Xtories

Tres Canciones, Tres Relatos

Mientras ella se ajusta el vestido para irse con otro, él la detiene para un último adiós que sabe a despedida definitiva. En otro lado, la experiencia de una mujer madura se convierte en la obsesión de un hombre joven que no se conforma con una sola noche. Y en la playa, una mujer cuya reputación precede su cuerpo demuestra que el placer no tiene precio, ni límites, ni monogamia.

Dolores381.6K vistas

El ladrón de mi vida

Mirándote a los ojos, juraría que tenés algo nuevo que contarme. Tus pupilas brillan con ese fulgor culpable, como si guardaras el secreto de una concha recién cogida por otra verga. Estás ahí, frente al espejo del dormitorio, ajustándote el vestido gris que se pega a tus tetas firmes y a ese culazo que yo he lamido tantas noches. Empezá ya, mujer, no tengas miedo. Decime cómo te ha puesto esa pija ajena entre las piernas. Quizá para mañana sea tarde, y él te coja de nuevo hasta que te corras gritando su nombre.

Te miro mientras te pintás los labios, rojos como la sangre que me hierve en las venas. —¿Y cómo es él? ¿Es un tipo alto, con una verga gruesa que te llena la concha hasta el fondo, como la mía nunca pudo? ¿O es bajito pero con huevos cargados, que te eyacula chorros calientes adentro? —Pregúntale por qué ha robado un trozo de mi vida, ¡es un ladrón! Que me ha robado todo: tus gemidos, tus jugos, esa forma tuya de arquear la espalda cuando te penetran duro.

Recuerdo la primera vez que te cogí. Fue en esta misma cama, con las sábanas revueltas y tu concha chorreando. Te abrí las piernas de un tirón, te metí dos dedos hasta el fondo y te saqué los primeros chorritos de leche.

— ¡Cógeme más fuerte, carajo! —me pediste, y yo te embestí con mi pija tiesa, sintiendo cómo tu concha me ordeñaba. Te corriste tres veces esa noche, apretándome la verga con espasmos que me hicieron explotar dentro. Pero ahora, todo eso es de él. Él te ha robado mis mañanas de mamadas, cuando te arrodillabas y me chupabas la pija hasta tragarte todo el semen.

Arréglate, mujer, se te hace tarde. Y llévate el paraguas, por si llueve. Él te estará esperando para amarte... o mejor dicho, para cogerte como una puta. Imagino la escena: llegás a su departamento, empapada no solo por la lluvia, y él te arranca el vestido gris de un tirón. Te empuja contra la pared, te baja la tanga y te mete la lengua en la concha sin piedad.

— ¡Qué rica estás, concha mía! —te dice mientras te lame el clítoris hinchado. Vos gemís, abrís las piernas más, y él te clava la verga de una estocada, follándote contra la puerta hasta que temblás y chorreas.

Yo estaré celoso de perderte. Celoso como un hijo de puta, pensando en cómo te abre el culazo para meterte los dedos, preparándote para un anal profundo. ¿Se enamora de vos en qué lugar? ¿En un bar sucio, donde te besó por primera vez y te palpó la concha por debajo de la falda? ¿O en su cama, después de una mamada épica donde le lamiste los huevos hasta que te pintó la cara de leche? ¿De dónde es? ¿Un chileno con pija curva que te raspa el fondo de la concha? ¿Un colombiano que te coge con ritmo de salsa, haciendo que rebotes sobre su verga?

—¿A qué dedica el tiempo libre? A cogerte, seguro. A comerte la concha hasta que grites, a ponerte a cuatro patas y azotarte el culazo rojo mientras te penetra. Pregúntale por qué me ha robado todo. Por qué te ha convertido en su zorra personal, en una hembra que se moja solo con pensar en su semen adentro. Y abrigate, te sienta bien ese vestido gris. Se pega a tus pezones duros, marca el camellito de tu concha depilada. Sonríe en el espejo, que no sospeche que has llorado por mí... o por la pija que extrañás.

Pero no te vayas todavía. Dejame olerte una última vez. Te doy vuelta, te subo el vestido y te entierro la cara en el culo. Lamo tu concha desde atrás, saboreando los restos de tu excitación matutina.

—¿Estás mojada por él o por mí? —te pregunto mientras te meto la lengua profunda.

