuando cruzó la puerta del salón, ahí estaba ella.

Camila. Vestía un conjunto blanco esta vez: top deportivo que se pegaba como una segunda piel a sus tetas grandes y firmes, leggins que abrazaban cada curva con violencia, y el cabello negro lacio en su clásica coleta alta. Estaba de espaldas, corrigiendo el sonido de la música desde su celular. Su silueta reflejada en el espejo parecía irreal.

Nicolás se detuvo. La pija se le tensó en segundos.

—Llegaste temprano —dijo ella sin mirarlo.

—Sí, profe…

Camila se giró, lo miró. Pero no sonrió. No hizo ningún gesto.

—Formá con los demás. Acá sos un alumno más.

La frase le cayó como un balde de agua helada. ¿Eso era todo? ¿Después de lo que pasó en el vestuario?

El resto del grupo fue llegando. Camila marcó el inicio con un simple “empezamos” y todo siguió como siempre. Como si nada hubiera pasado.

Pero Nicolás no podía concentrarse.

Ella lo ignoraba. Lo miraba como a cualquier otro. Le corregía los pasos con la misma voz que usaba para los demás. Pero él sabía. La tensión estaba ahí. Camila lo estaba haciendo sufrir. Y eso lo empalmaba más.

La clase avanzó. Media hora. Cuarenta minutos. El sudor le corría por el pecho. El cuerpo le temblaba del esfuerzo. Y entonces… ocurrió.

Camila se acercó desde atrás mientras él hacía una secuencia frente al espejo. Le puso una mano en la cintura. Otra en la cadera.

—Estás fuera de ritmo —susurró en su oído, con la voz grave—. Como si alguien te hubiese roto el culo hace poco.

Nicolás se estremeció. La pija se le endureció al instante.

Ella fingía corregir su postura, pero sus dedos le rozaban el abdomen bajo, justo sobre el borde de la malla. Sus uñas se arrastraron con lentitud, peligrosamente cerca.

—Sos tan obvio —dijo apenas, en su oído—. Si se fijan bien, pueden ver que estás empalmado.

—Profe…

—Shhh. Bailá. No pares.

Ella lo soltó y se alejó como si nada.

Nicolás intentó continuar la secuencia. Su cuerpo lo traicionaba. La tela de su pantalón no podía ocultar la erección. La respiración le temblaba. El corazón le latía en la punta de la pija.

Camila volvió a acercarse minutos después. Esta vez desde el costado.

—Vení —le dijo, sin más.

Él la siguió como un perro.

Ella lo llevó al rincón del salón, detrás de una columna que ocultaba parcialmente la vista desde el centro.

—Apoyate ahí.

Nicolás obedeció. Camila se le pegó por detrás.

—¿Extrañabas esto? —susurró, empujando su cuerpo contra el de él. El bulto de su entrepierna se apretó contra su culo, aún cubierto por las mallas.

—Sí, profe…

—¿Querés que te coja ahora mismo?

—Sí…

—¿Acá, delante de todos?

—…sí…

Camila rió, bajo.

—Sos más putito de lo que pensaba.

Sus manos bajaron, le acariciaron el culo con una lentitud cruel.

—Esta noche —dijo—Después de clase. En el vestuario otra vez. Pero si te tocás antes, no te meto ni un dedo. ¿Entendido?

—Sí, profe…

—Andá. Volvé al centro. Y bailá con esa pija dura como si nada pasara.

La clase terminó. Pero para Nicolás, había sido una tortura.

Cada paso, cada giro, cada estiramiento… sentía la pija latirle dentro del pantalón como un animal encerrado. Cada vez que Camila se acercaba —aunque fuera para corregir a otro— su cuerpo reaccionaba como si lo tocara a él. Estaba al borde de correrse sin manos.

Cuando ella anunció “fin por hoy”, el grupo se dispersó como siempre. Algunos corrieron al vestuario, otros salieron directo a la calle. Nicolás se quedó, con la camiseta empapada y la respiración agitada, fingiendo que acomodaba sus cosas mientras esperaba la señal.

Camila ni lo miró. Tomó una botella de agua, se secó el cuello con una toalla, y caminó con calma hacia la puerta.

Se detuvo justo en el marco, sin girarse.

—Vestuario. Ahora.

