Xtories

Acabatelo (Arely Tellez y Mario Bezares

Detrás de la sonrisa profesional y el uniforme amarillo, hay un secreto que solo las meseritas conocen. Cuando las luces bajan y el telón se cierra, la tradición exige un precio: tragarlo todo, sin que nadie del público lo sepa.

Karla Lizeth3.1K vistas

El estudio de Multimedios hervía esa tarde de 2007, el debut de Arely Téllez en "Acábatelo". Apenas 18 años recién cumplidos —cumplidos en agosto, pero ya en marzo la habían metido al equipo como la nueva meserita fresca, inocente en apariencia, con su uniforme corto y amarillo que tanto la caracterizaba y que apenas cubría sus muslos firmes y un top que se ceñía a sus pechos juveniles. El público gritaba, los sketches volaban, y Mayito, Mario Bezares, dominaba el set con su energía inagotable y esa mirada que todos sabían que escondía mucho más que chistes.

Arely acababa de terminar su primer baile provocador: girando, agachándose, dejando que la falda subiera lo justo para que la cámara captara el encaje de su ropa interior. El público enloquecía, pero las otras meseritas —las veteranas, las que llevaban meses o años en el juego— intercambiaban miradas cómplices mientras aplaudían desde el borde del set. Una de ellas, con una sonrisa ladina, le susurró al oído a otra: "Ya le tocó a la nueva, manita. Prepárate para el bautizo".

Mayito, sudado y con la adrenalina del show a tope, terminó el segmento y gritó al público: "¡Vamos a corte comercial, no se muevan!". Las luces bajaron un poco, el equipo corrió, y él, sin perder tiempo, se acercó al grupo de meseritas. Miró directamente a Arely, la tomó del brazo con esa autoridad natural que tenía, y murmuró cerca de su oído, lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera:

—Ven conmigo, novata. Es hora de que te expliquen por qué se llama "Acábatelo" de verdad.

Arely sintió un nudo en el estómago, mezcla de nervios y curiosidad prohibida. Las otras chicas la miraron con esa expresión irónica, casi maternal: cejas levantadas, sonrisitas contenidas, un leve asentimiento como diciendo "ya te tocaba, pequeña. Bienvenida al club". Una incluso le dio una palmadita en el hombro al pasar: "Trágatelo todo, reina. Es la tradición".

Mayito la arrastró detrás del telón negro grueso que separaba el set del pasillo trasero. El ruido del estudio seguía: aplausos lejanos, música de bumper, risas grabadas. Pero allí, en la penumbra angosta, el mundo se reducía a ellos dos. El telón era tan delgado que se oía todo; si alguien gritaba fuerte desde el set, se enterarían. El riesgo era brutal: tres minutos de corte, tal vez menos si el productor apuraba.

Mayito no perdió tiempo. Se apoyó contra una caja de luces, desabrochó su cinturón con una mano mientras con la otra enredaba los dedos en el cabello de Arely y la obligaba a arrodillarse.

—Mírame, Arely —ordenó en voz baja pero firme—. Esto es lo que significa "Acábatelo". Cada vez que una meserita nueva entra, le toca hacerme acabar... y yo siempre les digo lo mismo: "Acábatelo". Porque vas a tragarte todo mi semen, justo como las demás lo hicieron antes que tú. ¿Entendiste?

Arely, con las rodillas en el suelo frío y polvoriento, levantó la vista. Sus ojos grandes brillaban con una mezcla de miedo y excitación. Asintió despacio. Sus manos temblorosas bajaron el cierre de Mayito, liberando su miembro ya duro, grueso, venoso, la punta brillante de precum. El olor masculino la golpeó: sudor del show, colonia barata, deseo crudo.

—Ábrela bien —gruñó él, guiando su cabeza—. Y chúpamela como si tu vida dependiera de ello. El show vuelve en dos minutos.

Arely abrió la boca y lo tomó. Al principio lento, sintiendo cómo se estiraban sus labios alrededor de él, la lengua presionando la parte inferior mientras bajaba. Mayito jadeó, empujando las caderas para meterse más profundo. El sonido húmedo —slurp, gluck— se mezclaba con los aplausos lejanos. Desde el otro lado del telón, una de las meseritas gritó en broma al público: "¡Ya casi volvemos, no se vayan!", pero su voz tenía un tono cómplice, como si supiera exactamente qué estaba pasando.

—Más fuerte, novata —exigió Mayito, apretando su nuca—. Acábatelo... trágatelo todo. Vas a ser una buena meserita, ¿verdad?

Arely aceleró, succionando con fuerza, la cabeza moviéndose rápido, una mano acariciando sus bolas pesadas mientras la otra se aferraba a su muslo para no perder el equilibrio. Él follaba su boca con ritmo urgente, sin delicadeza, haciendo que se atragantara un poco antes de dejarla respirar. Lágrimas se formaban en sus ojos por el esfuerzo, pero no paraba. El riesgo la encendía: si alguien entraba por ese pasillo, los verían. Si el corte se acababa antes, volverían al aire con Mayito jadeante y Arely con los labios hinchados.

—Joder... ya casi... —gruñó él, tensando los músculos—. Acábatelo, Arely... trágatelo todo, como las demás.

Explotó con un gemido bajo que intentó ahogar mordiéndose el labio. Chorros calientes y espesos golpearon el fondo de su garganta. Arely tragó una y otra vez, succionando para no dejar ni una gota, lamiendo la punta sensible al final. Mayito la soltó despacio, respirando agitado, recomponiéndose el pantalón mientras ella se ponía de pie, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.

—Bienvenida al equipo de verdad —dijo él con una sonrisa torcida, dándole una palmada posesiva en el culo—. Ahora ve al set y sonríe como si nada. El público no sabe... pero las chicas sí.

Arely salió primero, ajustándose el top, el rostro sonrojado pero compuesto. Las otras meseritas la recibieron con miradas de aprobación silenciosa: un guiño, un "bien hecho, manita", una risita baja. Mayito reapareció segundos después, fresco como si acabara de tomar agua, y gritó al público:

—¡Volvimos hermoso publico a su programa preferido: Acábatelo!

El público rugió, sin idea de la ironía brutal que acababa de suceder detrás del telón. Pero las meseritas lo sabían. Y ahora Arely también. El nombre del programa nunca había tenido tanto sentido.