Invasores y nativos. 26
Sam nunca imaginó que su día terminaría derribando a un hombre armado con sus propias manos. Entre la piscina familiar y la tensión de una toma de rehenes, su doble vida choca con la realidad de un mundo que no entiende su idioma ni su corazón. ¿Podrá salvar a una familia sin perder la suya?
La primavera dejó paso al buen tiempo. A lo que se llama buen tiempo cuando realmente el calor es un fastidio y Caute quema la piel.
Hacía tan buen caute que todos estaban en una piscina disfrutando de lo que parecía una tarde de verano, aunque aún faltaban unos cautes para eso. Se movían con cuidado para no levantar el lodo del fondo o el agua se enturbiaría.
- Aprovechemos hoy que mañana plantamos los esquejes.
- Podemos poner una escalera al canal y bañarnos ahí.
- No sé qué dirían los vecinos.
- También aprovecharían la escalera.
Llevaban protector en la espalda, pero solamente Micanea se cubría con un sombrero acorde a su tamaño. Le quedaba muy gracioso.
Los adultos incitaban a la cría, mediante grititos y sonrisas a que nadara entre ellos. Así la recibían en sus brazos para luego alzarla elogiando tan gran esfuerzo y la besaban. La cría gritaba y reía feliz.
En esto oyeron:
- ¡Hola! ¿Puedo acercarme? No quiero molestar.
Se sorprendieron al ver a Godaena en la orilla más próxima a la casa. Rápidamente Mileada se acercó preguntando si la buscaba. Como todos dentro de la piscina Mileada iba desnuda, pero ante lo que podría ser una urgencia no le importaba mostrarse así a su jefa.
- No, muchacha, no. Al mismo tiempo que hago una ronda me estoy despidiendo de los vecinos y amigos. Dejo el cargo en dos cautes y me voy en cuanto termine de empacar.
Mileada admitió que tenía mucha documentación pendiente de leer y no lo sabía.
- No te preocupes, compañera.
- Se está muy bien aquí. ¿Quieres unirte? – Ofreció Mikane sin moverse de la piscina.
La jefa de vigilantes no se pensó mucho tan buena oferta. Rápidamente se desnudó y se unió a la familia. Micanea algo recelosa ante una extraña se refugió entre las tetas de la abuela.
El cuerpo de Godaena era más corpulento que el de Mikane. Sus tetas eran algo más gordas y caídas. Sam no quiso fijarse en sus pétalos, pero según le diría más tarde Mileada eran grandes y sobresalían mucho de su cuerpo. Era evidente que tenía varios cautones más que Mikane. Se movía ágilmente y con decisión.
Al llegar cerca de Sam se sumergió totalmente en el agua y al reaparecer suspiró aliviada y eso que no estaba fresca. Mikane le acercó la pomada protectora.
- ¿Por qué te marchas? – Quiso saber Mikane.
Godaena esperó a que Micanea terminara de nadar casi desesperada hasta las tetas de su madre, que se había situado cerca de su abuela, provocando sonrisas comprensivas a los adultos. La cría debía pensar que las tetas de mamá eran un mejor refugio que las de la abuela ante la extraña.
- Creo que ya os he dicho que tengo dos hijos… - Miró a sus anfitriones, los cuales asintieron. - Pues uno vive con su padre mientras que en la colonia de al lado lo hace mi hija con su esposo. No he podido conseguir puesto en esas colonias, pero sí en una que, más o menos queda por medio. Así tendré a mi hijo cerca y podré ayudar en algo a mi hija, que está embarazada.
Godaeda recibió las felicitaciones y parabienes habituales ante esa noticia. Solamente Mileada planteó lo que parecía un problema:
- Dejarás de ser jefa para volver a ser vigilante de patrulla.
- Sí, amiga mía, pierdo unas Tablas en el sueldo, pero lo compensa disponer de más tiempo libre. Ser jefa es muy absorbente. Volveré a tener cuatro cautes libres seguidos, no como ahora que tengo uno cada cuatro. Y sí, se dispone de treinta y ocho cautes de vacaciones en lugar de veinticinco, pero lo dicho, es cansado. Que lo haga alguien más joven.
Dejó de mirar a la criatura que se sujetaba a un pezón de su madre para añadir mirando el rostro de Mileada:
- De momento y hasta que venga otro jefe lo será Zumeco.
Casi inmediatamente dijo que se estaba muy bien en la piscina y en tan agradable compañía, pero se marchaba porque tenía la intención de visitar otras granjas ese caute.
