Xtories

Infidelidad erótica en la oficina

Lleva un año sin placer real y la oficina se vacía a las seis. Cuando el joven asistente se queda solo, ella decide que ya no puede esperar más: la jefa y el empleado van a descubrir qué pasa cuando nadie los ve.

Gonzalo de Cordoba7.9K vistas8.0· 7 votos

MI VIDA CON Carlos se había convertido en un desierto árido de deseo. Llevaba exactamente un año sin que mi esposo me follara. Su disfunción eréctil era tan persistente que ni siquiera se le ponía dura cuando yo me desnudaba delante de él en nuestra cama matrimonial. Y lo peor no era solo eso: tampoco le apetecía comerme el coño. Decía que le cansaba, que no tenía ganas, que el médico le había dicho que era parte del estrés. Así que, cuando el picor entre mis piernas se volvía insoportable, me masturbaba sin vergüenza aunque él estuviera sentado en el sofá viendo la televisión. Me abría las piernas, metía dos dedos dentro de mi coño húmedo y me frotaba el clítoris hasta que me corría en silencio, mordiéndome el labio para no gemir demasiado alto. Carlos ni siquiera levantaba la vista. Yo necesitaba más. Mucho más.

En la oficina todo cambió el día que entró Luis. Tenía solo veinte años, recién graduado, con ese cuerpo firme de gimnasio que hacía que las faldas de las compañeras se movieran más rápido cuando él pasaba. Yo era la jefa de departamento, treinta y ocho años, casada, pero con un fuego que nadie apagaba. Aquella tarde nos quedamos solos revisando el informe trimestral. El resto del equipo se había ido a las cinco en punto. La oficina estaba en silencio, solo el zumbido del aire acondicionado y el latido acelerado de mi corazón cada vez que Luis se inclinaba sobre mi escritorio y yo podía oler su colonia fresca y juvenil.

A las seis y media él dijo que iba al baño. Yo esperé tres minutos, el pulso retumbándome en las sienes, y lo seguí. El pasillo estaba desierto. Me acerqué a la puerta del baño de hombres y escuché claramente los sonidos: un jadeo rítmico, el roce de piel contra piel, un gruñido bajo. Mi coño se contrajo al instante. Me agaché despacio, apoyando las rodillas en el suelo frío, y miré por debajo de la puerta entreabierta.

Allí estaba. Luis, de pie frente al urinario, pantalones bajados hasta los muslos, polla erecta y grande en su mano derecha. Era enorme, mucho más gruesa y larga de lo que jamás había visto en Carlos. La cabeza brillaba hinchada, venosa, perfecta. Me quedé hipnotizada viendo cómo se la masturbaba con fuerza, arriba y abajo, los dedos apretando el tronco. El deseo me inundó como una ola caliente.

De repente, él se dio cuenta. Escuchó mi respiración entrecortada. Abrió la puerta de golpe y su polla erecta rozó directamente mi mejilla izquierda, dejando un rastro de líquido preseminal caliente en mi piel. No dije nada. Solo levanté la mirada, abrí la boca y la cogí con ambas manos. Era pesada, caliente, palpitante. Me la metí entera hasta la garganta en el primer intento.

—Joder… —gimió Luis, sujetándome la cabeza con las dos manos.

Chupé con hambre, moviendo la lengua alrededor de la cabeza, succionando fuerte, bajando hasta que mis labios tocaron sus huevos pesados. La saliva me caía por la barbilla. Él empujaba con las caderas, follándome la boca con ritmo creciente. Yo me abrí mi coño con una mano por debajo de la falda, metiendo dos dedos mientras le comía la polla.

—Sigue así, me voy a venir… —gruñó él, sintiendo cómo mi garganta se contraía alrededor de su tronco.

Pero yo no quería que acabara todavía. Me levanté, me di la vuelta y apoyé las manos en el lavabo. Levanté la falda, bajé las bragas hasta los tobillos y separé las piernas.

—Métemela ya —susurré—. Necesito que me folles como mi marido nunca ha podido.

Luis no se hizo rogar. Colocó la cabeza de su polla en la entrada de mi coño empapado y empujó de un solo golpe. Entró hasta el fondo. Grité de placer. Era tan grande que sentí cómo me dilataba por completo, rozando cada nervio interior.

—Dios, qué coño más apretado y mojado tienes —dijo mientras empezaba a bombear fuerte, sus huevos golpeando mi clítoris con cada embestida.

Me follaba con furia juvenil, sin descanso. Mis tetas botaban dentro de la blusa. Él me agarró del pelo y tiró hacia atrás.

—Siente tu polla engordar dentro de mi coño —gemí yo, usando las palabras sucias que tanto me excitaban—. ¡Está creciendo más! ¡No pares, me corro!

Mi primer orgasmo llegó brutal. Mi coño se contrajo alrededor de su polla, apretándola como un puño caliente. Chorros de mi jugo le mojaron los huevos.

—¡Me estoy corriendo! —grité sin control—. ¡Sigue follándome, no pares!

Él no paró. Me sacó la polla, me giró, me sentó en el borde del lavabo y me abrió las piernas al máximo. Se arrodilló y hundió la lengua en mi coño. Me lamió el clítoris hinchado, metió la lengua dentro y folló mi agujero con ella mientras sus dedos me abrían los labios mayores.

—Me abro mi coño para que me lo chupes —jadeé, separando más los pliegues con mis propias manos—. ¡Mete tu lengua y follalo!

Luis obedeció, follándome con la lengua como si fuera una polla pequeña, succionando mi clítoris, mordisqueándolo suavemente. Yo me corrí por segunda vez en su boca, inundándole la cara de mis fluidos.

