Xtories

El reino del rey. 13

Lucía espera su cumpleaños para reclamar su virginidad, pero Daniel ya tiene otras cuentas pendientes. En la discoteca, Elena se acerca con la promesa de un placer que él decide controlar a su antojo, mientras el resto de la casa espera su turno.

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Al día siguiente estaba en el despacho repasando que los pedidos iban bien según se aproximaba la navidad. Se disponía a ir a la bodega cuando se acercó Lola diciendo que tenía visita.

- Dice llamarse Elvira. Y que ha trabajo en la oficina de la bodega.

Daniel dudó. ¿Elvira? Ese nombre le sonaba. ¿De qué la conocía? Pidió a Lola que la dejara pasar y nada más verla recordó. Se trataba de aquella muchacha que no daba golpe en la oficina de la bodega y solamente "atendía" a Ernesto Gallego por las tardes.

Saludos, presentación. La muchacha ya pretendió dar un beso en el saludo, pero la contuvo con un gesto.

- Perdone. – Mintió: - Estoy resfriado.

Elvira vestía un buen abrigo que tapaba muy bien la breve ropa que llevaba debajo: una blusa, fina, casi transparente que mostraba un sujetador oscuro de copas pequeñas. De ser más breve esa falda, el cinturón que la sujetaba la cubriría más. Medias oscuras. Y unos tacones que para llevarlos sin darse un porrazo es que debía tener dotes de funámbula.

El abrigo quedó sobre una butaca y se sentaron quedando enfrentados y separados por el escritorio. La falda se retiró tanto que mostraba los elásticos de las medias.

El motivo de la visita era para que la contratara otra vez en la oficina de la bodega, por las tardes, con el sueldo de secretaria, y se lo agradecería adecuadamente.

- Perdone. – Interrumpió Daniel. - Si bien soy el director, es la señora Eladia quien se ocupa de la contratación en la bodega desde que se jubiló el anterior encargado. Debería dirigirse a ella.

Añadió, evitando echarse a reír, que al tener un contrato anterior se sabía de su destreza administrativa, así como sus conocimientos en ofimática. Toda una forma de decir que no servía en la oficina.

- Seguro que doña Eladia tiene eso en cuenta a la hora de preferirla a usted en caso que se necesite más personal, que de momento no es el caso.

Recordó a Manolo pidiendo un par de manos, pero no lo mencionó.

Elvira aspiró con fuerza y disimuló su disgusto con una sonrisa. Ya había hablado con Eladia que, sin llamarla puta, le dijo que para nada servía en la oficina. Decidió ser más directa.

Desabrochó varios botones de su blusa mostrando el sujetador y parte de las hermosas tetas.

Daniel se levantó. Se acercó a Elvira y ya nada hablarían durante un rato.

La muchacha era diestra en mamarla. Su coño era acogedor tras ponerse lubricante. Y fingía muy bien su placer. Por cuya actuación se merecía el Goya, el Oscar, el César y varias campanadas de la catedral.

Elvira cabalgaba a Daniel en el sofá. Moviéndose como un junco mecido por el viento elogiaba su buen hacer.

- ¡Tienes una buena tranca! ¡Me llenas!

Daniel no contestó. Simplemente follaba. Se dedicaba a saborear ese coño desde dentro. Ni tan siquiera acarició esas tetas que liberadas del sujetador parecían bailar al ritmo de la follada.

Entró en la mente de Elvira encontrando a la muchacha confusa. En cuanto vio la juventud de Daniel estaba segura que lo sometería a su capricho con solamente una sonrisa y una promesa. Sería secretaria en ese despacho a cambio de un buen sueldo. Donde solamente tendría que chuparle la polla una vez a la semana. No era así. Quedaba claro que Daniel Ortega sabía manejarse con las mujeres. Por lo que si quería el puesto debía “trabajárselo” con empeño.

Daniel lo pasó regular tirando a bien. Aunque recordó que se había hecho pajas mejores. Hasta que mediante el pensamiento ordenó que se vistiera para marcharse y jamás regresara. Le aconsejó que aprendiera algo relacionado con secretariado.

- - No me hace falta.

- - Pronto volveré a tener a alguien que me mantenga y me de algún capricho de vez en cuando.

- - Voy a intentarlo con el alcalde de Sierra, el notario o el dueño de la discoteca Luna.

- - Cualquiera de ellos.

- Bien. Quizá tengas suerte.

- - Seguro.

La mujer se vestía rápidamente. Cualquier otra se sentiría despechada llegando a suplicar por el trabajo, pero Elvira, siendo controlada por Daniel mediante el pensamiento, se mostraba conforme.

