Xtories

Campus Cornudo PARTE 2 (Cap. 24 - 1ra parte)

Laura siempre tuvo el control, pero esta noche la distancia es absoluta. Mientras él espera con el cinturón puesto, ella baila con otro. Y en la oscuridad, la línea entre la confianza y la traición se desvanece para siempre.

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CAPÍTULO 24 (1ra parte)

Pronto olvidamos la extraña experiencia vivida en el Pub Medianoche y continuamos con nuestras vidas con naturalidad.

Hasta que la semana siguiente, mientras Laura se duchaba, se activó su teléfono. Estaba bloqueado, aun así, se iluminó y apareció una notificación en la parte superior de la pantalla.

[…]…ábado te quiero en el Slutwife.

Distraídamente leí la notificación y para cuando fui consciente de que era importante ya había desaparecido. A los pocos segundos después volvió a activarse.

[…]…a Carlos. O no, como quieras.

El segundo mensaje ya no me pilló desprevenido y pude fijarme en que el remitente no tenía nombre, sólo tres puntos.

¿Con quién estaba chateando Laura? Extrañado me levanté, comprobé que Laura aún estaba en la ducha pues se oía el agua discurrir e intenté desbloquear su teléfono. Y para mi sorpresa, el pin que usaba hasta entonces ya no funcionaba.

“Extraño”, pensé; “Muy extraño”. Hasta ahora habíamos compartido el pin de los teléfonos sin ningún problema. Yo conocía el suyo y ella el mío; y, de hecho, más de una vez yo había usado su teléfono o había contestado las llamadas que recibía.

Molesto, cogí mi móvil, lo apagué, lo puse a cargar y esperé paciente a que Laura terminara de ducharse. No tardó en salir tapada sólo por un albornoz mostrándome sus largas y tersas piernas.

–Cariño, ¿has cambiado el pin? Mi teléfono se ha apagado y quería enviar un mensaje.

Pillada por sorpresa respondió apresuradamente, –¡Ah! sí, hace unos días.

Y al percibir mi extrañeza continuó, –El otro día mientras almorzaba en la cafetería de la esquina vi que un marroquí me miraba fijamente mientras desbloqueaba el teléfono; sí, ya sé, es un comportamiento muy racista, pero desconfié y cambié la clave por un patrón.

–Mira es ese– dijo marcando el patrón lentamente para luego acelerar y terminar marcando casi todos los puntos a gran velocidad; era virtualmente imposible de memorizar; dejó el móvil desbloqueado y me lo entregó para que enviara el mensaje. Se me quedó la cara de tonto, me había mostrado un patrón que jamás conseguiría recordar y si, de algún modo lo conseguía, lo único que tenía que hacer era añadir algún sutil cambio para bloquearme definitivamente el acceso.

Además, con Laura pendiente de mí maniobras no pude espiar su WhatsApp así que, envié el mensaje y dejé el teléfono sobre la mesa del comedor. Pero ese pequeño incidente me desveló que Laura no era del todo sincera conmigo.

Cosa que confirmé al día siguiente cuando cómodamente acostados antes de dormir me propuso:

–¿Qué tal si el sábado vamos al club Slutwife?

–¿Slutwife? – dije intentando poner en dificultades a Laura.

–Sí. El club de intercambió de parejas. El que nos recomendó la doctora Álvarez.

–¿Y recuerdas el nombre? – pregunté con malicia.

–Obvio– respondió, –tengo el panfleto en la mesita de noche.

–¿Te apetece? – pregunté, aunque sabía que no había sido idea suya, sino que alguien se lo había sugerido. Bueno, sino recuerdo mal el mensaje era más una orden que una sugerencia. ¿Pero de quién? ¿De la doctora Álvarez?

–Tengo curiosidad; de momento sólo entrar. Vemos un poco como funciona y luego decidimos si nos quedamos o nos vamos.

–Bueno– acepté.

Pero algo me tenía intrigado, así que intenté obtener más información.

–Pero ¿cuál va a ser mi papel?, ¿cornudo mirón cómo en el campus?, ¿o se me permitirá participar?

–Pues no lo sé. De hecho, es un club de intercambio de parejas, en teoría tu papel consiste en satisfacer a la otra mujer… aunque, dudo de que estés capacitado para ello, además esa posibilidad no me acaba de gustar; tú eres mi cornudito y no deberías follar con otras mujeres. Es más… ahora que pienso en ello… tienes TERMINANTEMENTE prohibido tocar a otra mujer.