—Por los dos, cabrón —jadeas, y me empujás la cabeza contra tu clítoris. Te como con rabia, chupándote los labios mayores, mordisqueando el ano hasta que chorreas en mi boca. Mi pija se para dura como piedra, y te la meto de golpe, cogiéndote contra el espejo.

¡Mierda, cómo apretás! Tu concha me succiona, resbaladiza y caliente, mientras te miro llorar de placer.

— ¡Cógeme más, no pares! —suplicás, y yo te embisto como un animal, sintiendo tus tetas rebotar. Te pellizco los pezones, te azoto el clítoris con los dedos, y exploto adentro tuyo, llenándote de semen espeso. Chorros y chorros, hasta que gotea por tus muslos. Pero esto es el adiós. Él te espera para hacer lo mismo, pero mejor.

Y dejame que vaya preparando mi equipaje. Mientras, perdoname si te hago otra pregunta. ¿Y cómo es él? ¿Te coge la garganta hasta que te ahogás en saliva y semen? ¿Te pone de perrito y te abre el culazo con la verga lubricada por tu propia concha? Contame, mujer. Decime cómo te corriste la primera vez con él. ¿Fue en su auto, con las ventanas empañadas, chupándote la pija mientras te metía dedos en el orto? ¿O en la ducha, con el agua cayendo mientras te follaba contra los azulejos, tu concha palpitando alrededor de su grosor?

Imagino los detalles morbosos. Él te tumba en su cama king size, te ata las manos con su corbata y te come las tetas a mordiscos.

—Abre esa concha para mí —te ordena, y vos obedecés, mostrándole el interior rosado y húmedo. Le das una mamada profunda, lamiendo desde la base hasta el glande, tragándote sus huevos peludos. Él gime, te agarra del pelo y te folla la boca como si fuera tu concha. Luego te voltea, te escupe en el ano y te mete la verga despacio, centímetro a centímetro, hasta que estás empalada gritando de dolor y placer.

— ¡Es tan grande, me parte el culo! —pensás, pero te encanta. Él acelera, azotándote las nalgas hasta dejarlas moradas, y vos te corrés analmente, con la concha vacía chorreando sola. Te desata, te pone a caballito y rebotás sobre su pija, tus tetas saltando en su cara. Él te chupa los pezones, te mete dedos en la concha y en el culo al mismo tiempo, follándote en doble penetración casera. Explota adentro de tu concha, mezclando su semen con el mío que aún goteaba.

¿En qué lugar se enamoró de vos? ¿En un motel de mala muerte, donde te cogieron toda la noche en todas las posiciones? ¿O en su oficina, sobre el escritorio, con tu concha abierta y papeles volando? ¿De dónde es ese hijo de puta? ¿Brasileño, con una verga mulata que te estira como nunca? ¿Mexicano, que te hace squirt con su lengua experta? ¿A qué dedica el tiempo libre? A grabarte cogiendo, a mirarte el video mientras se pajea, a planear cómo robarte más orgasmos.

Pregúntale por qué ha robado un trozo de mi vida. ¡Es un ladrón que me ha robado todo! Tus noches de sexo salvaje, tus mañanas de corrida matutina, esa forma tuya de mojar las sábanas con chorros interminables. Pero antes de irte, una última cogida morbosa para despedirnos. Te tiro en la cama, te ato las muñecas con mi correa y te abro las piernas como un libro porno. Te meto la verga en la concha de un empellón, follándote con odio y lujuria.

— ¡Decime que soy mejor que él! —te exijo mientras te penetro profundo.

— ¡Sí, tu pija me destroza más! —gritás, pero mentís. Te azoto la concha con la palma abierta, te meto tres dedos en el culo y te cojo el doble. Sentís mi verga hincharse, pulsar, y me corro adentro, pintando tu útero de semen caliente. Vos explotás también, squirteando como una fuente, mojando mi pecho y la cama. Nos quedamos jadeando, sudorosos, con el olor a sexo impregnando el aire.

Ahora sí, andate. Él te espera para repetir todo, pero con su toque. Yo me iré, con el equipaje y el corazón robado, pero con el recuerdo de tu concha apretándome por última vez. Quizá mañana sea tarde para todo... pero esta noche, que te coja pensando en mí.

