<p>La luz del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas, bañando con un resplandor tenue el cuerpo desnudo de Martha. Despertó despacio, como emergiendo de una profunda inmersión. Los primeros segundos fueron de pura sensación: las sábanas frescas contra su piel, el palpitar constante y casi agradable en sus nalgas castigadas, la sequedad en su boca que contrastaba con la humedad persistente entre sus piernas.</p>
<p>Se quedó quieta, disfrutando ese estado liminal entre el sueño y la vigilia. Su mente repasaba fragmentos de la noche anterior: los azotes, el ardor, el placer desbordante. Su cuerpo había alcanzado límites que jamás imaginó posibles. Tres orgasmos. Tres. Y el tercero tan intenso que tuvo que usar la palabra de seguridad.</p>
<p>Martha se sentó en la cama y sintió una punzada de dolor exquisito. Pasó la mano por sus nalgas, comprobando la sensibilidad. La piel estaba caliente, ligeramente inflamada. Sonrió para sí misma. Lejos de sentirse avergonzada o culpable, experimentaba una ligereza casi infantil, como si la liberación física hubiera traído consigo una liberación emocional más profunda.</p>
<p>Se levantó y caminó desnuda hasta el armario. No se molestó en verse al espejo; sabía exactamente cómo lucía su cuerpo marcado. Eligió un short de licra negro que se adhería a sus curvas como una segunda piel y una blusa holgada sin mangas que dejaba sus brazos completamente al descubierto. No se puso ropa interior. La blusa caía libremente sobre sus pechos, y cuando se movía, el escote se desplazaba lo suficiente para revelar casi toda la redondez de sus senos.</p>
<p>Con paso ligero, salió de la habitación. El piso frío bajo sus pies descalzos la conectaba con el momento presente, recordándole que estaba viva, despierta, consciente de cada sensación.</p>
<p>En la sala encontró a Nicolás. Estaba sentado en el sofá, con el celular en las manos, vestido solo con un pantalón deportivo y una camiseta desgastada. Martha se detuvo un momento en el umbral, observándolo antes de que él notara su presencia. Le pareció más adulto, como si los eventos recientes hubieran acelerado su maduración. Ya no veía al adolescente inseguro que había sido su hijo durante tantos años. Ahora veía a un hombre.</p>
<p>—Buenos días.</p>
<p>Nicolás levantó la mirada. Sus ojos recorrieron a Martha de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose brevemente en el contorno de sus pechos bajo la tela suelta.</p>
<p>—Buenos días —respondió—. ¿Cómo dormiste?</p>
<p>Martha caminó hacia él y se dejó caer en el sofá, a su lado. El movimiento hizo que la blusa se desplazara, revelando más de lo que ocultaba.</p>
<p>—Como piedra —dijo ella—. Aunque me sorprendió no encontrarte en la cama cuando desperté.</p>
<p>No había reproche en su voz, solo curiosidad.</p>
<p>—Pensé que necesitarías descansar —explicó Nicolás—. Y después de todo lo que pasó... no quería incomodarte.</p>
<p>Martha soltó una risa suave que hizo que sus pechos se agitaran bajo la blusa.</p>
<p>—Gracias</p>
<p>Nicolás sonrió, bajando la mirada.</p>
<p>Martha se acomodó en el sofá, subiendo una pierna y girándose para quedar parcialmente enfrentada a Nicolás. La posición hizo que el short se tensara sobre su entrepierna, marcando claramente sus labios.</p>
<p>—¿El video quedó bien? —preguntó, recogiendo un mechón de pelo detrás de la oreja.</p>
<p>Nicolás tragó saliva, visiblemente afectado por la visión que tenía ante él. La blusa de Martha se había abierto lo suficiente para revelar casi completamente un pecho. El pezón asomaba, oscuro y tentador, en el borde del escote.</p>
<p>—Sí —respondió finalmente, con la voz ligeramente ronca—. Lo revisé anoche mientras dormías. Quedó... quedó muy bien.</p>
