La limpiadora que quería ensuciarse
Paz siempre limpió las casas de los demás, pero nunca su propia soledad. Hasta que Acemps, el dueño de la casa, decidió que era hora de ensuciarla. No con lejía, sino con saliva, dolor y una penetración que le haría olvidar quién era.
Paz odiaba el olor a lejía, pero le encantaba el orden. Había algo terapéutico en llegar a una casa ajena, sumida en el caos, y dejarla impoluta. A sus 33 años, limpiar casas era su forma de ganarse la vida, pero también su escondite perfecto. Nadie miraba realmente a la chica de la limpieza. Nadie se preguntaba qué pasaba por la cabeza de esa morena de 1,69, rellenita, de sonrisa fácil y mirada tímida.
Estaba de rodillas frotando el suelo de mármol de un recibidor inmenso en una zona exclusiva de la ciudad. Su respiración era pesada. El uniforme que llevaba, una casaca azul y unos pantalones elásticos, se ceñía a su cuerpo, marcando sin piedad sus 110 de pecho y ese culo gordo y contundente que siempre chocaba con las esquinas.
Paz sabía que su cuerpo no era el de una modelo de revista, pero también sabía el poder que tenía. Sabía que sus curvas eran una invitación al pecado, una superficie blanda y cálida donde a los hombres les gustaba perderse. Pero su timidez la mantenía a raya. Vivía con sus padres, en una habitación que aún conservaba ecos de su adolescencia, sin un solo juguete sexual en el cajón de la mesilla. Paz no quería vibradores de plástico; Paz quería carne, peso y autoridad.
Se secó el sudor de la frente con el antebrazo. Al hacerlo, la casaca se desplazó, dejando ver en su clavícula la frase tatuada: «Todos somos locos a nuestra manera» y abajo, «Guerrera». Una letra de Melendi que definía su lucha interna. Era una guerrera sensible, una defensora de los derechos humanos y de los niños, una mujer que lloraba con las películas de animales... y que, en secreto, soñaba con ser atada y silenciada.
El sonido de unos pasos sobre el mármol recién fregado la hizo detenerse.
—Te has dejado una mancha —dijo una voz masculina, profunda y carente de amabilidad.
Paz levantó la vista. Sus ojos marrones verdosos, grandes y expresivos, se encontraron con los de Acemps. Él estaba de pie en el umbral, impecable, observándola desde arriba con esa superioridad que a ella le encogía el estómago y le mojaba las bragas al mismo tiempo.
—Perdón... —balbuceó Paz, su impulsividad habitual frenada por la presencia de él. Cogió el trapo para repasar una zona que ya estaba limpia.
—No en el suelo, Paz. En ti.
Acemps se acercó. Sus zapatos de cuero sonaron como martillazos en el silencio de la casa vacía. Paz se quedó congelada, arrodillada a sus pies, sintiéndose enorme y torpe.
—Tienes una mancha de soledad encima que no se quita con lejía —siguió él, agachándose hasta quedar a la altura de su cara. La miró intensamente, analizando sus mejillas sonrosadas, su boca carnosa y esa expresión de niña buena atrapada en el cuerpo de una mujer voluptuosa— Eres divertida, simpática, cariñosa... todo el mundo te adora, ¿verdad? La buena de Paz. La que cuida de todos.
Él estiró la mano y tocó la tela tensa de su pantalón, justo sobre la curva de su cadera ancha.
—Pero yo sé lo que llevas debajo de este uniforme de trabajadora honrada. Sé que no llevas bragas de abuela, Paz. Sé que ahí abajo, cubriendo ese culo que tanto pesa, llevas una tira de encaje minúscula.
Paz tragó saliva. Su corazón, ese que tenía tatuado en un espejo en el brazo derecho, empezó a latir desbocado. ¿Cómo lo sabía?
—Eres mi zorrita brasileña —susurró Acemps, bautizándola con el nombre que la perseguiría en sus sueños— Y hoy no has venido a limpiar mi casa. Has venido a que yo limpie tu conciencia.
Paz sintió un calor repentino en el vientre. Su timidez le decía que huyera, que volviera a la seguridad de la casa de sus padres. Pero su impulsividad, esa que la metía en líos, le hizo quedarse quieta, esperando la siguiente orden, deseando que él la tratara como el objeto sucio que en el fondo quería ser.
Paz seguía de rodillas, con el trapo húmedo en la mano, sintiendo cómo el mármol frío se clavaba en sus piernas a través de la tela del pantalón. Acemps la miraba desde arriba, una torre oscura e inamovible en medio de la luminosidad de la casa.
—Levántate —ordenó él. No fue un grito, fue una instrucción tranquila, como quien le habla a una mascota que sabe que va a obedecer.
Paz soltó el trapo y se puso de pie con cierta dificultad. Sus movimientos no eran gráciles; eran pesados, contundentes. Al erguirse, sus 110 de pecho parecieron llenar el espacio entre los dos, una barrera de carne suave y abundante que subía y bajaba con su respiración agitada. Se alisó la casaca azul por inercia, intentando cubrir sus caderas anchas, avergonzada de su propio volumen.
Acemps notó el gesto.
—No te tapes —dijo, dando un paso hacia ella— No estás aquí para esconderte. A diferencia de las modelos esqueléticas que salen en las revistas que probablemente limpias de las mesas, tú tienes sustancia. Tienes peso. Y a mí me gusta que haya donde agarrar.
Paz se sonrojó violentamente. Sus ojos marrones verdosos evitaron los de él, fijándose en el nudo de la corbata de Acemps.
—Soy... soy gorda —murmuró, su timidez habitual haciéndola encogerse de hombros.
—Eres abundante —corrigió él, acercándose hasta invadir su espacio vital. Levantó la mano y agarró su brazo izquierdo, girándolo para exponer la cara interna— "True Love". Amor verdadero. Y las iniciales de tus abuelos.
Sus dedos trazaron la tinta. Paz tembló.
—Eres una sentimental, Paz. Una romántica. Crees en el amor eterno, en cuidar a la familia, en que la gente se sienta bien contigo. Eres esa chica simpática y graciosa que siempre tiene una sonrisa para los demás, ¿verdad?
