Xtories

La recogí en una vereda

Marcelo solo buscaba un poco de paz en su casa de campo, pero la vereda le ofreció algo mucho más caliente. Analía llegó con hambre y miedo, pero pronto descubrió que su nuevo patrón tenía otras intenciones muy distintas al cuidado doméstico.

Dolores383.7K vistas9.7· 6 votos

Marcelo levanta a Analía y su bebita de la calle, le ofrece laburo cuidando la casa en Tigre. Ella acepta, se prende fuego, sexo sucio y salvaje Marcelo tenía 26 años, era soltero y uno de los arquitectos más conocidos de Buenos Aires. Su vida era un lujo discreto: departamento en Saavedra con vista al río, proyectos que le caían solos y una casa en el Delta del Paraná, en Tigre, donde se escapaba los fines de semana para desconectar del quilombo porteño. Ese jueves, a las siete de la tarde, decidió mandarse una mini-vacación adelantada. No iba a laburar el viernes, así que cargó el auto con unas birras, algo de comida y salió rumbo al norte, con la música a todo volumen, sintiéndose el dueño del mundo. Cerca de la General Paz el tráfico se ponía espeso como siempre, pero algo lo frenó en seco. Ahí, sobre una tela vieja y mugrienta tirada en la vereda, estaba ella. Tirada como lagarto al sol, aunque el sol ya se había ido. Parecía de su edad, pero esa cara llevaba años de más, arrugas que gritaban historias jodidas. Lo que lo dejó clavado fue la criatura en sus brazos: uno o dos años, con ropa más sucia que la de ella, pero como nueva, como si el hambre del chico pesara más que el de la madre. Algo se le quebró adentro a Marcelo. Primero pensó en ella: qué carajo sentiría esa mina siendo invisible, viendo pasar gente con vida de verdad, autos caros, bolsas de shopping, y ella ahí como un descarte, excluida probablemente no por meritos sino por origen. Después pensó en él: su existencia cómoda, con guita de sobra. Iba a pasarla lindo en su casa, con cerveza fría, comida y cero drama, y ella… nada. No lo dudó. Frenó, se bajó, se sentó al lado de ella en la misma manta asquerosa y le tiró: —Confío en que desconfíes de mí, yo en tu lugar también lo haría. Pero esto es supervivencia y un trato justo para los dos. Ella levantó la mirada, ojos hinchados, pelo revuelto, y lo miró como si viera un fantasma. Marcelo siguió: —Voy ahora para una casa que tengo en Tigre, que uso solo los fines de semana. Necesito alguien que la cuide. Te pagaría, obvio, y podrías vivir ahí. Hay una pieza de huéspedes que creo que nunca se usó. Vos “y señalo” al bebe tendrían dónde dormir, comer, crecer. La propuesta es en serio, profesional, solo me estoy salteando poner un aviso y leer currículums. Ella lo miró fijo, procesando, y de golpe se largó a llorar. Lágrimas mudas al principio, después sollozos que le sacudían todo el cuerpo. La piba, le vi la carita, hermosa, ajena a vidas que en ese momento estaban cambiando, se despertó, gimoteó, pero ella lo acunó por instinto. Marcelo no se movió, solo le puso una mano en el hombro, suave. —No llores, che. Pensalo. No es caridad, es un laburo. Mirá, te doy un adelanto ahora mismo para que compres ropa para vos y el pibe. Algo decente, para arrancar bien. Sacó la billetera, contó unos mangos —no tantos como para asustarla— y se los dio. Ella dudó, pero el hambre en los ojos del chico la decidió. —Está bien —murmuró con voz rota—. Acepto. Pero si es una trampa, te mato. Marcelo soltó una risa irónica: —Trampa a la vida sería dejarte acá. Vamos, subí al auto. Paramos en un shopping de camino, comprás lo que necesites. Y de regalo de bienvenida te presto la tarjeta para pañales, juguetes para el pibe, lo que pinte. Ella subió con el bebé en brazos y Marcelo sintió una electricidad rara, como si el destino le estuviera guiñando el ojo con ganas de joder. De camino pararon en un hiper. Ella agarró ropa básica: remeras, jeans, zapatillas para los dos. Marcelo insistió en sumar más: un vestidito para el pibe, una campera para ella, hasta un perfume barato. —Regalo de bienvenida, no se discute —dijo con una sonrisa medio cachonda, mirándola de reojo mientras ella se probaba una blusa en el probado Tambien compro una sillita para la bebe para el auto, la mejor que vio. Ya rumbo a Tigre, ella empezó a hablar. —Me llamo Analía. Recién cumplí 21. Marcelo silbó bajito. —Parecés más grande, pero en el buen sentido, como si hubieras vivido mil vidas. Ella suspiró. —Llegué de Bahía Blanca, echada por mi viejo por el embarazo. Estaba de tres meses cuando me echo a cinturonazos por “puta”, claro que sabiendo