***** Relato inspirado en: ¿Y cómo es él? de José Luis Perales (1982)

***

Señora de las cuatro décadas

La vi por primera vez en ese bar de mala muerte, con sus pisadas de fuego al andar. Cuatro décadas encima, pero carajo, qué hembra. Su figura ya no era la de los quince, eso era obvio: tetas grandes y caídas que pedían ser chupadas, una panza blanda con esa grasa abdominal que los aeróbicos no quitaban ni por asomo, y hilos de plata en el pelo que brillaban como invitación a jalarlos mientras la cogía por detrás. Pero el tiempo no marchitaba esa sensualidad volcánica. Sus ojos me taladraban, prometiendo un infierno de placer.

Yo tenía treinta, diez años menos, y desde ese momento soñaba con ella.

—Señora —le dije acercándome—, no le quite años a su vida, póngale vida a los años que es mejor.

Ella rió, con esa risa ronca que me puso la pija dura al instante.

—Chico, ¿qué querés? —me soltó, pero sus ojos bajaban a mi entrepierna. No perdí tiempo. La invité a mi depto., y ella, con esa fuerza en la mirada, dijo que sí.

Entramos y la besé como un animal. Sus labios carnosos sabían a experiencia, a conchas bien cogidas en el pasado. Le metí la lengua hasta el fondo, mientras mis manos bajaban a esas tetas pesadas. Las apreté fuerte, sintiendo los pezones endurecerse bajo la blusa.

—Quítate todo, señora —le ordené, y ella obedeció, desabrochando despacio, dejando ver esas ubres maduras, venosas, con aureolas grandes y oscuras. Le chupé un pezón, mordiéndolo hasta que gimió:

— ¡Ay, carajo, seguí!

La tiré en la cama, boca arriba, y le abrí las piernas. Esa concha madura, con labios gruesos y un clítoris hinchado asomando, estaba empapada. Pelo púbico grisáceo enmarcándolo todo, olor a hembra en celo.

—Mirá cómo te ponés húmeda, puta de cuarenta —le dije, metiendo dos dedos adentro. Estaba tan jugosa que chapoteaban. Ella arqueó la espalda, agarrándome la cabeza:

— ¡Lamí mi concha, pendejo, lamí hasta que me corra!

Le comí el coño como si fuera mi última cena. Lengua en el clítoris, chupando fuerte, dedos revolviendo esa vagina experimentada que se contraía alrededor mío. Sabía a sal y deseo acumulado. Ella gritaba:

— ¡Sí, así, comé esta concha vieja, haceme explotar!

Se corrió rápido, rociándome la cara con chorros calientes, temblando como poseída.

—Ahora cojeme, dame esa verga joven —suplicó.

Me saqué los pantalones y le mostré mi pija tiesa, venosa, goteando precum.

—Mirá lo que te provoca, señora.

Ella la miró con hambre, abriendo la boca. Se la metí hasta la garganta, cogiéndole la cara como a una puta barata. Tosía, babeaba, pero no paraba:

— ¡Dame más, ahogame con esa pija dura!

Le follé la boca hasta que las bolas me dolieron.

La puse en cuatro, ese culo grande y blando perfecto para azotar. Le pegué fuerte, dejando marcas rojas.

—Este orto es mío ahora —gruñí, escupiendo en su concha para lubricar. Le metí la verga de un empujón, hasta el fondo. ¡Putos dioses, qué apretada estaba esa concha madura! Se movía contra mí, pidiéndome más:

— ¡Cogeme duro, rompéme la concha, hacé que sienta esas cosquillas de hace veinte años!

La embestí como un toro, bolas golpeando su clítoris, manos en sus caderas anchas. Sudaba, gemía soez:

— ¡Sí, meté esa pija gruesa, llename el útero!

Le metí un dedo en el culo mientras la cogía, abriéndole ese ano arrugado.

—Querés por atrás también, ¿no, zorra?

Ella asintió, loca:

— ¡Sí, cojeme el culo, hacé lo que quieras con esta hembra de cuarenta!

Saqué la pija de la concha, chorreante de sus jugos, y se la apoyé en el orto. Empujé despacio, sintiendo cómo cedía. Entró apretada, caliente, envolviéndome.