Nicolás sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Cuando entró al vestuario, Camila ya estaba ahí. No había nadie más. El eco del agua en las duchas vacías y la luz blanca hacían que todo pareciera más íntimo… o más peligroso.

Ella lo miró desde el banco, las piernas abiertas, aún vestida con ese conjunto blanco que brillaba de sudor y ferocidad.

—Cerrá con llave.

Nicolás obedeció. La puerta se cerró con un clic seco. Ya no había vuelta atrás.

—Desnudate.

Él se sacó la camiseta. Luego las zapatillas. Luego el pantalón. Estaba completamente desnudo frente a ella, otra vez. La pija saltó libre, dura, mojada, temblando.

Camila lo miró en silencio. Luego se levantó.

—Arrodillate.

Él se arrodilló. La cabeza baja. El pecho acelerado. La piel erizada.

Ella caminó despacio, rodeándolo, como una fiera inspeccionando a su presa.

—Hoy no te ganaste mi pija todavía —dijo, deteniéndose detrás de él—Pero vas a demostrarme que la merecés.

Nicolás no respondió. Solo esperó.

Camila se inclinó y le susurró al oído:

—Rogá por que te folle.

—¿Q-qué?

—Decilo. Quiero oírte rogar. De verdad. Quiero que me supliques que te rompa el culo.

Él tragó saliva. El corazón le golpeaba las costillas.

—Profe… por favor… —¿Qué?

—Follame.

—No alcanza.

—Por favor, metémela. Me estoy volviendo loco. No puedo más. —¿Querés sentirla? —dijo ella, llevándose una mano a la entrepierna.

—Sí…

—¿Querés que te abra todo de nuevo con mi pija dura? —¡Sí! ¡Partime! ¡Haceme mierda! ¡Necesito que me folles!

Camila se relamió los labios, satisfecha.

—Así me gusta. Que lo digas bien, como la puta desesperada que sos.

Ella se bajó las lycras de un tirón. Su pija saltó libre, gruesa, venosa, palpitante, húmeda ya de tanto control. Nicolás la miró como si fuera un dios cruel bajado a la tierra.

Camila no esperó.

—En cuatro. Ahora.

Él se giró, se apoyó en el suelo frío, levantó el culo, temblando.

Camila escupió en su mano, se lubricó y se arrodilló detrás de él.

—Esta vez… no voy a tener piedad.

Y con una sola embestida, lo volvió a llenar.

Camila lo empaló de una sola embestida. La punta de su pija gruesa se abrió paso como si ya conociera cada rincón de ese culo. Nicolás gritó, un sonido quebrado entre dolor y hambre, y se aferró al piso con los dedos extendidos, el cuerpo tenso, expuesto, rendido.

—Shhh —murmuró Camila, empujando más profundo—Callate y abríte. Vos no decidís cuándo duele.

Siguió empujando hasta que estuvo completamente dentro. Cada centímetro de su verga lo abría, lo ocupaba, lo marcaba desde dentro. Y Nicolás, en vez de resistirse, alzó la cadera y gemía con la cara pegada al suelo frío.

—¿Qué sos, Nicolás? —gruñó ella, moviendo apenas la cadera, empezando a follarlo con un ritmo lento, firme, invasivo.

—Soy… tuyo…

—¿Tuyo qué?

—Soy tu perrito… tu putita…

Camila sonrió, clavando las uñas en sus caderas.

—Eso. Bien dicho. Porque solo las putas suplican por verga. Y vos la rogaste con la pija empapada.

Aumentó el ritmo.

Las embestidas se volvieron más rítmicas, más sucias. Slap. Slap. Slap. El sonido de su cuerpo chocando contra el de Nicolás llenaba el vestuario, mezclado con gemidos, con susurros rotos y respiraciones agitadas.

—Decime a quién pertenecés.

—¡A vos!

—¿Quién te rompe el culo?

—¡Vos, profe! ¡Solo vos!

Camila jadeaba, su cuerpo perfecto brillando de sudor, su pija enterrada hasta el fondo. Cambió de ángulo, lo levantó con una mano y lo obligó a apoyar solo un brazo, más inclinado, más expuesto. Cada embestida ahora lo hacía gritar.

—Así me gusta verte —susurró—Roto. Lleno de mi leche. Sin dignidad. Solo placer.

Y entonces… se detuvo. Dentro de él. Lo agarró del pelo, lo levantó para que la mirara de costado.