A través de la ventana vio que subía a un coche tipo medio. Que por la matrícula debía tener dos o tres años. Dedujo que se lo regaló Ernesto Gallego, ya que se dedicaba a ese negocio.

Con el pensamiento ordenó que olvidara que habían tenido sexo. Que solamente recordara la negativa a contratarla por más que insistiera.

Lola se asomó a la puerta. Parecía que estaba al acecho de cuando estuviera solo. Traía café y galletas.

- ¿La has contratado?

Ya con la respuesta Lola sonrió al preguntar si al menos se la había follado. Dejaba el servicio sobre la mesa calificando a la visita:

- Parecía experta.

- Sí. Hemos follado. - Hizo una mueca al explicar. - Bueno, la verdad es que creo que me he hecho una paja con su coño. Ella lo ha fingido todo. Creo que su arte está en saber seducir, pero no funcionó conmigo porque estaba predispuesto a rechazarla.

Lola asintió.

- Lo siento chico. Bueno ya sabes que en esta casa te queremos y nos dejas satisfechas de verdad.

- Gracias, novieta. Me gusta oír eso.

Se dieron un cariñoso beso en los labios. Daniel ofreció de la aportación de Lola:

- ¿Te apetece un café?

Estuvieron hablando durante unos minutos de la alquería mientras saboreaban el café.

Un sábado por la noche regresaban de la discoteca. Lucía estaba seria y poco habladora. Llevaba alzadas las solapas del abrigo y con las enguantadas manos mantenía cerrado el cuello.

Daniel que todavía conservaba el sofoco de la discoteca ofreció:

- Puedo poner la calefacción.

- ¡No! – La respuesta fue rápida y contundente. Y al poco, justificándose, añadió: - Ya llegamos.

La verdad es que faltaban unos minutos.

Como otras veces Daniel iba a detenerse frente la puerta y Lucía con un imperioso gesto ordenó que continuara para guardar el coche.

En la intimidad de la habitación se cambiaban sin apenas mirarse. Lucía, además de darse prisa, lo hizo de espaldas. Daniel protestó:

- Mi querida Fea, no me enseñas las tetas.

La verdad es que hablaba en un intento de romper tan incómodo silencio y averiguar qué pasaba.

- Ya se las has tocado a Elena. – Contestó con voz enfada. Con esa mirada que le dedicó parecía que tenía ganas de matarlo. - ¿No tienes bastante? ¿Quieres tocar las de otra? Las mías son más pequeñas.

Daniel quedó quieto junto la cama dudando si había escuchado bien. Pensativo intentó recordar qué había hecho esa noche que pudiera molestar a su hermana. Por eso contó:

- ¿Qué? Vale. Verás, he estado besándome con una chica que decía ser de Milla, pero no con tu amiga. Y esta noche, y para mi fastidio, mis manos no han tocado tetas.

No era cierto. Había disfrutado chupando los pezones de una guapa morena, y luego, sin llegar a ser una cubana, se corrió sobre esas tetas. En ningún momento la chica quiso quitarse las bragas afirmando que, además de ser virgen tenía la regla. Tampoco quiso chupársela. Daniel no empleó el pensamiento porque le fue satisfactorio así.

Además, Elena se acercó con ganas de hablar mostrándose muy simpática, pero Daniel la evitó pensando que siendo amiga de la hermana era mejor no tocarla al desconocer el acuerdo que ellas tenían.

- ¡Mentiroso! – Soltó Lucía y por un momento Daniel se sintió descubierto. Pero se refería a Elena. - Me ha dicho que tus pellizcos en los pezones son una delicia. – Mostró los colmillos al añadir: - Por eso nunca más hablaré con ella. Ni una palabra más.

- ¿Qué? No, hermana. No. De ir con Elena no te lo negaría. Te lo habría dicho nada más subir al coche para venir. Creo que la habría acompañado a casa. - No sabía qué más decir para justificarse: - Y, bueno, te diría que salieras de esta habitación porque ya tenía algo serio con ella. Cómo ves, no es así.

Lucía volvió a atacar.

- Eso quiere decir que lo que tienes con ella no es serio. - Se enfadó mucho más que antes. - ¡La metes mano para pasar el rato! ¿He? ¡Cerdo! ¡Eres un cerdo!

Por desgracia la discusión duró un poco más. Hasta que, ya acostados, en lugar de dejarlo de lado o simplemente marcharse a otra habitación, Lucía se puso encima de Daniel. No como otras veces, que solamente apoyaba la cabeza y una pierna. En ese momento estaba totalmente encima y con sus piernas rodeaba las de él. Separados solo por la ropa de dormir, un sexo quedaba encima del otro.

