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Dominaciónfeb 2026

Expuesta por orden de mi Amo

Don Aurelio no solo quiere su obediencia, quiere su esencia. En la penumbra de su despacho, Claudia descubre que su cuerpo traiciona a su orgullo, y que la única salida es entregarse por completo a la voluntad de un hombre que la ve como un simple receptáculo.

ClaudiaMorrus7.1K vistas9.6· 9 votos

Hola, me llamo Claudia, tengo veinte años y escribo esto por orden estricta de mi Amo, don Aurelio. Él tiene sesenta y cuatro años y es el hombre curtido que decidió que mi vida y mi cuerpo le pertenecen por completo, poseyéndome con su carácter implacable y su dominio absoluto.

En este relato me exige exponer mi proceso de sumisión, que él considera aún incompleto tras casi dos años. Quiere que detalle mis pensamientos, mis vivencias y, sobre todo, lo que me hace cada vez que me usa o hace que me usen. Su intención es que vosotros me leáis y hagáis comentarios y sugerencias que me ayuden a corregir mis errores, para así pulirme y que no quede nada en mí que a don Aurelio no le guste.

Me pongo roja solo de pensar que vais a leer esto ya que soy tímida por naturaleza; la idea de exponerme me hace encogerme mientras escribo, también me avergüenza que sepáis exactamente lo que mi Señor me pide y cómo debo aceptarlo sin más, aunque me cueste o me disguste.

Él dice que es simple: debo estar siempre agradecida por lo que decida para mí, solo entonces encontraré mi sitio en la vida. Me ha exigido sinceridad total, sin suavizar ni tapar nada; si no lo cuento como él quiere, se enfadará, y eso me disgusta. Me cuesta escribir sin rodeos, nombrar ciertas partes de mi cuerpo o describir sus actos y vejaciones, pero voy a intentarlo. Lo escribiré tal cual, aunque me sienta avergonzada y expuesta al hacerlo.

La cuestión es que él está decepcionado conmigo por mi incapacidad para entender sus órdenes y obedecer como es debido. Ayer mismo volví a fallarle.

Durante el examen de Protocolo, mientras el resto de la clase respondía en un silencio, don Aurelio me encomendó mi tarea habitual. Yo no sigo el ritmo académico de los demás, así que mi función era servir: repartir los exámenes, entregar hojas en blanco si algún alumno lo pedía, recoger los ejercicios terminados a medida que fueran acabando y atender cualquier necesidad menor, como recoger objetos del suelo. Todos conocen mi lugar; me movía entre las mesas con rapidez, atenta a cada gesto. Algunos compañeros levantaban la mano solo para obligarme a acercarme; otros me susurraban un «Gracias, sirvienta» cargado de una mezcla de lástima y superioridad. Yo, según el protocolo, debo responder con un hilo de voz para no molestar: «De nada, señor» o «De nada, señora».

Entonces, Eric, el matón de la clase, dejó caer su lápiz y me indicó con un gesto arrogante que lo recogiera. Sentí el peso de todas las miradas mientras me agachaba lentamente. Él soltó una risa baja y murmuró: «Buena chica, recógelo». Mi mano tembló tanto que, al intentar dárselo, el lápiz resbaló de mis dedos y cayó directamente sobre su entrepierna. Al inclinarme de nuevo para recuperarlo, vi cómo su pantalón se tensaba.

Me quedé cortada. Busqué instintivamente la mirada de don Aurelio. Él me sostuvo la vista con una sonrisa fría y sentenció: «¿A qué esperas? Entrégale el lápiz como es debido y deja de molestar». Con los dedos de punta y rozando apenas su muslo, se lo entregué sin levantar la vista, mientras el aula se llenaba de risas contenidas.

Al terminar, mi Amo me llamó aparte y me regañó: «Ni siquiera sabes aceptar tu rol de apoyo sin cagarla». Me castigó la tarde de ayer: encerrada en mi habitación, sin móvil ni televisión, con el ordenador desconectado de la red solo para escribir este relato. Dijo que el castigo no ha sido más severo porque, al menos, intenté hacerlo bien sin quejarme ni crear un escándalo que interrumpiera el examen.

Sé que estoy siendo adiestrada para entender que mi cuerpo ha dejado de pertenecerme; es solo un receptáculo para su voluntad, una herramienta orgánica. Aparte de ese tipo de servidumbre más psicológica, debo ofrecerme físicamente por completo a él. Mi trasero debe dilatarse con docilidad y mi espalda arquearse ante el más mínimo de sus gestos, asumiendo mi rango sin una sola protesta. Mi única respuesta permitida, sin importar lo que me haga, es la mirada baja y un «Gracias, Amo». Pero a veces, a pesar de que lo intento, me cuesta muchísimo permanecer inmóvil, sobre todo cuando no es con él, sino con extraños, pero eso ya lo contaré más adelante.