Y así terminó la conversación, o sea, dejándome, como ya era habitual, con más dudas que certezas.

* * * * *

Al día siguiente, Laura se preparó a conciencia para estar elegante y sensual. Estuvo a punto de volver a ponerse el famoso vestido rojo, el de la graduación, pero finalmente optó por el negro.

Estaba espectacular pero la falda era tan corta que sus largas y esbeltas piernas quedaban totalmente expuestas. Y si por abajo estaba rompedora, la parte de arriba también era demoledora ya que la estrecha blusa apenas podía cubrir sus grandes senos.

Finalmente decidimos empezar la noche con una cena íntima en un restaurante de alta cocina. Escogimos uno suficientemente cercano al club como para poder llegar andando y suficientemente lejano de casa como para no ser reconocidos por los otros comensales; y sin duda fue una buena elección porque el restaurante irradiaba estilo y lujo. Como ya era predecible, teniendo en cuenta el vestuario de Laura, apenas cruzamos la puerta de acceso, todas las miradas se desviaron hacia ella provocando más de una lesión de cuello.

Guapa, elegante, sexy… en definitiva, rompedora. Antes de asignarnos mesa tuvimos que esperar unos minutos cerca de la barra; yo me senté en un taburete alto, pero Laura tuvo que quedarse de pie para no mostrarle a todos su minúscula ropa interior.

–Señores, si me acompañan– dijo un camarero joven sin quitarle ojo al escote de Laura. Nos acompañó hasta nuestra mesa y le ofreció a Laura su silla para que pudiera sentarse; antes de irse le hecho un último vistazo a su escote desde arriba.

Tomamos una cena ligera y bastante sabrosa maridada con un buen caldo de la Rioja. A medida que los camareros iban y venían pude comprobar como todos se entretenían atendiendo a Laura más de lo necesario ya que desde su posición ligeramente elevada disfrutaban de unas vistas inmejorables.

–Creo que todos los camareros aprovechan para mirarte las tetas – dije tras vaciar mi copa.

–Pues poco van a ver– respondió, aunque eso no era del todo cierto ya que el marcado escote delantero no permitía usar sujetador y sus pechos destacaban firmes i voluptuosos.

–Se acerca la hora– dije repartiendo el poco vino que quedaba.

–Chin, chin– dijo Laura levantando la copa.

–Chin, chin– respondí haciendo chocar las copas para después saborear el poco vino que quedaba.

–¿Vas a tomar postre? – pregunté.

–Creo que no. ¿Y tú? – respondió.

–No, estoy un poco nervioso y si abuso me sentará mal. ¿Pedimos la cuenta?

–Perfecto.

Pedimos la cuenta y cuando nos la entregaron nos ofrecieron un par de chupitos de madroño.

–¿Nerviosa? – pregunté

–Sí– respondió y de un trago vació su chupito.

–Venga vamos. – dijo levantándose de la silla y ofreciéndome la mano para que se la agarrara.

Por suerte el local estaba cerca porque vestida de esa guisa, Laura, podía provocar algún accidente; de hecho, un grupo de jóvenes acabaron tropezando unos con otros por desviar demasiado la vista.

El acceso al “Club Slutwife” no destacaba de ningún modo, no había luces, no había carteles, tan sólo una puerta grande, metálica y una etiqueta de buzón con las señas postales.

Entramos, estaba oscuro y tardamos unos segundos en adaptar la vista a la falta de luminosidad. Al cruzar el recibidor se nos acercó una muchacha joven, de no más de 25 años, bajita y no muy guapa, pero con un toque de morbo muy sensual.

–¿Bienvenidos, conocen el Club Slutwife? – preguntó.

No sé muy bien porqué, pero tomé la palabra, tal vez para no asumir el papel de cornudo sumiso de primeras.

–No. Es nuestra primera vez– aunque si quería aparentar seguridad con decir que éramos “vírgenes” perdí toda la fuerza. Y con un hilo de voz, añadí –aquí– aunque eso aún fue peor.