- Escucha, hermanito feo. Besa, toca las tetas y folla por ahí todo lo que quieras o puedas, pero te aseguro que la noche de mi cumpleaños esa polla que ya empiezo a notar en mi coño que se está empalmando, me taladrará. Me quitarás el virgo y seré tu… seremos novios. ¿Y sabes, Feo? Prepárate, porque será para siempre.

El beso en los labios con el que se pretendía sellar un compromiso fue corto por culpa de unos jadeos.

Sin pretenderlo realmente, Lucía se estaba frotando. Le gustaba notar contra la vulva ese bulto más grueso y largo que un dedo suyo. ¿Cómo sería notarlo sin ropa por medio? ¿Cómo sería notarlo dentro de su cuerpo? ¿Por qué esperar si podían hacerlo esa noche, en ese momento? Ya que tan solo faltaban unos cuarenta días.

Daniel también disfrutaba de esa caricia, por eso tuvo que hacer un gran esfuerzo para sujetarla por el culo evitando que continuara.

- Para quieta, hermanita fea. O no esperaremos a tu cumpleaños y he prometido a mamá que no te tocaría hasta entonces.

- ¡Ah! ¡Sí! Es verdad. Mamá sabe lo nuestro. Sabe lo que sentimos entre nosotros. – Se retiró a un lado al tiempo que lanzaba un suspiro. Quedando enfrentada a Daniel bajó la voz para continuar hablando. – Yo también lo prometí. Debemos esperar.

- La verdad, por un mes tampoco es tanta la diferencia.

Faltaba un poco más pero no importaba.

Daniel tenía un buen empalme. Lucía que lo había notado muy bien en su sexo atacó:

- Eso lo justificas porque estás con ganas.

- Cómo tú.

- Sí. Feo. Tengo muchas ganas. Pero lo prometimos.

No se abrazaron. Los dos estaban cachondos y era lo mejor. Lucía notaba calor en el sexo y las tetas sensibles. De tan duros le hacían daño los pezones. Daniel tenía una erección como pocas destacando mucho bajo el pantalón. Casi a la vez pensaban en retirarse al baño y relajarse con las manos. No. Era demasiado evidente ante el otro. Daniel murmuró:

- ¿Lo ves, hermanita fea? No soy un súper hombre, de haber follado con Elena o con cualquier otra, no estaría tan excitado ahora. ¿Te das cuenta?

Lucía quedó callada, pensativa. Podría ser verdad, nada sabía sobre su capacidad de recuperación. Además, si bien estaba muy ardiente, eso de meterse un pedazo de carne por la vagina lo deseaba tanto cómo temía.

En el instituto se dice, se cuenta, que es dolorosa la primera vez. Para unas chicas es algo que las frena ante el requerimiento del novio, para otras, hace tiempo que eso pasó y ahora disfrutan follando, o eso dicen.

Tardaron en dormirse.

El domingo Daniel estuvo viendo los enormes toldos de plástico que cubrían los huertos. Así cultivaban en invierno verduras de verano. A su lado Clota explicó:

- A Gallego le parecía una pérdida de tiempo poner y mantener los toldos cuando debes saber que son muy útiles incluso en verano.

Daniel asintió. Sabía que con los toldos se controlaba la humedad, reteniéndola en el suelo donde el sol y el viento no la secaba, y no es necesaria tanta agua para regar en verano. También vio, por comparación con otros vecinos que estos eran de mala calidad, con remiendos incluso en los armazones.

- Clota, tenemos que ver unos toldos que nos vayan bien.

La mujer asintió. Lo mejor era sustituirlos. Propuso hacerlo por zonas concluyendo el cambio en dos años.

- Veo que lo habías estudiado.

Clota sonrió.

- He visto algunos catálogos por internet.

Al entrar en la casa se quitó las botas y se puso las zapatillas, evitando manchar de tierra el suelo.

Se acercó Lola con la intención de recoger las botas. Las limpiaría antes de guardarlas en el zapatero. Y por enésima vez agradecía que se empleara este método. Antes, también tenía que limpiar el calzado y toda la tierra que se dejaba por la casa. Desde la entrada hasta la habitación donde se cambiaban. La señora Rosa tuvo una buena idea al ordenar que fuera así, al parecer lo había leído en un artículo sobre Japón y otros pueblos asiáticos, aunque cada vez más también en Europa.

Daniel acompañó el saludo con una sonrisa. Miró alrededor comprobando que estaban solos y se acercó a la mujer. Se dieron un cariñoso beso en los labios mientras le palpaba el culo por encima de la ropa.

- Hola, novieta.

- Cuidado niño, que pueden vernos. – Le riñó Lola al separarse. Sonreía, le gustó la caricia y el trato. Añadió. – Tu madre te espera en el salón. También está Lucía. – Avisó tras una rápida mirada al pasillo. – No sé qué ha pasado o les has hecho a la niña, pero hay tormenta. – Seria le tocó la frente con un dedo al anunciar: - Puede granizar sobre tu cabeza.