perfectamente que la fui la “puta” de su amigo, que paso la noche conmigo, por una deuda de juego que saldaron conmigo una noche borrachos. La nena tiene 18 meses, se llama Elvira, por mi vieja. Mi vieja murió de un golpe en la cabeza, dijeron que fue una caída, pero yo sé que fue una de las palizas de mi viejo. Era un hijo de puta, siempre en pedo, siempre violento. Marcelo escuchaba, manejando despacio por la ancha Panamericana. Analía siguió: —Llegué a Capital sin un mango. Dormí en la calle, pedí en semáforos, hice laburos de mierda: limpiando casas, vendiendo en la feria. Pero con la panza creciendo, nadie me daba bola. Sobreviví con sobras, durmiendo en plazas. Una vez me robaron todo, hasta la manta. El parto fue en un hospital público, sola. Después, más de lo mismo: mendigando con Elvira en brazos. Dos años así, Marcelo. Dos años sintiéndome una mierda. Él apretó el volante. —Eso se termina hoy. En mi casa vas a tener paz. Llegaron al Delta tarde. La casa era linda: madera, vista al río, cocina equipada, living con chimenea. Analía miró todo con ojos de piba en Navidad. —Esto es un sueño —dijo. Marcelo preparó cena: milanesas, ensalada, vino. Comieron, rieron un poco. Elvira durmió en una cuna improvisada. Esa noche, con la luna en el agua, algo cambió. Analía se duchó, salió con una remera de él, oliendo a jabón. Marcelo la miró: cuerpo flaco pero con curvas de mamá, tetas llenas, culo ancho y rico. —Estás hermosa —murmuró. Ella se acercó, tímida pero con fuego. —Gracias por todo. Se besaron suave al principio, después salvaje. Marcelo la levantó, la llevó a la cama principal. (1) —Vas a ser mía esta noche —gruñó, bien macho. Analía jadeó: —Hacelo, por favor. Él era bien dotado: pija gruesa, larga, dura como fierro. La desnudó, le chupó las tetas, mordió los pezones parados. —Mirá qué concha rica tenés, toda mojada para mí. Ella gimió: —SÍ, tocame, meté los dedos. Marcelo le abrió las piernas, le lamió la concha, lengua experta en el clítoris. Analía se arqueó: —Ay, dios, qué rico… cogeme ya. Él se acomodó, la punta de la verga rozándole la entrada. —Te voy a reventar a pijazos, puta mía. Empujó lento, pero ella estaba estrecha después del parto. —Duele, Marcelo, es demasiado grande. Lágrimas, pero no paró: —Aguantá, vas a gozar. Entró hasta el fondo, la llenó completa y empezó a bombear fuerte. —Tomá verga, Analía, sentila adentro. Ella lloraba de dolor y placer: —Me estás partiendo, hijo de puta, pero no pares. Él la cogía posesivo, mano en el pelo, mordiendo orejas. —Sos mi perra ahora, te voy a llenar de leche. Y así siguió la cosa: noches enteras de sexo enfermo en esa casa cómoda. Una vez en la cocina la dobló sobre la mesa, le bajó las bragas. —Abrí el culo, quiero verte toda. Metió dedos en la concha, después en el orto. —Te gusta sucio, ¿eh? Mirá cómo te mojo. Analía gemía: —SÍ, meté la pija en mi concha, destrozame. La cogió duro, pijazos que la hacían gritar. —Llorá, puta, pero pedime más. Entre birras y calentura, una noche la hizo mear encima mientras la cogía. —Meate encima, sucia. Ella, muerta de vergüenza pero caliente: —Ay, no… pero sí. Orina caliente mezclada con jugos, y él la penetró más salvaje. —Tomá, perra meona, te voy a cagar a verga. Otra vez en el baño: la puso de rodillas. —Chupala, tragate toda. Analía lo intentaba, arcadas: —Es enorme, me ahoga. Él empujaba: —Tragá, puta, hasta los huevos. Después la enculó. —¿Te duele? Llorá, pero gozá. Ella sollozaba: —Me estás rompiendo el culo, pero me encanta. Eyaculó adentro: —Lleno de leche, mi posesión. La marcaba con chupones, a veces la ataba con corbatas. —Sos mía, nadie te toca. Analía se entregaba: —Cogeme como quieras, soy tu puta. Semanas después todo fluía. Analía y Elvira ya eran parte de la casa del Delta. La nena gateaba por el living, Analía cocinaba rico, limpiaba con ganas y hasta estudiaba online de noche. Marcelo llegaba los viernes a las seis, se sacaba el traje, abría una birra fria y espumosa y la besaba como si hubieran pasado años. Ese viernes llegó con sonrisa de trajin. —No nos quedamos acá, mi amor. Quiero que conozcas mi depto en Saavedra, el de verdad. Analía miró preocupada a Elvira. —La llevamos. Ya preparé una habitación para ella, decorada con cuna y juguetes. No estoy llevando a una putita al depto, llevo a MI mamá putita. Ella sonrió, mordiéndose el labio. Sabía que cuando ponía esa cara de “te voy a romper toda”, no había vuelta atrás. En el viaje de Tigre a Capital fue puro fuego. Marcelo manejaba