Soltó su brazo y su mano subió hacia el cuello, deteniéndose sobre la clavícula, justo encima del escote generoso que la casaca apenas contenía. Su dedo índice presionó sobre la palabra tatuada en cursiva.
—Guerrera —leyó Acemps con una ironía suave— Como la canción de Melendi. "Todos somos locos a nuestra manera".
Paz asintió, sintiendo el calor de su dedo quemando su piel. —Es... es porque hay que luchar. Por los derechos, por las injusticias...
—Sí, claro. La defensora de los derechos humanos —se burló él, acercando su rostro al de ella— Te pasas el día luchando ahí fuera. Te indignas cuando ves las noticias. Proteges a los niños, lloras con los perros abandonados. Eres pura empatía.
De repente, su mano bajó desde la clavícula, recorriendo el valle profundo entre sus pechos, pasando por su estómago blando, hasta llegar a su cadera. Con un movimiento rápido y posesivo, Acemps agarró un puñado de su culo gordo a través del pantalón.
Paz soltó un jadeo ahogado.
—Pero aquí dentro... —susurró Acemps al oído de ella— Aquí dentro estás harta de luchar. Estás harta de ser la guerrera fuerte. Aquí dentro, lo que quieres es perder todos tus derechos.
Apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne generosa de sus nalgas. Paz sintió una descarga eléctrica que fue directa a su entrepierna.
—Aquí dentro quieres ser una cosa. Quieres que te usen. Quieres que alguien te quite la responsabilidad de ser "buena gente" y te permita ser simplemente un agujero obediente.
—Sí... —confesó Paz, su voz apenas un susurro. La impulsividad le ganó a la vergüenza— Estoy cansada de ser buena.
—Lo sé. Por eso llevas esto.
Acemps deslizó su mano hacia la parte trasera de su pantalón. Sin previo aviso, metió la mano por dentro de la cinturilla elástica. Paz se tensó, esperando que él encontrara la ropa interior de algodón práctica que se suponía que debía llevar una limpiadora de 33 años que vive con sus padres.
Pero lo que encontró Acemps fue piel desnuda. Mucha piel desnuda. Y luego, una tira fina de encaje que se perdía entre sus nalgas grandes.
—Lo sabía —dijo él, con una satisfacción depredadora— Una braga brasileña. Minúscula. Ridícula para un culo tan grande y magnífico.
Tiró de la tira hacia arriba, provocando un roce agudo y placentero en la zona más sensible de Paz.
—Eres una contradicción con patas, Paz. Por fuera, la chica tímida y graciosa que vive con sus papás. Por dentro, mi zorrita brasileña esperando que alguien la descubra.
Paz cerró los ojos, dejándose hacer, sintiéndose atrapada entre la pared y el cuerpo de él. Le gustaba ese nombre. Odiaba que la definiera, y al mismo tiempo, le encantaba que él la hubiera reducido a eso: a su culo y a su ropa interior.
—No tienes juguetes en tu habitación, ¿verdad? —preguntó él, soltando la tira de golpe para que chasqueara contra su piel— Plaf.
—No... —gimió Paz— Me da vergüenza.
—Mejor. Porque no necesitas plástico. Tú necesitas que te escupan, que te aten y que te recuerden tu lugar. Y hoy, Paz, vas a aprender que ser una guerrera ahí fuera es compatible con ser mi puta aquí dentro.
Acemps la soltó y caminó hacia el salón principal, un espacio amplio con sofás de cuero y ventanales cerrados.
—Ven aquí —ordenó sin girarse— Deja los productos de limpieza. Hoy la única que va a terminar sucia eres tú.
Paz miró el cubo de la fregona, miró la puerta de salida... y luego miró la espalda ancha de Acemps. Su corazón de "True Love" latía con fuerza, pero sus bragas brasileñas estaban ya empapadas. La guerrera acababa de rendirse antes de empezar la batalla.
Paz entró en el salón con pasos vacilantes. Se sentía pesada, torpe, como si sus caderas amenazaran con tirar los jarrones caros solo con pasar cerca. Acemps ya estaba acomodado en el sofá de cuero negro, con las piernas abiertas, ocupando el espacio con esa autoridad natural que a ella le faltaba.
—Quítatelo —dijo él, señalando el uniforme azul de limpieza.
Paz dudó. Su timidez, esa que la hacía sonrojarse cuando alguien la miraba más de la cuenta en el supermercado, se activó. Se llevó las manos al borde de la casaca.
—Soy... soy ancha —balbuceó, intentando prepararlo para lo que iba a ver. No era una sílfide. Era carne, pliegues y suavidad.
—Lo sé. Te he visto fregar, Paz. He visto cómo te mueves. Y no quiero huesos. Quiero ver cómo tiembla todo eso. Quítatelo. Ahora.
La orden fue seca. Paz, impulsiva y complaciente, obedeció antes de que su cerebro pudiera protestar. Se subió la casaca por la cabeza. Sus pechos enormes, liberados de la tela pero aún atrapados en un sujetador color carne funcional y poco sexy, cayeron con peso. 110 centímetros de contorno que parecían pedir a gritos ser sujetados.
Se bajó los pantalones elásticos. La tela se deslizó por sus caderas anchas, por sus muslos gruesos, hasta caer al suelo.
Quedó de pie, en medio del salón, vestida solo con ese sujetador industrial y la minúscula braga brasileña negra que se perdía irremediablemente en la inmensidad de su culo.
Se abrazó a sí misma, intentando cubrirse, tapando el tatuaje del "árbol de la vida" y el espejo con el corazón que llevaba en el brazo derecho.
—Baja los brazos —ordenó Acemps— Déjame ver el paisaje completo.
Paz bajó los brazos, exponiéndose. Se sentía vulnerable, expuesta, ridícula... y terriblemente excitada.
Acemps se levantó y caminó alrededor de ella. Paz contuvo la respiración.
—Mira esto —dijo él, palmoteando su cadera con fuerza. La carne de Paz onduló bajo el impacto— Suave. Blanda. Comestible. Te avergüenzas de esto, ¿verdad? Te escondes detrás de tu simpatía y tu sentido del humor para que nadie se fije en que eres una bomba de carne.