— ¡Carajo, qué culo virgen tenés! —mentí para excitarla más. La cogí anal fuerte, tironeando sus hilos de plata, azotándole las nalgas. Ella se retorcía:

— ¡Me estás partiendo, seguí, haceme tu puta!

Cambiamos posiciones mil veces. La puse a cabalgarme, esas tetas rebotando en mi cara mientras su concha tragaba mi verga entera. Le chupaba los pezones sudorosos, mordiendo.

—Sentí las cosquillas, señora, como cuando eras pendeja —le dije, y ella gritó al correrse otra vez, apretándome la pija con espasmos. Yo no aguanté:

—Me vengo, puta, te lleno la concha de leche joven.

Le clavé hasta el fondo y exploté, chorros calientes inundándola. Se corrió conmigo, mezclando nuestros jugos. Caímos exhaustos, pero no paramos. Esa noche la cogí tres veces más: una en la ducha, con agua corriendo por su panza blanda mientras le metía dedos en la concha y el culo; otra en la cocina, contra la mesada, comiéndole el orto hasta que me rogó pija; y la última al amanecer, misionero lento, besándonos como amantes, mi verga revolviendo su semen viejo adentro.

— ¿Ves, señora? No insistas en volver a los treinta. Con tus cuarenta y tantos dejas marcas por donde vas. Sos dueña de mi pija ahora —le susurré, mientras ella me acariciaba, prometiendo más. Soñaba con ella cada noche, imaginando cómo enamorarla del todo. Para eso, solo tenía que seguir cogiéndola así, morboso y sin piedad, celebrando cada arruga, cada grasa, cada experiencia que la hacía la amalgama perfecta de juventud y vicio.

Pero no paró ahí. Volvió al día siguiente, vestida con un escote que apenas contenía esas tetas.

—Quiero más, chico. Mostrame qué más sabés hacer con esta concha madura.

La llevé al balcón, al atardecer, y la puse contra la baranda. Le subí la pollera, sin bombacha, y vi esa concha hinchada, lista. Le metí cuatro dedos de una, fistando despacio esa vagina elástica.

— ¡mierda, entras todo, seguí abriéndome! —chillaba, mientras vecinos podían oír.

Le chupé el culo desde atrás, lengua metida en el ano, mientras le pajeaba la concha. Luego, la verga adentro, cogiendo al aire libre, riesgo de que nos vean. Ella amaba eso:

— ¡Que miren cómo me cogés, haceme gritar!

Se corrió escandalosa, y yo le llené el culo de porra, viendo cómo goteaba por sus piernas gordas.

Noches después, la invité a un motel. Ahí sí, todo explícito. La até a la cama con medias, vendada. Le unté la concha con miel y se la comí entera, lamiendo hasta el clítoris palpitante. Luego, juguetes: un vibrador grueso en su concha, mi pija en la boca, y un plug en el culo. Gemía como loca:

— ¡Me estás reventando, dame todo, soy tu puta de cuatro décadas!

La desaté y la puse en el espejo, para que viera cómo la cogía.

—Mirá tu cara de zorra, con esta verga joven partiéndote.

Le metí por delante y por detrás alternando, hasta que su concha y culo chorreaban. La hice squirtar tres veces, mojando las sábanas. Yo me vine en sus tetas, pintándolas de blanco espeso.

Cada encuentro era más morboso. Una vez, en su casa, con su marido de viaje. Me abrió la puerta en tanga, panza al aire.

—Cojeme en su cama —pidió. La tiré ahí, oliendo a otro, y la follé salvaje. Le metí la pija en la concha mientras le contaba guarradas:

—Pensá en él llegando y oliendo mi semen en tu concha traidora.

Se corrió histérica, arañándome la espalda.

Exploramos todo: pis en la boca (ella me meó mientras la cogía, yo le devolví el favor, caliente y salado en su cara), azotes hasta marcas, mordidas en el cuello. Le lamí los pies sudorosos, chupé sus dedos mientras le metía verga. Ella me pajeaba con tetas, lubricando con saliva, hasta sacarme la leche.

— ¿Qué tengo que hacer para que te enamores, señora? —le preguntaba siempre, entre corridas.

—Seguí cogiéndome así, pibe. Sos mi droga.

Y yo soñaba con eso: su concha eterna, su culo hambriento, esa fuerza volcánica. No le quitaba años a su vida; le ponía vida a los años, cogiéndola hasta el amanecer, morboso, explícito, sin fin.