- Creo que la granja de Dosuono, está cerca de aquí…
- Sí. – Respondió Sam. - El camino más recto está por detrás de los huertos. - Y aconsejó sonriendo: - Pero ten cuidado, con según qué vehículos es mejor dar la vuelta. Ese camino no recibe cuidados desde hace mucho tiempo y puede desmoronarse la orilla del canal.
- ¡Ah! Bien. Entonces ya los veré mañana en otra ruta, no sea que tengan que venir los vigilantes a rescatar a su jefa.
Se trataba de una broma y todos la rieron.
Intentó hacer unas gracias a la cría mediante unos gestos, pero ésta se asustaba ante una extraña por lo que desistió. Salió de la charca.
Mileada iba a acompañarla, pero la jefa hizo un gesto indicando que se quedara con su hija. Mikane sí que la acompañó hasta la ducha y solamente ellas saben de qué hablaron todo ese tiempo que permanecieron juntas, incluso después de que Godaena ya estuviera vestida.
Micaena estaba cansada y no quiso jugar más, por lo que estuvo mucho tiempo entre las tetas de su madre hasta que cedió ante la sonrisa de papá.
Sam la sujetaba entre las manos, ya había visto que le disgustaba el pelo de su pecho. Disfrutaba de esa sincera risa cada vez que hacía como si le comiera la barriguita. Aunque debía jugar con cuidado porque la criatura reía y lanzaba patadas por igual. Podía meterle un pie en un ojo.
Esa noche el cansancio de la cría motivó que se durmiera pronto por lo que los adultos pudieron anticipar sus caricias. Lo cual resultó, además de placentero, agotador para Sam.
Se prodigaron caricias similares a otras veces en las que Sam disfrutó de aquellas tetas frotándose en su pene. Y luego Sam culminaba alternando sus esposas haciendo que estallaran al ritmo de sus embestidas. Según las cuentas de Mileada ambas hembras habían estallado más de diez veces cada una. Y se sentían muy contentas y satisfechas.
Sam iba a retirarse para una ducha, pero Mileada aún tenía ganas de jugar. Propuso a su madre que se alimentaran con la esencia de su esposo.
Mikane, que ya estaba en la puerta del nido, retrocedió acercándose a su hija. Llevó una mano a sus pétalos haciendo que Mileada se agitase dando un gritito al notar esos dedos dentro de su cuerpo. Cuando Mikane los retiró comprobaron que llevaba algo de esencia de Sam y riendo los frotó en la boca de su hija.
- Toma hijita, come la esencia de nuestro macho.
Todos rieron.
Mileada admitió que la broma estaba bien, pero ordenó a su esposo que se acomodara bocarriba sobre las bolsas. Mikane también se acercó con muchas ganas de participar.
Comenzaron las caricias sobre el miembro de Sam. Frotaron tetas, pétalos, lenguas y bocas sobre el erecto pene del esposo estallando en el proceso varias veces las dos. Además, en varias ocasiones notaron los gordos dedos de su esposo acariciando sus intimidades e incluso hurgando entre sus nalgas.
Mileada se retiraba ordenando a Sam que no la acariciara ahí. Mientras que Mikane consentía durante un rato y luego pedía que cesara la caricia ya que la distraía de lo que pretendía realmente: beber la esencia de su esposo.
- Quiero saborearte, hijo mío.
Mikane ya se estaba cansando cuando Sam anunció que faltaba poco. Mileada acordó con su madre cómo lo harían, por lo que cuando Sam expulsó su primera descarga fue recibida en su boca. Se retiró para ceder el sitio a Mikane. Esta recibió una descarga en la cara y la siguiente ya en la boca. La cuarta descarga fue en el rostro de Mileada que todavía saboreaba la primera. Ya no hubo quinta, pero sí mucha esencia masculina resbalando por el pene hasta mojar sus manos.
Las dos hembras, con sus rostros manchados de semen todavía lamieron el miembro de Sam hasta que éste protestó pidiendo que parasen.
- Por favor… no puedo más.
Los rostros de las hembras estaban muy cerca entre ellas y del flácido pene del esposo. Ambas jadeaban de cansancio y placer. Mileada murmuró que amaba a su madre. Y Mikane se acercó más para besar a su hija en la boca. El beso fue largo, en el que intercambiaban saliva y restos de la esencia de Sam. Además, se lamían la cara una a la otra limpiándose del semen que no pudieron tragar poco antes.
Sam miró la escena. Le agradó, pero estaba más pendiente de notar si su alocado corazón se relajaba. Había culminado tres veces esa noche y estaba muy cansado. Propuso dormir en el nido y Mileada se opuso alegando que la cuna de Micaena quedaba algo lejos.
- Se asustará si se despierta y no nos encuentra a su lado.
