Sola, cachonda y cabreada
Cincuenta años, sola y con el deseo encendido. Entra en la cabina buscando placer, pero el mundo exterior no tarda en colarse. ¿Podrá mantener su secreto cuando la puerta se convierte en un espejo de su propia vergüenza?
Perdonad, he estado liada...
Os decía el otro día, me habían dejado en el andén, sola. Cabreada y cachonda.
Mientras hacía equilibrios en las escaleras mecánicas, iba maquinando qué hacer. La opción de acercarme al Corte Inglés, para arreglarme un poco en el lavabo, se me antojaba la mejor opción. Ahora bien, también me parecía la opción más cutre. Como de señora señorona. Qué iba a hacer allí? Acomodarme las bragas y limpiarme el muslo? Era tan deprimente la idea.. Que mi cabecita loca se puso a trabajar a toda castaña.
A ver, opciones... Qué quieres en realidad? Tener un buen orgasmo, no? Pues piensa cómo darte una alegría rápida.
Las tres y cuarenta, acabábamos de comer. No era una buena hora para ponerme a llamar a nadie y tampoco para buscar algún sitio, cercano, donde echar un copa y esperar a que algún extraño se fijara... Demasiado complicado. Necesito algo más urgente.
Y entonces se me encendió una luz. A ver, si no recuerdo mal, bajando Juan Güell, cruzo por Violante de Hungría, salgo a... Carlos III y, bajando hasta la carretera de Sants, allí había un sex shop. Recuerdo haber estado varias veces allí de joven. Tenía una entrada por un pasadizo lateral, así no tenías que entrar por la puerta principal, que es un cante, que llevaba directamente a la zona de cabinas. Entro, me encierro y le echo unos eurillos, me pongo una cinta de porno guarro, me siento en el butacón y, vamos.. me voy a hacer un dedo que me van a oír desde la calle. Luego, con la penumbra me arreglo y me voy super relajada.
El plan pintaba bien. Apresuré el paso. Cuando llegué todo seguía igual que treinta años antes. Igual más limpio. Con ese olor característico a ambientador industrial de puticlub, las mismas cabinas sombrías, el mismo sistema sobre las puertas, una luz led verde, cabina libre, led rojo, cabina ocupada. Muchas en verde. Mejor..
Elegí, mira tú qué suerte, una que estaba semi escondida en una esquina del pasillo. La recordaba con nostalgia, pues tres décadas atrás, justo en ese nimio espacio había disfrutado mucho.
Me senté en el butacón de skay. Nada más sentarme sentí que se me adherían los muslos a la tela. Aquello me puso muy caliente.. Aún estaba tibia al tacto, por lo que deduje que hacía muy pocos minutos que alguien había estado allí sentado también. Miré alrededor, buscando pistas. Rápidamente confirmé mis pesquisas. En un lateral de la pantalla se veía un goterón blancuzco deslizándose hacia el suelo dejando un efímero rastro como el que deja un caracol y, en la papelera había una bola de papel higiénico arrugada. Mientras intentaba adivinar si la corrida pertenecería al chaval o al vejete con los que me crucé en la entrada del pasadizo, noté como se me encharcaban la bragas. Me reincorporé despacio, escuchando ese sonido sordo que produce la tela de skay cuando se despega de la piel y, de pié y a tientas me las quité y me volví a sentar. Ahora si, levantándome la tela de la falda para plantar las nalgas directamente sobre el asiento y abrir las piernas lo suficiente como para ver el reflejo de mi coño abierto, reflejado en la pantalla todavía oscura, pues aún no había introducido ninguna moneda.
Saqué el monedero y me puse a rebuscar. Joder, una moneda de dos euros, tres de uno y una de cincuenta céntimos. Tendría que elegir rápido la película porque no había para muchos minutos.
Cursor arriba, cursor abajo (para quién no conozca éstas cosas, cosas que dudo en este foro, los butacones tienen, a la izquierda, dos teclas, con ellas vas cambiando de canal. Obviamente están pensadas para un público diestro). Como decía, cursor arriba, cursor abajo... Para cuando llegué a una que pensé podía motivarme lo suficiente ya sólo me quedaban dos minutos quince. ME CAGO...
El exabrupto debió de oírse más de lo que yo hubiera deseado porque a los cinco segundos una vocecilla cortés pero aflautada sonó a través de la puerta.
- Sra? Sra, se encuentra bien?
Madre mía, qué bochorno. Y me llama señora, luego sabe que soy mujer. Si lo sabe es porque me habrá visto por alguna cámara y por lo tanto... Menuda tarde llevo. Manoseada en el metro, abandonada en un andén y sin bragas en un sex shop.
- Monedas!!
Fue lo único que se me ocurrió, prácticamente, susurrar a través de la puerta.
A través de una rendija de la puerta entreabierta hicimos el trapicheo de cambiar un billete de veinte por el equivalente en monedas de euro. Mientras el tipo, un cuarentón acetrinado, con uñas largas y sin cuidar intentaba ¿Tranquilizarme? Con un:
- No se sienta vd turbada, ésto es lo normal.
"Lo normal", me reí para adentro, pensando cuánto de normal tendría que una mujer con los cincuenta ya cumplidos, encerrada en la cabina de un sex shop, sin bragas, con la clara intención de masturbarse, y con el beneplácito del susodicho además, porque para qué iba a estar allí si no? Lo normal, decía. A saber qué conversaciones tenía ese fulano con su esposa cuando llegase a su casa después del trabajo!!
Para qué os voy a contar más. De la bajona que me dió se me cerró, literalmente, el chocho. Aún le eché algunas monedas, por disimular y hacer tiempo. Después de todo no conseguí hacer nada. Me resigné, me volví a poner las bragas, ahora, además, húmedas. Metiendoseme por la raja a cada paso.
Salí de allí rauda por el pasadizo. Intentando no alzar la cabeza para no ser vista por las cámaras y mantener algo de dignidad, mientras aquel tipo se debía estar acariciando a mi salud.
Llegué a casa a media tarde. Me duché y me metí en la cama. Cuando llegó Alberto fingí estar dormida.
Mañana será otro día.
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