Daniel se llevó la diestra a la frente. Por casualidad Lola no había tocado el bulto de metal bajo la piel que salía a través del hueso craneal.

Se dirigió al salón indicado. Fue entrar y Lucía, nada más verle, dijo que se retiraba, quería estudiar en su habitación. Lo curioso es que se llevaba el material escolar y los libros porque ya lo hacía.

Tras el beso de saludo, Rosa entró a saco contra su hijo. Afirmó que sabía todo lo de la noche anterior, incluyendo lo de Elena.

- Parece que Lucía te quiere en exclusiva. – Con un gesto ordenó que se sentara a su lado, junto la mesa. - Y si me prometes que me respetarás como tu madre, te ayudaré a que no le moleste que sigas con las otras. – Se refería a las asistentas y a quienes sospechaba que tenía por ahí. Asintió levemente al añadir: - Aunque tendrías que dedicarle más tiempo.

- Parece que ya tienes planes hechos.

- Pues casi. La crie como hija y conociéndola tan bien, la acepto como nuera. – Se irguió sin dejar de apoyar las manos en la mesa. - Te esperará en tu habitación después de celebrar su cumpleaños como una novia en la noche de bodas. – Cambió el tono de voz, era suplicante. - No le hagas daño. Que tenga un bonito recuerdo de su primera vez. Después deberías dedicarle dos semanas o mejor un mes solo para ella. Para que se sienta amada. – Le miró fijamente estando seria al añadir: - Y luego ya podrás follarte todos los coños que encuentres por ahí y los de esta casa. – Alzó el índice para remarcar un límite: - Menos el mío, que no se toca.

- Ya se verá, mamá. – Cambió de tema al mismo tiempo que sin saberlo metía la pata. - Y ahora dime cómo te va con Diego. ¿Os habéis reconciliado?

El rostro de Rosa se ensombreció al contestar.

- Al contrario: Ya no estamos juntos.

- ¡Oh! Lo siento, mamá.

Era una respuesta que no esperaba.

- Nada. Son mis cosas. – Durante un segundo apretó la boca desviando la mirada. También cambió de tema: - Y ahora otra cosa. Sé que aún no has follado con Mora, y estoy segura que deberías hacerlo. No te fijes en su altura sino en su belleza. Mira su rostro, es guapa. – Tomó aire y continuó: - Ya verás cómo te gusta el tamaño de sus tetas, y su culo parece bonito.

Era la segunda mujer en esa casa que elogiaba la anatomía de la cocinera. ¿Por qué lo proponía mamá? Seguramente para que, con la novedad de la cocinera, no pensara en Lucía, por el momento.

Tardaría varios meses en enterarse, jamás lo preguntó con el pensamiento, que su madre y Lola eran amigas y confidentes.

Para disgusto de Lucía esa noche Daniel acudió a la habitación de Mónica. También estaba Núria, mientras que faltaba Lola. Las batas con las que se cubrían desaparecieron quedando totalmente desnudas. Núria se había afeitado totalmente el sexo. Las dos se acercaron a la vez para besarle. Núria murmuró:

- Trátame como a ellas y te seré fiel por siempre.

- Te prometo que lo haré. Y, bueno, sobre lo de la fidelidad a las dos os digo lo mismo: debe quedar claro que, si encontráis a un hombre que os guste para una relación seria, podemos dejar estos encuentros. Nunca os…

- ¡Lo sabemos! – Interrumpió Mónica.

- Sí. Lo sabemos. – Corroboró Núria.

Recordó que Núria no empleaba ese día libre que disponía para ir a Villuela o donde quisiera. Se quedaba en la casa, e incluso a veces dedicaba un buen rato al trabajo. Seguramente para no aburrirse. Mientras que Mónica, esa noche que no pasaba en casa solía hacerlo en la de su hermana, con la que se llevaba mucho mejor que con su madre.

Daniel iba a dedicar su atención a Mónica ya que la veía tan impaciente y ardiente como siempre, pero ésta le pidió que fuera Núria la primera.

Naturalmente aceptó repitiendo los besos.

Tumbada bocarriba la nerviosa muchacha se dejó acariciar, besar y chupar las tetas.

A Daniel le gustó la inmediata reacción de esos pezones. Mientras los chupaba le daba las gracias por estar con él.

- Ya tenía ganas de acariciarte. Eres muy guapa y ha sido todo un martirio no poder tocarte.

