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Diana, siempre sonriente, siempre smiley

Diana llega sonriente, lista para recibir lo que tú le exijas. No hay palabras, solo órdenes y la obediencia de su boca abierta. Descubre hasta dónde puede llegar la sumisión cuando se mezcla con la locura.

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Esa noche decidí darle uso a mis centros de placer a lo grande, así que me afeité los huevos y me lavé bien el culo. Sabía lo que quería y sabía quién podía dármelo: la sonriente Diana.

Diana no tardó en llegar con una mochila al hombro. Se encerró enseguida en el cuarto de baño y, cando salió, llevaba puesta una americana blanca sin nada debajo. La chaqueta le quedaba lo suficientemente ajustada para insinuar sus atributos femeninos pero sin enseñarnos del todo. En el pecho despuntaban unos senos pequeños y puntiagudos, y en la entrepierna asomaban unos traviesos vellos púbicos rizados y cobrizos. Acababa de cumplir veintidós años. Era alta, fibrosa y atlética. Tenía el cabello parduzco con tonos rojizos, cuello y brazos delgados y rostro siempre dispuesto al entusiasmo. Se puso a jugar con un chupete rojo entre los labios. No sé de dónde lo había sacado pero hacía excitantes maravillas con él. Casi me corro mirándola.

Diana se crecía ante las pollas grandes a pesar de que le suponían un desafío para su discreta boquita, o precisamente por eso. Cuando se enfrentaba a una potente estaca de carne como la que le puse delante, era cuando Diana daba lo mejor de sí misma. Su dedicación no implicaba que fuera capaz de succionarla entera, pero lo intentaba con todas las ganas y lo hacía siempre sonriente, siempre smiley. Y ese era su mayor encanto.

La despojé de la chaqueta y me saltaron a la vista dos pezones hinchados y un pubis recortado siguiendo el trazado de un zigzag. A Diana le gustaba ser creativa con sus pelos de su coño. Una vez, por san Valentín, se depiló el chocho en forma de corazón. Y en otra ocasión lo hizo parecer una diminuta esvástica de peluda. Esa estridencia no me había hecho ni pizca de gracia.

La empujé por los hombros hacia abajo para que se arrodillara. De seguida empuñé mi polla endurecida y le embestí la cara con ella. Le paseé el miembro y los huevos por las mejillas, por los labios y también por la barbilla. De la boca los subí a su nariz y Diana olfateó mis pelotas con ansia, como si quisiera esnifarse los pocos pelos escrotales que habían sorteado la máquina de afeitar. Desplacé los testículos hasta su frente y el comienzo del cabello, y después volví a frotarlos de nuevo, junto con el pene, por su nariz, sus labios y sus mofletes hasta hacérselos sentir en todos los poros. No me detuve hasta que estuve seguro de que le iba oler la cara a mis cojones y mi polla durante el resto del día.

A continuación introduje el rabo hasta el fondo de su boquita varias veces seguidas, sin contemplaciones, arrancando un sonido como de chapoteo cada vez que mi falo entraba en su boca llena de saliva. Mis testículos intentaron golpear el mentón de Diana en cada arremetida sin conseguirlo. Pese a todos sus esfuerzos, y la verdad es que lo intentaba con fogosidad, se notaba que en su boca y su garganta no había espacio suficiente. Diana no podía evitar que sus dientes rozaran mi tronco de carne, y apenas era capaz de contener las náuseas que se elevaban desde su vientre plano y hermoso.

A mi petición, se puso a cuatro patas apoyándose sobre las rodillas y los codos, con la espalda arqueada y el trasero levantado. Me gustaba ver la redondez de sus nalgas mientras le restregaba la polla por la cara. Cogí mis huevos, los junté, se los metí en la boca y los dejé ahí un buen rato mientras me masturbaba a ritmo pausado. Medio minuto después la agarré del pelo y le ordené que se arrodillara nuevamente y cruzara los brazos a la espalda, justo por encima del culo, para follarle bien la boca sin el obstáculo de sus manos.

Cuando, tras unas cuantas embestidas de polla dura entre los dientes, se le puso la cara roja por la falta de aire, la tumbé sobre la espalda con las piernas dobladas. En esa postura me quedaran a la vista sus pequeñas tetitas con pezones rígidos y el vientre hendido por un precioso ombliguito. También obtuve una visión privilegiada de su coño recortado de forma zigzagueante y de los labios vaginales rosados y sobresalientes. No quedaba ni un solo pelo en las ingles rasuradas alrededor de la musculosa vulva. La abertura estaba húmeda y se veía muy apetecible, pero no me la follé. No era lo que tenía en mente esa noche.

Lo que hice fue colocarme sobre ella a horcajadas, con las rodillas ligeramente flexionadas, y ofrecerle la raja de mis nalgas. Diana tenía una habilidad prodigiosa para mover la lengua en mi culo, y se dedicó a hacer virguerías en mi ano durante un buen rato. Me encantan las chiquillas que prefieren chupar y lamer que joder, y Diana era una de ellas.

Cuando obtuve suficiente placer, le encasqueté de nuevo el rabo entre los dientes y vacié toda la leche en su boca gimiente. Diana nunca ponía objeciones a recibir mi corrida en la lengua y esa vez no fue una excepción. Cuando retiré la punta del carajo hizo gárgaras con el semen y luego me enseñó, orgullosa y sonriente, el resultado: la cavidad de su boca estaba a rebosar de sustancia blanca mezclada con saliva burbujeante.

Diana chupaba mal, pero tragaba bien. Sin embargo, esa vez no se tragó mi lefa, sino que la escupió en la mano y me la mostró. Me miró, sonrió de nuevo y, de repente, se estampó mi semen mezclado con su saliva en la mejilla izquierda y se lo restregó violentamente por toda la cara. A veces Diana me sorprendía con estridencias así. En una ocasión en la que estábamos haciendo un trío, al terminar de mamármela escupió el semen en la cara de su amiga. A la amiga no le gustó pero Diana se partió el culo de risa. Estaba un poco chiflada mi querida Diana, pero nunca perdía la sonrisa mientras realizaba todo tipo de guarradas, y eso la hacía terriblemente sexi.

Diana estalló en carcajadas con la cara todavía barnizada de esperma, y al hacerlo sus pezones pequeños y tiesos se movieron arriba y abajo. Un reguero de corrida resbaló por su barbilla, una gota se desprendió y fue a encestarse directamente en su ombligo. Diana volvió a reírse. Así era ella, siempre sonriente, siempre smiley.

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