Mikane estaba conforme en dormir en las camas, y sonriendo dijo mientras se retiraba la crema y semen de sus tetas:
- Esto habrá que repetirlo
- Vale. Pero hoy no. Estoy cansado. - Dijo rápidamente Sam provocando la risa de sus esposas.
Mileada accionó las duchas del nido y todos se lavaron. Pero fue Sam quien se ocupó realmente de vaciar, limpiar y rellenar el nido dejándolo preparado para la siguiente sesión de sexo.
Poco más tarde estaban acostados. Micanea estaba en su cuna piscina que disponía de unos barrotes para evitar que se callera. Era como todos los críos a esa edad, a veces se agitaba. Mileada, con el cuerpo girado en su dirección, la observaba. Sam estaba de espaldas y con un brazo acogía a Mikane que le abrazaba.
Sam iba a pedir a Mileada que le abrazara, pero supuso que ésta prefería vigilar a la cría. Además, estaba tan cansado que no tenía fuerzas para hablar. Sonrió recordando que era la primera vez que proponía dormir en el nido y se negaron.
Se dejó llevar por el sueño.
A través de una comunicación militar recibieron una triste noticia, Miteno y Nosimane se divorciaban. Norale se quedaba con su madre hasta que fuera adulta. Miteno, a través de otra breve comunicación con el ordenador, prometió que les visitaría de vez en cuando. Y Nosimane, empleó un mensaje de texto para avisar que pronto llevaría a la cría para que vieran lo guapa y sana que crecía. Pero pasarían los cautones y eso no sucedería.
Mikane intentó buscarlas, saber de ellas, pero no sabía su destino ni graduación, por lo que resultó imposible.
Unos cautes más tarde recibieron una caja de casi tres palmos de lado, empleando las grandes manos de Sam como medida. Estaba remitida por Godaeda. Contenía unas frutas asimiladas de los nativos y las llamaban manzanas. Al parecer eran muy apreciadas en unas comunidades y colonias cercanas a Lago Oeste. En una nota en papel agradecía a Mikane sus consejos y que se sentía mucho mejor.
Mileada sintió mucha curiosidad.
- ¿Qué consejos, mamá?
Mikane murmuró algo sobre una aplicación medicinal casera en los íntimos pétalos que le aliviarían de los picores que sentía.
- ¡Por eso eran tan grandes! Debía frotarse los pétalos continuamente.
Se llevó una mano por encima del calzón y alarmada preguntó si las habría contagiado al compartir la piscina.
Mikane se puso muy seria al responder que solamente se contagia mediante el contacto de unos pétalos con otros y ya no quiso hablar más.
Mileada quedó asombrada, mientras que Sam simplemente miraba cómo Micanea, sentada sobre la mesa, jugaba con una manzana. No podía con ella porque si bien abultaba lo mismo que su cabeza debía pesar más que ella, por lo que la empujaba para verla rodar.
Estaban sentados alrededor de la mesa y las hembras vestían el normal calzón corto de estar por casa. Sam llevaba un pantalón largo pues era lo adecuado para trabajar entre los frutales y no se había cambiado. A Micanea solamente la vestían cuando la llevaban al mercado, a pasear o de visita.
Mikane preguntó a Sam si conocía esa fruta.
- Pues… me suena el nombre, pero creo que era de otro color. Claro que podría ser una variante.
- A veces he leído este nombre en el mercado, pero como dices, debe ser otra variante. - Dijo Mikane. - No la había visto de este color.
Sam cogió a la cría y la dejó en el suelo. Le acercó una manzana para que jugase. Creyó que era lo mejor porque temía que pudiera caerse de la mesa. Pero la cría protestó con varios grititos, al parecer no le gustaba estar en el suelo, por lo que pronto volvió a la mesa, pero ahora estaba limitada por los brazos de papá.
Mileada insistió en hablar sobre esa enfermedad femenina. Por lo que Mikane dijo que en las familias granjeras es poco corriente porque permanecen juntas casi todo el tiempo. Pero que entre esas hembras que pasan largas temporada sin sus esposos, están divorciadas o solteras… a veces, en lugar de consolarse en un nido, buscan el discreto consuelo en otras hembras.
- Está la creencia, que no valoraré si es falsa o no, que siendo entre hembras no se engaña al esposo. Y el picor aparece a los muchos cautes por lo que una hembra, que aún no sabe que está enferma, puede haber contagiado a otra o más.
- Y la vergüenza las hace callar incluso en Sanación. - Afirmó solemne Mileada.
Sam preguntó si los machos podían coger algo malo ya que no tenía idea de enfermedades venéreas.
Mikane se puso muy seria al afirmar que ahí estaba la diferencia: Las hembras podían coger muchas enfermedades y los machos solamente una, pero muy peligrosa y crónica llamada Tontería.