—Abrí la boca —ordenó.

Él lo hizo, temblando.

Camila escupió directo sobre su lengua, un escupitajo grueso, caliente, cargado de saliva y poder.

—Tragalo.

Él lo hizo. Sin pensarlo. Gemía con la boca llena, los ojos nublados.

—Sos mío. Y ahora te voy a marcar como tal.

Camila lo bajó otra vez, lo sostuvo con fuerza, y empezó a bombear con brutalidad. Sus huevos chocaban contra él. Su pija palpitaba. Nicolás lloraba de placer. Literal. Lágrimas reales se le caían del rostro.

—¡Me corro! —gritó él.

—No sin mi orden.

—¡Profe! ¡No puedo más!

—¡Sos mío! ¡Te vas a correr solo si yo lo digo!

Camila lo embistió más rápido, más fuerte, como si quisiera fundirse con su cuerpo. Y justo cuando sintió su verga explotar, le gritó:

—¡Ahora! ¡Corréte para mí, perra!

Y Nicolás se vino. Sin tocarse. Solo con su culo destrozado y lleno. El semen saltó al suelo en chorros gruesos, mientras Camila se venía dentro de él una vez más, rugiendo, con su pija enterrada hasta lo más hondo.

Silencio.

Solo el eco de su respiración, de sus cuerpos pegajosos, de su líquido chorreando por el suelo.

Camila no se movió. Mantuvo su pija dentro. Lo acarició con una mano, y dijo, muy bajo, al oído:

—Este culo… es mío.

Y Nicolás, con el cuerpo roto, el alma rendida y la pija vacía, solo pudo responder:

—Sí, profe… soy tuyo.

El semen goteaba del culo de Nicolás como si Camila hubiera descargado un castigo y una promesa dentro de él.

Ella seguía ahí, detrás, su pija aún dentro, ya flácida pero caliente, palpitando con autoridad. No había ternura en la forma en que lo sostenía de la cintura, solo propiedad.

Finalmente, se retiró de su interior con un sonido húmedo. Nicolás gimió bajo, más por vacío que por dolor. Cayó de lado, sin fuerzas, con el culo abierto, temblando. El suelo estaba manchado. Había leche de él y de ella. Una mezcla espesa que comenzaba a enfriarse.

Camila lo miró desde arriba. Su silueta altísima, desnuda, brillante de sudor, se alzaba como un monumento de lujuria. Se pasó una mano por la coleta, se acomodó el top que se había vuelto a subir a medias y bajó la vista hacia el charco de semen.

—Miralo.

Nicolás obedeció. Vio la mancha blanca, espesa, hilando desde su propio glande hasta el suelo.

—¿Sabés lo que es eso?

—Mi… mi semen…

—No. Eso es mi poder. Eso es lo que te hago sacar sin tocarte, sin pedirte permiso, solo con mi voz y mi pija.

Camila caminó despacio, dio una vuelta y se paró frente a él. Sostuvo su pija con una mano. Aún húmeda, aún brillante, todavía con restos de su corrida y de su culo.

—Vas a lamerlo.

Nicolás alzó la vista, tragó saliva. Tenía los ojos llorosos, la boca seca. Y sin decir una palabra, se inclinó hacia el suelo.

Sacó la lengua.

Y empezó a lamer su propio semen.

Deslizó la lengua sobre el charco, succionando, tragando, mientras Camila lo miraba desde arriba.

—Eso es. Mostrame que sabés tu lugar. Que sabés que tu leche no te pertenece. Que me pertenece a mí.

Él gemía. Lamer su semen no lo humillaba. Lo hacía más duro otra vez.

Camila lo dejó terminar. Cuando no quedó una sola gota en el suelo, se acercó y le puso su pija flácida, aún tibia, contra los labios.

—Ahora besala.

Nicolás la besó como si fuera un altar. Labios húmedos contra el glande suave. La rodeó con la lengua, acarició con devoción cada vena, cada curva.

Camila jadeó suave.

—Muy bien, perrito. Hoy me hiciste feliz.

Él se arrodilló, la cabeza baja, respirando agitado. La boca brillaba de humedad. El cuerpo aún vibraba con el semen adentro.

—¿Querés seguir siendo mío?

—Sí, profe…

—¿Querés que te entrene? ¿Que cada vez seas menos hombrecito y más obediente?

