Xtories

La habitación

La excusa era descansar, pero la habitación del hotel se convierte en un escenario de tentación. Ella sabe exactamente cómo encenderlo, y él no tarda en responder con una pasión que bordea lo prohibido.

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Entramos en nuestra habitación sabiendo que aún quedaban un par de horas para almorzar, el tiempo perfecto para descansar un poco antes de bajar al comedor. O al menos, esa era la excusa oficial. Me deshice de las sandalias y me acerqué al armario para comenzar a ordenar el equipaje, con la intención de poner la ropa más a mano. De reojo, vi cómo Ciro se desnudaba hasta quedarse en ropa interior y se tiraba en la cama, adueñándose del mando del aire acondicionado y de la tele.

Tras haber ocupado todas las perchas y la mayoría de los cajones, empujé las maletas vacías debajo del mueble.

—Voy a darme una ducha —anuncié, alzando un poco la voz.

Abrí la puerta del armario buscando toallas limpias, plenamente consciente de que la mirada de mi marido estaba clavada en mi espalda. Era el momento perfecto para jugar un poco. Desaté el nudo que sujetaba mi pantalón pirata y lo dejé caer al suelo, acompañando el movimiento con un levísimo y calculado contoneo de caderas. Llevaba puestas unas braguitas moradas que, con el trasiego del viaje, se habían movido lo justo para enseñar medio cachete. Sabía perfectamente el efecto que esa visión tenía en él.

Sin darle tiempo a recuperarse, agarré el dobladillo de la camiseta y me la quité por encima de la cabeza. Mientras me recogía el pelo en un moño desordenado con una pinza, me desabroché el cierre del sujetador por la espalda. Con un suave movimiento de hombros, dejé que los tirantes resbalaran por mis brazos, liberando mis pechos justo en el instante en el que me inclinaba para quitarme las braguitas.

Cuando me incorporé, me giré a medias. El bulto que tensaba la tela de sus calzoncillos evidenciaba que estaba disfrutando muchísimo de mi improvisado striptease. Cogí una toalla grande y una esponja y me encaminé hacia el baño. Al pasar junto a la cama, cerca del marco de la puerta, giré la cabeza. Dirigí mi vista descaradamente hacia su entrepierna y luego subí la mirada hasta encontrarme con sus ojos verdes. Me mordí el labio inferior con lentitud, saboreando la anticipación, y terminé de adentrarme en el baño, empujando la puerta tras de mí, pero asegurándome de no cerrarla por completo. La invitación estaba servida.

Apenas el agua caliente empezó a correr y a empapar mi piel, escuché el leve crujido de las bisagras. Sonreí bajo el chorro de la ducha. No había tardado ni diez segundos en saltar de la cama.

Me quedé de espaldas a la mampara, dejando que el agua golpeara mi pecho y resbalara por todo mi cuerpo. Sentí la corriente de aire frío cuando abrió la puerta de cristal para colarse conmigo. Alargó los brazos y rodeó mi cintura, entrelazando sus dedos sobre mi ombligo. Su pecho desnudo chocó contra mis hombros y, al instante, sentí la dura y ardiente presión de su erección atrapada entre mis glúteos y su abdomen.

Me estremecí al sentirlo. Cubrí sus manos con las mías, apretándolas contra mi vientre para mantenerlo pegado a mí. Acomodado entre mis nalgas, comenzó a besar mis hombros, regalándome pequeños y posesivos mordiscos. Dejé caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre él, ofreciéndole mi cuello con total rendición para que lo recorriera con la punta de la lengua. Cerré los ojos, embriagada por el vapor y su tacto.

Sus manos abandonaron mi estómago para ascender, rozando apenas la base de mis pechos en un tormento delicioso. Sentía el latido de su erección suplicando atención contra mi piel, mientras mis pezones, endurecidos, exigían exactamente lo mismo. Finalmente los agarró. Los masajeó con firmeza, apretando mi carne húmeda y turgente. Yo apreté mis manos sobre las suyas, animándole a ser más rudo.