<p>—¿Ya lo editaste? —preguntó Martha.</p>
<p>—Todo está listo —afirmó Nicolás—. Lo tengo en la computadora. Puedes enviarlo cuando quieras.</p>
<p>Martha asintió, satisfecha. Extendió el brazo para tomar el control remoto de la televisión que estaba sobre la mesita, y el movimiento hizo que la blusa se deslizara aún más, exponiendo completamente su pecho izquierdo. No hizo ningún intento por cubrirse.</p>
<p>—Gracias por encargarte de todo eso —dijo, como si no fuera consciente de su desnudez parcial.</p>
<p>Nicolás no podía apartar la mirada del pecho expuesto. La naturalidad con que Martha se mostraba ante él, sin pudor ni teatralidad, era más excitante que cualquier pose estudiada.</p>
<p>—No hay problema —murmuró—. Me gusta hacerlo.</p>
<p>Y era verdad. No solo disfrutaba el proceso técnico de editar los videos, sino que encontraba un placer perverso en revisarlos, en volver a ver las expresiones de Martha, en escuchar sus gemidos, en recordar el sabor de su piel.</p>
<p>Martha encendió la televisión y comenzó a navegar por los canales con desinterés. Su pecho seguía expuesto, como si hubiera olvidado que estaba semidesnuda o, más probablemente, como si ya no le importara. La frontera entre lo público y lo privado, entre lo aceptable y lo prohibido, se había difuminado por completo entre ellos.</p>
<p>—Tengo hambre —dijo Martha después de un momento—. ¿Ya desayunaste?</p>
<p>—No —respondió Nicolás—. Te estaba esperando.</p>
<p>Martha sonrió, apagó la televisión y se levantó. Al hacerlo, la blusa volvió a caer sobre sus pechos, ocultándolos parcialmente, pero la tela era tan delgada y el movimiento de sus senos tan evidente que la prenda apenas servía como barrera visual.</p>
<p>—Voy a preparar algo entonces —dijo, caminando hacia la cocina.</p>
<p>Los días posteriores transcurrieron para Nicolás en un estado de excitación permanente. Cada movimiento de Martha, cada gesto, cada prenda de ropa que elegía o dejaba de usar, todo se convertía en motivo de una nueva erección que intentaba —y a menudo fracasaba— en disimular. Era como volver a la adolescencia, pero con el objeto de su deseo durmiendo en la misma casa, caminando semidesnuda por los pasillos, rozándolo "accidentalmente" en espacios estrechos como la cocina o el pasillo.</p>
<p>En las mañanas, la encontraba preparando café sin sostén bajo camisetas delgadas. En las tardes, la veía recostada leyendo en el sofá con shorts tan pequeños que apenas cubrían lo esencial. Por las noches, se cruzaban en el pasillo cuando ella salía delbaño, con solo una toalla mal ajustada que amenazaba con caer en cualquier momento.</p>
<p>Martha parecía haber abandonado por completo la ropa interior. Sus pezones se marcaban constantemente contra la tela de sus blusas, erectos y visibles, como si el ambiente estuviera perpetuamente frío o ella en un estado de permanente excitación. Cuando usaba pantalones deportivos o mallas, el contorno de su sexo se dibujaba con precisión inquietante, revelando la forma exacta de sus labios, la ausencia de vello, la sutil hendidura central.</p>
<p>Nicolás pasaba horas encerrado en su habitación, masturbándose para aliviar la tensión, pero el alivio era momentáneo. Bastaba cruzarse con Martha en la cocina, verla inclinarse para buscar algo en el refrigerador con el trasero perfectamente delineado por la licra, para que el deseo regresara con más fuerza. En varias ocasiones tuvo que salir abruptamente de una habitación para ocultar una erección repentina.</p>
<p>Lo más perturbador era que Martha parecía perfectamente consciente del efecto que causaba. No había inocencia en su exhibicionismo, sino una deliberada provocación. Sus movimientos eran calculados, sus posturas estudiadas para maximizar la exposición. Cuando se sentaba frente a él, abría ligeramente las piernas. Cuando le hablaba, se inclinaba más de lo necesario, permitiendo que su escote revelara el nacimiento de sus pechos o, a veces, mucho más.</p>