—Sí... —susurró ella, bajando la cabeza.
—Gírate.
Paz se dio la vuelta. Acemps soltó un silbido bajo, apreciativo y obsceno.
—Mi zorrita brasileña... —murmuró, trazando con un dedo la línea de la braguita que desaparecía entre sus nalgas— Esa tela está luchando una batalla perdida contra ese culo. Me encanta.
De repente, Acemps la agarró por la cintura y la empujó hacia el sofá. Paz tropezó y cayó de rodillas, con el pecho apoyado en el asiento de cuero. Se sintió atrapada entre el mueble y el hombre.
—Te gusta sentirte atrapada, ¿no? —le preguntó él, presionando su cuerpo contra la espalda de ella, inmovilizándola con su peso— Te gusta no tener escapatoria.
—Sí... por favor... —gimió Paz, sintiendo la dureza de él contra su trasero.
Acemps le agarró el pelo moreno y tiró hacia atrás, obligándola a mirar al techo, exponiendo su cuello. —Mírame, Paz.
Ella giró la vista todo lo que pudo para encontrar sus ojos.
—Dices que te gustan los niños, los animales, cuidar a la gente... eres tan pura, tan buena. —Acemps acumuló saliva en su boca y, sin previo aviso, escupió directamente sobre su escote, justo en el valle profundo entre sus pechos— Ptu.
Paz jadeó. La saliva tibia resbaló por su piel, brillante y degradante.
—Pero te encanta que te ensucien —continuó él, restregando el escupitajo sobre sus tetas con la mano abierta, masajeando la carne pesada con brusquedad— Te encanta que te trate como a un trapo sucio.
—¡Sí! —exclamó Paz, su timidez rota por la intensidad del momento. Ver aquel escupitajo en su piel, sentir cómo él la manoseaba sin respeto, activó algo primitivo en su cerebro— ¡Soy una cerda! ¡Soy tu zorrita!
—Eres carne, Paz. Carne deliciosa y abundante. Y hoy vas a aprender para qué sirve toda esa grasa que tanto te acompleja. Sirve para amortiguar mis golpes.
Acemps le soltó el pelo y le dio una nalgada sonora, un golpe con la mano abierta que resonó en todo el salón y que hizo vibrar cada centímetro del trasero de Paz.
—¡Ahhh! —gritó ella, no de dolor, sino de pura sorpresa y gratitud.
—Eso es solo el calentamiento. Ahora, quítate ese sujetador horrible. Quiero verlas caer. Quiero ver cómo pesan.
Paz llevó las manos a su espalda, temblando, luchando con los corchetes. Sabía que una vez que se soltaran, no habría vuelta atrás. Su mayor inseguridad, su pecho desbordante, estaba a punto de convertirse en el juguete favorito de Acemps.
Los dedos de Paz temblaban tanto que los corchetes del sujetador parecían soldados enemigos resistiéndose a ser vencidos. Su respiración era un silbido ansioso. Sentía la mirada de Acemps clavada en su espalda, una presencia quemante que la juzgaba y la deseaba a partes iguales.
—Eres lenta, Paz —gruñó él, perdiendo la paciencia.
Acemps apartó las manos de ella con un manotazo brusco. Paz soltó un pequeño grito cuando él agarró la tira trasera del sujetador y dio un tirón seco. La tela cedió. Los tirantes resbalaron por sus hombros regordetes, pasando sobre el tatuaje del "True Love" en su brazo izquierdo, una ironía cruel en ese momento donde no había amor romántico, solo dominio.
El sujetador cayó al suelo.
La liberación fue inmediata y brutal. Sus pechos de 110, enormes, pesados, cayeron por su propio peso, rebotando suavemente contra el cuero del sofá donde estaba apoyada. Paz cerró los ojos, avergonzada de la magnitud de su propia carne. Siempre intentaba esconderlos bajo casacas holgadas, minimizar su presencia.
—Míralas —ordenó Acemps, agarrándola del pelo para que mirara hacia abajo.
Paz obedeció. Vio sus propias tetas desparramadas, blancas, con los pezones grandes y oscuros endurecidos por el frío y el miedo. Aún tenían el rastro brillante de la saliva de Acemps en el escote.
—Son inmensas —dijo él. No era un cumplido romántico. Era una tasación de ganado. Acemps metió las manos debajo de ellas, sopesándolas como si fueran melones en un mercado— Pesan una tonelada, Paz. ¿Cómo puedes cargar con esto todo el día mientras friegas suelos?
—No lo sé... —gimió ella, sintiendo una mezcla humillante de vergüenza y un placer intenso al ser manoseada así.
—Están hechas para ser usadas. Para asfixiarme con ellas. Para que me corra encima. —Acemps apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda, dejando marcas rojas instantáneas— Me encanta que seas tan exagerada, Paz. Todo en ti es excesivo. Tu culo, tus tetas, tu empatía...
Él la soltó de golpe, haciendo que rebotaran de nuevo. Paz quedó jadeando, con el pecho apoyado en el sofá, el culo en pompa hacia él.
Entonces, el ambiente cambió. La temperatura bajó unos grados.
Acemps posó una mano plana sobre su espalda baja. Paz se tensó.
—Pero hay una parte de ti que no es excesiva. Una parte que está cerrada a cal y canto.
Su mano bajó, pasando por la curva de sus nalgas, hasta llegar a la tira de la braga brasileña que seguía luchando por no desaparecer. Con un dedo, Acemps apartó la tela hacia un lado, exponiendo el pequeño agujero fruncido y oscuro que Paz protegía con tanto celo.
Paz se congeló. El recuerdo de un dolor antiguo, de una experiencia pasada que había salido mal, la golpeó. Su timidez se convirtió en pánico.
—No... —susurró, intentando cerrar las nalgas, protegerse.
—Silencio —la cortó Acemps, dándole una nalgada seca justo al lado de la zona expuesta. ¡Plaf!— Sé que tienes miedo. Sé que te hicieron daño. Pero tú no eres una cobarde, Paz. Llevas tatuado "guerrera" en la clavícula.
Acemps escupió de nuevo. Esta vez, el sonido fue diferente. No cayó en su pecho. Cayó justo ahí atrás, en su punto más vulnerable. La saliva tibia humedeció la entrada prohibida.