Es un contraste extraño; cuando él me saca a pasear, se siente orgulloso de que sea suya, dice que soy hermosa y elegante, poseedora de una belleza fina y una distinción natural que él siempre ha reconocido, que mi piel es de una suavidad impecable y mi cuerpo tiene una proporción áurea que se mueve con gracia natural. Me da vergüenza recordar cuando es agradable conmigo y me dice cosas así de bonitas, aunque eso pasa pocas veces. La mayor parte de las veces, como ya dije, me trata fatal; me reduce a un mero objeto y me dice, simplemente, que soy un vertedero de esperma, un conjunto de agujeros pensados para satisfacer a los machos. Me trata con desprecio deliberado, me fuerza a tragarme vejaciones que chocan de forma violenta contra esa delicadeza que él mismo reconoce.

Y precisamente ahí radica, según él, mi verdadero valor como sumisa: en esa contradicción insoportable. En ser, al mismo tiempo, la chica atractiva que cualquier hombre desearía al verme por la calle y la puta degradada en la que me convierte cuando quiere. Él dice que esa fractura —la elegancia aplastada bajo la vergüenza— es lo que más le gusta de mí.

Es cierto que cuando él me premia y lo veo satisfecho, mi pecho se hincha, como si respirara mejor. Los días que me deja descansar un rato con la cabeza en su muslo, cierro los ojos y me quedo quieta, escuchando su respiración. Creo que ser sumisa es una tendencia que siempre ha habitado en mí, o quizá algo que él supo despertar aprovechando mi inocencia. No lo sé con certeza; dejaré que lo vayáis descubriendo y juzguéis por vosotros mismos a medida que me leáis. Espero que me ayudéis a salir de estas dudas.

Es por eso que, para que me conozcáis bien, creo importante explicar cómo llegué hasta aquí; daros un poco de contexto sobre por qué soy como soy. Necesito que entendáis de dónde vengo y cómo fui educada; cómo mi madre influyó en parte en lo que ahora soy, hasta llegar al día en que, con mis dieciocho años recién cumplidos, lo conocí a él.

Nací en un pueblo cerca de Barcelona, marcada por la muerte de mi padre y el desfile incesante de las parejas de mi madre. Aquella inestabilidad enturbió mi educación y me obligó a crecer con la guardia alta. Me aterraba ser el reflejo de mi madre, especialmente porque, desde muy joven, tuve que soportar las miradas de deseo sucio que los hombres clavaban en mí. Mi Señor conoce bien esa hambre masculina y sabe cómo usarla como parte fundamental de mi educación. Más adelante, en otro relato, explicaré cómo, tuve que localizar a algunos de ellos para proponerles algo que aún me cuesta asimilar que sucediera; pero ese es un relato que ahora no procede.

Los años pasaron sin relevancia hasta terminar la secundaria, con un expediente desastroso. No pude entrar en Bachillerato y en mi futuro no se visualizaba ninguna salida. Por suerte, mi madre se informó en el ayuntamiento sobre unas ayudas para personas con fracaso escolar en un centro de prestigio para cursar un Grado Medio de Protocolo y Relaciones Públicas. «No podía aspirar a nada mejor». Era un lugar carísimo que ella jamás habría podido costear con salidas como azafata o recepcionista.

Durante el año previo al examen de acceso, mi cuerpo se transformó. Los hombres del barrio empezaron a mirarme de otra manera. Recuerdo que participé en el concurso de belleza de la fiesta mayor obligada por mi madre, y gané. A mí me ponía nerviosa tanta atención, pero ella lo veía como un regalo: «Gustar es poder, hija; aprende a usarlo».

Me planté en un metro sesenta y ocho, ni muy alta ni muy baja, esbelta, delicada y frágil. Mi madre decía que era una altura «aún manejable», pero solo para un hombre de alto valor que supiera cómo tratar a una mujer. Mis caderas se redondearon con una curva que me parecía ajena; mi cintura se estrechó en contraste a la redondez de mis nalgas, una curva plena que llenaba mis faldas con una insolencia que yo no había planeado. Al caminar, sentía un rebote natural que marcaba un ritmo femenino e involuntario. Mis pechos se volvieron firmes y llenos, con pezones salidos que apuntan hacia arriba como si suplicaran atención; sentía su peso y densidad, un recordatorio constante de que ya era mujer… aunque ese cuerpo me resultara aún extraño.