<p>Una tarde particularmente calurosa, Nicolás estaba sentado en el sofá revisando su teléfono cuando Martha entró a la sala. Llevaba una blusa de tirantes tan finos que parecían hilos y tan suelta que con cada paso que daba, sus senos quedaban completamente visibles por los costados. No había pretensión de pudor: sus pechos se balanceaban libremente, los pezones oscuros contrastando con la piel clara que los rodeaba.</p>
<p>—Hace un calor infernal —dijo ella, dejándose caer junto a él en el sofá.</p>
<p>El movimiento hizo que uno de los tirantes se deslizara por su hombro, dejando el pecho correspondiente prácticamente descubierto. Martha no hizo ningún intento por arreglarlo.</p>
<p>Nicolás sintió la boca seca. Sus manos sudaban tanto que tuvo que secarlas disimuladamente en sus pantalones. Intentó concentrarse en la pantalla de su celular, pero sus ojos insistían en desviarse hacia el pezón expuesto, oscuro y erguido como si pidiera atención.</p>
<p>—Por cierto —dijo, tratando de sonar casual—, ¿ya enviaste el último video?</p>
<p>Martha sonrió, recostándose contra el respaldo del sofá en una posición que elevaba sus pechos.</p>
<p>—Hace días —respondió con desinterés—. Supongo que pronto tendremos noticias del instituto otra vez.</p>
<p>—Ah, bien —murmuró Nicolás.</p>
<p>El silencio que siguió estaba cargado de tensión. Martha parecía perfectamente cómoda con su desnudez parcial, mientras Nicolás luchaba con el impulso de tocarla, de inclinarse y tomar ese pezón expuesto entre sus labios.</p>
<p>—Estaba pensando... —comenzó, y se detuvo, inseguro.</p>
<p>—¿Sí? —Martha lo miró directamente.</p>
<p>Las manos de Nicolás estaban tan húmedas que el teléfono casi se le resbaló. Lo dejó en la mesita.</p>
<p>—Estaba pensando que tal vez podríamos... practicar —dijo finalmente, con la voz más aguda de lo que habría deseado.</p>
<p>Martha ladeó la cabeza, fingiendo confusión, aunque la media sonrisa en sus labios delataba que entendía perfectamente.</p>
<p>—¿Practicar? —repitió—. ¿Qué tienes en mente exactamente?</p>
<p>Nicolás tragó saliva. El otro tirante de la blusa de Martha también había comenzado a deslizarse, amenazando con dejarla completamente expuesta de la cintura para arriba.</p>
<p>—Nada especial —respondió, evitando su mirada—. Solo pensé que podría ser buena idea... ya sabes, para estar preparados.</p>
<p>Martha se inclinó hacia él. El movimiento hizo que ambos tirantes cayeran, liberando sus pechos por completo. Ahora su torso estaba desnudo, con la blusa arrugada alrededor de su cintura como un cinturón inútil.</p>
<p>—Si quieres algo, Nico —dijo ella con voz suave pero firme—, tendrás que pedirlo directamente.</p>
<p>La proximidad era insoportable. Nicolás podía oler su perfume mezclado con el aroma natural de su piel. Veía cada detalle de sus pechos: las venas azuladas apenas visibles bajo la piel pálida, la textura diferente de las areolas, la firmeza de los pezones que parecían apuntar directamente hacia él.</p>
<p>—Yo... —comenzó, y se aclaró la garganta—. Es que... en la última grabación, yo no...</p>
<p>Su voz se apagó. Martha colocó una mano en su muslo, tan cerca de su entrepierna que Nicolás tuvo que contener un gemido.</p>
<p>—¿No terminaste? —completó ella, con un puchero exagerado que en otra circunstancia habría parecido cómico—. Pobrecito. Trabajaste tan duro y no recibiste tu premio.</p>
<p>La mano en su muslo subió unos centímetros, acercándose peligrosamente a la erección que ya era imposible de ocultar bajo el pantalón deportivo. Martha le acarició la pierna con movimientos circulares, cada vez más cerca del centro.</p>
