Xtories

Una Anciana Depravada (Parte 4)

Elena no solo quiere sexo; quiere ser humillada hasta el límite. Te pide que bebas hasta el borde para prepararte, pero la verdadera prueba comienza cuando ella se arrodilla en la ducha. ¿Tienes el valor de marcarla con tu propia esencia?

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Después de nuestro primer encuentro, Elena me dio su número de teléfono y apuntó el mío, para volver a quedar algún día, tal y como me había prometido. Yo pensaba que tardaría un tiempo en ponerse en contacto conmigo, pero, para mi sorpresa, al cabo de tan sólo tres días recibí una llamada suya en la que me decía que la había dejado muy satisfecha, pero que seguía excitada y con ganas de más, así que quería que volviéramos a vernos. Aunque me dejó algo sorprendido, la verdad es que a mí también me apetecía mucho, por lo que acordamos una cita para el día siguiente.

–Ya verás, ya, las cositas que se me han ocurrido para que lo pasemos bien –me dijo con voz provocativa–. Estoy cachonda como una perra y con ganas de que me hagas de todo.

Sonreí y le dije:

–Tomo nota, mi venerable putita.

Y tras colgar, empecé a fantasear sobre todo lo que aquello podía implicar.

Cuando llegué a su casa me invitó a pasar y tras cerrar la puerta, nos dimos un beso en los labios a modo de saludo. Después me pidió que la siguiera a la cocina, donde nos sentamos junto a la pequeña mesa. Elena me miro con cariño y tomando mi mano entre las suyas me dijo:

–Tenía muchas ganas de volver a verte, mi vida.

–Y yo también, preciosa.

Me fijé entonces en que, a pesar de llevar el pelo arreglado, como siempre, y teñido de un bonito color violeta, se había maquillado muy levemente y llevaba puesta una bata larga y unas zapatillas de estar por casa. Me decepcionó un poco, pero pensé que quizás no le habría dado tiempo a arreglarse y que lo haría antes de empezar nuestros juegos. Mirándome con picardía, ella me dijo:

–El otro día disfrute como una loca, y me dejaste con ganas de más.

–Pues ya estoy aquí para hacerte gozar el doble. ¿Te apetece algo especial?

Al oír aquello, Elena me miró con mucha intensidad y respondió:

–Sí. Lo primero, quiero que me trates como si fuera tu esclava sexual, y que me hagas todo aquello que se te ocurra, por muy pervertido, doloroso o humillante que sea.

Yo abrí mucho los ojos para fingir sorpresa, y le pregunté:

–¿Todo, todo?

–Lo que sea –respondió ella con seguridad.

–Pero se me pueden ocurrir cosas muy bestias. ¿Serías capaz de aguantarlas?

Desafiante, contesto:

–Ponme a prueba…

–De acuerdo –dije yo sonriente.

Ella entonces se levantó y me preguntó si quería una cerveza, a lo que respondí afirmativamente. Abrió el frigorífico, sacó una botella de un litro y poniendo un vaso a mi lado, lo llenó. Yo lo cogí y me lo bebí de un trago.

–¿Tenías sed, mi amor?

–Mucha –le respondí.

–Pues bebe más –dijo sonriente. Y volvió a rellenarme el vaso. –Venga, como antes, todo de un golpe.

Y para complacerla, lo hice. Ella llenó el vaso una vez más, pero esta vez solo le di un sorbo al dorado líquido. Elena, haciéndose la compungida, me preguntó si no me la iba a beber de un trago, y yo le respondí que podría resultar excesivo. Se rió divertida y luego me dijo:

–Lo único que quiero es que te hidrates bien, mi vida, porque luego puedes sudar mucho.

–¡Ah!, pero entonces no tiene por qué ser cerveza; puedo beber agua…

–Pues claro que sí, cielo mío, lo que tú quieras–. Dicho lo cual, agarró mi vaso, se fue al fregadero y tras llenarlo de agua, lo depositó en la mesa.

Yo me encontraba algo sorprendido, pues no acababa de entender muy bien aquella obsesión porque bebiera, y cuando ya empezaba a pensar que se trataba de una de esas manías que a veces tienen las personas mayores, su charla previa sobre la esclavitud y la sumisión hizo que se me ocurriera un posible motivo para hacerme tragar tanto líquido. Era bastante improbable, pero con aquella mujer todo podía pasar…

Decidí seguirle el juego para ver si yo estaba en lo cierto, y sin rechistar me bebí el vaso de agua. Una vez hecho esto, agarré la botella de cerveza y me serví otro vaso, que también apuré hasta el fondo. Y luego me fui a la pila y me bebí otros dos vasos más de agua. Elena me miraba complacida. Cuando acabé con la última gota, la pregunté:

–¿Contenta?

–Mucho –contestó ella con una dulce sonrisa–. Ya verás como luego te compensa este sacrificio–. Y me guiño un ojo con complicidad, lo que confirmó que mis sospechas podrían ser acertadas.