No obstante, aunque sea bonita, como persona soy un poco lenta; leer me da dolor de cabeza y me bloqueo si debo pensar mucho. Mi Amo me lo repite siempre: «Tu única utilidad es la de abrirte y recibir. Si no tuvieras este cuerpo, no servirías ni para limpiar suelos». Al escucharlo, bajo la mirada y asiento y, aunque no me guste lo que me dice, sé que tiene razón.

Pero en aquella época me sentía dueña de mis pasos en la calle, incluso compré parte del movimiento feminista, ahora me doy cuenta de que aquello era una tontería para alguien como yo, porque, aunque es cierto que muchas mujeres están hechas para mandar y controlar el mundo, hay otras que estamos destinadas a ser propiedad de un superior.

Un mes antes del examen, asumí que no estaba preparada. Mi madre, que me entendía porque en su juventud fue igual, me propuso grabar un vídeo de presentación. En él, apenas decía mi nombre y me limitaba a posar bajo su guía. Mi Amo dice que en ese vídeo vio mi alma: la de alguien que se deja moldear por los demás, en ese caso mi mamá.

Llegó el día del examen, éramos diez chicas frente al examinador. Como era de esperar, el examen me salió fatal; no entendía las preguntas, aunque yo me esforcé al máximo y las respondí todas lo mejor que supe. Por eso, cuando nos dieron el psicotécnico me alegré ya que solo había que marcar cruces. No obstante, pronto aparecieron preguntas extrañas: si era virgen, si me gustaban solo los hombres, si era indecisa. Con vergüenza y el pulso tembloroso, confesé mi virginidad y mi incapacidad para tomar decisiones y el gusto por los hombres. Creí que ser honesta me daría puntos, sin sospechar que el mío no era el psicotécnico estándar. Más adelante sabréis por qué.

Esa misma tarde llamaron a mi madre: era apta. Me quedé helada; no podía creer que hubiera aprobado, además la rapidez me impresionó mucho, no entendía cómo habían decidido tan rápido si el examen había sido tan malo. Nos abrazamos y saltamos de alegría como si no hubiera un mañana.

Finalmente llegó el primer día de clase donde empezó todo. Mi madre me preparó un vestido de seda sintética negra, de tirantes finísimos y un escote acentuado. La espalda quedaba al descubierto y una franja de malla transparente revelaba mi vientre. La falda era tan corta que sentía el aire rozando mi zona íntima. Además, mi madre me prohibió llevar sujetador: me decía «Deja que esos pezones se marquen bien. ¿No decías que eras feminista? Pues no llevar sujetador lo es».

Me maquilló con labial rojo y me puso tacones de aguja de doce centímetros que me hacían parecer una figurilla de cristal.

Al salir ya en la calle, los piropos groseros de unos obreros despertaron en mí una extraña vanidad. Al llegar al centro, rodeada de familias perfectas, sentí cómo mi presencia rompía la armonía. Recuerdo que un padre de familia clavó descaradamente la mirada en mi trasero mientras su mujer me lanzaba dagas con los ojos. Me sentí fuera de lugar, pero al mismo tiempo me sentí alagada y cierta presunción se apoderó de mí.

Llegué al aula y me senté rápido en un pupitre, cruzando las piernas con extremo cuidado para que la falda no subiera. Entonces me di cuenta del error: llevaba unas braguitas de algodón blanco con un conejito anime y lazo rosa. Las demás chicas también llevaban lazos, pero en el pelo, vestidos recatados y zapatos planos. Yo destacaba demasiado. Me consolé pensando que, si nadie veía esas braguitas infantiles, todo iría bien. Por lo demás, los chicos me miraban con ese brillo tímido y torpe que ya me conocía y me parece tan entrañable; por lo que me devolvió algo de seguridad.

De pronto, el murmullo del aula se cortó en seco. Silencio absoluto, pesado. Unos zapatos hicieron vibrar el parqué de madera; la vibración subió por las patas del pupitre hasta instalarse en mi pecho. Levanté la vista y ahí estaba él. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Instintivamente apreté los muslos y me incliné sobre el pupitre, queriendo hacerme pequeña, invisible. Sus ojos, maduros y serenos, se fijaron en mí con una autoridad que me dejó sin aliento. Fue una mirada breve pero tan intensa que sentí que me desnudaba. Con una voz que llenaba cada rincón del aula de más de cien alumnos explicó su pasado militar y desgranó las normas y valores del centro. Solo conseguí retener su nombre: don Aurelio.