<p>—¿Qué es lo que quieres, Nico? —insistió, su voz ahora un susurro ronco—. Dímelo.</p>
<p>Los ojos de Nicolás se movían entre el rostro de Martha y sus pechos desnudos. La mano en su muslo subía y bajaba, provocándole, llevándolo al límite de su autocontrol.</p>
<p>Respiró hondo y tomó valor. Era absurdo seguir con pretextos y eufemismos después de todo lo que habían hecho, todo lo que habían compartido.</p>
<p>—Quiero que me la chupes —dijo finalmente, las palabras saliendo en una exhalación rápida.</p>
<p>Martha sonrió. Se pasó la lengua por los labios, humedeciéndolos deliberadamente, y Nicolás sintió que podría correrse solo con esa imagen.</p>
<p>Martha se deslizó del sofá con una fluidez felina, sin apartar los ojos de Nicolás. Se arrodilló entre sus piernas, todavía con los pechos completamente expuestos, la blusa quedaba olvidada alrededor de su cintura. Sus manos subieron por los muslos de Nicolás hasta llegar al borde elástico del pantalón deportivo. Lo agarró junto con el bóxer que llevaba debajo y tiró hacia abajo con decisión. El miembro de Nicolás saltó libre, completamente erecto, las venas marcadas bajo la piel tensa, el glande brillante con las primeras gotas de líquido preseminal.</p>
<p>—Mira qué bonita está —murmuró Martha, inclinándose hasta que sus labios quedaron a centímetros del miembro palpitante.</p>
<p>En lugar de tomarlo con la boca, como Nicolás esperaba, Martha hizo algo que lo dejó sin aliento. Acercó la mejilla al pene erecto y comenzó a frotarse contra él como una gata buscando caricias. La piel suave de su rostro resbalaba sobre la dureza del miembro. Martha cerró los ojos, abandonándose a la sensación, restregando primero una mejilla, después la otra, luego la frente, la nariz, los labios cerrados, la barbilla, en una especie de adoración carnal que transformaba el acto en algo casi religioso.</p>
<p>—Dios, mamá... —jadeó Nicolás, las palabras</p>
<p>se</p>
<p>le</p>
<p>escapaban</p>
<p>sin control.</p>
<p>Martha abrió los ojos ante esa palabra que nunca usaban durante sus encuentros íntimos. Lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y excitación. Lejos de incomodarse, pareció encenderse aún más. Continuó frotando el pene contra todo su rostro, ahora con más intensidad, mientras mantenía sus ojos fijos en los de Nicolás.</p>
<p>Con un movimiento casi inconsciente, Nicolás tomó el teléfono de la mesita. Activó la cámara y comenzó a grabar. El primer plano capturaba perfectamente la imagen de su madre restregándose su verga por la cara, dejando rastros brillantes de líquido preseminal en su piel.</p>
<p>—¿Qué haces? —preguntó Martha, sin detener sus movimientos.</p>
<p>—Practico —respondió Nicolás, ajustando el ángulo para capturar mejor el rostro de Martha y su pene juntos—. Para las grabaciones reales.</p>
<p>Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de Martha. No era una sonrisa inocente, sino la expresión de alguien que reconoce y acepta un juego perverso. Sin romper el contacto visual con la cámara, abrió la boca y, de golpe, engulló casi toda la longitud del miembro de Nicolás.</p>
<p>La humedad y el calor envolvieron a Nicolás con tal intensidad que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no correrse en ese mismo instante. Martha no se movió por un momento, manteniendo el pene profundamente dentro de su boca, con la garganta relajada para acomodarlo. Luego comenzó a retirarse lentamente, succionando con fuerza, hasta que solo el glande quedó entre sus labios. Jugó con él, acariciándolo con la lengua, antes de volver a tragar toda la longitud de una sola vez.</p>