Núria, jadeando en silencio, separó las piernas para facilitar la caricia en el coño sin que esa boca abandonara sus pezones. Pronto se corrió al notar esos juguetones dedos en el clítoris. En tres años era el primer orgasmo que le brindaba un hombre.

- ¡Ah! ¡Uhm! Es como dice Lola: ¡Magia!

Que sean las manos de otra persona quien te acaricia, aunque te haga exactamente lo mismo, resulta más placentero.

Todavía disfrutaba de las sensaciones recogidas por sus sentidos, cuando notó la lengua de Daniel acariciándole la vulva. La pasaba por todo hasta que se centraba en el clítoris. ¡Qué gustito! No quiso recordar cuándo fue la última vez que se lo hicieron con cariño porque elegía ese momento como el primero.

El nuevo orgasmo fue más intenso que el anterior. Arqueó su cuerpo al tiempo que sujetaba la cabeza de Daniel contra su sexo. Mónica, a su lado, pellizcaba sus pezones.

- ¡Oh! ¡Ah!

¡Qué bien lo había pasado!

Daniel se acercó a su oído, pero no escuchó qué decía. Fue Mónica quien hizo de intérprete porque empleó otras palabras y un tono de voz más elevado.

- Te pide que le dejes entrar en ti, en tu cuerpo. Que se sentirá dichoso si lo permites. – Como si fuera un quejido admitió: - ¡Dios! Nunca un hombre me habló así. – Y por eso ordenó: - ¡Acepta!

Núria cuyo cuerpo todavía sufría descargas de placer, pudo murmurar.

- Sí, ven.

Notó al intruso situarse en la entrada de su cuerpo. Un pequeño asomo como si quiera ver el interior desde la puerta. Luego la penetración. ¡Despacio y potente! Su cuerpo se abría para recibir ese músculo duro y alargado. Antes de entrar del todo llegó el placentero vaivén descubriendo que también movía la cadera colaborando en la caricia. Su cuerpo se movía buscando su placer mientras que sus sentidos se inundaban de gozo. A veces notaba el chocar de sus pelvis que parecían aplaudir una penetración más profunda. Fue cuando saliendo de su garganta oyó su voz.

- ¡Mi Rey!

Escuchaba las palabras de agradecimiento, alago y cariño de Daniel. Y la voz de Mónica animándola a continuar, a pasarlo bien. Todo su cuerpo estaba en una agradable tensión. Pensó que había follado infinidad de veces y sin embargo era la primera vez que hacía el amor. Rebosante de alegría se le escaparon unas lágrimas.

Daniel se alarmó.

- ¿Qué te pasa? ¿Te hago daño? ¡Perdona! La saco.

Las manos de Núria sujetándolo por el culo impidieron que se retirara. Y ya pudo hablar:

- Sigue, por favor.

- Sí, cariño. - Obedeció.

Aún salieron más lágrimas de esos ojos, mientras que sonreía y gemía mostrando que lo pasaba bien. Pidió:

- ¡Más rápido! ¡Dame más rápido!

- Vale. También me va mejor. Sí.

Por fin el orgasmo llegó arrollador como una descarga que nacía muy dentro de su caliente cuerpo y hacía que la vagina palpitase sobre la polla que continuaba taladrándola.

- ¡Ag! ¡Es…!

No pudo hablar más. El placentero orgasmo lo impedía.

El deslizamiento dentro de su cuerpo era ahora más suave. Sin decaer el ritmo y la dureza continuaba con el vaivén delicioso. No recordaba haber gozado tanto.

Daniel avisó:

- Cariño me falta poco.

- ¡Sigue! ¡Sigue! – Ordenó con apremio.

Saber que recibiría la descarga de quien tanto se esmeraba en darle placer hizo que su cuerpo se preparase con un estremecimiento similar a otro orgasmo. Y poco más tarde cuando notó la descarga de semen en la profundidad de su vagina, que también fue placentera, fue como el detonante de la erupción de un volcán. Su cuerpo sintió un terremoto desde las rodillas hasta la garganta. Sintió ganas de gritar, pero solo pudo gemir.

- ¡Nunca!

Mónica y Daniel la abrazaron y así estuvieron unos minutos.

- Cariño. – Pidió Daniel en un murmullo. – ¿Ese nunca es que no quieres repetir?

Núria dudó. No le entendía. Hasta que recordó su asombro y ya aclaró:

- No. ¡No! Es que nunca lo pasé tan bien.

Continuaron con el abrazo.

De pronto pidió ir al lavabo, notaba que salía el semen de su vagina y necesitaba refrescarse. Cuando regresó más tarde, viendo que Mónica disfrutaba de una placentera comida de coño, sin llegar a entrar en la habitación se retiró en silencio.