–Lo que mi marido quiere decir, – intervino Laura, –es que es la primera vez que venimos a este club, pero ya hemos disfrutado de sesiones liberales con otros hombres – dijo Laura con el ímpetu y la autoridad que yo no había sabido imponer.

–Claro, claro. Yo soy Rebeca. Y si no es mucho preguntar, ¿cómo han conocido este local?

–Nos lo ha recomendado nuestra terapeuta, la doctora Álvarez. – respondió Laura asumiendo definitivamente el papel predominante.

–¡Ah Claro! Son pacientes de la doctora Álvarez, excelente. Como es su primera visita deberán rellenar esta ficha y pagar los 30€ de la primera consumición; después les enseñaré las instalaciones.

No tardamos mucho en cumplimentar la ficha, nombre, dirección, teléfono, email y algunos datos más.

–Vengan– dijo Rebeca acompañándonos hacia el interior.

La sala principal era como cualquier otra discoteca normal, una barra, una pista de baile, luces, sofás y mesas; aunque el ambiente era muy distinto.

En el centro varias personas bailaban agarrados, los hombres desnudos o cubriéndose con una toalla y las mujeres en ropa interior. En unos sillones pude ver a dos hombres, separados por pocos metros; ambos con un cinturón de castidad, sus esposas debían ser las que, casi desnudas, bailaban y se dejaban manosear por los hombres.

Dos parejas más compartían una mesa y cuatro hombres más observaban o pedían bebidas.

–A esta zona– dijo Rebeca interrumpiendo mi scanner mental del espacio, –pueden acceder todos los clientes y, como pueden ver, hay parejas, pero también hombres no acompañados.

–Esta es la discoteca principal, el centro neurálgico del club. Es la zona donde las parejas se relacionan e inician intercambios o tríos, normalmente con otros hombres. ¿Veis aquellas cristaleras? Dan a algunas de las habitaciones en las que las parejas follan, ahora están vacías, pero a medida que avanza la noche se van ocupando. Así, los que aún están en la discoteca pueden disfrutar de un espectáculo muy morboso.

–Para ser admitidos en este club, los hombres deben estar totalmente desnudos y las mujeres, o deben vestir de un modo muy sensual o deben quedarse en ropa interior. En vuestro caso, tu, Laura, puedes quedarte tal y como estás, pero Carlos debe desnudarse completamente. A tu derecha hay los vestuarios, elije una taquilla y guárdate la llave.

No me dio ninguna otra alternativa; con la mano me señaló la puerta y tuve que entrar. Me desnudé completamente, me anudé una toalla a la cintura, guardé la ropa en una taquilla y me até la llave en la muñeca.

En menos de un minuto ya estaba fuera, donde Laura y Rebeca me esperaban.

–¿Dónde vas con eso? – dijo Laura señalando la toalla y de un tirón me la arrancó de la cintura, –muestra con orgullo tu condición– añadió humillándome delante de todos.

–Vaya– dijo Rebeca al ver mi cinturón de castidad.

–¡Claro, les manda la doctora Álvarez! – dijo con una sonrisa maliciosa.

–Si me siguen…– dijo Rebeca mientras el portero cachas que custodiaba la puerta de acceso se hacía a un lado.

–Esta es la zona privada, aquí sólo pueden acceder las parejas, o los hombres que han sido invitados por una pareja.

Continuamos el recorrido.

–A la izquierda hay el pasillo francés.

Y nos mostró un pasillo oscuro del que destacaban unos diez agujeros que daban al otro lado de la pared y por los que entraba un poco de luz. Cuando nos giramos a mirar, por uno de los agujeros apareció una polla bastante larga y, desde el interior, una mujer la agarró para empezar una lenta masturbación, mientras otro hombre, probablemente su marido, se la follaba.

Cruzamos una nueva puerta y nos encontramos en el interior de un salón con varios sofás y una pantalla gigante donde se reproducía una película pornográfica; era como un minicine. En las butacas varias personas se manoseaban viendo la película.

–Por la puerta de la derecha– dijo Rebeca señalando una puerta ligeramente iluminada– se accede a las habitaciones, las hay pequeñas e íntimas y grandes para orgías con muchas parejas. También hay dos habitaciones que son visibles desde la discoteca exterior; las que vimos detrás de la cristalera.