Me dio media vuelta y busqué sus labios con urgencia. Nuestras lenguas chocaron, enredándose con nerviosismo, fuerza y pura excitación. Mi vientre rozaba su glande y mis pezones se aplastaban contra su pecho. Movida por el instinto, bajé una mano, agarré su tronco palpitante y comencé a masturbarlo, guiando la punta húmeda de su rígida sexualidad para que se deslizara por el abismo de mis labios mayores. El agua no dejaba de caer sobre nosotros, pero el calor ardiente que emanaba de mi propio sexo era inconfundible.

Me sujetó por los hombros, empujándome levemente hacia atrás para obligarme a soltarlo. Me dio la vuelta de nuevo, dejándome de cara a los azulejos, y sentí cómo se arrodillaba tras de mí.

Comenzó a devorarme los cachetes a besos. Los chupaba y mordisqueaba mientras su mano se abría paso sin dudarlo por mi entrepierna. Sus dedos atraparon mi monte de Venus, y su palma rozó mi intimidad en un contacto tan perfecto que no pude evitar ahogar un gemido. Estaba suave, recién depilada y extraordinariamente sensible. Fui sintiendo cómo sus dedos descendían poco a poco, hasta que su índice trazó una línea ardiente desde mi clítoris hasta mi ano. Una sacudida de electricidad me recorrió la espina dorsal.

Con suma delicadeza, separó mis labios. Notó la entrada de mi vagina, que ya palpitaba, anhelando acogerlo en su interior. Sin querer alargar más la agonía, sus dedos regresaron a mi clítoris y empezó a masajearlo muy despacio. Me aferré al grifo con una mano y apoyé la otra en la pared, sintiendo cómo mis rodillas amenazaban con ceder en cualquier momento.

Fue incrementando el ritmo poco a poco. La velocidad de sus dedos aumentaba de forma directamente proporcional al volumen de mis gemidos, que resonaban en el eco del baño. Justo cuando creía que las piernas no me sostendrían más, detuvo el masaje por un segundo. Sus manos se aferraron a mi cintura y tiró suavemente de mí para obligarme a girar. Me dejé hacer, apoyando ahora mi espalda contra los fríos azulejos para quedar de frente a él.

Ciro se sentó en el suelo del plato de ducha, mirándome desde abajo. Sujetó mi tobillo y levantó mi pierna, apoyando mi pie sobre su hombro para dejar mi sexo completamente expuesto ante sus ojos. Agarró mis caderas, tiró para acercarme a su rostro y hundir la cara entre mis piernas.

El grito que se me escapó debió de escucharse en el pasillo del hotel.

Buscaba mi clítoris con una desesperación maravillosa. Quería besarlo, morderlo, sentirlo vibrar dentro de su boca. Mis muslos, temblorosos, le enmarcaban el rostro, rozando sus orejas. Me penetró con la lengua, bebiéndose mis jugos mezclados con el agua de la ducha. El placer era tan abrumador que tuve que soltar la pared para agarrarme los pechos, pellizcándome los pezones con fuerza para no perder la cordura.

Volvió a centrar su atención en mi clítoris, lamiéndolo con la avidez de un gatito sediento. Mi agitación se convirtió en una serie de pequeñas convulsiones. Estaba empapada por dentro y por fuera. Sus dedos no encontraron la más mínima resistencia cuando se introdujeron en mi interior hasta los nudillos. Mi cuerpo se amoldó a él al instante. Comenzó un movimiento de vaivén profundo mientras su lengua me arrastraba sin frenos hacia el éxtasis.

No tardé en explotar. Todo mi cuerpo tembló de arriba abajo en una violenta sacudida, y mi clítoris se escapó de su boca.

Ciro se incorporó lentamente. Se quedó frente a mí, mirándome a los ojos, y se metió el dedo índice en la boca, saboreando mi orgasmo con una lentitud que me hizo tragar saliva. Me ofreció el dedo corazón a mí. Quería que yo también probara mi propio sabor. Lo acepté, chupando su piel húmeda, y por la expresión de mi cara, supo que me gustaba tanto como a él.

Terminamos de ducharnos, aunque en realidad fue él quien se encargó de enjabonarnos a los dos. Mientras me limpiaba, su erección no dejó de acariciar mis piernas, mi culo y mi abdomen en ningún momento.