Hasta después de follar a lo vaquera, donde Mónica gritó dos veces sus orgasmos, no se acordaron de la muchacha. Estaban abrazados. Mónica estaba encima de Daniel que la sujetaba por la espalda y el culo.

- No te preocupes, jefe. – Murmuró Mónica mientras se daban unos sabrosos besos cortos. - Estará cansada o en estaxis. Se puede decir que ha sido su primera vez con un hombre y no con una bestia.

Pensó que necesitaba de cariño, de mimos, en ese momento.

- Iré hablar con ella.

- ¡No jefe! Deja. No te preocupes. Yo iré más tarde. Es mejor. Hablaremos entre mujeres.

Sabía que Núria estaba más enamorada del jefe que nunca antes. Lo había visto en ese rostro. Se incorporó sonriendo al proponer:

- Ahora deja que te la chupe. ¿Vale? Que tengo ganas de saborear tu lechita en la boca porque el coño me lo has dejado lleno.

Lo bueno de la chupada es que le puso en condiciones de repetir por eso Mónica al ver la magnífica herramienta que tenía en sus manos cambió de opinión.

- ¡Oh! ¡Noto que el coño me arde! Ven, jefe. ¡Vamos a follar! ¿Quieres más? – Se ofreció. – ¿Prefieres que continúe con la boca? O si quieres mi culo, pues también. ¡Elije!

- Maestra. Has dicho que te arde el coño. Además, creo que disfrutas más por ahí. – Mónica asintió sonriendo. – Así que por mí es perfecto.

- ¿Seguro? A los tíos os gusta follarnos por el culo.

- Puede. – Esa misma frase lo escuchó de la misma persona unos días antes. - Pero prefiero que lo pases tan bien como yo. No sé cómo explicarlo: me gusta verte gozar. Hace que me sienta bien. ¿Quieres ponerte encima?

- Gracias. Tumbada. Y métemela, follemos que ya estamos tardando.

Daniel pensó que debía estar cansada. Iba a decir de dejarlo para otro día, pero la cabeza de la erecta polla tenía otros planes.

Se puso encima y las manos de Mónica se ocuparon de orientar su polla a ese cálido agujero. Intentó metérsela despacio, pero la impaciencia lo apremió a comenzar.

Mónica le acogió entre suspiros y le animaba a continuar.

- Sí, jefe. Follar es lo mejor.

- Preciosa. Tú sí que eres la mejor.

Minutos más tarde Mónica escuchó con alegría que Daniel decía que le faltaba poco para correrse. Estaba cansada. Cuando recibió la descarga saboreó sentirse llena y que por fin podría descansar. ¡Había follado con Nuria y ahora dos veces con ella! ¿Dónde estaba aquel muchacho que se corría tan apenas meterla? No lo añoraba porque ahora estaba ante una máquina de follar que la dejaba derrotada por el placer.

Minutos más tarde, tras un lavado rápido en el bidet, se despidieron sin entrar en la habitación. Fue con un beso en los labios y la promesa de verse otra noche.

Daniel bajaba a su habitación completamente vestido. Aunque se suponía que todo el mundo sabe dónde ha estado y qué ha hecho, hay unas apariencias que guardar. Y Mónica, vistiendo solamente una bata, fue a ver a Núria.

Cómo ya suponía, la compañera estaba despierta. Encontró que llevaba puesto un pijama y con el edredón se cubría hasta las cejas. Y, lo peor, esos ojos oscuros mostraban que había llorado.

Mónica se quitó la bata quedando desnuda. Levantó la ropa de cama empujando a su amiga para que le hiciera sitio, y se dejó caer a su lado. Estando abrazadas la reñía.

- ¿Lo ves? ¡Qué tonta eres! Ya te avisé que no te enamoraras. Ahora elige: Continúas disfrutando o juntas las piernas. Lo que elijas el jefe lo aceptará. Lo sabes.

Se acercó más para darle un beso en la frente al tiempo que empleaba los dedos para retirarle una lágrima del rostro. Continuó hablando:

- Daniel, el jefe, es un hombre de verdad y no un bestia. Nunca te tocará si no quieres y francamente mejor para mí que será solo mío. – Sonreía. - Por si todavía no te has dado cuenta, aunque le decimos que está aprendiendo, la verdad es que folla como dios.

Núria asintió y se echaron a reír. Mónica continuó:

- Te propongo que le follemos por tunos, distinta noche cada una. Así podremos hacerlo dos veces seguidas en una misma sesión. ¡Que debe ser la leche!

Bien que lo sabía porque en ese momento tenía el coño un poco escaldado. Incluso sopesó la idea de continuar juntas al darse cuenta que tenía el coño así incluso después de follar con la amiga.

Núria contestó lo que ya era un consentimiento:

- Tenemos que hablarlo.