Pasaron semanas de vicio puro. Una noche, en un parque oscuro, la puse de rodillas.

—Chupame la pija al aire libre, puta.

Ella lo hizo, tragándosela entera, bolas en la boca, hasta que le corrí en la garganta. Luego, contra un árbol, le abrí el culo y se la metí cruda, embistiendo mientras le tapaba la boca para no gritar.

—Sentí esas cosquillas, como hace veinte años —le dije, y ella asintió, corriéndose con temblores.

En su auto, estacionados, me la hizo con la mano mientras yo le metía dedos en la concha y el orto.

—Mirá cómo te mojo el asiento, soy una guarra por vos.

La cogí en el asiento trasero, piernas en el techo, verga golpeando su cérvix. Chorros de concha en cascada.

Llegamos al clímax en una escapada a la playa. Noche cerrada, arena fría. La desnudé, su cuerpo maduro brillando a la luna: tetas colgando, panza temblando, concha depilada solo arriba con gris. La comí entera, arena pegada a la piel. Luego, la cogí de lado, pija en concha, dedos en culo, besos sucios.

—Te amo así, señora, con tus cuatro décadas de vicio.

Se corrió gritando al mar, y yo le llené la panza de semen, frotándolo en su grasa abdominal.

Ahora, cada día sueño con ella. Imaginate, señora, que no hablo de otra cosa. ¿Qué tengo que hacer para verte enamorada, diez años menor pero con pija eterna para tu concha? Solo seguir poniéndole vida a tus años, cogiéndote morboso, explícito, hasta que seas mía para siempre.

***** Relato inspirado en: Señora de las 4 décadas de Ricardo Arjona (2014)

***

La Bombacha Veloz

En el barrio todos la conocían como la muchacha precoz. Catalina, con su piel siempre brillante de sudor, ya sea bajo el sol abrasador o en la sombra fresca de los callejones. Transpiraba como si su cuerpo ardiera por dentro, gotas resbalando por su cuello, entre sus tetas grandes y firmes, bajando hasta perderse en el monte de su concha. Pero nunca se entregaba gratis; solo por amor o por un buen fajo de billetes. Aunque en el barrio la bautizaron “Bombacha Veloz” porque su ropa interior siempre parecía lista para volar, y porque cogía con una rapidez y un hambre que dejaba a los hombres temblando.

Una tarde de verano, Catalina se metió al mar completamente desnuda. El agua salada lamía su cuerpo desnudo mientras nadaba con brazadas lentas, sus tetas flotando como boyas, el culo redondo emergiendo cada tanto. Un grupo de muchachos juguetones la observaban desde la playa, vergas endureciéndose en sus shorts al ver cómo el agua hacía brillar su piel morena. Ella lo sabía, sonreía con picardía, abriendo las piernas bajo el agua para que las olas masajearan su concha hinchada. Uno de ellos, un tipo grandote con plata de sobra, se acercó nadando y le ofreció una casa en la playa y un reloj de oro reluciente.

—Vení conmigo, Catali, y te cojo toda la noche —le dijo con la voz ronca.

Ella rió, lo miró de arriba abajo fijándose en la verga gruesa que asomaba en el agua, y aceptó. Desde esa tarde, el apodo pegó fuerte: Bombacha Veloz, la puta del barrio que se abría de piernas por un capricho o un cheque al portador.

Catalina no era de las que se conformaban con lo básico. Cuando nadie la observaba, se ponía a cantar boleros calientes mientras se afeitaba la entrepierna con las rocas afiladas del mar. Se sentaba en una piedra lisa, abría las piernas hasta que su concha quedara expuesta al aire salado, y frotaba con cuidado las piedras contra los pelos negros y rizados. El roce la ponía cachonda, el clítoris endureciéndose como un botoncito rosado, jugos mezclándose con la arena. Pero a veces se olvidaba de pasarse jabón, y el olor a salmón fermentado se esparcía desde su entrepierna, un aroma fuerte de concha sudada y sal marina que volvía locos a los que se acercaban.

—Huele a pescado fresco, pero me encanta —le decían algunos, enterrando la nariz antes de lamerla hasta el fondo.