Tenía sesenta y dos años en aquel momento, era altísimo —casi dos metros—, con una barriga prominente que tensaba los botones de su camisa verde militar, barba blanca que se unía a los pocos cabellos laterales que le quedaban, y hombros anchos que lo hacían parecer enorme. Su presencia era imponente, sólida; se movía con una calma absoluta, sin prisa ni nervios, como si todo el espacio le perteneciera. Frente a él me sentía diminuta, con el vestido demasiado corto y los tacones que de repente parecían ridículos, como si estuviera disfrazada de alguien que no era.

Se detuvo justo delante de mi mesa, sin mirarme cambió el tono de voz a uno más informal, casi burlón: —En este centro no todos partís de la misma base. Hay casos especiales que han necesitado un empujón extra. Espero que la cuidéis y entre todos podáis ayudarla… aunque dudo que a los chicos os haya pasado desapercibida.

Unas risitas chulescas recorrieron el aula. El mensaje era claro: me estaba señalando públicamente como algo diferente, como un reclamo sexual. Me sentí insultada y aterrada; aquello era una sentencia social que me marcaba como una marginada desde el primer minuto. Su talante era tan hipnótico como abusivo, pero su apellido y su historia pesaban más que cualquier norma. Él era una fuerza de la naturaleza que imponía, pero que, si quería, además tenía un carisma magnético.

Cuando sonó la sirena esperé a ser la última en salir. No quería cruzarme con nadie. Recogí mi chaqueta, la apreté contra el pecho y caminé hacia la puerta con la cabeza gacha. Pensé que el día terminaría ahí, con ese mal sabor de boca. Me equivocaba, y nunca mejor dicho «después lo entenderéis».

Justo al poner un pie en el umbral de la puerta, su voz grave me golpeó la espalda: —Perdona, niña. Cierra la puerta y acércate un momento.

Obedecí sin dudar. Cerré, como me había dicho, y me acerqué. Él se levantó de su silla y se puso delante de mí. Incluso con tacones, mi cabeza apenas le llegaba por debajo de la barbilla.

Me recorrió con una mirada lenta, deliberada, que me hizo sentir desnuda. Luego, con esa media sonrisa fría que usaba cuando ya había decidido el destino de alguien, acortó la distancia que nos separaba. Su voz bajó de volumen, tornándose íntima y letal:

—Escúchame bien, Claudia, porque te voy a decir algo que va a cambiar la forma en que te miras al espejo…

Hizo una pausa, disfrutando de mi desconcierto. Fue entonces cuando soltó la verdad que me dejó sin aliento: me confesó que mi propia madre había ido a verle. Me describió cómo ella se había ofrecido a cualquier precio con tal de que me aceptara en el centro. Tras rechazarla a ella por no tener” la esencia” que él buscaba, me contó, con una crueldad, cómo ella había insistido rogándole una oportunidad para mí.

Le dijo que yo necesitaba a alguien que me recondujera, que me quitara de la cabeza esos pajaritos del feminismo y que me supiera tratar. Que confiaba ciegamente en su criterio para que él hiciera conmigo lo que es debido, porque ella, como madre soltera, no había sabido trasladarme esa seguridad masculina; añadiendo que, con mis dieciocho años, yo sabría compensarle a mi manera.

—¡Directamente te vendió, Claudia! —resumió con una sonrisa cruel—. No quise que pagara la plaza con su cuerpo, y me ofreció el tuyo a cambio para garantizarte un futuro que ella jamás podría pagarte.

Fue entonces cuando don Aurelio cerró la puerta con llave y corrió las cortinas, aislándonos en una penumbra rota solo por la lámpara de su escritorio. Se acercó invadiendo mi espacio, acorralándome contra la mesa con la mera fuerza de su presencia. Sin tocarme empezó a diseccionarme:

—Mírate, toda empoderada con ese vestidito de zorra de discoteca y tacones de puta callejera. No me engañas, cariño. Los dos sabemos qué hay debajo: una niñata que aprieta los muslos cada vez que un hombre de verdad la mira. Lo olí en tu vídeo de presentación. Lo veo en cómo bajas la vista y te quedas quieta sin saber dónde mirar, como esperando que alguien decida por ti. Todo en ti pide que te usen: el temblor leve en las piernas, los labios entreabiertos, el rubor que sube cuando te sientes observada. Sacaste un cero en el examen porque no das una… y en el psicotécnico que preparé solo para ti quedó confirmado lo que intuía: naciste para tragar polla y para que te traten como una zorra. Nada más.

Eres virgen, sí, pero eso no te hace especial, solo significa que, si no te estrenan, no tienes utilidad. Si te portas bien y pasas mi verdadero examen —el que no sale en papel—, tendrás el privilegio de que te use como mi vertedero de esperma particular. Mío primero, y después de quien yo decida.