—Ptu.
Paz ahogó un sollozo. La sensación de ser escupida en el culo fue la cosa más degradante que le había pasado nunca. Y, sin embargo, su coño empezó a palpitar con una violencia nueva.
—Dices que quieres volver a probarlo —le susurró Acemps al oído, mientras su dedo, lubricado con saliva, empezaba a trazar círculos alrededor de su ano tenso— Dices que quieres ser mi zorrita obediente. Las zorritas no tienen puertas cerradas para sus dueños.
Paz temblaba, atrapada entre el trauma del pasado y la necesidad desesperada de complacer a este hombre que la estaba tratando como basura preciosa.
—Tengo miedo... —confesó, con lágrimas en los ojos.
—Bien. El miedo hace que el culo se apriete más. Me gusta. Hoy vamos a exorcizar ese fantasma, Paz. Y lo vamos a hacer a mi manera.
El dedo de Acemps presionó el centro. Solo la punta. Una promesa de invasión que hizo que la guerrera de Melendi quisiera salir corriendo, pero que la zorrita brasileña recibiera con un estremecimiento de anticipación terrorífica.
La presión del dedo de Acemps contra su anillo muscular era firme, constante, una amenaza que no retrocedía. Paz tenía los nudillos blancos de tanto apretar el cuero del sofá. Su instinto de protección, forjado en aquella mala experiencia del pasado, le gritaba que cerrara las compuertas, que tensara cada fibra de su culo gordo para impedir la entrada.
Pero Acemps conocía la anatomía del miedo tan bien como la del deseo.
—Estás bloqueada —dijo él, notando la resistencia— Tu mente de "niña buena" está intentando protegerme de tu propia suciedad. O quizás estás intentando protegerte tú.
Retiró el dedo por un segundo, solo para darle una nalgada resonante en el lado izquierdo. ¡Plaf! La carne de Paz vibró como gelatina.
—¡Relájate! —le ordenó— No estás aquí para sufrir dolor inútil. Estás aquí para sufrir dolor con propósito.
Sin previo aviso, Acemps metió la mano izquierda por debajo de su vientre, buscando su coño. Lo encontró empapado, chorreando, una contradicción biológica frente a su trasero cerrado por el pánico. Empezó a masturbarla con un ritmo rápido, casi agresivo, frotando su clítoris con la palma abierta mientras sus dedos invadían su vagina.
—¡Ahhh! —gritó Paz, arqueando la espalda, empujando su culo hacia atrás sin querer.
—Eso es... —le susurró él al oído, mordiendo su lóbulo— Tu coño sí me quiere. Tu coño es una zorrita complaciente. Deja que él convenza a tu culo.
Mientras la mano izquierda la llevaba al borde del abismo por delante, la mano derecha de Acemps volvió a la carga por detrás. Acumuló más saliva en la boca y escupió sonoramente sobre sus dedos y sobre el agujero de ella. El sonido húmedo, ptu, fue música para la parte más oscura de la psique de Paz.
—Eres mi escupidera, Paz —le dijo, humillándola para excitarla— Me gusta escupirte ahí. Me gusta saber que mi saliva es lo único que te va a ayudar a que no te duela tanto.
Con la zona lubricada y la mente de Paz nublada por la estimulación clitoriana, Acemps volvió a presionar. Esta vez, no pidió permiso. Empujó el dedo índice, rompiendo la primera barrera de resistencia.
Paz soltó un gemido agudo, enterrando la cara en el sofá. —¡Duele! —lloró, pero no se apartó.
—Claro que duele. Llevas años cerrada. Llevas años negando lo que eres. —Acemps empujó un poco más, hasta que el nudillo desapareció dentro de ella— El dolor es el precio por haber sido una cobarde todo este tiempo.
Empezó a mover el dedo dentro de ella. Al principio despacio, dejando que el músculo se acostumbrara a la invasión, luego girando, buscando espacio, reclamando territorio.
Paz sentía una mezcla explosiva de sensaciones. Delante, el placer agudo de la masturbación ruda; detrás, una sensación de plenitud extraña, incómoda y terriblemente excitante. Sentía que la estaban llenando, que la estaban estirando más allá de sus límites.
—Dímelo —exigió Acemps, respirando pesadamente sobre su cuello— Dime qué sientes.
—Me siento... llena... —jadeó Paz.
—Te sientes usada. Te sientes sucia. —Acemps metió un segundo dedo, estirando el anillo con una crueldad calculada.
Paz gritó, las lágrimas agolpándose en sus ojos. —¡Es mucho! ¡Por favor!
—No es mucho. Eres una mujer grande, Paz. Tienes caderas para parir y un culo para aguantar lo que sea. —Acemps bombeó con los dos dedos, entrando y saliendo con un sonido obsceno de succión— Tu cuerpo aguanta. Es tu mente la que tiene miedo.
Aceleró el ritmo de la mano delantera. Paz estaba a punto de perder la cabeza. La fricción, la saliva, los dedos estirándola por detrás... era demasiado.
—Voy a sacarlos —anunció Acemps de repente, deteniendo el movimiento— Pero solo para meter algo que te va a llenar de verdad.
Retiró los dedos lentamente. La sensación de vacío fue casi peor que la de invasión. Paz se quedó allí, jadeando, con el culo abierto y lubricado, sabiendo que el verdadero desafío, el verdadero "monstruo", estaba a punto de llegar.
—No me falles ahora, guerrera —le advirtió él, oyéndose el sonido de su bragueta bajando— Si te cierras, te dolerá. Si te entregas, serás mía. Tú eliges.
El sonido de la respiración de Paz era lo único que se oía en el salón, un ritmo entrecortado y agónico que delataba su pánico. Estaba con la cara aplastada contra el cuero del sofá, los ojos cerrados con fuerza, esperando el impacto. Sentía el calor de Acemps detrás de ella, irradiando como un horno, una presencia masiva que empequeñecía sus propios miedos.
—Abre los ojos —ordenó él.
Paz negó con la cabeza contra el cojín. No quería ver. Solo quería que pasara.