Su fama creció como espuma. Los hombres del barrio la buscaban en las noches de luna llena. Catalina seducía con una facilidad perversa: ojos negros que prometían infiernos húmedos, labios carnosos que chupaban vergas como si fueran helados derretidos. Una noche, en mis brazos —porque yo era el único que la tenía de novio, aunque compartida—, se acunaba desnuda contra mi pecho. Su sudor se pegaba a mi piel, tetas aplastadas contra mí, concha rozando mi muslo. El novio la retaba por las cogidas extras, pero ella aceptaba cualquier tarjeta de crédito o cheque.

—Al que paga con cheque no le entrego el rosquete —reía, apretando su culo contra mi verga dura. Esa noche la cogí fuerte, embistiéndola de perrito en la arena, mientras gemía:

—Dale, metémela hasta el fondo, que mi concha te aprieta como un guante.

Pero Catalina era insaciable. Nunca se quejaba si le mordían la oreja, el cuello o los pezones duros como piedras. Tenía mal aliento por los pimientos que devoraba crudos, un hedor picante que mezclaba con su saliva espesa al mamar pijas.

—Chupámela toda, Catali, tragá hasta las bolas —le pedían, y ella lo hacía: rodillas en la tierra, boca abierta, lengua lamiendo el prepucio salado, succionando hasta que la verga palpitaba y eyaculaba chorros calientes directo a la garganta. Si la metían en cana por alguna cogida pública, entregaba a la hermana menor, una putita de tetas pequeñas pero culo divino, para que la reemplazara.

La lambada era su baile favorito. Cuando bailaba, había que ver su empanada: concha abierta bajo la bombacha veloz, labios mayores hinchados rozando la tela húmeda, jugos goteando por los muslos. En una fiesta playera, se subió a una mesa, caderas ondulando, tetas saltando libres. Un grupo de tipos la rodeó, manos por todos lados.

—Sácate todo, Bombacha —gritaron. Ella se bajó la bombacha de un tirón, mostrando la concha afeitada, rosada y reluciente. Se masturbó ahí mismo, dedos hundiéndose en el hueco chorreante, clítoris frotado hasta gritar. Luego eligió al más dotado: una verga venosa de 20 centímetros, gruesa como un antebrazo.

—Cógeme de una, papi —le dijo, montándolo en reversa. Su culo rebotaba contra el vientre del tipo, concha tragándose la pija entera, pedos vaginales sonando con cada embestida. Los demás miraban, pajeros furiosos, mientras ella eyaculaba squirt sobre la arena, chorros transparentes salpicando.

—Y si te estás enamorando, primero gatillando —decía siempre—. No caigas sin probar. Si te sobra dinero, llevate un compañero para compartirla; la veían doble penetración, una pija en la concha y otra en el culo, gritando de placer mientras el sudor y los jugos volaban. Si no tenés plata, búscate una barata en el barrio, pero ninguna como ella. Y si hay dolor y mareos después de cogérsela, andá a hacerte un chequeo: su concha apretaba tanto que dejaba vergas magulladas, bolas vacías por días.

Una vez, en la casa que le regalaron, organizó una orgía. Llegaron diez hombres, vergas de todos tamaños, duros como fierros. Catalina, desnuda y transpirando, se arrodilló en el centro.

—Vengan, que mi boca es un pozo sin fondo.

Chupó una por una: labia envolviendo glande, lengua girando alrededor del frenillo, garganta profunda hasta las bolas peludas. Saliva espesa chorreaba por su barbilla, mezclada con precum salado. Luego se tendió en la cama, piernas en V, concha expuesta con ese olor a salmón que los enloquecía.

—Uno en la concha, otro en el culo, y el resto pajeen sobre mis tetas.

La cogieron en tanda: el primero la penetró salvaje, pija hundiéndose hasta el cuello uterino, sacándola chorreante de crema blanca. El segundo en el orto, lubricado con sus propios jugos, estirando el ano rosado hasta que pedos anales escapaban. Gritaba:

— ¡Más adentro, rasguéame el culo con esa verga gorda!

Los otros se pajeaban, eyaculando sobre sus tetas sudorosas, semen caliente resbalando por los pezones.

Pero no todo era pago. Por amor, se entregaba a mí con una ternura morbosa. En la playa de noche, bajo la luna, me montaba despacio. Su concha, aún oliendo a mar y sexo viejo, me engullía centímetro a centímetro.