La pequeña Micanea se puso a reír como si hubiera entendido la broma y los demás pronto se unieron.
Al poco Mileada insistió en si ellas podían enfermar por lo que Mikane respondió que se tranquilizara. Lo habían hecho entre ellas infinidad de veces, pero nunca con otra hembra por lo que la enfermedad no entraba en la familia. Mileada añadió solemne:
- Nos somos fieles.
Pasaron unos cautones.
La familia Mikane disfrutaba viendo crecer a Micanea que dejó de ir a las enseñanzas para estudiar en casa mediante un nuevo y más potente ordenador que hubo que comprar. La granja iba bien gracias a Mikane y Sam, mientras Mileada compaginaba el trabajo de vigilante con el agrícola.
Durante una misión con el ejército, Sam consiguió otra navaja de afeitar y varios peines, así como más copias de música.
Mikane estaba feliz al tener a su lado a quienes tanto amaba y sentirse querida. Nunca fue a la charca donde estaba enterrado Pitape, pero de vez en cuando miraba el horizonte y decía su nombre como si fuera una plegaria.
Sam salía del trasporte militar y al pasar por al lado de los dos soldados que habían bajado antes se despidió con unos gestos. Estos saludaron al Consultor y a la carrera se retiraron dentro del vehículo, que despegó antes que Sam se alejara unos pasos más.
Fue entonces cuando Sam se percató que no llevaba ropa de abrigo y el frío de la noche le hizo estremecerse. Lógico, amontonada por ahí había nieve que tardaría muchos cautes todavía en derretirse. Vestía con la misma ropa que esa mañana, esto es un calzón largo, una camisa y sobre ésta un jersey de pelo de algas. Ropa muy cómoda, pero de poco abrigo.
A poca distancia estaba la entrada a la central de vigilantes. En la puerta, y atraídos por visión del vehículo militar, ya asomaba Mileada, Zumeco y varios vigilantes más. Sam se dirigió allí con paso decidido, pero Mileada ya corría a sus brazos. Sam se agachó para recibirla. Se besaron descargando así la tensión acumulada. Y al poco se oyeron algunos abucheos y bromas por parte de los vigilantes por lo que los esposos se separaron algo avergonzados.
En esto Zumeco dio una palmada. Y después otra. Si se trataba de un aplauso Sam pensó que las palmadas eran demasiado espaciadas, pero claro era la primera vez que un sorevano lo hacía. Pronto se unió Mileada y algunos vigilantes dudaban hasta que comprendían que así apoyaban y agradecían el acto heroico de Sam.
Un emocionado Sam pidió que callaran. Por suerte alguien se apiadó de él y le trajo un capote que si bien le estaba pequeño al menos servía para cubrirse la espalda. Tenía frío.
Zumeco lo despidió diciendo:
- Vete a casa, amigo. Ya hablaremos otro caute. Descansa.
Al llegar a casa, Micanea, que estaba cenando, retiró de una patada la silla para acercarse a papá. Saltó a sus brazos y Sam notó con orgullo lo alta y guapa que estaba su hija con esos recién cumplidos doce cautones. Tenía las orejas, los ojos y un poco la boca como la abuela. Siendo tan joven no tenía las tetas desarrolladas, pero tras el abrazo con papá y notar su cuerpo en su pecho, los dos pezones de arriba se habían puesto duros. Por detrás de la cabeza de Micaena vio a Mikane que le dedicó una sonrisa y un cariñoso gesto. Lo hizo con tal gracia y despliegue de cariño que tenía el calor de Caute.
- ¡Sé que golpeaste al malo! – Gritó muy emocionada y contenta Micanea. - Lo derribaste al suelo y lo retenías hasta que llegaron los vigilantes y se lo llevaron. ¡Cuéntame más!
- Eso fue todo, cariño.
- Venga, papá, cuenta más. - Insistió la muchacha.
Sam contó una versión muy abreviada y suave de los hechos mientras se desnudaba, a su lado Mileada también lo hacía quedando los dos en calzones. Y por fin parecía que Micanea aceptaba la nueva explicación. Aun así, preguntó:
- ¿Es verdad que Namite se lo hizo en los calzones?
Al parecer era algo que ya conocía toda la colonia y muy pocos debían mostrarse comprensivos ante una niña asustada.
- Cariño, cualquier persona tiene miedo ante un arma que le apunta... Que puede matar... Y si además ha visto brutalidades en casa es normal que una joven de trece cautones se lo haga encima. Por favor, cariño, cuando la veas no te burles. Abrázala y dile que fue muy valiente.
La joven se ruborizó y solemne respondió:
- Sí, papá. Así lo haré.