<p>Un gemido gutural escapó de la garganta de Nicolás. La mano que sostenía el teléfono temblaba, pero no dejó de grabar. La otra mano se posó sobre la cabeza de Martha, enredándose en su cabello, sin presionar todavía, solo sintiendo el movimiento de su cabeza mientras subía y bajaba por su verga.</p>
<p>Martha estableció un ritmo constante, alternando entre engullir profundamente y jugar solo con la punta. Sus manos no permanecían ociosas: una masajeaba los testículos de Nicolás, la otra acariciaba la base del pene, coordinándose perfectamente con el movimiento de su boca.</p>
<p>Después de unos minutos, se retiró completamente. El pene de Nicolás quedó expuesto, brillante por la saliva, más enrojecido y duro que nunca. Martha lo agarró con una mano y comenzó a agitarlo frente a su cara, permitiendo que le golpeara suavemente las mejillas.</p>
<p>—¿Te gusta? —preguntó, mirando directamente a la cámara—. ¿Te gusta cómo te la chupo?</p>
<p>La pregunta, tan directa, tan obscena en labios de su madre, encendió algo primitivo en Nicolás. La mano que reposaba en el cabello de Martha se cerró, agarrando un puñado con fuerza. Empujó la cabeza de Martha hacia su miembro con una rudeza que nunca antes había mostrado.</p>
<p>—Trágala toda —ordenó, con una voz irreconocible incluso para él mismo.</p>
<p>Martha abrió la boca obedientemente, permitiendo que Nicolás controlara el ritmo, la profundidad, todo. La empujó más allá de lo que ella había ido por su cuenta, obligándola a tragar casi hasta la base. Por un momento, Martha se tensó, luchando contra la arcada natural, pero luego se relajó, entregándose por completo, permitiendo que Nicolás usara su boca como deseara.</p>
<p>La saliva comenzó a escurrir incontrolablemente. Gruesas líneas brillantes descendían desde las comisuras de los labios de Martha, goteando sobre su barbilla, bajando por su cuello, llegando hasta sus pechos desnudos. Más saliva se acumulaba en la base del pene, empapando los testículos de Nicolás, escurriendo por sus piernas hasta el sofá. El sonido era obsceno: chasquidos húmedos, succiones, jadeos ahogados que Martha lograba emitir a pesar de tener la boca llena.</p>
<p>Nicolás mantuvo el control por varios minutos, empujando y retirando la cabeza de Martha según su voluntad. La imagen en la pantalla de su teléfono era hipnótica: su madre, con los pechos desnudos y balanceándose con cada movimiento, la boca estirada alrededor de su pene, los ojos levantados hacia la cámara, las lágrimas de esfuerzo mezclándose con el maquillaje ligeramente corrido.</p>
<p>Cuando sintió que estaba cerca del clímax, Nicolás soltó el cabello de Martha y sacó su pene de la boca de ella. Un hilo grueso de saliva conectaba todavía el glande con sus labios hinchados. Martha jadeaba, tratando de recuperar el aliento, pero sus ojos seguían fijos en la cámara, en una mezcla de sumisión y desafío que resultaba irresistible.</p>
<p>Nicolás tomó su miembro con la mano libre y comenzó a masturbarse frente al rostro de Martha. El teléfono en su otra mano capturaba cada detalle: los movimientos rápidos de su mano sobre el pene empapado con la saliva de su madre, la expresión de anticipación en el rostro de ella, la forma en que se lamía los labios preparándose para recibir su recompensa.</p>
<p>—Quiero que te tragues toda mi leche —dijo Nicolás, sorprendiéndose a sí mismo con el uso de ese término obsceno que jamás habría imaginado pronunciar frente a su madre.</p>
<p>Martha ronroneó en respuesta, un sonido animal, primario, que venía de lo más profundo de su garganta.</p>
<p>—Sí, mi amor, dame tu lechita —suplicó, abriendo la boca y sacando la lengua, ofreciéndose como lienzo para su orgasmo.</p>
