Xtories

Como follar a alguien que odias

Juan la detesta, pero su cuerpo no miente. Cuando la oficina se vacía y la rabia se acumula, la línea entre el insulto y el beso se borra. Esta vez, no hay salida.

Sofia Red15K vistas8.8· 13 votos

Me llamo Juan, 32 años, casado desde hace seis, contador senior en una firma mediana donde llevo las cuentas más pesadas desde hace ocho años. Escritorio grande en esquina, vista al estacionamiento, café decente en la máquina del pasillo. Vida predecible. Hasta que llegó ella.

Valeria. 24 años recién graduados, título de la universidad cara, pelo negro larguísimo, cara de “yo no necesito que me expliquen nada” y unas tetas que parecían desafiar la gravedad y las blusas de oficina al mismo tiempo. Desde el primer día se paró en medio de la sala de juntas como si ya fuera socia. Corregía en voz alta los reportes de los demás, interrumpía en las reuniones, contestaba con ese tonito de “obvio que sí” cuando le preguntaban cualquier cosa. Insufrible. Brillante, sí. Pero insufrible.

Yo la odiaba. De verdad. Cada vez que abría la boca sentía que me estaba robando oxígeno. Pero también pasaba que, sin querer, los ojos se me iban al escote cuando se inclinaba sobre la impresora, o al culo cuando caminaba rápido por el pasillo con esos pantalones de vestir ajustados. Y me daba rabia conmigo mismo. ¿En serio, Juan? ¿En serio te estás calentando con la pendeja que te cae peor en todo el edificio?

El jefe, que ya estaba harto de las quejas de todos, un día me llamó aparte:

—Juan, tú que tienes paciencia de santo… enséñale a Valeria cómo carajos se hace el cierre mensual de la constructora grande. Ella cree que lo sabe todo, pero está metiendo la pata en cosas básicas. No quiero más reclamos del cliente.

Genial. Ahora además de soportarla, tenía que sentarme con ella varias tardes seguidas.

Las primeras sesiones fueron un infierno. Ella llegaba con su laptop, se sentaba con las piernas cruzadas, el perfume caro invadiendo todo, y cada dos por tres me decía “eso ya lo sé”, “eso es obvio”, “en la uni nos enseñaron que se hace así”. Yo respiraba hondo, contaba hasta diez mentalmente y seguía explicando. Pero cada vez que se inclinaba hacia la pantalla para señalar algo, las tetas se le juntaban y subían un poco más del sostén y yo tenía que mirar al monitor como si mi vida dependiera de ello.

Una tarde nos quedamos solos en la sala de juntas después de las seis. Todos se habían ido. Quedaba una última conciliación que tenía que cuadrar antes del envío al cliente. Ella seguía con su actitud de sabelotodo, pero ya se le notaba el cansancio. Yo también estaba hasta la coronilla.

—Esto no cuadra porque estás sumando mal el IVA retenido —le dije por enésima vez.

—Obvio que no, Juan. Mira bien. —Giró la pantalla hacia mí con brusquedad.

Me acerqué. Demasiado. Nuestros brazos se rozaron. Ella no se apartó. Yo tampoco.

—Aquí —señalé con el mouse—. Estás usando la tasa del 16% en una retención que es del 10%. Por eso te sale descuadrado desde hace tres días.

Silencio. Ella miró la pantalla, luego a mí. Por primera vez no tenía respuesta inmediata.

—… Mierda —murmuró.

Y ahí pasó algo raro. En vez de disculparse o de seguir peleando, se quedó mirándome fijo. Los ojos le brillaban de una forma distinta. Rabia, sí. Pero también otra cosa.

—¿Sabes qué me tiene harta de ti? —dijo de repente, voz baja.

—¿Qué?

—Que siempre tienes razón. Y que igual te miro y pienso que eres un idiota orgulloso que se cree el rey del escritorio.

Me reí sin ganas.

—Y tú eres una niñita creída que cree que con unas tetas grandes y un título nuevo ya lo sabe todo.

Se le escapó una sonrisa chiquita, peligrosa.

—No son tan grandes —dijo, y se miró el escote como evaluándolos—. Pero gracias por fijarte.

Ahí se rompió algo.

No sé quién se movió primero. Creo que fui yo. La agarré por la nuca y la besé con toda la bronca acumulada de dos meses. Ella me devolvió el beso mordiendo, arañando, como si me estuviera castigando. Nos separamos jadeando.

—No te soporto —me dijo entre dientes.

—Y yo a ti menos —le contesté.

Y sin embargo la volví a besar, esta vez empujándola contra la mesa de juntas. Le subí la blusa con rabia, le bajé el sostén de un tirón y por fin tuve esas tetas en las manos. Pesadas, suaves, los pezones duros como piedras. Los chupé con furia, como si quisiera dejarle marcas. Ella gemía bajito, pero no de dulzura: de despecho.

—Eres un imbécil —susurró mientras me desabrochaba el cinturón con dedos torpes.

—Y tú una pendeja arrogante —le respondí metiéndole la mano debajo de la falda, apartando la tanga y encontrándola empapada.

No hubo caricias bonitas. No hubo “te deseo desde hace tiempo”. Solo rabia convertida en sexo crudo.

La puse boca abajo sobre la mesa, le bajé las bragas hasta las rodillas y me la metí de un solo empujón. Ella soltó un grito ahogado que terminó en insulto.

—Hijo de puta…

—Cállate —le dije, embistiéndola fuerte, agarrándola del pelo.

Cada embestida era un reclamo. Cada gemido de ella era una cachetada verbal que no salía. Nos follamos como si estuviéramos peleando. La mesa crujía. Los papeles volaban. Ella se corrió primero, apretándome tan fuerte que casi me hace eyacular ahí mismo. Yo aguanté unos segundos más, la saqué y me corrí sobre su culo, viendo cómo mi semen le chorreaba por la piel mientras ella seguía temblando.

Silencio pesado después.

Se levantó despacio, se acomodó la ropa sin mirarme. Se limpió con unas servilletas que encontró en la mesa. Yo me subí el cierre, el corazón todavía a mil.

—No va a volver a pasar —dijo ella, voz ronca.

—Obvio que no —contesté.

Nos miramos un segundo. Los dos sabíamos que mentíamos.

Al día siguiente llegó con la misma cara de reina del universo. Yo seguí en mi escritorio grande. Nos hablamos lo mínimo indispensable. Pero cada vez que pasa cerca, siento el mismo olor de su perfume y el recuerdo de cómo se le contrajo el coño cuando se corrió contra mí.

No somos amantes. No nos mandamos mensajes. No hay nada romántico.

Solo queda esta tensión asquerosa, caliente y sin resolver que flota en el aire cada vez que coincidimos en la sala de café o en la fotocopiadora.

Y lo peor: los dos lo sabemos.

Y los dos seguimos viniendo a trabajar todos los días.