Las lágrimas me caían sin control; sentía vergüenza de mí por haber sacado un cero, de mi mamá por ofrecerse de esa manera, miedo que me paralizaba. Sus palabras me golpeaban como puñetazos: la forma en que me reducía a un objeto, la certeza con la que describía cada gesto mío y la dolorosa verdad de que bajo el vestido me sentía pequeña e insegura.

Después, me arrebató la chaqueta que apretaba contra el pecho y la tiró sobre el suelo, delante de sus zapatos, como un altar preparado con cuidado. Se inclinó a mi oído y me dijo en un susurro helado:

—No te hagas ilusiones todavía… Aún no eres nada ni de nadie. Antes de que te use tendrás que ganarte el derecho de ser mi perra. Ese privilegio de que yo te estrene no se regala. Tu belleza no basta conmigo; vas a tener que trabajar muy duro para merecer que te marque.

De pronto, su enorme mano me atenazó la cabeza con fuerza bruta, obligándome a bajar mis rodillas hasta golpear el suelo sobre mi propia chaqueta. La falda se subió con el movimiento, dejando a la vista el borde de mis braguitas de algodón. Él lo notó al instante; con la punta del zapato enganchó la tela y la desplazó lentamente, exponiéndome por completo ante su analítica mirada.

—Vaya, vaya… —soltó una carcajada seca—. Por fuera vas vestida como una zorra, pero debajo llevas algodón blanco y personajes de dibujos. ¿En serio, Claudia? ¿Dibujitos animados?

Sus palabras eran una locura, un delirio que me provocaba un terror visceral y a la vez mucha vergüenza al descubrir justo lo que quería esconder. En un acto reflejo de pura desesperación, llevé mis manos temblorosas hacia el dobladillo de la falda. Intenté cubrirme, forcejeando con la tela para rescatar, aunque fuera un poco de dignidad y no sentirme tan obscenamente vulnerable bajo su examen. Pero no me dejó, me agarró del pelo por detrás y me forzó la cabeza hacia arriba, obligándome a mirarle directamente.

Me escupió con precisión entre mis pechos y, por culpa de mi prominente escote y posición, aquella masa húmeda resbaló libremente por mi piel. Noté todo el recorrido de ese rastro abundante que descendía por mi escote, atravesaba mi vientre, contorneaba mi ombligo y, justo antes de morir en el borde de mi vestido, el, que no perdía detalle, estiró su mano libre. Con un dedo enganchó el elástico de mis braguitas para apartarlo apenas unos centímetros, permitiendo que todo aquel rastro tibio terminara de resbalar hacia mi vulva.

—Qué tierno… —dijo con crueldad—. Mi saliva mancillando los dibujitos de una niña que ni siquiera llega a puta. Ahora ya tienes algo mío dentro. Así que dame las gracias.

Con la voz rota, lágrimas cayendo y presa del pánico le dije lo que quería escuchar: —Gracias, Amo.

—Bien, es hora de que trabajes un poco. Desabróchame la bragueta.

En ese instante vi cómo la tela del pantalón tensaba un bulto enorme, estratosférico, que iba acorde a su gran corpulencia. Estaba tan cerca que podía sentir el calor intenso que desprendía, un calor que me golpeaba la cara y me dejaba sin aliento. Me quedé paralizada. El pánico me dejó clavada al suelo, como si mis pies se hubieran fundido con el suelo y mis manos pesaran toneladas. Quería gritar, quería suplicar o simplemente retroceder, pero mi cuerpo se negaba a obedecer cualquier orden de mi cerebro. Estaba atrapada dentro de mi propia piel, viendo cómo él me observaba, esperando una reacción que no llegaba.

—Ay, Claudia, qué decepción. Tienes un envoltorio precioso, pero todo esto no vale nada si eres tan tonta que no me entiendes una simple orden. Pero bueno, como veo que no es a propósito, simplemente te cuesta, tendré paciencia: hasta un animal tan básico como tú puede aprender si tiene un buen maestro.

Usó un tono serio, pero esta vez con excesiva condescendencia, reafirmando mi tontura con cada palabra pronunciada. No parecía baboso ni desesperado en absoluto por poseerme; era muy diferente a los otros hombres, nada que ver con las parejas de mamá. Él se tomaba su tiempo; aquella calma suya me resultaba mucho más inquietante que cualquier arrebato de violencia: lo hacía parecer algo inevitable, casi natural. Se notaba que tenía experiencia, mucha experiencia, en someter a quien quisiera. Me cogió otra vez de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada con mis ojos empañados en lágrimas. Vi su sonrisa de superioridad absoluta.