Acto seguido se acercó, junto sus labios con los míos y me besó con suavidad. Poco a poco, su lengua fue ganando ritmo y velocidad, recorriendo todos los huecos de mi boca. Mientras yo deslicé mi mano por la abertura de su bata hasta alcanzar el muslo y de allí la dirigí a sus nalgas, que empecé a masajear con pasión, apretando la blanda carne con mis dedos. A pesar de que lo hacía con bastante fuerza, casi violentamente, Elena no mostró ni el más mínimo gesto de protesta o rechazo; por el contrario, la reacción de su lengua en mi boca me hacía ver que disfrutaba con aquel trato.

Al cabo de unos minutos me separé un poco de ella y mirándola fijamente le dije:

–Bien, a partir de ahora debemos asumir nuestros papeles y no salirnos de ellos, ¿de acuerdo? –. Ella asintió.

–Tú vas a ser la esclava, la sumisa y la dominada, y yo tu amo, así que a partir de ahora deberás llamarme siempre “mi señor” cuando te dirijas a mí, ¿correcto?

– Sí– me respondió, pero ante la expresión de disgusto que puse al escuchar su lacónica respuesta, añadió inmediatamente: –Sí, mi señor.

–Bien, así me gusta. Ahora, desnúdate.

Me obedeció inmediatamente, despojándose de la bata y las zapatillas; debajo no llevaba nada más. Yo me acerqué y con mi mano atrapé uno de sus pechos, que fui apretando poco a poco hasta estrujarlo con fuerza. Ella sólo hizo un pequeño gesto de dolor, pero aguantó el tratamiento. Y también soporto sin rechistar cuando le pellizqué el pezón con fuerza y se lo retorcí con mis dedos.

En ese momento se me ocurrió comprobar si había acertado con mi intuición relativa a la ingesta de líquido, así que, echándome un paso hacia atrás, le dije:

–Espera un poco, cariñó, porque tengo que ir al baño, que con tanto líquido ya no aguanto más.

A lo que ella respondió:

–Pero es una pena que eso se desperdicie, mi señor.

Yo puse cara de fingida extrañeza y pregunté:

–¿Qué quieres decir?

Elena entonces, con la excitación brillándole en los ojos, me contestó:

–Que me gustaría que me echaras toda tu orina por el cuerpo, mi señor, que te mearas encima de mí.

¡Bingo! Había acertado… Complacido y excitado por aquello, sonreí con perversión, diciéndole:

–Así que vas en serio, ¿eh, putita cachonda? Quieres ser mi esclava y que te humille con mi lluvia dorada, para marcarte como a una perra.

Ella asintió y dándose la vuelta, se dirigió al baño, conmigo detrás. Una vez allí, se metió dentro de la ducha y con mi ayuda, se arrodilló, sentándose sobre los talones, de tal forma que su entrepierna quedaba bien separada. Yo me puse frente a ella, con la polla ya tiesa como un palo, y aunque las ganas de vaciar la vejiga me resultaban casi dolorosas, conseguí aguantarme un poco más. Me pareció ver humedad en la zona de su coño y acercando la mano comprobé que, efectivamente, estaba muy mojada.

–Te has puesto bien caliente, ¿eh, guarra?

–Sí, mi señor, mucho –respondió con voz trémula por la excitación, sin apartar la vista de mi cipote duro y palpitante.

–Bien, pues quiero que te toques bien el chocho para que te mantengas cachonda y te corras cuando te riegue con mi orina caliente, ¿de acuerdo?

Elena asintió con la cabeza e inmediatamente se llevó la mano a su vulva afeitada, para acariciarse el clítoris. Yo entonces me acerqué un poco más y comencé a pasarle la polla por la cara, mientras esperaba a que ella alcanzara el máximo nivel de excitación. Cuando su expresión me indicó que era el momento adecuado, sujeté mi polla semierecta con los dedos y empecé a mear sobre sus tetas. Pero ella, sin dejar de frotarse el coño, me susurró:

–En la cara, mi señor, en la caraaa…

Y sin esperar a más, dirigí el potente chorro de pis a donde ella me pedía, extendiéndolo por todo su rostro con movimientos rotatorios. Elena estaba como en éxtasis, y abría la boca para que la meada entrara dentro, expulsándola al cabo de un momento para dejar que se le volviera a llenar.

–Pero no lo desperdicies, zorra estúpida, trágatelo –de dije con dureza.

Y obediente, empezó a beberse con ansía toda la orina que caía dentro de su boca, mientras continuaba masturbándose con intensidad. Estaba realmente muy cachonda y el movimiento de sus dedos sobre el clítoris era frenético. Cuando ya mi flujo comenzaba a terminarse, un violento estertor recorrió su cuerpo y se dejó caer sobre el suelo de la ducha, disfrutando entre gemidos y pequeñas convulsiones de un brutal orgasmo.

Viéndola así, mi excitación se incrementó aún más y a punto estuve de tumbarme a su lado y follarla salvajemente, pero el instinto me dijo que sería mejor no hacerlo, así que, haciendo un enorme esfuerzo, conseguí controlarme.

(continuara)