–Por la puerta central se accede al cuarto oscuro, si se viera algo os lo enseñaría, pero está totalmente oscuro, no se ve absolutamente nada. Es una experiencia muy morbosa sentir como te tocan y no saber quién es; hombre, mujer, tu marido, un desconocido... uffff… tenéis que probarlo.

–Y, para terminar, por la puerta de la izquierda se accede a la piscina y al jacuzzi. Son de agua templada y caliente, especialmente cuando empiezan a llenarse– dijo riendo de su propia broma.

–Bueno, ya está todo visto. Regresemos a la discoteca y os dejo libres para que disfrutéis del club– dijo Rebeca que nos acompañó de nuevo a la discoteca y antes de irse añadió –aquí os dejo. Si tenéis cualquier duda estoy en la recepción. Y recordad la regla número uno de los clubs swinger: el respeto absoluto por los límites y las decisiones de cada individuo o pareja. Un “no” es un “no” y no hay que insistir.

Tras decir aquello, nos tendió la mano y se fue.

–¿No deberías quitarme el cinturón? – supliqué.

–No amor, mira aquellos– me dijo señalando a los dos hombres sentados en los sofás que también tenían cinturón. –son cornudos como tú. Y no se quejan.

Compungido me senté en el sillón más cercano y Laura frente a mí.

–Voy a pedir algo de beber, ¿Qué te apetece? – preguntó Laura.

–Un gin-tonic– contesté sin mucho entusiasmo.

–Marchando dos gin-tonics – dijo alegre y dirigiéndose con paso ligero hacia la barra.

Apenas se apoyó sobre la barra, el barman se acercó para atenderla, pero también dos hombres más la flanquearon uno a cada lado.

Estuvo un rato hablando con ellos, pero cuando las bebidas estuvieron preparadas regresó junto a mí.

–¿Quiénes eran? – pregunté.

–Dos clientes habituales del club; se presentaron, querían conocerme y me preguntaron si era nueva por aquí. No les di demasiada coba, por eso he regresado contigo.

Tomé un trago del gin-tonic sin perder de vista ni a Laura ni a toda la gente que deambulaba por el local.

Poco después, una pareja se acercó a nuestra mesa y, educadamente, nos preguntaron si podían sentarse con nosotros.

–Claro– respondió Laura.

Se presentaron como Marcelo y Luisa. Él era alto, pero extremadamente delgado y su desnudez aún destacaba más ese rasgo; orgulloso, exhibía un pene bastante largo, pero también demasiado delgado, como todo su cuerpo.

Ella era muy poco agraciada pero sus bragas de encaje dejaban ver un pubis totalmente depilado y su sujetador apenas podía cubrir una pequeña parte de sus enormes pechos. Una talla 120 como mínimo.

Mientras vaciábamos nuestros respectivos gin-tonics estuvimos hablando con ellos; les contamos por encima la terapia de Santo Domingo y ellos nos confesaron que eran clientes habituales, aunque no siempre encontraban parejas afines.

No tuve la sensación de que Laura conectara con ellos, aunque mantuvo la conversación fluida y contó varias anécdotas personales, pero la notaba distante.

Oportunamente, antes de que ellos propusieran un intercambio que forzara a Laura decidir si aceptaba o no aquel encuentro poco prometedor, se acercó un hombre alto, musculoso y totalmente rapado.

A diferencia de los otros hombres, este, iba vestido normal; se acercó a Marcelo y a Luisa y les dijo algo en voz baja que no pude oír. Poco después, la pareja se levantó y se despidió educadamente.

–Perdonad la interrupción, – dijo confidencialmente– pero una pareja amiga suya me ha pedido que los hiciera llamar.

–Soy Gabriel– dijo alargándome la mano y dándole dos besos a Laura.

–Vosotros debéis ser la nueva pareja que nos envía la doctora Álvarez, ¿no? – preguntó.

–No es que nos envíe la doctora, simplemente nos recomendó este sitio. – respondió Laura.

–Claro, claro. ¿Me permiten que tome asiento?

–Claro– respondió Laura y Gabriel con una mano levantó una de las pesadas sillas, la situó al lado de Laura y se sentó junto a ella.

Con un gesto apenas perceptible le hizo señas al barman que poco después nos servía tres gin-tonics.

–Así que habéis venido a disfrutar de vuestra primera experiencia en el “SlutWife” – dijo, y sin esperar la respuesta añadió – ¿Sabes?, yo estuve dos años en el Campus de Santo Domingo.

