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Confesionesmar 2026

Después de esto me gusta ser sumisa Parte 2

Marco no solo quiere controlarme, quiere borrarme. Esta noche, la calle, el bar y el callejón sucio serán mi altar, y cada desconocido será mi juez. ¿Estoy lista para ser su puta pública?

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Habían pasado solo tres días desde la primera noche y yo ya no podía pensar en otra cosa. Marco me tenía completamente enganchada. Cada vez que recordaba cómo me habían usado en el callejón, me mojaba sin tocarme. Él lo sabía y disfrutaba torturándome con eso.

La segunda salida fue un sábado por la noche. Esta vez Marco eligió un barrio más sórdido, lleno de bares cutres, prostitutas y hombres con ganas de carne fresca. Me vistió él mismo: un vestido negro extremadamente corto y escotado que parecía más una camiseta larga que un vestido. Sin sujetador, sin bragas, y unos tacones rojos de puta barata. Antes de salir, me pintó los labios de un rojo brillante y me escribió con rotulador permanente en las tetas, justo encima del escote:

“TOCADME LAS TETAS SOY LA PUTA DE MI NOVIO Pellizcad fuerte”

Me miró satisfecho y me dijo:

—Hoy no vas a pedir permiso. Vas a ofrecerte tú misma. Y si yo digo “más”, vas a dar más. Vas a ser la zorra más humillada de la ciudad esta noche.

Llegamos a la zona de bares a eso de las once. La calle estaba llena de grupos de hombres bebiendo, algunos ya borrachos.

**Primera humillación – La calle principal**

Marco me llevó del brazo por la acera más transitada. De repente se detuvo delante de un grupo de cinco chicos de unos 20-25 años que estaban riendo y gritando.

—Enséñales lo que pone en tus tetas —me ordenó en voz alta.

Con las mejillas ardiendo, me bajé la parte superior del vestido hasta la cintura, dejando mis tetas completamente al aire en plena calle. Los chicos se callaron de golpe al leer las palabras escritas.

Uno de ellos soltó una carcajada.

—¿En serio? ¿Eres su puta?

—Sí… —respondí bajito, muerta de vergüenza.

Marco me agarró del pelo y me obligó a levantar la voz:

—Más fuerte, zorra. Diles lo que eres.

—Soy la puta de mi novio… Podéis tocarme las tetas… pellizcad fuerte, por favor.

Los cinco se abalanzaron. Me rodearon en medio de la acera mientras la gente pasaba mirando. Me agarraban las tetas con fuerza bruta, me las apretaban, me las levantaban, me daban cachetadas fuertes que hacían que rebotaran y se pusieran rojas. Uno me pellizcó los pezones tan fuerte que grité. Otro me escupió en una teta y luego la frotó con la mano.

—Mirad cómo le gusta —dijo Marco riendo—. Preguntadle si quiere más.

—¿Quieres más, puta? —me preguntó uno.

—Sí… por favor… usadme las tetas como queráis —supliqué, con la voz rota de humillación.

Me tuvieron allí casi diez minutos, magreándome delante de todo el mundo. Cuando por fin me soltaron, tenía las tetas rojas, marcadas con huellas de manos y con saliva. El vestido seguía bajado hasta la cintura mientras caminábamos.

**Segunda humillación – Dentro del bar cutre**

Entramos en un bar oscuro y lleno de hombres mayores, muchos de ellos solos o en grupos pequeños. Marco me sentó en un taburete alto en el centro de la barra, me abrió las piernas y me levantó el vestido hasta la cintura, dejando mi coño completamente expuesto a cualquiera que mirara.

—Ahora vas a pedirle a cada hombre que se acerque que te toque las tetas y el coño —me dijo—. Y vas a agradecerle cuando lo haga.

El primero fue un hombre de unos 50 años, barrigón y con aliento a alcohol. Se acercó atraído por el espectáculo.

—Por favor… tócame las tetas y el coño —le pedí con voz temblorosa.

El tipo sonrió asquerosamente y metió una mano entre mis piernas mientras con la otra me amasaba las tetas. Me metió dos dedos gordos directamente en el coño y empezó a follarme con ellos sin piedad, mientras me pellizcaba un pezón con fuerza. Yo gemía sin poder evitarlo.

—Gracias… gracias por tocarme… —susurraba cada vez que me metía los dedos más profundo.

Marco invitó a otro hombre, luego a otro. Pronto tenía a tres desconocidos rodeándome: uno me follaba el coño con los dedos, otro me chupaba y mordía las tetas, y el tercero me daba cachetadas suaves en la cara mientras me llamaba “puta barata”, “zorra pública” y “perra en celo”.

Me corrí delante de todos, temblando y gimiendo alto, con el coño chorreando sobre el taburete. El bar entero se había dado cuenta y varios hombres miraban y comentaban en voz alta lo guarra que era.

**Tercera humillación – La más degradante**

Marco decidió que aún no era suficiente. Me sacó del bar y me llevó a un callejón oscuro y sucio, lleno de contenedores de basura y olor a meado. Allí había cuatro hombres bebiendo y fumando porros.

—Esta vez vas a gatear —me dijo Marco delante de ellos.

Me puso a cuatro patas en el suelo mugriento del callejón. El vestido se me subió hasta la cintura, dejando el culo y el coño al aire. Marco me escribió con el mismo rotulador en la nalga izquierda:

“COÑO LIBRE – METED DEDOS”

—Gatea hasta ellos y ofrécete —ordenó.

Gateé por el suelo sucio, con las tetas colgando y balanceándose, mientras los hombres se reían.

—Soy la puta de mi novio… podéis meterme los dedos en el coño y tocarme las tetas… por favor… usadme —supliqué de rodillas delante de ellos.

Los cuatro se acercaron. Me rodearon mientras yo seguía a cuatro patas. Uno me metió tres dedos en el coño de golpe y empezó a follarme con fuerza. Otro me agarró las tetas colgantes y me las estiraba hacia abajo como si ordeñara una vaca. El tercero me escupió en la cara y luego en las tetas. El cuarto me daba palmadas fuertes en el culo.

—Ladra como una perra mientras te follan —ordenó Marco.

Empecé a ladrar entre gemidos: “Guau… guau… soy una perra… guau… metedme más dedos… guau…”

Me corrí dos veces seguidas, una con los dedos dentro y otra cuando uno de ellos me metió el pulgar en el culo mientras me follaba el coño con los otros dedos. Estaba hecha un desastre: rodillas sucias, tetas llenas de saliva y marcas rojas, cara con saliva, coño chorreando y el vestido destrozado.

Cuando terminaron, Marco me levantó del pelo y me besó en la boca.

—Buena zorra. Esta noche has sido una puta pública de verdad.

De vuelta en el coche, con el coño hinchado, las tetas doloridas y el orgullo completamente destrozado, solo pude susurrar:

—Gracias, amo… ¿la próxima vez será aún peor?

Marco sonrió con malicia.

—Mucho peor, mi amor. La próxima vez te voy a prestar de verdad.

CONTINUARA...