<p>Las palabras fueron el detonante final. Nicolás sintió la familiar contracción en la base de su columna, la tensión en los testículos, el placer acumulándose hasta volverse insoportable. Con un último movimiento de muñeca, dirigió su pene directamente hacia la boca abierta de Martha.</p>
<p>El primer chorro fue tan potente que sorprendió a ambos. Una línea gruesa de semen blanco golpeó la lengua extendida de Martha, rebotó contra su paladar, y parte se escurrió por su barbilla. El segundo impactó contra su mejilla, el tercero aterrizó nuevamente en su boca. Nicolás seguía masturbándose, extrayendo hasta la última gota, mientras Martha recogía con la lengua todo lo que podía alcanzar.</p>
<p>Cuando finalmente se detuvo, Martha cerró la boca, miró directamente a la cámara, y tragó visiblemente. Después abrió la boca de nuevo, mostrando que había desaparecido todo rastro de semen. La imagen era tan pornográfica, tan perfectamente ejecutada, que parecía sacada de una producción profesional.</p>
<p>Nicolás dejó de grabar. El silencio que siguió estaba roto solo por sus respiraciones agitadas.</p>
<p>Lo más impresionante, pensó Nicolás mientras se lavaba las manos en el baño, no era lo que acababan de hacer. Lo verdaderamente sorprendente era lo que vino después: la normalidad. Como si chupar una verga y tragar semen fuera una actividad tan cotidiana como lavar los platos o barrer el piso. Cuando salió del baño, encontró a Martha en la cocina, ya completamente vestida, revisando el refrigerador para decidir qué preparar para comer.</p>
<p>La vida continuaba su curso, imperturbable, mientras ellos cruzaban límites que la mayoría consideraría impensables.</p>
<p>—¿Quieres pasta? —preguntó Martha sin voltear a verlo.</p>
<p>—Sí, suena bien —respondió Nicolás, sentándose en una de las sillas de la cocina.</p>
<p>Martha comenzó a preparar la comida con movimientos eficientes y familiares.</p>
<p>Comieron juntos en la mesa del comedor, hablando de temas mundanos.</p>
<p>En ningún momento mencionaron lo que había ocurrido en el sofá. No hacía falta. Sus miradas ocasionales, cargadas de complicidad, decían todo lo necesario.</p>
<p>Después de comer, limpiaron la cocina. Martha lavó los platos mientras Nicolás los secaba y guardaba. Sus cuerpos se rozaban en el espacio estrecho, y cada contacto, por breve que fuera, estaba cargado de electricidad. Sin embargo, no hubo más avances sexuales durante el resto de la tarde. Cada uno se ocupó de sus actividades habituales: Martha leyó un libro en el sofá, Nicolás jugó videojuegos en su habitación.</p>
<p>La noche llegó con su ritual habitual de cepillado de dientes, baño, preparación para dormir. Pero esta vez, cuando Martha se dirigió a su habitación, Nicolás la siguió sin necesidad de invitación. Era un paso natural, como si siempre hubieran compartido la misma cama.</p>
<p>Se desnudaron sin pudor, ya completamente cómodos con la visión del cuerpo del otro. Martha se metió entre las sábanas primero, y Nicolás se unió a ella segundos después. Sin palabras, se abrazaron. El pecho de Nicolás contra la espalda de Martha, el brazo de él rodeando su cintura, las piernas entrelazadas. La intimidad de este contacto, extrañamente, parecía más significativa que todos los actos sexuales que habían compartido. Era la primera vez que dormirían abrazados, como una verdadera pareja.</p>
<p>El calor de los cuerpos bajo las sábanas, la respiración acompasada de Martha contra su pecho, el aroma de su pelo cerca de su nariz... Nicolás se quedó dormido casi instantáneamente, con una sensación de plenitud que no había experimentado en mucho tiempo.</p>