—Sí… por favor…

Camila se agachó, le tomó la cara entre las manos, lo obligó a mirarla.

—Entonces vas a tener reglas. Nuevas. Nada de pajas sin permiso. Nada de tocarte pensando en mí sin mi orden. Nada de correrte sin que yo te lo diga.

—Sí, profe…

—Y cuando yo diga “perro”… —¿Sí?

—Te ponés en cuatro. Donde sea.

—Entendido…

Camila le dio una última nalgada.

—Buen chico. Ahora vestite. Y no te limpies por dentro. Quiero que camines a casa con mi leche en el culo.

Nicolás caminaba por la calle como si llevara dinamita en el culo. El trayecto desde el estudio a su departamento no debía durar más de veinte minutos, pero cada paso era una tortura deliciosa.

Sentía la ropa interior pegajosa, húmeda. Sentía el semen de Camila bajarle por las piernas, lento, tibio, manchando su pantalón de entrenamiento. Sentía la piel arderle entre las nalgas, aún abiertas, sensibles, marcadas.

Y su pija, oculta tras la tela, volvía a empalmarse.

No había podido limpiarse. No se lo permitieron. “Caminá con mi leche adentro”, había dicho Camila. Y lo hizo. Lo obedeció como un perro fiel, sin cuestionarlo.

Cada semáforo era una vergüenza silenciosa. Cada paso entre la gente, una posibilidad de ser descubierto. Pero nada importaba. Todo lo que sentía era ella.

Su olor. Su voz. El modo en que lo miraba como si pudiera leerle el alma… y después cogérsela.

Cuando llegó a su edificio, entró directo al baño. Se miró al espejo. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes, el cuello con una marca roja de sus uñas. Y en la ropa interior… una mancha blanca evidente.

Se bajó los pantalones. El calzoncillo estaba empapado. Y al sacárselo, vio la realidad: el semen de Camila seguía allí. Entre las nalgas, en la entrada, bajando por sus muslos.

Lo tocó con dos dedos. Lo olió.

Se empalmó al instante.

—Mierda… —jadeó, llevándose la mano a la base de la pija, temblando.

Iba a tocarse. Estaba a punto. El cuerpo le pedía que se corriera como un animal.

Pero la voz de Camila resonó en su mente, clara, firme: “Nada de pajas sin permiso.”

Y se detuvo. Temblando. Llorando casi.

Apoyó la frente contra el espejo. Se mordió el labio. Y no se corrió.

Se fue a la cama sin limpiarse del todo. Con su olor. Con su leche.

Esa noche soñó con ella.

Soñó que estaban en medio del salón de danza. Que Camila lo tenía desnudo frente a todo el grupo. Que le decía “perro” y él se ponía en cuatro. Que lo follaba en público. Que todos lo miraban mientras él lloraba de placer.

Y lo peor —o lo mejor— era que en el sueño, él sonreía mientras se lo hacían.

Como si su humillación fuera la gloria.

Eran las 02:47 de la madrugada.

Nicolás no podía dormir. Estaba acostado boca arriba, completamente desnudo, con la sábana pegada al cuerpo de tanto sudor. Su pija apuntaba al techo, roja, pulsante, vibrando por sí sola. Tenía el celular en la mano.

Una notificación.

Audio de Camila. 00:57 min.

Su corazón se aceleró antes de tocarlo. Sabía que debía esperar. Sabía que no debía abrirlo así, sin permiso.

Pero la curiosidad lo mataba. El deseo lo estrangulaba.

Le dio play.

La voz de Camila, ronca, grave, apenas susurrada, lo envolvió como un cuchillo caliente:

—Hola, zorrita. ¿Estás durmiendo? No creo. Me imagino tu pija empalmada, temblando por mí. Tenés prohibido tocarte. Pero podés mojarte con esto…

Nicolás se llevó la mano a la base del pene sin pensar. Gimió. Estaba al borde con solo su voz.

—Mañana vas a llegar a clase con una prenda mía en tu mochila. No te voy a decir cuál. Pero la vas a usar para olerme cada vez que no puedas más. Y si te empalmás en plena clase, no importa. Me vas a mirar. Y yo voy a saberlo. Porque ya sos mío. Buenas noches, perrito.

El audio terminó.

Nicolás se mordió el puño. Tenía los ojos cerrados, el cuerpo tenso. Su pija estaba tan dura que dolía.