Sólo con esta confidencia obtuvo la total atención de Laura a la que, seguro, se le despertaron los recuerdos con José.

–¿Cómo cliente? – pregunté yo estúpidamente.

–No, claro que no. – interrumpió Laura, –¿tú lo has visto?

–Veo que tu mujer tiene buen ojo para eso. – dijo Gabriel, –estuve dos años trabajando como macho alfa atendiendo a bellezas como tu esposa.

Después de esta metedura de pata tan vergonzante quedé excluido de la conversación y fui testigo silencioso de los avances de Gabriel. Primero una mano en la rodilla, una caída de ojos, colocarse bien el pelo, luego una mano en el muslo acercándose peligrosamente al inicio de la corta falda y, finalmente, un beso.

Yo ya me había terminado mi gin-tonic mientras que Laura y Gabriel, apenas habían probado los suyos, así que, debido a los nervios que me atenazaban y viendo a mi esposa sucumbir ante aquel hombre, empecé a beberme el gin-tonic de Laura.

El alcohol estaba empezando a afectarme, el rioja del restaurante, los tres gin-tonics y una comida ligera, aturdieron mis sentidos y ni siquiera fui consciente cuando Laura y Gabriel se levantaron. Alarmado al percibir su ausencia los busqué por todo el local y, por suerte, no tardé en verlos bailando en el centro de la pista.

Aunque aquello más que un baile era un manoseo descarado, la falda de Laura estaba totalmente levantada sobre su cintura dejando a la vista una seductora tanguita negra y Gabriel le agarraba el culo. Por su parte, Laura sujetaba a Gabriel por el cuello y se morreaban con desesperación. A su alrededor varios hombres observaban la escena mientras una mujer se separaba de su pareja para mirar a Laura con envidia.

Mis sentidos estaban adormecidos de modo que no recuerdo cuanto tiempo estuvieron, pero cuando regresaron a la mesa, Laura ya sólo llevaba puesta su minúscula tanguita. Su vestido y su sujetador descansaban en un taburete junto a la barra. Gabriel se había quitado la camiseta y exhibía unos pectorales muy marcados y completamente depilados, como su cabeza.

–¿Vienes? – me dijo Laura alargándome la mano. Se la agarré y me vi arrastrado hacia el interior. Tras cruzar un par de puertas me encontré en absoluta oscuridad.

La mano con la que agarraba a Laura era la única conexión con la realidad ya que la oscuridad era tan absoluta que empecé a marearme. Laura se tumbó y yo hice lo mismo a su lado. A mi alrededor se oían jadeos, venían de todas las direcciones provocándome una sensación de desorientación aún mayor.

En aquel momento, la mano que me unía a Laura era como el cordón umbilical que une al bebé con su madre. Y yo era el bebé. La sujetaba con fuerza, casi con desesperación, hasta que, repentinamente, se soltó. De nuevo perdí la orientación, palpé en todas direcciones, alcancé a tocar varios cuerpos, no sabía si eran hombres o mujeres, otras manos me tocaron y recorrían mi cuerpo sedientas.

Un pecho se acercó a mi boca y lo lamí como si fuera un lactante, ¿era Laura? ¿Dónde estaba Laura?

–¿Laura? – pregunté, pero por respuesta sólo llegaron a mí jadeos de todas las direcciones.

–¿Qué hace ese cornudo aquí? – dijo una voz profunda. Entonces me sentí arrastrado y, aturdido como estaba, no pude resistirme hasta que, sin saber cómo, me encontré de nuevo en la discoteca.

Miré a mi alrededor, confuso y desorientado, intenté regresar, pero las luces de la discoteca me deslumbraban. ¿Laura? ¿Dónde estás Laura? Me preguntaba. De repente el mundo empezó a girar sin sentido y mareado, prácticamente me arrastré hasta los aseos. Remojé mi cara, mi nuca con agua fría y me miré en el espejo.

Tras remojarme recuperé ligeramente el ánimo y pude mantener el equilibrio con relativa normalidad. Salí de los aseos y me dirigí directamente hacia la puerta que daba acceso a las zonas reservadas, pero el vigilante se interpuso.

–Sólo parejas o hombres acompañados– dijo con autoridad.