Rocky 2. Cosas del trabajo
Después de una noche de excesos, la narradora se encuentra atrapada entre el peso de un error cometido con un compañero insulso y la tentación incontrolable que representa una proveedora irresistible. ¿Podrá resistirse al deseo de imaginarse con ella?
Querido Rocky,
Hoy te explicaré un par de cosas que me han pasado en el trabajo.
La primera —la mala— es que me he tenido que quitar de encima, por enésima vez, a un compañero de trabajo. Adrián, así es como se llama. Es un simplón de 32 años, con un físico anodino y poco atractivo —al menos para mí— y con una personalidad a la altura de su físico, anodina y poco atractiva. El caso es que en la cena de Navidad de la empresa cometí el craso error de liarme con él, y desde entonces no para de perseguirme y pedirme una cita. No quiero ser muy dura con él, ya que la causante del lío fui única y exclusivamente yo, pero tengo clarísimo que no quiero repetir con Adrián. Además, la experiencia fue patética por mi parte.
Te cuento, Rocky: al llegar al restaurante, me senté al lado de Marc, un chico de aproximadamente mi misma edad, muy atractivo y simpático, y la verdad es que la cena fue una maravilla. Hablamos y nos reímos a partes iguales y bebimos más de la cuenta, sobre todo él. Al acabar la cena, fuimos todo el grupo a un bar de copas, y ahí seguí con Marc, hasta que en un momento dado nos besamos. La noche iba perfecta, hasta que Marc empezó a encontrarse mal debido a la bebida, y un compañero suyo tuvo que llevarlo a casa, quedándome sola en el bar y con un calentón considerable. Cuando ya me iba para casa, agobiada por lo de Marc, Adrián estaba pidiendo en la barra del bar y me invitó a una copa. Empezamos a hablar y, en un momento dado y sin venir a cuento, empecé a tontear con él. Cada vez estaba más desatada, hasta que al final le pregunté si me quería acompañar al baño de señoras. Dicho esto, me fui al baño, y al salir del cubículo, me lo encontré allí, esperando. Lo metí dentro del cubículo y nos besamos. Yo estaba superexcitada y me dejé meter mano todo lo que Adrián quiso y más. Me subí la falda y me puse de cara a la pared, con las manos apoyadas en esta y con Adrián detrás, y le pedí que me tocara. Adrián me empezó a tocar el culo y yo empecé a gemir y mover la cadera. Metí mi mano dentro del tanga y me empecé a masturbar. Mientras, Adrián me apartó el tanga y me penetró con un dedo. Seguimos un par de minutos así hasta que noté que me venía el orgasmo. Le pedí que me metiera otro dedo, y así lo hizo. Al poco rato tuve un orgasmo corto pero intenso. Después del orgasmo, ya calmada y bastante arrepentida, me vestí y, al salir del cubículo, Adrián me dijo que él no se había corrido. Me dio algo de pena; al fin y al cabo, me ayudó a pajearme. Le hice sentar en la taza con los pantalones bajados, me agaché delante de él y le hice una paja. No tenía un gran pene, pero estaba muy duro. A los treinta segundos se corrió en mi mano entre gemidos. Salí del cubículo, me lavé las manos y me fui directa a casa, maldiciendo mis huesos. Así no era como quería acabar la noche. A la mañana siguiente me quería morir. Sabía que la había cagado, y que eso no acabaría ahí. Y efectivamente, no acabó ahí. Adrián no para de perseguirme desde entonces, quiere que quedemos fuera del trabajo. Y con Marc no tengo valor ni de mirarle a la cara cuando me cruzo con él. Otra cagada más de mi mente inestable.
La segunda cosa —la buena— que me ha pasado hoy en el trabajo es la visita de un proveedor con el que normalmente trabajamos. Ha venido el director del proyecto y una de sus técnicas, Mónica: 31 años, muy guapa, alta, morena con el cabello ondulado, ojos azules, delgada, muy simpática y muy guapa (¿he dicho ya lo de guapa?). Nos hemos visto 4 o 5 veces y nos caemos muy bien; siempre que nos vemos, estamos hablando un largo rato mientras los jefes hablan de lo suyo. Y, como habrás adivinado, Mónica me gusta mucho. Hoy llevaba unos leggins negros, de esos que simulan ser de piel, haciendo sus piernas kilométricas, y me he deleitado con su culo. Dios, lo que le haría yo a ese culo. La mala noticia es que tiene novio desde hace años y no creo que esté por la labor de ser infiel, y más con un espécimen de su mismo sexo. Vaya, que no tiene pinta de bisexual. Aunque supongo que yo tampoco.
Así que después del bajón con el pesado de Adrián, me he animado mucho con la visita de Mónica “piernas largas” y he acabado la jornada contenta. Ahora, cuando deje de pegarte la chapa con mis cositas, me pienso masturbar mirando porno lésbico, imaginando todo lo que le haría a Mónica y lo que me gustaría que ella me hiciera a mí.
Hasta la próxima entrada, Rocky. Y no me juzgues por mis actos, todo el mundo tiene fallos. Bueno, unas más que otras.
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