—No puedo más… —susurró. Y entonces se tomó el glande entre los dedos. Y empezó a masturbarse.

Movimientos cortos, torpes, desesperados. Pensaba en ella. En el audio. En cómo lo follaba. Iba a correrse.

Y entonces sonó el teléfono.

Camila llamando.

Nicolás se congeló. La mano aún en la pija. El cuerpo temblando.

Deslizó para responder. No dijo nada.

La voz de ella, seca, directa, entró como una bala:

—Soltala.

—Profe… por favor…

—Soltala. Ahora.

Él lo hizo. La pija rebotó, húmeda, palpitando en el aire.

—¿Me estás desobedeciendo?

—No… pero es que… necesito…

—No necesitás nada que yo no autorice. ¿Querés seguir siendo mío?

—Sí…

—Entonces aprendé a obedecer aunque te arda la piel.

Hubo un silencio. Él tragó saliva.

—Vas a dormir con esa pija empalmada. Y mañana… te voy a oler el semen seco en el cuerpo. Y ahí, tal vez, te premie. O tal vez no.

Cortó.

Nicolás se quedó mirando el techo, con la mano lejos de la pija, el cuerpo hirviendo.

Estaba loco por ella. Y sabía que eso apenas empezaba.

Nicolás llegó al estudio quince minutos antes. La mochila colgaba de su hombro como si pesara una tonelada. Dentro, como Camila había ordenado, llevaba una prenda suya: una tanga negra que ella le había dejado caer entre las manos cuando terminó la última clase, con una sonrisa de loba.

“Usala cuando no puedas más”, le había dicho.

El aroma seguía impregnado en la tela: sudor, perfume, entrepierna, poder. Cada vez que la tocaba, su pija se empalmaba. Y ahora, en el vestuario, solo pensar que ella sabía lo que él traía escondido… lo hacía temblar.

Se cambió en silencio. Camiseta gris, joggers, las zapatillas de siempre. La tanga quedó guardada, doblada, oculta en el bolsillo interno. Y aun así… era como si ardiera.

Entró al salón. Camila ya estaba ahí.

Vestida de rojo. Top escotado. Leggins que cortaban el aliento. Coleta tirante. Y esos ojos azules que cuando lo miraron, lo dejaron sin aire.

No le dijo nada. Solo sonrió.

Una sonrisa breve. Cómplice. Letal.

La clase comenzó.

Los movimientos eran intensos. La rutina tenía fuerza, ritmo, sudor. Pero Nicolás no podía concentrarse. Sentía la tanga en su mochila, como si le quemara la espalda. Sentía la pija crecerle con cada paso. Sentía que la mirada de Camila lo atravesaba, aunque ni lo tocara.

Ella daba órdenes con su voz normal. Pero cuando pasaba cerca de él, sus dedos le rozaban la espalda baja. Cuando corregía a otros, lo hacía mirándolo a él. Cuando se estiraba al frente del grupo, él solo podía pensar en su pija.

Sudaba.

Mucho.

Se le marcaba la erección a través del pantalón. Y Camila lo sabía.

A la mitad de la clase, lo llamó al frente. —Nicolás, mostranos la secuencia solo. Todo el grupo se giró.

Él caminó hasta el centro. La pija dura. El rostro rojo. Las manos temblorosas.

La música sonó. Y él empezó a bailar.

Camila se apoyó en una barra al costado, cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró.

No dijo nada. Pero alzó una ceja. Y Nicolás entendió: “Obedeceme con tu cuerpo.”

Se movió. Marcó los pasos con rabia. Con deseo. Con desesperación.

Sentía cómo su verga rozaba la tela con cada giro. Sentía las gotas de sudor bajarle por el cuello. Sentía que iba a acabarse ahí mismo.

Y cuando terminó, jadeando, sudado, empalmado, Camila se le acercó. Muy cerca. Los ojos clavados en los suyos. Y le susurró sin voz, solo con los labios:

“Olela.”

Nicolás retrocedió, volvió a su lugar, abrió la mochila con disimulo… y entre medio minuto, sacó la tanga.

La llevó a la nariz. La apretó contra el rostro. Y cerró los ojos.

Un escalofrío le subió por la espalda. Y sintió que su pija palpitaba. Que su cuerpo se rendía. Que ya no era él.

Era suyo.

Para siempre.