Pero Micanea estuvo muy habladora y nerviosa durante un buen rato. Para que se acostara, cuando ya tocaba, la abuela la amenazó con no darle néctar de postre durante muchos cautes. Protestó:
- ¡No soy una cría!
- ¿De verdad? Pues demuéstralo. Es hora de dormir.
La muchacha, ocultando su enfado, se encerró en su habitación y los adultos estaban seguros que por lo menos se pasaría todo un sexto de seis hablando con las amigas a través del ordenador porque había confirmado lo sucedido y que tanto las agitaba.
Los adultos se encerraron en su habitación y procuraron no alzar la voz. Mileada abrazó a su esposo y Mikane se acercó para darle varios besos.
- ¿Cómo estás, hijo mío?
Sam agradeció con una sonrisa la agradable voz de su esposa más mayor. Contestó que era como si hubiese recibido muchos golpes en poco tiempo. Necesitaba descansar.
- Sí, cariño. - Dijo Mileada. - Además de la tensión contra... ese. Supongo que por lo menos habrás tenido que contarlo cuatro o cinco veces. Bien, ahora descansa.
La esposa más joven tenía ganas de escuchar la versión más directa de lo sucedido, pero reconocía que su esposo ya debía estar harto de contarla además de cansado.
Sam miró la cama, a sus esposas y dijo que necesitaba contarles todo.
- Sois muy especiales para mí y puesto que ya lo sabe toda la colonia no es un secreto militar, os lo puedo contar.
Se quitó el calzón y entró en el nido. Pronto también estaban ahí sus esposas y como iban a hablar se sentaron en las piernas del esposo dispuestas a escuchar.
- Veréis…
Se encontraba entre los frutales cuando oyó la bocina indicando que debía acudir a casa. Miró el cielo comprobando que era pronto y se sorprendió. Al llegar a la puerta ya vio el vehículo de Vigilancia y lo primero que pensó es que Miliada había regresado del trabajo antes de lo normal. No era así, se trataba de otros vigilantes que le pidieron, casi ordenaron que les acompañase.
- ¿Qué ocurre? – Quiso saber.
- Luego. ¡Vámonos! ¡Rápido!
Como siempre sucedía, Sam no cabía en el vehículo y tuvo que sujetarse detrás. Con el frío que hacía resultaba muy desagradable además de incómodo. ¡Menos mal del abrigo y las manoplas!
Llegaron a la granja de un vecino que, aunque Sam había visto varias veces durante trabajos o reuniones comunes, fue en ese momento cuando se enteró de su nombre, Dasonfo.
Zumeco, que le esperaba impaciente, le informó que dentro de la casa estaba retenida la familia. Había un nativo armado y muy peligroso. Había disparado a los vigilantes. Seguramente al ver los uniformes. Ya había uno herido. Añadió:
- No sabemos cómo está la familia Dasonfo. Los vecinos han oído algunos disparos y lo que suponen unos gritos.
En ese momento llegó un trasporte volador con más vigilantes. Iban bien pertrechados con armas y un equipo que se parecía al militar. Protegidos con unos escudos de metaliviano reforzado rodearon la casa. Se movían espoleados con pocas y breves órdenes como si fuera algo ya ensayado.
Sam oyó que un vigilante ordenaba por radio:
- Estar preparados para cazar a esa bestia nativa.
¿Bestia nativa? ¿También él era una bestia nativa? Se enfadó.
Decidido, avanzó unos pasos. Esquivó a los vigilantes y evitando que lo retuvieran, en rápidas zancadas llegó a la puerta. La aporreó gritando en el único idioma nativo que conocía:
- ¿Me entiendes? ¿Hablas mi idioma? ¡Abre! Tenemos que solucionar esto. ¡Abre ahora!
La puerta se abrió y Sam vio a un hombre que podía doblar su edad, y seguramente tuviera alguno más. Fue encañonado con un arma larga.
- ¿Quién eres? – Preguntó el desconocido.
- Eso mismo puedo preguntarte a ti. - Respondió Sam mirando el arma. Cogió aire y preguntó: - Mi nombre es Sam. ¿Me dejas entrar?
El desconocido dudó, miró la cercana fila de escudos de la policía, y tras lo que parecía un gruñido se hizo a un lado sin dejar de encañonarle.
Sam entró y descubrió que la casa era similar a la suya. Solamente había una habitación adicional, y seguramente por ahí debía estar un nido. Había muebles derribados y rotos. El suelo estaba sucio de barro aportado por el calzado del agresor ya que no se lo había quitado en la entrada. Sam se dio cuenta que tampoco se lo había quitado y contribuía en la suciedad.