—Escucha bien y mira aquí abajo —ordenó con voz lenta.

Eso sí pude obedecerlo; mientras el chasquido de su botón rompía el silencio, vi cómo su cremallera cedía, reventada por la presión de ese bulto enorme que parecía querer saltar contra mi cara.

Antes de que pudiera apartar la vista, me atenazó la muñeca con una fuerza bruta que me hizo salir un quejido; me hundió la mano a la fuerza tras la goma de sus calzoncillos. Noté su vello áspero, el sudor pegajoso y, de pronto, esa carne pesada y latiente. Él mismo cerró mi puño alrededor de su miembro, obligándome a sentir su tamaño, una herramienta diseñada para partir en dos a cualquier mujer. Con un tirón sacó mi mano fuera; sentía su peso en mi palma, una presencia viva y dominante que me recordaba qué tipo de hombre me hacía todo eso.

—Ahora quiero que me escuches bien: esta es tu primera lección y deberás memorizarla para otras veces. Ojos cerrados —ordenó él. Su voz no era un ruego, era una sentencia—. Abre la boca hasta que sientas que la mandíbula no cede más, hasta que el pintalabios rojo de esos gruesos labios se empiece a agrietar; después, saca toda tu lengua como símbolo de ofrecimiento, no se te ocurra cerrarla sin que yo te dé permiso, ¿lo entendiste, perra? No hables, hazlo.

Obedecí mecánicamente, con los músculos temblando bajo la tensión estiré la lengua, forcé la mandíbula y le ofrecí mi boca. Inconscientemente ya esperaba el impacto de su verga rozando entre mis labios hasta hundirse en mi garganta, pero no pasó. Después de unos segundos de incertidumbre, noté un chorro caliente que entraba directamente en mi boca a constante presión. El calor era tan intenso que sentía cómo el líquido me quemaba la lengua, se pegaba a mi paladar y bañaba la parte interna de mis labios, llenándome por completo con una calidez orgánica que parecía contener toda la masculinidad de don Aurelio.

Antes de que pudiera reaccionar, él me tapó la nariz, cortándome la respiración. No tuve más remedio que realizar un movimiento desesperado y tragar. Sentí cómo toda aquella masa de líquido caliente y amargo bajaba por mi garganta. El gusto metálico y muy salado se quedó impregnado en mi lengua, mientras él soltaba un suspiro de alivio. En aquel mismo momento lo entendí y sé que interiormente exclamé: «¡Por Dios… se ha meado en mí…!». No lo expresé; simplemente callé, consintiendo sin remedio. El terror me mantenía petrificada en un silencio sepulcral.

Don Aurelio acabó de expulsar las gotas de orina que le quedaban, lo noté porque después de tragar había vuelto a abrir mi boca y sacado la lengua hacia fuera tal y como él me había enseñado a hacer. Tras un silencio denso, soltó algo terriblemente cruel:

—La verdad es que no te mereces el honor de tener mi polla en tu boca. Pero, en cambio, para mearte sí te he creído apta. ¿Porque dónde mejor para hacerlo que usando el orinal que tenía más cerca?

Sus palabras, cargadas de un desprecio absoluto, tuvieron un efecto devastador. Mientras mi mente se hundía en la vergüenza de ser comparada con un objeto tan vil, el corazón me latía desbocado contra la poca vanidad que le quedaba a mi orgullo de chica agraciada. Estaba aterrorizada, pero también enfadada conmigo misma por ser incapaz de gritar; me sentía una cobarde. El calor del líquido que acababa de tragar parecía haberme transmitido toda su superioridad, disparando un sentimiento de inferioridad que me hacía sentir pequeña, miserable.

—Este es mi segundo regalo. Dame las gracias —soltó con total tranquilidad.

En ese instante, pensé en mi futuro, en la vida de mujer de provecho que siempre había soñado, conseguir un título, viajar como azafata de vuelo, valerme por mí misma, y de repente sentí que, si seguía consintiendo aquella situación, si decía «gracias» porque un viejo me meara en la boca, esa Claudia desaparecería para siempre. Así pues, con un hilito de voz tembloroso, logré decir:

—No quiero… ¡Eso es muy feo!

Mi comentario era infantil y ridículo ante tal humillación, pero en aquel momento no me salió nada más. Yo ya esperaba otro bofetón, pero en cambio él me miró con una risa seca y articuló tres aplausos.

—Eres un caso especial, ¿sabes? La mayoría de putitas se resiste un poco, se hacen las interesantes, necesitan que las vayan quebrando despacito día a día antes de llegar a algo así. Tú no, tú te entregas sin más, entera desde el primer minuto. Por Dios, si después de beberte mi orina ni siquiera has sabido protestar con un mínimo de dignidad.