La clase había terminado. Nicolás no escuchó cuando Camila dijo “hasta mañana”. No escuchó los aplausos, ni el ruido de zapatillas saliendo del estudio. Solo vio su mirada. Y esa seña con la cabeza, sutil, firme.

El baño del fondo.

Entró con la mochila aún colgada, el cuerpo sudado, la respiración irregular. Cerró la puerta con traba.

Había dos lavabos, un espejo rajado, y una luz amarilla que titilaba. El lugar era pequeño, caluroso, húmedo. Y ahí estaba ella.

De pie. De espaldas. Sin decir nada.

Se giró.

Tenía el top levantado, mostrando las tetas sudadas, los pezones brillantes y duros. Las mallas bajadas hasta los muslos. Su pija —semi dura— descansaba sobre su muslo, aún húmeda, aún con ese brillo de poder.

Camila no sonreía. Solo alzó una ceja. Y chasqueó los dedos.

—Rodillas.

Nicolás se arrodilló al instante. Ya no lo pensaba. Ya no dudaba. Su cuerpo se movía por reflejo, por hambre, por devoción.

Camila se acercó, con la respiración pesada.

—No vas a tocarme todavía. Primero, quiero que lamas cada gota de sudor de mis piernas. Quiero que me limpies con la lengua como el perrito que sos.

Nicolás asintió. Se inclinó. Y empezó a lamer.

Primero los tobillos. Luego los gemelos. Su lengua recogía el sudor salado, mezclado con olor a esfuerzo, a piel, a deseo. El vello fino de sus piernas le hacía cosquillas en la lengua. El calor del cuerpo de Camila le hacía temblar las manos.

Subió.

Muslos. Parte interna. La piel ardía. El olor se hacía más fuerte. Más íntimo. Más sucio.

Cuando llegó al límite de la entrepierna, Camila lo detuvo con una mano en la frente.

—Todavía no. Ahora las axilas.

Él alzó la vista.

—¿Profe…?

—Lamelas. Chupame el sudor como si fuera mi leche. Quiero sentir tu lengua en mi olor. En mi poder.

Camila levantó ambos brazos y lo miró desde arriba, con la pija ya endureciéndose de nuevo.

Nicolás se inclinó hacia su costado. Sacó la lengua. Y lamió la primera gota.

El sudor de su axila era fuerte. Concentrado. Femenino. Crudo. Y eso lo empalmó más.

La lamió entera. Después la otra. Después volvió a lamer el cuello, los hombros, el escote.

Camila gemía bajo.

—Eso es. Sos tan mío que te empalmás con mi olor. ¿Querés que te la meta ahora?

—Sí, profe…

—¿Te gustaría que te folle contra ese lavabo sucio, mientras ves tu cara de perrito obediente en el espejo?

—¡Sí!

Camila sonrió.

—Entonces decímelo como corresponde.

—Profe… por favor… partime el culo. Acá. Ahora. Contra el lavabo. Quiero ver mi cara mientras me cogés como una puta.

Ella le agarró el mentón, lo obligó a mirarla.

—No sabés lo que estás pidiendo, zorrita. Hoy no te voy a romper. Hoy te voy a destruir.

Camila lo giró con una sola mano. Lo empujó contra el lavabo rajado del baño con un golpe seco, la mejilla de Nicolás chocó contra el espejo, empañado por el vapor y su propia respiración agitada.

—Mirate —ordenó ella—. Quiero que veas la cara que ponés cuando te cogen como a una puta.

Nicolás se vio.

Sudado. Rojo. Con los labios húmedos y los ojos brillando. La pija le palpitaba en el aire, apuntando directo al espejo, con la punta brillosa de preseminal.

Camila escupió en su mano, se la pasó por la pija dura y la llevó directo a su culo. No hubo preguntas. Solo presión. Y penetración.

—¡Mierda! —gritó él, los dedos aferrándose al borde del lavabo—. ¡Ahhh, profe…!

—Callate. Abrite.

Y lo empaló. Toda. De una. Sin freno.

El reflejo en el espejo le mostró todo: la cara deformada por el placer, el cuerpo temblando, los labios entreabiertos en gemido. Camila detrás, perfecta, salvaje, la pija enterrándose una y otra vez con el slap sucio de las bolas contra su piel.

—¿Te gusta?

—¡Sí!