Contra una pared estaban dos adultos y una muchacha de unos doce o trece cautones. Las hembras lloraban, la adulta acariciaba la cabeza de la pequeña. E incluso ahí estaba el desagradable olor de las heces de la muchacha que le resbalaban por las piernas. El macho tenía los ojos inyectados en sangre, mostrando una ira que parecía no conocer límites y estaba dispuesto a hacer una tontería contra ese agresor que además de armado duplicaba su tamaño. Como era normal al estar dentro de casa solamente vestían unos calzones.
Tuvo que hablarles:
- Tranquilos, vecinos. Yo hablaré con él. Me conocéis, soy Nativo San. Todo saldrá bien.
Aquellos tan solo desviaron las miradas unos segundos, para a continuar vigilando al desconocido.
- ¿Qué les has dicho? ¿Hablas su jerga?
El agresor volvía a enfadarse y otra vez apuntó con su arma a Sam. Nada había entendido y pensaba que eran planes en su contra.
Esta vez Sam se asustó al ver que le encañonaban, pero aun así preguntó qué quería el intruso, qué buscaba en esa casa.
- ¡Comida! - Gritó el humano foráneo. - No hay caza, ni refugio en ese bosque. Tengo frío y hambre.
Sam miró críticamente al agresor. Estaba muy sucio. Vestía lo que parecía un chándal y Sam pudo leer algo referente a una enseñanza. No se cubría con un abrigo. Una prenda muy larga y estrecha le daba varias vueltas al cuello. La larga melena la llevaba recogida en una coleta y la barba le llegaba al pecho. Aparentaba muy mayor, aunque correctamente afeitado podría ser de menos edad. Hablaba el mismo idioma que Sam, y parecía que no era lo habitual en él. Sam notaba un deje o acento distinto al de su idioma. Portaba un arma de grandes dimensiones en las manos y otra corta en el cinto. Su aspecto era inquietante.
- Esta gente es muy amable. - Respondió Sam señalando a los sorevanos. - Si lo hubieses pedido bien te habrían dado comida suficiente.
- ¡Son invasores!
- ¡No! ¡Te equivocas! Ellos ocupan el sitio que dejamos. ¿Recuerdas? Es el hueco que dejamos libre al matarnos entre nosotros.
El desconocido se puso a maldecir sin dejar de moverse vigilando a través de las ventanas. Al hablar con esa rabia a veces empleaba palabras incomprensibles a los oídos de Sam.
Sam vio que, sobre la mesa, al lado de la cocina había un cuenco con sionma ya cocinada, pero aquel ignoraba que eso era comida. Iba a ofrecerla al desconocido cuando la muchacha preguntó por su hermano sin dejar de llorar y la madre la ordenaba callar mientras ponía su protector cuerpo por delante de la niña.
- ¡Diles que se callen! - Ordenó el desconocido.
Sam así lo hizo. Pidió silencio alegando que el desconocido no les entendía y pensaba que tramaban algo.
Hacía mucho calor en la casa por estar acondicionada para que sus habitantes estuvieran desnudos siendo invierno, por lo que Sam se quitó el abrigo dejándolo sobre la mesa. Sabía que debía hablar con el agresor de cualquier cosa, que se relajara e intentar convencerlo que dejara las armas. Se le ocurrió preguntar:
- Hace mucho que no veo a uno de los nuestros. ¿De dónde vienes?
Tras otras maldiciones el barbudo contestó que del sur.
- ¿Del sur, dices? Yo soy de ahí y tu hablar es muy distinto.
El foráneo soltó un gruñido y ya explicó:
- Hace unos años que fui allí desde más al norte de aquí.
Añadió un nombre y Sam no supo si era un país o ciudad. Simplemente ese lugar ya no existía. Los humanos se ocuparon de destruirlo durante la guerra.
- Me enrolé en el único ejército que encontré, cerca de lo que quedaba de una ciudad llamada Sevilla. Éramos algo más de cien personas entre soldados y civiles. Pero en poco tiempo pasamos a ser unos veinte. Hace tres años que los Cueros atacaron, hui, creo que soy el único superviviente, y así hasta ahora.
Afirmó que ahora en el sur los cueros mataban a todo el mundo y pudo escapar por casualidad. Pasó un invierno en una cueva consumiendo lo poco que tenía. Luego para huir de los cueros se desplazó al norte. Durante unos meses vivió en el interior de un tronco, pero se inundó durante las lluvias de otoño. Llegó el invierno y tras unos días en los que creyó morir de hambre, tan solo comía carroña, insectos, raíces… encontró la población de los invasores. Entró en la primera casa que encontró a su paso.
Pero nada encontraba comestible y no entendía el idioma de los invasores.