—He dicho que abras los ojos —repitió Acemps, agarrándole la mandíbula con una mano y girándole la cara hacia el respaldo del sofá— No te vas a esconder en la oscuridad. Vas a estar presente mientras te rompo.
Paz abrió los ojos, húmedos y aterrorizados. Lo que vio no fue consuelo, sino determinación.
Acemps se acomodó entre sus piernas abiertas. Sus muslos gruesos y blancos temblaban. Él posó sus manos grandes sobre sus caderas anchas, hundiendo los dedos en la carne blanda, asegurando su agarre. Paz sintió cómo sus uñas se clavaban ligeramente, anclándola.
—Relaja el culo, Paz. O te dolerá más de lo necesario.
—No puedo... —gimió ella, sintiendo cómo su esfínter se cerraba involuntariamente, recordando el dolor pasado.
Acemps no tuvo piedad, pero sí técnica. Escupió una cantidad generosa de saliva en su propia mano, un sonido húmedo y denso, y frotó la cabeza de su verga con ella. Luego, sin previo aviso, presionó la punta ancha y húmeda contra el anillo apretado de Paz.
—¡Ahhh! —Paz soltó un grito estrangulado, intentando arrastrarse hacia delante en el sofá.
Pero Acemps era una pared. La retuvo por las caderas con una fuerza inamovible.
—Quieta —gruñó— No vas a huir. Eres una guerrera, ¿recuerdas? Las guerreras no huyen del acero. Se lo tragan.
Empujó.
La entrada fue lenta, inexorable. Paz sintió cómo la circunferencia de él la estiraba más allá de lo que creía posible. Era una sensación de quemazón, de fuego líquido abriéndose paso en su intimidad más protegida. Sentía que se partía en dos.
—¡Es enorme! ¡Por favor, para! —lloró Paz, golpeando el sofá con el puño, justo donde tenía el tatuaje del espejo y el corazón.
—No voy a parar —respondió Acemps con calma fría— Voy a entrar hasta el fondo. Y tú vas a dejarme.
Siguió empujando, milímetro a milímetro, dándole tiempo a su cuerpo para adaptarse a la invasión, pero sin darle respiro a su mente. Paz sentía cómo la llenaba, cómo ocupaba un espacio que había estado vacío y temeroso durante años.
Cuando la cabeza de su verga pasó el anillo muscular, Paz soltó un suspiro tembloroso. El dolor agudo dio paso a una sensación de plenitud abrumadora. Estaba llena. Completamente llena de él.
—Ya está... —susurró Acemps, deteniéndose un momento con la verga enterrada hasta la mitad— Lo peor ya ha pasado. Mírate.
Paz estaba jadeando, con el sudor pegándole el pelo a la frente. Su culo gordo se había tragado parte de él, abrazándolo con una fuerza desesperada.
—¿Te duele como aquella vez? —preguntó Acemps, moviéndose mínimamente dentro de ella.
—No... —admitió Paz, sorprendida. Dolía, sí, pero era un dolor diferente. Era un dolor de estiramiento, de posesión, no de desgarro.
—Porque ahora estás con un hombre que sabe lo que hace. —Acemps empujó el resto de la longitud de un solo golpe seco.
Paz arqueó la espalda, y sus pechos enormes, libres y pesados, se balancearon con el impacto. —¡Dios! —gimió— ¡Estás dentro! ¡Estás muy dentro!
—Estoy en tu casa, Paz. He entrado por la puerta de atrás y he tomado posesión.
Acemps empezó a moverse. No fue rápido al principio. Eran embestidas largas, profundas, deliberadas. Se retiraba casi hasta la salida, dejando que Paz sintiera el vacío, y luego volvía a entrar con todo su peso, golpeando sus nalgas con un sonido rítmico y obsceno. ¡Clac! ¡Clac!
—Mírame esas tetas... —dijo Acemps, estirando una mano para agarrar uno de sus pechos desde abajo, sopesando la masa caliente y suave mientras la follaba por el culo— Se mueven con cada embestida. Pesan tanto... me encanta cómo rebotan mientras te uso.
Paz, atrapada entre el dolor sordo y el placer humillante, empezó a gemir de verdad. La sensación de ser "usada", de ser un objeto pesado y carnoso para el disfrute de él, estaba disparando sus terminaciones nerviosas.
—¡Sí! —gritó— ¡Úsame! ¡Soy tu gorda! ¡Soy tu puta!
—Eres mi zorrita brasileña —corrigió él, acelerando el ritmo— Y te encanta tener el culo lleno. Te encanta que te haya quitado el miedo a base de polla.
—¡Me encanta! —confesó Paz, llorando de alivio y excitación— ¡Lléname! ¡No pares!
El miedo se había disuelto en la fricción. La memoria del dolor pasado fue borrada por la realidad brutal del placer presente. Paz ya no era la limpiadora tímida; era un cuerpo voraz que pedía más castigo, más saliva y más peso.
El salón resonaba con el sonido húmedo y percusivo del sexo anal duro. El ritmo que Acemps había impuesto era implacable, casi industrial. Paz, con la cara aplastada contra el cuero y el culo levantado en ofrenda, sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Se había convertido en una masa de carne vibrante, sacudida por la fuerza de un hombre que no pedía permiso.
Sus pechos de 110, esos que tanto le pesaban y que solía esconder bajo uniformes holgados, se balanceaban frenéticamente, golpeando el sofá, frotándose contra el cuero, completamente descontrolados.
—Mírate... —jadeó Acemps, agarrándola de la cintura con ambas manos, dejando sus huellas marcadas en la piel blanca y suave de sus costados— Todo esto se mueve. Eres gelatina, Paz. Eres pura abundancia.
—¡Soy una gorda! —gritó ella, escupiendo la palabra que tanto miedo le daba decir en voz alta, pero que ahora, con una verga dentro de su culo, sonaba a confesión erótica— ¡Soy tu gorda!
—Sí. Eres una cerda bien alimentada. —Acemps soltó una mano de su cintura y le dio una nalgada brutal en el glúteo derecho. ¡PLAF! La carne onduló como una ola— Y me encanta. Me encanta que haya tanto de donde agarrar. Me encanta que no seas una de esas muñecas de porcelana que se rompen. Tú estás hecha para aguantar el peso.