Se levantó, me penetró otra vez de pie, sujetándome una pierna en alto. Sus embestidas eran profundas, salvajes. El sonido de piel contra piel resonaba en el baño.

—Siento tu coño como se contrae —gruñó él—. ¡Me estás ordeñando la polla! ¡Me voy a venir dentro!

—Dámelo todo —supliqué—. Siento como tu polla engordar dentro de mi coño. ¡Lléname!

Él explotó. —¡Me estoy corriendo! —rugió—. ¡Siento como tu coño se moja con mi leche!

Chorros calientes y espesos me inundaron por dentro. Sentí cada pulsación, cada salpicadura profunda. Mi coño se contrajo de nuevo, ordeñándolo hasta la última gota.

Pero no habíamos terminado. Salimos del baño tambaleándonos, yo con las bragas en el bolsillo y su semen corriéndome por los muslos. Fuimos directos a mi despacho. Cerré la puerta con llave. Lo empujé contra el escritorio y me arrodillé otra vez. Le limpié la polla con la boca, saboreando la mezcla de mi coño y su leche. Volvió a ponerse dura en segundos. Era increíble la recuperación de un chico de veinte años.

Lo senté en mi silla ergonómica y me subí a horcajadas. Bajé despacio, empalándome hasta el fondo. Empecé a cabalgarlo lento, sensual, sintiendo cada centímetro.

—Qué polla tan perfecta —murmuré—. Mi marido nunca me ha dado esto.

Luis me agarró las nalgas y me ayudó a subir y bajar más rápido. Mis tetas saltaban frente a su cara. Él las sacó del sujetador y me chupó los pezones duros, mordiéndolos justo como me gustaba.

—Cabalga más fuerte —pidió—. Quiero sentir cómo tu coño me traga entero.

Aceleré. El escritorio crujía. Yo me inclinaba hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, ofreciéndole una vista perfecta de su polla entrando y saliendo de mi coño rasurado.

—Sigue así, me voy a venir otra vez —gemí—. ¡Siento tu polla engordar dentro de mi coño!

—¡Me estoy corriendo contigo! —gritó él—. ¡No pares, me corro!

Nos corrimos al mismo tiempo. Mi coño se apretó tanto que casi le duele. Su leche me llenó otra vez, rebosando y cayendo sobre sus huevos.

Descansamos solo cinco minutos. Luego me puso a cuatro patas sobre la alfombra del despacho. Me levantó la falda y me penetró por detrás, agarrándome las caderas con fuerza. Esta vez fue más animal. Me follaba tan profundo que sentía su polla tocar el fondo de mi útero.

—Fóllame más duro —supliqué—. Quiero que me destroces el coño.

Él obedeció, dándome nalgadas que resonaban. Cada embestida me hacía gritar. Me metió un dedo en el culo mientras me follaba el coño, preparándome para más.

—Siento tu coño como se contrae —dijo jadeando—. ¡Estás a punto otra vez!

—¡Me estoy corriendo! —aullé—. ¡Sigue así, me voy a venir! ¡No pares!

Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas. Él sacó la polla y me la metió en la boca otra vez. Me corrí en su cara mientras yo le tragaba la tercera corrida, bebiéndome cada gota caliente.

Nos cambiamos de posición mil veces más. Me tumbó en el sofá del despacho, me abrió las piernas en V y me comió el coño durante quince minutos seguidos, alternando lengua y dedos. Yo me abrí mi coño para que me lo chupes, repitiendo la frase entre gemidos mientras me corría en su boca por cuarta vez.

Después me folló contra la ventana, con las luces de la ciudad de fondo. Mis pechos aplastados contra el cristal frío mientras él me penetraba desde atrás. Cualquiera que mirara desde el edificio de enfrente podría habernos visto, y eso me excitó todavía más.

—Siente como tu polla engordar dentro de mi coño —gemí—. ¡Está enorme! ¡Me voy a venir otra vez!

—¡Me estoy corriendo! —gritó él—. ¡Siento tu coño como se contrae alrededor de mi polla! ¡Te lleno de leche otra vez!

Seguimos así casi dos horas. Cada orgasmo era más intenso. Yo le pedía que me metiera la lengua y follalo, que me abriera el coño con los dedos mientras me chupaba el clítoris. Él me hacía gritar todas las expresiones guarras que se me ocurrían. Me corrí ocho veces en total. Él se corrió cinco, llenándome el coño, la boca y hasta las tetas de su semen joven y abundante.

Al final, exhaustos, nos vestimos entre besos y risas. Yo tenía el coño hinchado, rojo, lleno de su leche que seguía goteando. Me senté en mi silla, crucé las piernas y le sonreí.

—Esto solo es el principio, Luis. Mañana nos quedamos otra vez solos… y esta vez te voy a dejar que me folles el culo también.

Él se acercó, me besó el cuello y susurró:

—Estoy deseando que llegue mañana, jefa.

Salimos de la oficina a las nueve y media de la noche, caminando despacio porque mis piernas aún temblaban. En el ascensor me subí la falda y le dejé meter dos dedos en mi coño lleno para que sintiera cómo todavía palpitaba. Nos besamos con lengua hasta la planta baja.

Aquella noche, cuando llegué a casa, Carlos estaba dormido en el sofá. Me duché, pero no me lavé del todo. Quería conservar el olor y la sensación de Luis dentro de mí. Me metí en la cama y, mientras mi esposo roncaba, me masturbé otra vez recordando cada detalle. Me corrí susurrando su nombre.

Al día siguiente, en la oficina, Luis y yo nos miramos con complicidad. Y supe que esto iba a ser mucho más que una tarde. Iba a ser mi nuevo vicio secreto, mi fuente diaria de placer, mi forma de recuperar todo lo que mi matrimonio me había quitado.

por: © Gfdecordoba