Sam asintió, el bosque estaba ahí mismo. Recordó su deambular hasta que robó fruta y tras aquel asesinato de los mandoran sobre los que también eran asesinos fue aceptado como un hijo, como un esposo.
- Has actuado mal. Te podrían acoger aquí. Pero desde luego así no. Ya sabes mi nombre, dime el tuyo.
- Eduard. Me llaman Edu. Y tú… ¿San? ¿Qué nombre es ese?
Sam daba las explicaciones sobre su nombre mientras miraba a la familia Dasonfo que continuaba apiñada contra la pared y entonces recordó que es de cuatro miembros. ¿Dónde está el que falta? ¿Salió de la casa? ¿Permanece escondido? La cría preguntó por su hermano poco antes, luego puede ser que estuviera en la casa. Giró la cabeza hasta la habitación más cercana y sus piernas temblaban de miedo cuando se acercó para mirar.
Se confirmó el peor de sus temores.
En el suelo y formando un charco de sangre que ya se mezclaba con el agua que bajaba por las paredes estaba el cuerpo de un muchacho de unos dieciséis o diecisiete cautones con dos grandes agujeros en el pecho. Tenía los ojos abiertos y el gesto de su rostro parecía mostrar que no se creía que estaba muerto. En una mano sujetaba un inofensivo rotulador. El ordenador sobre la mesa estaba conectado y de unos auriculares se oía esa estridente música que solo los jóvenes soportan.
Sam se mareó, incluso sintió nauseas. No fue por ver un cadáver sino por el hecho que alguien fuera capaz de matar.
Se acercó al asesino que en un gesto de confianza o descuido había colgado en su espalda el fusil quedando cruzado y trasteaba entre los cacharros de la cocina sin ver la comida que en tazones y tarros tenía ante sus narices.
Con un gesto sobre aquel hombro hizo que se girase y lo golpeó con el puño descargando toda su fuerza en la cara.
Eduard, más sorprendido que dolorido, cayó al suelo y Sam se puso encima para inmovilizarlo. El fusil quedaba sujeto debajo de ese hombre, inaccesible bajo su espalda. Sam le quitó el arma del cinto arrojándola debajo la mesa y así lo golpeó varias veces más. Lo giró boca abajo y sujetó sus brazos contra su espalda.
- ¡No te muevas! - Ordenó.
Eduard le llamaba traidor y otros insultos que Sam hacía mucho no escuchaba.
Con un grito ordenó a la familia Dasonfo que saliera de la casa y las dos hembras lo hicieron corriendo. La adulta empujaba a la menor. Pero el macho, padre del muchacho asesinado, de debajo de la mesa cogió el arma corta del asesino. Era enorme y pesada para el sorevano por eso empleaba las dos manos. Y apuntó.
Sam vio que también estaba en la línea de fuego de unas inexpertas manos y se asustó. Se puso a hablar.
- ¡Dasonfo, amigo! ¡No lo hagas! Piensa que tu hija te necesita. Si disparas qué será de ti. De ella. Ha perdido a su hermano, está dolorida, tiene miedo, necesita de sus dos padres. Deja el arma. Por favor. No te conviertas en un asesino.
Los vigilantes tan bien pertrechados irrumpieron en la casa tanto por la puerta como por dos ventanas. Retiraron el arma de las manos de Dasonfo y se dispusieron a arrestar a los dos nativos que encontraron.
Zumeco se interpuso defendiendo a Sam.
- Es ciudadano de la colonia desde hace más de diez cautones... Su esposa es vigilante… Tiene muchos amigos aquí. ¡Es mi amigo!
Al poco, Sam dio la primera de sus declaraciones a los vigilantes. Uno sostenía una grabadora y el otro tomaba notas. Declaración que la hembra adulta corroboró, ya que Dasonfo solamente pedía venganza a gritos. A la niña no le preguntaron, simplemente tiritaba y no era por frío.
Zumeco, que había escuchado la declaración, aprovechó un instante que dejaron solo a Sam para reñirle:
- Has hecho una tontería. Simplemente has tenido suerte.
Sam asintió pensando que jamás lo repetiría.
Los vigilantes tan bien pertrechados se llevaron al asesino y Sam ya no se preocuparía por su suerte. Los sanadores se ocuparon del cadáver del muchacho. Y ya parecía que dejaban a Sam marcharse a casa, con su esposa asida de una mano, aunque llevaba el uniforme de vigilante, cuando en ese momento llegó un trasporte aéreo militar.
La nave no cabía en ese lugar lleno de vehículos y la cercana casa por lo que varios militares bajaron con ayuda de unos cables. Mediante órdenes que no permitían objeciones reclamaban a Sam como uno de los suyos y querían hacer una investigación sobre lo sucedido y su comportamiento.