Salí del baño antes que él, envuelta en una toalla para secarme el pelo. Me tiré en la cama desnuda, levantando los brazos hasta apoyarlos en la almohada, estirando cada músculo relajado de mi cuerpo. Cuando Ciro salió, mi mirada viajó directamente hacia su excitación. Levanté los pies y comencé a acariciarlo con las plantas, descubriendo el glande, que ya coronaba una gruesa gota de líquido preseminal. Utilicé los dedos para extender esa gota viscosa por todo su tronco.

Él sujetó mis tobillos para facilitarme el trabajo, marcándome el ritmo y asegurándose de que no pudiera escapar. Veía cómo mis pies se iban manchando poco a poco con su humedad. De pronto, tiró de mis piernas, arrastrándome hacia él hasta dejarme al mismísimo borde de la cama, con las piernas abiertas de par en par.

Llevé mi mano a mi sexo, apoyando un dedo sobre mi clítoris. Estaba brillante, hinchado de pura necesidad. Ciro se agachó ligeramente, acomodando su glande entre mis labios húmedos. Lo invité a pasar. Entró poco a poco, y yo no podía dejar de mirar cómo mi propio cuerpo abrazaba su erección hasta hacerla desaparecer por completo en mi interior. Ambos suspiramos al unísono.

Me juntó las rodillas, apretando mis muslos contra mi pecho, de forma que mis pies quedaron casi rozando su cara, e incrementó el ritmo de sus embestidas. Mis gemidos empezaron a volverse incontrolables. Intentaba callarme mordiéndome el labio inferior, consciente de que las paredes de los hoteles parecen de papel, pero me resultaba imposible contener la avalancha de placer. Ciro estaba a punto de llegar al límite. Dejé de masturbarme y me dejé llevar, derramándome sobre su erección en una serie de espasmos intensos, acompañados de un largo suspiro de puro agotamiento.

Salió de mi interior justo a tiempo, llevándose consigo la promesa de su propio orgasmo. Su tronco estaba brillante, cubierto por el espeso lubricante de mis fluidos.

Me puse de pie de inmediato. Lo empujé suavemente para apartarlo del borde de la cama, creando un pequeño hueco entre él y el colchón donde pude arrodillarme con comodidad. Agarré su excitación con ambas manos y, arrastrada por la inercia de mi propio clímax, no tardé ni un segundo en introducírmela en la boca.

Mi saliva se mezcló con los restos de mi éxtasis, creando un lubricante cálido y espeso que lo hizo perder el control mucho antes de lo que él hubiera querido. Ciro me sujetó con firmeza por el hombro; era nuestra señal. Sabía que no podía aguantar más.

Reaccioné al instante. Me separé, liberándolo de mis labios. Ladeé la cabeza levemente hacia arriba, abrí la boca de par en par y coloqué mi mano izquierda debajo de mi barbilla, a modo de bandeja. Con la mano derecha, comencé a masturbarlo con una firmeza implacable, acelerando el ritmo al mismo tiempo que sentía cómo sus contracciones se disparaban bajo mi puño.

Finalmente, estalló.

Los gruesos chorros de semen salieron disparados hacia mi cara. El impacto caliente me golpeó la nariz, los labios, y resbaló lentamente hasta alcanzar mi lengua. Mantuve el movimiento de mi mano, acompasándolo con las violentas sacudidas de su pelvis, ordenándole que se vaciara por completo dentro de mi boca.

Cuando el último espasmo remitió, solté su estremecida erección. Utilicé mi mano derecha, ahora libre, para rebañar los abundantes rastros de semen que habían quedado esparcidos por mi cara. Los arrastré con el dedo índice. Tenía tanta cantidad que casi me rebosaba por las comisuras. Junté los labios, forzando a que un grueso y pesado hilo blanco resbalara hacia mi mano izquierda, que seguía pacientemente esperando bajo mi barbilla.

Cuando hube recogido todo el trofeo, lo esparcí directamente sobre mis pechos desnudos usando ambas manos. Mis pezones volvieron a erizarse, brillando bajo la capa de esperma, mientras algunos pequeños hilos pegajosos pendían tentadoramente de mi canalillo.

Ciro se dejó caer sobre la cama, absolutamente exhausto, con la respiración rota. Yo me levanté lentamente, me incliné sobre él y le regalé un beso profundo, relamiéndome con descaro lo poco que aún quedaba en mi boca para que él también lo saboreara, antes de encaminarme de nuevo a la ducha...

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