con una mano en el volante y la otra metida entre las piernas de ella. Le subió la falda, apartó la tanga y metió dos dedos. —Mirá cómo estás, mojada desde que subiste. ¿Te calentaste pensando en lo que te voy a hacer en mi cama? Analía gimió, abrió más las piernas. —Todo el día pensando en tu pija, Marcelo. No hago otra cosa. Él rio, sacó los dedos y se los metió en la boca a ella. —Primero chupalos, saboreate. Esta noche para nosotros va a ser irreversible. En un semáforo en Panamericana miró atrás —Elvira dormía—, se bajó el cierre y le hizo chupar la verga dura. —Así, puta, tragátela toda. Sos mi chupapijas favorita. Llegaron a Saavedra al borde del infarto. Apenas cerraron la puerta, la estampó contra la pared. —Bienvenida a mi cueva, Analía. Acá te voy a hacer mía de verdad. Recorrieron todo: living, cocina, baño, balcón, y la habitación de Elvira que dejó a Analía muda, armada como para siempre. Cenaron sushi delivery, tomaron vino, después whisky. Marcelo le pasó un trago directo de su boca. La besó con hambre, le arrancó el vestido, le chupó las tetas hasta dejarlas rojas. Ella se arrodilló y se la chupó mirándolo fijo. —Te quiero adentro ya, por favor. —Hoy te cojo por todos lados, mi amor. Te voy a dejar marcada. La llevó al dormitorio. La tiró boca abajo, le separó las piernas y le metió lengua en la concha desde atrás. —Ay, dios, qué rico… meté más lengua, lameme el orto también. Él le abrió el culo y le metió lengua en el agujero, la dejó temblando. Escupió en la pija y entró de una en la concha. —Tomá verga, puta. Sentila toda. La cogió fuerte, nalgadas que retumbaban. —Más fuerte, revéntame la concha, haceme llorar. Después la puso en cuatro, le escupió el orto y empezó a meterla despacio. —Relajate, te voy a encular hasta el fondo. Entró entera, ella gritó ahogada. —Duele… pero no pares. Bombearon más rápido, nalgadas sonoras. Entre empujones salvajes, whisky y calentura, Analía soltó un pedo fuerte y húmedo con la pija adentro. Marcelo se rio, excitadísimo. —Mirá vos, sucia… me estás cagando la verga. Me encanta. La sacó, la puso boca arriba y le metió la pija sucia en la boca. —Chupala, limpiámela con la lengua. Ella lo hizo, con lágrimas pero con ganas. Volvió a encul arla duro hasta que no aguantó. —Te voy a llenar el culo de leche, puta mía. Eyaculó profundo, gruñendo. La leche chorreaba del orto abierto. La besó, la abrazó. —Sos mía, Analía. De todas las maneras posibles. Se quedaron tirados, sudados, oliendo a sexo y whisky. Ella le acarició la cara. —Nunca me sentí tan tuya… y tan rota. Marcelo sonrió, irónico y tierno. —Y yo nunca quise tanto romper a alguien y después curarla. Y así siguió: pijazos por todos lados, leche tragada, pedos, llantos de placer y dolor, y un amor cada vez más enfermo, más adictivo, más real. Pero también había días normales: ella cuidando la casa, cocinando, jugando con Elvira. Él trayendo regalos, lencería para que se ponga y la reviente otra vez. —Mirá si termino enamorado de mi empleada, qué cliché porno. Ella reía: —Ya lo estás, boludo. Al final, después de meses de pasión y quilombo, se enamoraron en serio. Marcelo la pidió en matrimonio en el Delta, con anillo. —Formemos familia, Analía. Vos, yo, Elvira. Ella lloró de alegría: —SÍ, mi amor. Vivieron ahí, él trabajando menos, ella estudiando online. Una familia improvisada, pero de verdad, nacida de un impulso en la vereda. Y las noches seguían calientes: —Vení, puta, te reviento otra vez. Amor con verga incluida.

(1) Nota de la autora Mirá, lector, acá cada uno lee lo que quiere leer, y está perfecto. Si al terminar la historia te queda esa desconfianza picante de “este tipo se la llevó para romperla toda desde el minuto uno”, te banco que lo pienses. Es humano, che. Pero te lo digo clarito y sin vueltas: no. Marcelo no la levantó de la vereda con la pija ya parada pensando “voy a cazar una puta para el finde”. No era un plan de cogida calculado. Como los personajes son pedazos de mí (o de lo que me calienta imaginar), te lo confirmo sin vueltas: no la llevó para cogérsela. Simplemente pasó. La realidad les explotó en la cara, se miraron, se calentaron, se entregaron… y después sí, se cogieron hasta quedar hechos mierda, con todo lo sucio, lo tierno y lo enfermo que eso implica. O sea: no fue el objetivo, fue el incendio que se armó solo. Y si igual pensás que fue todo una excusa para meterla, bueno… qué le vamos a hacer, la calentura es subjetiva, ¿no? 😉 Besos con lengua y un poco de mala leche, La autora