El beso en los labios fue corto y Mónica apoyó su rostro entre las tetas de su amiga. Preguntó si podía dormir así y Núria le acarició la cabeza mientras consentía.

Daniel, tal como esperaba, encontró a Lucía en su cama. En silencio se desnudó quedando en calzoncillos, se suponía que el pijama estaba dispuesto sobre el tocador, simplemente no lo buscó. Se metió en la cama. No evitó que Lucía despertara.

- Hola, hermanito Feo. ¿Te lo has pasado bien?

No contestó. Lucía ordenó que la abrazara. Daniel se acomodó contra su espalda. La muchacha siguió con las órdenes.

- Acércate más, no me molesta notarte. Y puedes cogerme de las tetas, sin apretar.

Daniel obedeció. Le gustó ese tacto, aunque fuera por encima de la ropa. Lucía se estremeció deseando que hubiera algo más. No. Sabía que Daniel respetaría la espera hasta su cumpleaños.

Así durmieron.

Acordó con las sirvientas que se verían en la misma habitación. Una que quedaba libre al fondo del pasillo del tercer piso y cada noche estaría una de ellas esperándole. Algo que luego no se cumpliría a rajatabla, porque a través del teléfono quedaba en la habitación de ellas.

Estaban las tres en el despacho de Daniel. Las mujeres cargaban con útiles de limpieza para disimular.

- Ocurre que habrá noches que no iré. – Avisó sincero Daniel. - Que nada os pediré.

- Lo sabemos, jefe. – Dijo Mónica.

Su extraña relación con Lucía no era un secreto en esa casa.

Acordarían los encuentros mediante el teléfono. Lola les miraba risueña, y algo apenada al ver que quedaba excluida.

Una mañana después que Lucía se hubiera marchado al instituto, Rosa propuso a Daniel que las sirvientas se alojaran en el segundo piso. Se sentirían más cómodas con un baño en la misma habitación y que estas eran más grandes y cómodas.

Daniel aceptó. Y durante un rato pensaba que cabía la posibilidad que Rosa, mamá, viera más discreto el empleo de ese baño después de follar que caminar medio desnudos por el pasillo.

Fueron a la cocina para hablarlo con el servicio. Las mujeres aceptaron encantadas ante una mejora de su situación. Solamente Lola puso un impedimento: podía llegar una visita.

- Pues se alojará en el tercer piso. – Declaró Rosa recordando a aquella visita que no bajó a cenar.

Realmente, si había una visita que pasara la noche en la casa, en el primer piso había una habitación libre.

Esa mañana, en lugar de la limpieza, se dedicaron al traslado de sus pertenencias.

Eran las diez de la noche de un sábado. Daniel y Lucía iban a la discoteca en un coche de la alquería porque todavía Daniel dudaba cuál comprarse. Mientras conducía iba pensado si conocería a una chica que le dejara satisfecho esa noche, ya fuera follando o con una mamada. Tenía la determinación que, si no encontraba a alguien dispuesta, la buscaría con el pensamiento. Esa noche tenía ganas de descargar las pelotas como si no fuera suficiente la mamada que le dio Lola en el despacho esa misma tarde.

Al lado, Lucía se cubría con el abrigo bien cerrado y que con una mano sujetaba contra el cuello. Daniel se dio cuenta.

- El vestido que llevas es bonito y te queda bien. Vale. Pero creo que llevas poca ropa para esta época del año.

- Vamos a la discoteca y quiero bailar cómoda. Sin sudar demasiado. Allí hace calor. – Se dio cuenta que le había elogiado como iba. Por eso sonriendo preguntó: - ¿Te gusta mi vestido?

- Sí. Mucho. Realmente te queda bien. ¿El color en los ojos es distinto?

Lucía se sintió alagada.

- Sí, por consejo de la madre de Elena. Es peluquera y cosmética. Sabe de eso. También es más suave el carmín. – Coqueta provocó que volviera a alagarla. - ¿Te gusta cómo me queda?

- Estás muy guapa.

Pasaron unos minutos y Daniel propuso:

- Por si a la vuelta tienes frío puedes ponerte unos calcetines que llevo en la guantera. – Añadió aclarando. – Son largos, de lana y están limpios.

- Llevo medias.

- Ya lo veo, y parecen finas.

- Lo son. Ya veré que hago. Medias y calcetines en estos zapatos no sé cómo irá.

Al rato preguntó por qué llevaba calcetines ahí.

- Pues, por trabajo. Muchas veces se rompen al llevar calzado rígido o porque están muy desgastados.

- Eso era antes, cuando tenías que estirar la ropa todo lo que aguantaba. Ahora tienes dinero.

- Es una costumbre.