Me quede mirándole sin saber que más decir, dándole pie a que prosiguiera con su discurso.

—Pero bueno, si por fin has llegado a la conclusión de que esto que te hago es «muy feo», que te exijo demasiado… pues nada, haberlo dicho antes, paramos aquí e intentas ser una alumna normal, ponte a estudiar de verdad y aprueba los exámenes por ti sola… aunque, seamos sinceros, los dos sabemos que eso va a ser difícil.

Hizo una pausa dramática, acercándose a mi oído para rematarme con el recuerdo de mi propia torpeza:

—Aún me río al recordar tu examen. ¿Cómo era? Ah, sí: definiste la «Opinión Pública» como «cuando una empresa se hace famosa y todo el mundo envía likes por TikTok».

Soltó una carcajada que me dolió más que un golpe.

—Eres preciosa, sí. Pero cabeza no tienes, y todos lo sabemos. Sin mí, te hundirás sola. Pero eres libre. Puedes irte cuando quieras.

Yo estaba bloqueada. ¿De verdad no habría consecuencias? ¿Podía irme? El pánico seguía siendo el dueño de mis nervios. Mi cerebro me decía que irse era lo más sensato, pero las ideas se atropellaban, caóticas y crueles: ¿cómo sería mi vida si decidía quedarme? ¿Y si nadie me creía? ¿Cómo podía sentirme alagada por decirme preciosa? De pronto, mi propia voz me traicionó:

—Perdón, don Aurelio. No volveré a desobedecer. Gracias por su regalo —respondí con la cabeza gacha, suplicando ser perdonada.

Don Aurelio volvió a acercarse a mí y, ¡plas!, me soltó un bofetón seco y brutal directamente sobre mis pechos. Debido a la inercia del golpe, estos colisionaron uno contra el otro, el impacto provoco que mi top de seda no aguantara la presión y el tirante se soltara dejando uno de ellos al descubierto. Don Aurelio recorrió mi pecho desnudo con sus ojos fríos, pero no dijo ni una sola palabra al respecto.

—En efecto, has tomado la única decisión que tu psique puede tomar. El bofetón es por la desobediencia anterior. Yo solo castigo si se es sumisa por voluntad —respondió con una sonrisa fría—. ¿Lo entiendes, ¿verdad?

Contesté que sí, sin entender muy bien a que se refería. Unos segundos después noté un movimiento en mi barriga: era la consciencia de tener dentro de mí su meado. Me poseía desde dentro, recordándome que mi cuerpo joven ya no me pertenecía, sino que servía como su juguete. Sacó una botella de agua y me la ofreció. En mi estado percibí aquello como un gesto protector.

—Esto es una escuela y tú has venido a aprender, tus evaluaciones dependerán únicamente de tu servidumbre hacia mí. Ahora, sin arreglarte el vestido ni cubrirte el pecho, levántate y dirígete hacia esa pizarra.

Me incorporé temblando. La orina aún empapaba la tela de mis braguitas hasta volverlas transparentes dejando entrever mis labios vaginales. Me planté frente a la pared. Me agarró las muñecas, las situó pegadas en mi espalda y me dio un pequeño empujón en la cintura; lo suficiente para hacerme chocar contra la pizarra. El yeso se pegó a mi mejilla y mi pecho descubierto se reposó encima del borrador.

—Cara pegada. Manos atrás y no abras la boca ni grites bajo ningún concepto.

Sentí sus dedos gruesos apartando las braguitas a un lado con energía firme. Me dio dos toques en cada tobillo con su zapato; entendí que debía separar las piernas. Quedé allí reclinada, con el culo alzado a su disposición. Escuché cómo escupía, luego sus dedos mojados rozaron mi ano. Noté sus yemas calientes acariciando mi puerta trasera.

Yo creía que me estaba preparando para sodomizarme con su enorme bulto. Pero me volví a equivocar. De pronto, la punta fría de algo enorme presionó contra mi apretado culo. Esa presencia sólida empezaba a forzar su entrada con una lentitud deliberada que era pura tortura. Mi pequeño agujero se resistía, pero cedía poco a poco.