Paz gimió, mordiendo el cojín. La humillación sobre su peso actuaba como un afrodisíaco potente. Toda su vida sintiéndose mal por ocupar espacio, y ahora, ese espacio extra era exactamente lo que Acemps estaba conquistando.
De repente, la mano de Acemps subió desde su cintura hasta su cuello. Sus dedos largos y fuertes se cerraron alrededor de su garganta. No apretó para asfixiarla del todo, solo lo suficiente para marcar el límite, para que sintiera la presión en la tráquea.
—Te gusta sentirte atrapada, ¿verdad? —gruñó él, empujando su pelvis contra el culo de ella mientras apretaba el agarre en el cuello— Te gusta saber que tu respiración depende de mí.
—¡Sí...! —logró raspar Paz, con la cara enrojecida por la falta de aire y el placer.
—Eres patética, Paz. —Acemps se inclinó sobre su espalda sudorosa, susurrando veneno y miel en su oído— Te pasas el día limpiando la mierda de los demás. Friegas suelos, limpias retretes, quitas el polvo de vidas ajenas que parecen perfectas. Eres la Cenicienta invisible.
Aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron viciosas, castigando su interior, obligándola a abrirse más y más.
—Pero mírame ahora. No estás limpiando nada. Estás siendo ensuciada. —Acemps escupió de nuevo, esta vez sobre su propia mano que la ahorcaba, dejando que la saliva resbalara por el cuello de Paz— Hoy tú eres la basura. Hoy tú eres el trapo sucio que uso para correrme.
—¡Soy tu trapo! —sollozó Paz, sintiendo una liberación inmensa al aceptar ese rol. No tenía que ser digna. No tenía que ser la "guerrera" de Melendi que defendía causas nobles. Solo tenía que ser un agujero útil— ¡Úsame para limpiar tu polla!
—Eso hago. —Acemps la soltó del cuello solo para agarrar su pelo moreno y tirar de su cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la columna hasta el límite— Mira cómo te abres para mí. Mira cómo tu culo gordo se traga todo lo que le doy. ¿Dónde está tu timidez ahora, limpiadora?
—¡No está! —gritó ella— ¡Se ha ido!
—Exacto. La timidez es para las mujeres decentes. Y tú, con esas bragas brasileñas y ese culo abierto, eres cualquier cosa menos decente.
La sensación de plenitud anal era abrumadora. Paz sentía que Acemps tocaba partes de ella que nunca habían sido tocadas, reorganizando sus entrañas. El miedo al dolor había desaparecido por completo, reemplazado por una necesidad masoquista de sentir más. Quería que la rompiera. Quería que la dejara tan usada que no pudiera volver a ser la chica "simpática y graciosa" nunca más.
—Voy a hacerte gritar, Paz —prometió Acemps, cambiando el ángulo, buscando su próstata femenina a través de la pared rectal— Voy a hacer que grites tan fuerte que se te olviden los nombres de tus abuelos tatuados en el brazo.
Y con una estocada final, profunda y cruel, Acemps demostró que no estaba bromeando. Paz abrió la boca, pero el grito que salió no fue humano; fue el aullido de una animal que acaba de encontrar a su amo.
El cuerpo de Paz era un incendio fuera de control. El ritmo frenético dentro de su culo había cortocircuitado cualquier pensamiento racional. Solo existía el golpe, la fricción y la voz de Acemps guiándola hacia el abismo.
—¡Vas a correrte! —le gritó él, golpeando su próstata una última vez con una profundidad salvaje— ¡Córrete para mí, zorra!
Paz estalló. Fue un orgasmo sucio, intenso, que nació en sus entrañas y sacudió cada kilo de su cuerpo. Sus muslos temblaron, sus dedos arañaron el cuero del sofá y soltó un alarido que se mezcló con el gemido ronco de Acemps.
Justo en el pico de su éxtasis, cuando Paz creía que no podía sentir nada más, Acemps se retiró de golpe.
La sensación de vacío fue brutal. El aire frío del salón golpeó su entrada dilatada y húmeda, dejándola boqueando por la pérdida repentina.
—Date la vuelta —ordenó Acemps. Su voz era urgente, peligrosa.
Paz, mareada y con las piernas débiles, obedeció torpemente. Se giró sobre el sofá y se dejó caer al suelo, quedando de rodillas frente a él. Estaba hecha un desastre precioso: el pelo moreno revuelto pegado a la frente por el sudor, los labios hinchados, y esos pechos inmensos de 110 subiendo y bajando agitadamente, con los pezones duros como piedras.
Acemps estaba de pie ante ella, imponente, con su verga dura y brillante palpitando, apuntando directamente a su cara.
—Mírate —dijo él, respirando con dificultad— Estás arrodillada. Sumisa. Esperando.
Paz levantó la vista. Sus ojos marrones verdosos brillaban con una devoción ciega. —Sí... —jadeó.
—Dijiste que te gustaba que se corrieran en tu cara. Dijiste que te gustaba sentirte muy usada. —Acemps se acarició, bombeando su erección con la mano, haciendo que la cabeza de su miembro brillara con pre-seminal— ¿Sigues queriendo eso, Paz? ¿O prefieres que me vaya al baño y lo tire por el desagüe?
—¡No! —suplicó ella, impulsiva, estirando las manos pero sin atreverse a tocarlo sin permiso— ¡Dámelo! ¡Por favor! ¡Es mío!
—Entonces abre la boca. Y saca la lengua. Quiero ver dónde va a aterrizar.
Paz abrió la boca. Sacó la lengua. Se sintió la criatura más degradada y feliz del mundo. Toda su vida defendiendo la dignidad humana, y en ese momento, su única aspiración era ser la escupidera de semen de un hombre que la había llamado gorda y zorra.
—Aquí viene la lluvia, guerrera —avisó Acemps.
El primer chorro la golpeó con fuerza. No fue delicado. Fue un latigazo caliente y espeso que impactó directamente en su mejilla y resbaló hacia la comisura de sus labios. Paz cerró los ojos, recibiéndolo como una bendición.
—¡Ahhh!