Como otras veces, no entraron en Villuela, seguían las indicaciones que evitaban el centro, y vieron que varios coches ya iban en la misma dirección, esto es, a la discoteca.

Fue cuando Lucía avisó:

- Elena intentará que la beses.

- ¿Qué? ¿Te lo ha dicho ella?

- Sí. Nos hemos reconciliado por iniciativa de ella durante el recreo en el insti. Volvemos a ser amigas. Me dijo que había mentido con los besos y caricias en las tetas. - Añadió seria: - Y, no sé por qué he aceptado ya que también es mi rival por ti. - Movió el índice de la derecha como señalando el lugar. - Ya debe estar ahí dentro. Luego vendrá a la alquería a dormir. Se supone que en una bolsa de deporte llevará el pijama y la ropa para mañana.

Llevar ropa para pasar la noche del sábado en la alquería era algo que esa chica ya había hecho en otras ocasiones, cuando se suponía que se convertirían en hermanas.

- Nada sé de eso. – Pidió Daniel. - ¿Qué hay del beso?

Lucía sonrió.

- Según ella te lo pondrá fácil para que la beses. Me pidió que no te avisara, pero resulta que te quiero más que a ella. ¡Ya ves!

- Vale. La evitaré.

Iba añadir la clásica coletilla: no te preocupes. Y Lucía lo impidió:

- ¡No! Por mí puedes follártela en cuanto se abra de piernas. Pero en enero serás mi novio.

- ¡Vaya! ¿Y si me enamoro de ella?

Lucía lanzó un suspiro que sonó como un quejido, y estuvo callada unos instantes, era evidente que no había calculado esa posibilidad. Durante el margen de espera, Daniel podía enamorarse de cualquier chica, aunque no fuera Elena.

Ya se veía perfectamente el enorme letrero que está sobre el local. Con ese dibujo imitando el redondo satélite con sombras de cráteres. Fue cuando Lucía sentenció:

- Emplearé contigo todo lo que tengo. Tendrías que escoger. No pienso perderte. No sin luchar.

- ¿Y si no puedo decidirme por una?

Lucía dio un nuevo respingo. Abrió mucho los ojos y gritó:

- ¡Cabrón! - Se removió en el asiento, y el cinturón de seguridad limitó sus movimientos. - Ya te veo venir. Te gustaría tener dos novias.

No contestó. Sin contar las eventuales. Follaba con dos mujeres casi a diario, y una tercera le daba mamadas de vez en cuando. Tener dos novias no le parecía tan extraño.

En la entrada a la discoteca le tocó dar varias vueltas por el aparcamiento quedando algo lejos de la puerta.

- Te gustaría. ¿Verdad cabronazo? – Insistió Lucía, aunque su pensamiento coincidía con el de Daniel. – Dos novias y dos criadas dentro de casa. Cuatro coños a tu disposición. Todo un harén de un rey moro.

Daniel abría la puerta para bajar cuando dijo:

- Me parece una buena idea.

El coche quedó cerrado. Igualaron los pasos para ir a la entrada del local. Como era pronto no encontraron cola. Saludaron al portero, un tipo enorme que no era el de siempre. Nada comentaron.

Se dirigieron a comprar las entradas.

- ¡Hola, jefe!

Dijo una muchacha de poco más de veinte años, no era muy agraciada de cara, pero sabía maquillarse. Además, esa sonrisa y el brillo de los ojos hacían que todo el mundo la catalogara como guapa y simpática. Al lado estaba un hombre que no tenía los treinta años. También le llamó jefe al saludarle. ¿De qué los conocía? Sí. Ya recordaba. Son peones durante la vendimia y en la alquería.

Con un gesto la chica les invitó a entrar sin cobrarles mientras les animaba a que se divirtieran.

- Gracias. - Sonrió Daniel. - Hasta luego.

Lucía buscó a sus amigas y Daniel, mirando a las chicas de alrededor, se puso en plan cazador.

Como si le estuviera esperando apareció Elena. Vestía para agradar. Ese pantalón parecía una segunda piel marcando y separando bien esos glúteos. Tras un beso en el rostro a modo de saludo, afirmó que tenía sed y quería una cola.

Fueron al bar y Daniel pidió lo mismo.

Hablaron sobre no beber alcohol.

- Claro, tienes que conducir.

- Y quiero tener control.

Elena hizo un gesto pidiendo explicaciones.

- No quiero hacerte algo que no te guste.

Ahí estaba la oferta.

Elena le pasó los brazos sobre los hombros acercándose más, estaban casi pegados. Sus tetas se restregaban en el pecho de Daniel, y dijo muy claro:

- Estoy segura que me gustará todo lo que me hagas.

Una hora más tarde Elena estaba extasiada de placer.

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