Cuando Mileada protestó fue encañonada por los militares obligándola a que se retirase.
- ¡Alto! ¡Eso no es necesario!
Ordenó Sam añadiendo que era Consultor del ejército y le debían respeto incluyendo a su esposa y amigos.
Un militar que llevaba varias insignias en los brazos confirmó la identidad de Sam mediante un lector de huellas, y simplemente dijo que debía ir con ellos sin más demora.
Pusieron a Sam unos arneses y con dos cables le izaron a la nave.
Más tarde, en una instalación militar que no sabía si estaba en Lago Oeste o cualquier otro sito, tuvo que repetir dos veces todo lo sucedido.
Hasta que recibieron el parte oficial de la policía en el que corroboraba los hechos. Por fin, cuando ya había pasado gran parte del caute, le dejaron marchar.
Mikane besó los labios de su esposo. Preguntó si había comido y ante la afirmación de Sam propuso dormir en la cama piscina, pues estaban cansados anímicamente.
Al caute siguiente por la mañana Dasonfo se presentó en casa. Llevaba el abrigo que Sam olvidó en su casa. Sam lo agradeció sinceramente ya que no recordaba donde lo dejó. Toda la familia Mikane abrazó al visitante en señal de duelo. Micanea hizo el bonito ritual de respeto de una joven ante un adulto, y Dasonfo se lo agradeció con una sonrisa y un gesto con la cabeza. Mikane propuso tomar algo caliente, aunque ya habían desayunado.
Dasonfo asintió y dejó su abrigo en la silla que le indicaron. Este sorevano no destacaba de los demás salvo que quizás tuviera la cabeza ligeramente puntiaguda y que sus manos eran un poco más grandes. Sam miró las suyas, comparando que el trabajo similar en la granja las mantenía grandes y callosas.
Mileada ordenó a Micanea que se encerrase en su habitación y se pusiera a estudiar. Ella alegó que debía marcharse, de hecho, tenía turno y ya llevaba puesto el uniforme de vigilante, y con una mirada de complicidad ordenó a su madre indicándole que debía desaparecer del comedor. Había que dejar a los dos machos solos. Debían hablar sobre lo sucedido, estaba segura que para eso había acudido Dasonfo.
Mostrando una gran amabilidad Mikane se despidió de la visita diciendo que tenía trabajo en la habitación. Sugirió:
- Si tienes calor puedes quitarte el jersey. Ponte cómodo como si estuvieras en tu casa.
Cogió la caja de costura, hizo un gesto de despedida y se retiró.
Los dos machos sorbían el caldo en silencio. Dasonfo que vestía un calzón largo, y el sayón de campesino sobre lo que parecía un jersey, por fin se decidió a quitarse el sayón. Tras otro sorbo. Se puso a hablar:
- De no ser por ti, yo ahora…
Sam lo interrumpió.
- Dije lo que vi, amigo mío. Con esa arma arrebatada a ese asesino me apoyabas para capturarlo.
- De haber dicho otra cosa…- Movió la cabeza a los lados.
- Es lo que sucedió. Consta así en un montón de documentos. Y las noticias de esta mañana nos ponen como héroes a los dos.
- Yo…- Dasonfo insistía.
- Déjalo así. Por favor. - Sam quería dejar de hablar de eso. Se sentía incómodo. - Y ahora terminemos este caldo para no ofender a mi esposa Mikane.
Dasonfo dio un trago y afirmó que realmente estaba bueno, aunque en su paladar, y cuerpo en general, todo le resultaba insípido. Constantemente revivía en su mente la muerte de su hijo mayor. Algo que pensaba que jamás olvidaría. Aquella doble detonación sonaba continuamente en su cabeza. Miró los frutales a través de la ventana y como sintiendo inspiración de ellos ya pudo hablar.
- Mañana sumergiremos en el fango a mi hijo. – Añadió el sexto de seis que correspondía. – Me gustaría que estés a mi lado.
Sam abrió mucho los ojos. Estaba asombrado. Iba ir al rito, y como solía hacer en esos casos, ante otros vecinos que perdían a un familiar, se colocaría en un lugar algo alejado y discreto. Pero que estuviera en primera fila, junto la familia del difunto era todo un honor.
- Creo que no debo.
- Sam… Mi querido hijo murió ante mis ojos… asesinado… y seguramente salvaste la vida de mi esposa, de mi hija y también la mía…
Sam cruzó sus brazos ante su pecho sin saber bien qué decir, sin conocer bien un rito, y dio las gracias ante semejante honor.
Dasonfo vio lo mucho que el vecino se equivocaba en el rito, pero solamente dijo que le esperaba al caute siguiente, repitió los sextos.
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