Tocando el timbre
Toca el timbre y el mundo exterior desaparece. En la penumbra de tu salón, el espejo se convierte en el testigo silencioso de cada gemido y cada movimiento. ¿Te atreves a mirarte mientras te poseo?
Ella, 39 años, andaluza de las de verdad: piel morena oliva que brilla con solo rozarla, pelo moreno largo y ondulado que se desborda cuando lo sueltas, ojos marrones profundos que te clavan. Mide 165 cm, curvas justas pero de las que enganchan: pechos pequeños, firmes, perfectos para llenar la mano, y un trasero grandecito, redondo, que se mueve con cada paso y te hace perder la cabeza.
Yo, 32 años: moreno de pelo corto, ojos marrones intensos, piel blanca que contrasta con la suya. 180 cm, cuerpo en forma, brazos y piernas fuertes, pelo en pecho que baja hasta el abdomen, manos grandes que cubren mucho cuando agarran. Barba recortada con el bigote separado, ese toque un poco canalla. Y mi sexo, 18 cm, un poco grueso, siempre preparado para ella.
Tocaría el timbre de tu piso y esperaría a verte abrir. Ese primer beso que nos damos nada más cerrar la puerta… y ya no te dejo avanzar ni un paso.
Apago la luz. Solo queda la que se cuela por la ventana para guiarnos.
Te beso… o mejor dicho, te devoro esa boquita. Nos calentamos en segundos. Tus manos suben de mi cintura a mi cara y vuelven a bajar; aprovecho para girarte, ponerte de cara al espejo. Te aparto el pelo y empiezo a desnudarte despacio. Te revuelves un poco, pero te digo bajito: «Mírate. Míranos solo a través del espejo».
Echas el culo hacia atrás —ese trasero que me mata— y sientes mi sexo duro, a punto de reventar dentro del pantalón, presionando contra ti. Tus manos van atrás rápido mientras yo sigo devorando tu cuello, lamiendo, mordisqueando suave. Con la otra mano —grande, cubriéndote casi entera— recorro tus pechos pequeños, tu vientre, bajo hasta tu sexo por encima de la tela… pero la subo otra vez para terminar de quitarte todo.
El frío de la habitación te pone los pezones duros al instante. Juego con ellos, los pellizco suave mientras gimes y te mueves inquieta, buscando sentirme, apagarte ese fuego que nos quema a los dos.
Te giras y nos besamos de nuevo, con hambre, devorándonos la boca, enredando lenguas. Tus manos no paran, tiran de mi ropa. Me quito la camiseta; tú desabrochas el pantalón y me dejas en calzoncillos, con los vaqueros enredados en los tobillos y el pecho subiendo y bajando rápido.
Cuando te agachas para sacarme todo, levantas la vista y ahí estoy: 18 cm gruesos, a punto de estallar. Te arrodillas y lo agarras con las manos. Sabes lo que me vuelve loco verte así. Primero juegas con los dedos, luego con la boca… pero empiezas por abajo, por los huevos, subes lento por el tronco y bajas otra vez. Me vuelves loco. Con mis manos grandes aparto tu pelo moreno y lo recojo para que no te estorbe. Al final lo metes entero y empiezas ese vaivén: dentro, fuera… hasta que notas que estoy al límite.
Con el sabor de tu boca todavía en mí, te levantas y volvemos a besarnos con puro fuego. Intentas ir al sofá, pero te freno. Quiero más de ti ahí mismo. Te giro otra vez hacia el espejo, te subo la barbilla para que nos veamos: mis manos grandes paseando despacio por tu cuello moreno, por tus pechos, por tu vientre, por tu sexo… mientras mi boca se adueña de tu cuello otra vez.
Gimes más fuerte, la respiración se te acelera, tu cintura se mueve sola y mi sexo queda justo entre tus nalgas. Echas el cuerpo hacia atrás, lo sientes duro y grueso otra vez y me dices con voz ronca: «Quiero sentirte dentro».
Te inclinas hacia delante, apoyas las manos en el espejo. Pongo la punta en tu entrada y eres tú la que se deja caer, despacio al principio, hasta que entro entero, llenándote. Miras al espejo y ves cómo te cojo del cuello —firme pero cuidadoso— y de la cintura con mis manos grandes, empezando a moverme. Quiero hacerte gritar de placer, quiero que te veas como te veo yo: morena, entregada, preciosa.
Seguimos un rato así, jugando, hasta que me pides parar y me arrastras al sofá. Me siento y te subes encima. Vuelves a metértelo y yo me pierdo en tus pechos pequeños, los llevo a la boca, los chupo… pfff, me encanta.
Tú no paras de moverte, subes y bajas hasta que explotas de placer. Sonrío viéndote y aprovecho para ponerme encima, besarte de nuevo, pero ahora bajo despacio. Quiero devorar otros labios. Recorro todo tu cuerpo con la lengua hasta llegar a tu sexo.
Sabes cuánto me gusta esto. Ver cómo arqueas la espalda, cómo aprietas las piernas alrededor de mi cabeza, cómo tus manos me empujan y me atraen al mismo tiempo…
Meto un dedo mientras sigo con la lengua, paso los labios por tu coñito, te devoro con más ganas. Meto un segundo dedo y ya no puedes más: te corres fuerte, retorciéndote.
Sientes cómo me hincho dentro de ti, cómo se inflama justo antes de soltar todo. Me lo pides: «Quiero que llegues tú también». Y yo quiero que llegues conmigo. Explotamos los dos, vaciándome dentro mientras te aprietas a mi alrededor.
Me incorporo lo justo para respirar. El aire frío nos roza la piel sudorosa —tu morena, mi blanca—. Nos besamos despacio ahora, saboreando lo que acaba de pasar, sabiendo que nos hemos entregado del todo.
Espero que te haya gustado.
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