—Sentí cómo te aprieto, amor —susurraba, caderas girando, clítoris frotándose contra mi pubis. La cogía lento al principio, luego bestial, manos en sus nalgas separándolas para ver cómo mi verga desaparecía en su hueco rosado. Ella se corría primero, concha contrayéndose en espasmos, squirt mojando mis bolas. Yo la llenaba después, semen caliente inundando su útero, goteando por sus muslos cuando me sacaba.

Catalina bailaba lambada en mi memoria incluso cuando no estaba. Recordaba una vez que la pillé afeitándose: sentada en la roca, piernas abiertas, piedras raspando los labios de la concha.

—Mirá cómo me dejo suave para que me lamas mejor —dijo. Me arrodillé y la devoré: lengua en el clítoris, sorbiendo jugos salados, dedos metidos en el culo mientras ella gemía. Olía a salmón crudo, pero me ponía la verga como hierro. La puse de cara al mar, de perrito, y la cogí mientras olas lamían nuestros pies.

— ¡Dale en la concha, después en el culo! —pedía. Cambié agujeros sin piedad, verga lubricada pasando de uno a otro, hasta que su ano se abrió como una flor carnosa, tragándome entero.

En el barrio corrían historias peores. Una vez, con su hermana: la cana las agarró por prostitución en la playa. Catalina delató a la pendeja para salir libre.

—Ella tiene la concha más apretada, comisario, pruébela —dijo. La hermana, de 18 años, tetas chicas pero concha lampiña, terminó chupando la pija del policía mientras Catalina miraba riendo. Luego las dos se cogieron mutuamente con los dedos, lenguas en conchas hermanas, hasta que el tipo las penetró a ambas, alternando verga entre orificios familiares.

Sus noches de pimiento la dejaban con aliento fiero, pero no importaba.

—Abrí la boca y Chupámela igual —ordenaba a los clientes. Ellos lamían su concha primero, nariz hundida en el olor a pescado y sudor, lengua recogiendo crema espesa. Ella les devolvía con mamadas profundas, bolas en la boca, dedos en el culo prostateando hasta ordeñarles el semen.

La orgía en la casa escaló: la pusieron en un columpio improvisado, piernas atadas abiertas, concha y culo accesibles. Rotaban: uno cogiendo concha misionero, verga saliendo cubierta de espuma blanca; otro en el orto, bolas golpeando clítoris.

— ¡Llénenme de leche, que mi útero es un tanque! —gritaba. Eyaculaciones internas la desbordaban: semen goteando de ambos agujeros, mezclado con sus jugos. Se masturbaba con cuatro dedos en la concha mientras un tipo le meaba encima, orina caliente lavando el sudor y el olor a salmón.

Yo la reclamaba después, celoso pero cachondo.

—Sos mía, Bombacha —le decía cogiéndola contra la pared, pija en su culo mientras ella se tocaba la concha.

—Sí, pero cobro por todo —reía, contrayendo ano alrededor de mi verga. La mordía la oreja, ella gemía sin quejarse, mal aliento mezclándose en un beso soez.

Catalina seguía transpirando, bombacha siempre veloz. En el mar desnuda, cantando, afeitándose, seduciendo. Si enamorabas, gatillá primero. Con plata, compañero; sin plata, barata. Dolor? Chequeo. Bombacha Veloz, eterna puta del mar.

Sus fiestas lambada terminaban en bacanales. Bailaba empanada al aire, concha abierta, invitando pijas. Una noche, cinco vergas la rodearon: dos en la boca alternando, una en cada mano pajera, una en concha y otra en culo.

— ¡Doble en todos lados! —pedía. Gemía ahogada, cuerpo temblando en orgasmos múltiples, fluidos por todos lados: saliva, semen, squirt, sudor.

Incluso sola se ponía morbosa. Se metía rocas lisas en la concha, frotándolas hasta correrse, olor intensificándose.

—Probá, amor, sabe a mar y concha —me ofrecía los dedos jugosos.

La Bombacha Veloz era adictiva. Su concha apretaba, su culo tragaba, sus tetas rebotaban. Todos la querían, pero solo por amor —o plata— se entregaba entera, explícita, sin límites.

***** Relato inspirado en: Bombacha Veloz de Macaferri & Asociados (Pablo Granados) (1992)