Era una invasión lenta —creí que pasaban horas—. Cuando habían entrado unos cuantos centímetros, noté mi culo abierto como si fuera a agrietarse. Entonces don Aurelio cogió mis nalgas con sus dos enormes manos y las separó con fuerza, empujó bruscamente con su rodilla ese objeto, mientras aún separaba mis nalgas, lo que provocó que se abriera de golpe; la brutalidad del empujón final generó un dolor agudo y profundo que se instauró en mí. Mis tobillos se juntaron instintivamente, rozándose uno contra el otro, mientras los tacones de mis zapatos temblaban en el suelo. Aun así, con los ojos empañados y la respiración entrecortada, logré no gritar ante todo el dolor que sentía, además supe mantener las manos exactamente donde él me había ordenado: quietas, callada, sumisa, contra la pared, sin mover un solo dedo a pesar del fuego que me atravesaba por dentro.

—Bien, Claudia, aguanta el dolor. Pronto se te pasará, después de que te tomes esto —dijo con esa calma aterradora, ofreciéndome un paquete de pastillas que llevaba en el bolsillo.

Otra vez, ese ápice de falsa ternura que quise ver donde no la había —solo por el hecho de darme aquellas pastillas— se desvaneció ante sus duras palabras.

—Ahora mírate por detrás, tienes algo de mi propiedad metido dentro de ti. Recuerda que tú no eres más que un vil objeto, exactamente igual que ese dildo; sois dos pertenencias mías interconectadas.

Solo cuando sentí su permiso me atreví a mirar atrás y lo vi: era un falo de plástico negro. Supe lo que era al distinguir aquellos testículos de gran realismo, presionados contra mí.

Posteriormente, volvió a colocarme las bragas con un fuerte bofetón en el trasero; en medio de ese instrumento que hizo recolocarlo dentro de mí.

—Bien, Claudia. Coge la fregona y el cubo de ese armario y limpia los rastros de orina que no pudiste tragar. Quiero ver cómo te desenvuelves. Y recuerda: ni una sola palabra. No quiero volver a oír tu voz hasta que yo lo autorice.

Me tragué la pastilla que me había dado sin ni saber siquiera qué eran; ahora sé que eran calmantes fuertes para el dolor.

Fui al final de la sala hacia el armario en un silencio absoluto; con las bragas mojadas de su orina y completamente visibles al tener el vestidito subido. Solo se oía el roce de mis pasos y mi respiración agitada.

Mientras preparaba el cubo, sentí cómo el calmante empezaba a hacer efecto, mitigando el dolor de ese falo en mi interior con una presión sorda. Con el pecho descubierto mostrándole mi pezón, comencé a fregar bajo su mirada.

Él me observaba con una sonrisa de suficiencia mientras yo manejaba el palo con una torpeza evidente.

—Mírate, Claudia, eres una completa incompetente con una simple fregona. No sirves ni para limpiar, ¿lo ves?

Seguí limpiando de forma mecánica hasta que él decidió que era suficiente. Se acercó a mi oído:

—No te quitarás el juguete bajo ningún concepto. Dormirás con él, mearás con él. Mañana quiero que me recibas exactamente igual. No comas nada hoy ni mañana; así estarás limpia por dentro. ¿Lo has entendido, perra? ¡Responde!

—Sí, señor —respondí automáticamente. Sentía que él sería capaz de detectar cualquier mentira por lo que pensé que debía hacerle caso. Él sonrió y finalmente me permitió cubrirme el pecho y bajarme el vestido, no sin antes hacerme una pregunta final:

—¿Claudia, de verdad eres tan patética que no te diste cuenta de cómo chorreas? Tócate ahora mismo y date cuenta de lo mucho que te gusta que te humillen. Comprueba la puta que eres.

Obedecí en silencio y temblorosa. Al rozar mi intimidad, descubrí asombrada que estaba empapada. ¡No era su meado!, sino mi propia vagina goteando deseo abundante en respuesta a su crueldad. Retiré mis dedos despacio, brillantes y muy húmedos ante su risa baja sin saber dónde mirar. Seguidamente don Aurelio me dio permiso para marcharme, recordándome que el día siguiente debía presentarme directamente a su despacho tal como me había ordenado.

Salí de allí atolondrada, recuperando de forma innata mi sensual forma de andar a pesar de la invasión en mi interior. El juguete se reacomodaba con cada paso. Yo me hacía la indignada ante ese trato vejatorio… y lo estaba. Pero también era cierto que era la primera vez que me corría, nunca lo había conseguido tocándome sola. Ya en ese primer día empecé a entenderlo: ser aceptada como la sumisa de don Aurelio quizá si era mi nuevo propósito.

La prueba era que solo una perra sumisa seguiría mojada por estar marcada por el trato de ese viejo de más de tres veces su edad; un hombre ante el cual aún no había perdido mi virginidad, pero que empezaba a entender que cuando pasara, se convertiría en el mayor honor que alguien como yo podía esperar.

Continuará…