Acemps no se detuvo. Siguió bombeando, dirigiendo su descarga con precisión cruel. El siguiente impacto cayó sobre sus ojos cerrados, pegando sus pestañas.
—¡Toma! —gruñó él— ¡Límpiame!
Bajó la puntería. Los últimos chorros, densos y blancos, aterrizaron sobre sus pechos enormes. La piel blanca y suave de sus tetas se convirtió en un lienzo salpicado de su esencia. El semen se mezcló con la saliva seca que él le había escupido antes, creando un mapa de humillación total sobre su escote.
Acemps soltó un último suspiro largo y se quedó quieto, mirando su obra.
Paz estaba inmóvil, de rodillas, con la cara y el pecho cubiertos de fluidos. Una gota resbalaba por la punta de su nariz. Otra caía desde su pezón derecho.
—Abre los ojos, Paz.
Ella los abrió con dificultad, parpadeando a través del líquido pegajoso.
—Eres una obra de arte —dijo Acemps, y por primera vez, su voz tenía un tono de admiración genuina— Una obra de arte sucia.
Se agachó frente a ella y pasó el dedo pulgar por su mejilla, recogiendo parte del semen y llevándolo a los labios de ella.
—Pruébalo.
Paz abrió la boca y chupó el dedo de Acemps con avidez, saboreando el sabor metálico y salado de su propia sumisión.
—Sabe a... sabe a ti —susurró ella, extasiada.
—Sabe a propiedad —corrigió él— Ahora estás marcada por dentro y por fuera. Tu culo recuerda mi forma, y tu cara lleva mi firma. Ya no eres la limpiadora, Paz. Ahora eres la que se ensucia por gusto.
Paz se miró el pecho, viendo el desastre blanco sobre sus curvas. Se sentía increíblemente sexy, increíblemente poderosa en su total renuncia al control.
—Gracias... —murmuró, sin saber muy bien por qué daba las gracias, pero sintiéndolo desde el fondo de su corazón tatuado con el "True Love".
—No me des las gracias todavía —dijo Acemps, poniéndose de pie y subiéndose la cremallera con un sonido metálico definitivo— Todavía te queda la parte más difícil: volver a tu vida sabiendo que esto es lo que realmente eres.
El silencio volvió al salón, pero ya no era el silencio de una casa vacía; era el silencio cargado de una escena del crimen. La mujer que antes se llamaba Paz seguía de rodillas, con el pecho cubierto de semen y la respiración agitada, mirando a Acemps como si fuera el centro de su universo.
—Levántate —ordenó él.
Ella hizo el ademán de moverse, pero sus piernas fallaron. El dolor sordo y placentero en su trasero le recordó la magnitud de lo que acababa de aceptar. Se tambaleó, apoyando una mano en el suelo para impulsarse. Sus 110 de pecho se movieron pesadamente, y una gota de fluido resbaló desde su escote hasta su ombligo.
—¿Te ayudo, Paz? —preguntó ella misma, en un susurro automático, intentando recuperar su rol de cuidadora servicial.
—¿A quién le hablas? —La cortó Acemps con una frialdad que heló la habitación— Aquí no hay ninguna Paz. Paz se ha quedado fuera, con el cubo de la fregona y la lejía.
Él se agachó, agarrándola de la barbilla con fuerza, obligándola a mirarle a los ojos.
—Tú eres mi Zorrita brasileña. Y las zorritas brasileñas no piden permiso para levantarse. Se levantan y se limpian.
—Soy tu Zorrita brasileña... —repitió ella, saboreando las palabras como si fueran un caramelo prohibido.
—Exacto. Ahora ve al baño. Tienes cinco minutos para quitarte mi lefa de la cara y volver a ponerte ese disfraz de limpiadora respetable.
Ella asintió y caminó hacia el baño de invitados. Su andar era diferente. Caminaba con las piernas ligeramente abiertas, sintiendo la hinchazón en su zona anal, una sensación de "llenado" fantasma que la hacía sentir increíblemente vulgar y sexy.
Entró al baño y se miró al espejo.
La imagen que le devolvió el cristal la dejó sin aliento. Tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas, el pelo revuelto... y estaba cubierta de él. Vio el tatuaje de la clavícula, "Guerrera", manchado de blanco. Vio la frase de "True Love" en su brazo.
—Qué mentira... —se dijo a sí misma, tocándose el pecho pringoso— Mi verdadero amor es esto. Ser su puta.
Abrió el grifo. Empezó a limpiarse, pero no con asco, sino con reverencia. Mientras el agua se llevaba la evidencia física, ella se prometió no dejar que el agua se llevara la sensación. Quería retener el olor de Acemps en su piel.
Se secó con una toalla pequeña. Luego, recogió su ropa del suelo del salón.
Ponerse la braga brasileña fue una tortura exquisita. La tira de encaje se hundió de nuevo entre sus nalgas, rozando la zona sensible y maltratada.
—Ahhh... —gimió, mordiéndose el labio.
Se abrochó el sujetador color carne, encerrando de nuevo sus pechos enormes. Y finalmente, se puso la casaca azul y los pantalones de uniforme. De repente, la Zorrita brasileña desapareció visualmente. Volvía a ser la chica gordita y simpática que limpiaba casas. Pero ella sabía la verdad. Sabía que bajo esa tela sintética barata, su cuerpo estaba marcado, su culo estaba dilatado y su alma tenía dueño.
Volvió al salón. Acemps la esperaba, ya impecablemente vestido, como si nada hubiera pasado.
—Ya estoy lista... señor —dijo ella, bajando la cabeza, sumisa.
Acemps se acercó y le dio una palmada en el culo, justo sobre el pantalón. ¡Plaf! Ella saltó, reprimiendo un gemido.
—No me llames señor. Y no me llames por mi nombre. Tú solo respondes a órdenes.
Acemps metió la mano en el bolsillo de la casaca de ella. No para sacar nada, sino para meter algo. Ella sintió el tacto frío de un billete.
—Esto es por la limpieza de la casa —dijo él con crueldad— Lo que me has dado tú, Zorrita brasileña, no se paga con dinero. Se paga con obediencia.
—Sí... —susurró ella, sintiendo el billete quemarle contra la cadera.