—¿Te gusta verme cogerte mientras te ves así de idiota?

—¡Sí! ¡Me encanta!

—Decilo. Decilo como lo sentís.

—¡Me encanta que me folles, profe! ¡Me encanta que me cojas como a una perra! ¡Me encanta ser tu puto!

Camila lo agarró del cabello, lo obligó a alzar la cabeza y mirar el espejo.

—Mirá esa cara. Eso sos. Una putita rota. Una zorra bien cogida. Y todavía no acabé.

Aceleró.

Las embestidas eran salvajes. La piel contra piel sonaba fuerte, húmeda, indecente. El lavabo crujía bajo el peso. El reflejo temblaba.

—¡Me corro! —gritó Nicolás—. ¡Profe, me corro!

—No te toques. No movás las manos.

—¡Ahhhhhh!

Camila jadeaba como una bestia.

—¡Corréte, perra! ¡Hacelo sobre el espejo! ¡Marcá tu cara de puta con tu leche!

Y Nicolás se vino.

Con un grito ronco. Con la cara contra el vidrio. Con la pija saltando sola, sin tocarla, lanzando chorros de semen caliente que mancharon el espejo, su reflejo, su cara.

Camila se vino adentro al mismo tiempo. Un rugido gutural. Su pija disparó dentro de él como si lo sellara.

—¡Sos mío! —gruñó—. ¡Mío!

Y con el último empuje, lo dejó lleno. Goteando.

Ambos jadeaban. El espejo chorreaba semen. El lavabo temblaba.

Camila le acarició la cabeza.

—Ahora sí, perrito. Estás oficialmente… entrenado.

Nicolás seguía inclinado sobre el lavabo, el cuerpo vencido, el culo goteando semen espeso, las piernas temblando, la cara manchada con su propia corrida. El espejo estaba rayado de leche y empañado de respiración.

Camila se había retirado lentamente. Su pija descansaba ahora húmeda, brillante, flácida, pero aún poderosa entre sus muslos firmes.

—No te muevas —ordenó, mientras se agachaba para recoger su ropa del suelo.

Con calma, como si no acabara de romperlo, se subió las mallas, se acomodó el top, y tomó una toalla.

No la usó para él.

Camila caminó hacia el espejo, pasó los dedos por una de las manchas de semen que Nicolás había dejado… y se los lamió delante de él.

—Te venís lindo, perrito.

Él no podía hablar. Solo la miraba con los ojos rojos, húmedos, obedientes.

Ella se agachó y recogió su tanga negra usada que él había llevado en la mochila. La levantó frente a él como si fuera una corona. La olió, y luego, sin decir palabra, se la acercó al rostro.

—Abrí la boca.

Nicolás lo hizo.

Ella lo besó. Con fuerza. Le mordió el labio. Le chupó la lengua. Y en medio del beso, le susurró:

—Ponétela.

—¿Qué…?

—La tanga. Ahora.

Él dudó. Estaba completamente desnudo, goteando semen, con el cuerpo húmedo.

—¿Acá?

—¿Querés que te la ponga yo? Porque te la meto hasta el fondo y no te la sacás en todo el día.

Él la tomó con ambas manos.

Era pequeña. Negra. Estirada por el uso. Aún olía a ella.

Se la puso. Le apretaba los huevos. Le encajaba la pija hacia un costado. Y lo peor o lo mejor era que estaba húmeda por dentro.

—Perfecto —dijo Camila, observando cómo se le marcaba bajo el pantalón cuando se lo subió—Ahora vas a usar eso todo el día. Y si alguien te pregunta por qué estás tan nervioso… les decís que es por mí. Porque sos mío. Porque andás con mi ropa interior en las bolas.

—Sí, profe…

—Y si te empalmás… —¿Sí…?

—Nada de tocarte. Solo olerla. Y agradecerme.

Camila se acercó, le dio una última nalgada fuerte que resonó en el baño.

—Ahora salí. Sin limpiarte. Y cuando camines por la calle con mi leche todavía bajándote por las piernas… vas a sonreír.

Nicolás se mordió el labio. Y obedeció.

Si has llegado hasta aquí y algo se ha quedado contigo, si este capítulo ha tocado una parte que normalmente no hablas en voz alta, puedes escribirme.

No es una invitación abierta. Es solo para quien ha sentido algo y no quiere dejarlo pasar en silencio. [email protected]