<p>El amanecer lo encontró despierto antes que a ella. Martha se había girado durante la noche y ahora yacía de frente, con las sábanas enredadas a la altura de su cintura, dejando al descubierto sus pechos. Nicolás se apoyó en un codo y se dedicó a admirarla en la luz tenue de la mañana. Sus ojos recorrieron las curvas suaves, la piel que mostraba signos del paso del tiempo pero que seguía siendo hermosa, los pezones oscuros que conocía ya no solo con la vista sino con el tacto, con el sabor.</p>
<p>Un pensamiento cruzó su mente, insistente: ¿hasta dónde llegarían? Habían comenzado con caricias, después habían pasado al sexo oral, los azotes, grabaciones cada vez más atrevidas. Solo quedaba una frontera por cruzar, la última barrera que separaba lo que hacían de un incesto completo. ¿Lo harían si el instituto lo pedía? ¿O quizás incluso sin que nadie se los pidiera, solo por deseo propio?</p>
<p>La pregunta provocaba en Nicolás sentimientos contradictorios. Por un lado, la excitación ante la idea era innegable; por otro, persistía un último vestigio de tabú, una resistencia instintiva a ese acto final. No era moralidad convencional —esa barrera la habían cruzado hace tiempo— sino algo más primitivo, como si el cuerpo mismo supiera que existían límites que no debían traspasarse.</p>
<p>Y sin embargo... Si Martha se lo ofreciera, si abriera las piernas y le pidiera que la penetrara, Nicolás sabía que no podría resistirse. La idea de estar dentro de ella, de sentir ese calor envolvente que hasta ahora solo había experimentado con sus dedos, era demasiado tentadora para rechazarla. La última barrera era frágil, sostenida únicamente por una convención que perdía fuerza con cada nuevo acto que compartían.</p>
<p>Martha abrió los ojos, interrumpiendo sus reflexiones. Lo miró con esa expresión soñolienta y vulnerable que solo se tiene al despertar, antes de que las defensas del día se activen.</p>
<p>—Buenos días —murmuró, con la voz ronca por el sueño—. ¿Llevas mucho tiempo despierto?</p>
<p>—No mucho —respondió Nicolás, inclinándose para besarla.</p>
<p>No fue un beso casto de buenos días. Sus labios se encontraron con hambre, las lenguas se entrelazaron, las manos comenzaron a explorar. Martha gimió dentro del beso, arqueándose ligeramente hacia él.</p>
<p>Nicolás se separó, sonriendo.</p>
<p>—Voy a lavarme los dientes —dijo, saliendo de la cama.</p>
<p>Martha soltó una carcajada y se estiró como una gata, exponiendo completamente su cuerpo desnudo. Nicolás se permitió admirarla un momento más antes de dirigirse al baño.</p>
<p>Mientras se cepillaba los dientes, escuchó la voz de Martha desde la habitación.</p>
<p>—¡Nico! ¡Recibimos otro depósito!</p>
<p>Nicolás se enjuagó la boca rápidamente.</p>
<p>—¡Buenas noticias! —respondió, escupiendo en el lavabo.</p>
<p>Se quedó un momento mirándose en el espejo. El reflejo le devolvió la imagen de un joven que parecía físicamente el mismo de siempre, pero que había cambiado profundamente por dentro.</p>
<p>¿Quién era esta persona en el espejo? Ya no era el adolescente inseguro atrapado en una cuarentena con su madre.</p>
<p>Martha lo llamó de nuevo desde la habitación, preguntándole algo sobre el desayuno, pero las palabras exactas se perdieron en el zumbido de sus pensamientos.</p>
<p>Nicolás se echó agua en la cara y respiró hondo. Fuera lo que fuese en lo que se había convertido, lo aceptaba completamente.</p>
<p><strong>Nota del autor:</strong></p>
<p>Bueeenas, estuve enfermo la semana pasada, por eso la pausa.</p>
<p>Como sea, esta serie fue escogida por los miembros del Patreon para tener dos capítulos seguidos, así que<a href="patreon.com/RelatosdePerseo"> puedes leer hasta el capítulo 10 en mi Patreon</a> por si te interesa.</p>
<p>Nos vemos esta semana con actualizaciones para las otras series.</p>
<p>Gracias por cierto por los mensajes y comentarios que me han dejado en los otros relatos, a veces contesto pero no sé si los lean porque la plataforma no los notifica.</p>