—Ahora vete a casa de tus padres. Siéntate a cenar con ellos. Sonríe. Sé esa chica tímida y cariñosa que adora a los animales. Pero cada vez que te sientes en la silla y notes el dolor en el culo... acuérdate de quién eres realmente.
—Me acordaré —prometió ella, con la voz rota— Cada segundo.
—Fuera de mi vista, Zorrita brasileña.
Ella cogió sus productos de limpieza y salió por la puerta. El aire de la calle la golpeó, pero ella ya no sentía frío. Caminaba hacia la parada del autobús, rodeada de gente normal, sintiéndose una espía en un mundo aburrido. Llevaba el secreto más sucio y delicioso del mundo entre las piernas, y una sonrisa perversa que no tenía nada que ver con la simpatía.
El autobús urbano olía a humanidad cansada y desinfectante barato. La mujer que subió en la parada del centro pagó su billete con manos temblorosas y buscó un asiento al fondo. Llevaba una mochila con ropa de limpieza y el pelo recogido en una coleta desordenada. Para el resto de pasajeros, era solo una trabajadora más volviendo a casa tras un turno largo.
Pero cuando se sentó, el mundo cambió.
El asiento de plástico duro vibraba con el motor del autobús. Esa vibración se transmitió directamente a través de sus pantalones, subiendo por sus muslos y concentrándose en su anillo anal, hinchado y sensible.
—Mmm... —se mordió el labio, cerrando los ojos.
No era dolor. Era un eco. Cada bache de la carretera le recordaba que hacía menos de una hora, Acemps la había llenado y vaciado a su antojo. Se sintió líquida por dentro. Se sintió sucia en el sentido más sagrado de la palabra.
Llegó a casa de sus padres. Abrió la puerta con su llave, intentando componer una expresión de normalidad.
—¿Eres tú, cariño? —preguntó su madre desde la cocina. Olía a sopa y a televisión puesta a volumen alto.
—Sí, mamá. Soy yo —respondió ella. Su voz sonó ronca, diferente.
—¿Qué tal el trabajo? ¿Te has cansado mucho?
La Zorrita brasileña sonrió para sus adentros. Si su madre supiera. Si supiera que su "niña", esa que defendía los derechos humanos y rescataba gatitos, acababa de ser escupida, nalgueada y usada como un objeto sexual desechable.
—Ha sido... intenso. Una casa muy grande. Pero ha quedado limpia —mintió, sabiendo que la única limpieza real había sido la de su propia moralidad.
Cenó con ellos. Fue la mejor actriz del mundo. Comió la sopa mientras sentía el roce de la braga brasileña contra su piel irritada. Cada vez que se movía en la silla de madera, sentía el fantasma de Acemps. Miraba a sus padres, hablaba del tiempo, de las noticias, de las injusticias del mundo... pero en su cabeza, solo había una imagen: ella de rodillas, con el semen goteando por sus tetas enormes.
Se retiró a su habitación temprano. Su santuario de soltera de 33 años. Cerró la puerta y echó el pestillo.
Se desnudó frente al espejo de cuerpo entero.
Se quitó la casaca, el pantalón, el sujetador color carne. Y finalmente, se quitó la minúscula braga brasileña negra.
Su cuerpo, ese cuerpo "gordito" y abundante que siempre había escondido, ahora lucía diferente. Tenía marcas rojas en la cintura. Sus pechos de 110 parecían más pesados, más voluptuosos, como si hubieran madurado de golpe al ser manoseados sin piedad. Y su culo... su culo tenía la huella de la mano de Acemps marcada en rojo vivo en la nalga derecha.
Se llevó la mano a la cara. Aún le parecía oler a él. A lejía y a sexo.
—Zorrita brasileña... —susurró al espejo, despidiéndose para siempre de la chica tímida que fue.
Ya no necesitaba juguetes. No necesitaba consuelo. Se metió en la cama, desnuda, abrazando la almohada con las piernas, sintiendo el dolor dulce en su trasero como la mejor nana del mundo. Sabía que mañana volvería a ponerse el uniforme, pero bajo la tela, ella siempre pertenecería a ese salón, a ese sofá de cuero y a ese hombre.
Dormía sola, pero nunca más volvería a estar sola. Su dueño vivía en su mente.
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¿Y TÚ?
La Zorrita brasileña ya está durmiendo, soñando con su próxima sesión de limpieza profunda. Pero tú... tú sigues despierta, leyendo esto con el móvil en la mano y las piernas inquietas.
He visto cómo te has comparado con ella.
Quizás tú también tienes un trabajo normal, una vida respetable, una familia que cree que eres una "niña buena". Quizás tú también tienes complejos con tu cuerpo. Te miras al espejo y ves "demasiado": demasiadas curvas, demasiado peso, demasiada carne. Piensas que a los hombres dominantes solo les gustan las flacas de revista. Qué equivocada estás.
La historia de la Zorrita brasileña te ha enseñado que la carne es necesaria para amortiguar el impacto. Que un culo grande es un lienzo perfecto para dejar marcas rojas. Que unos pechos grandes no son para esconderlos, sino para que yo los use.
Te ha excitado leer cómo ella vencía su miedo, ¿verdad? Cómo transformaba su trauma anal en placer solo porque yo se lo ordenaba. Te preguntas si yo podría hacer lo mismo contigo. Si podría coger tus miedos, tus inseguridades y tus "no puedo" y convertirlos en gemidos.
Deja de preguntártelo.
Estoy buscando más carne. Estoy buscando más mujeres reales, con curvas, con complejos, con vidas dobles. Mujeres que, como ella, necesiten dejar de ser "guerreras" todo el día para ser simplemente agujeros obedientes por la noche.
Si tienes tatuajes con significados profundos que estás dispuesta a olvidar mientras disfrutamos. Si usas bragas que no pegan con tu personalidad de "buena chica". Si quieres saber qué se siente al ser escupida y adorada al mismo tiempo.
Escríbeme. Dime cuánto pesas, cuánto mides y qué es lo que más vergüenza te da admitir que te gusta.
La Zorrita brasileña ya tiene su lugar. ¿Cuál va a ser el tuyo?
No me hagas esperar. La limpieza empieza ahora.
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