Una tarde de shopping
El bullicio del centro comercial la rodea, pero sus ojos solo encuentran uno: el de un extraño. Sin decir una palabra, él la sigue. En la soledad forzada de un baño público, la tensión se rompe y el deseo habla un lenguaje que no necesita nombres.
Sara, una atractiva mujer de veintinueve años con cuerpo curvy y actitud provocadora, caminaba por el concurrido centro comercial un sábado por la tarde. Llevaba una falda corta vaquera que marcaba sus caderas anchas y un top ajustado que realzaba sus tetas grandes y redondas. El calor y el bullicio la ponían juguetona. Mientras esperaba en la zona de restaurantes, sus ojos se cruzaron con un desconocido alto y moreno de unos treinta y cinco años que tomaba un café solo. Él la miró directamente y sonrió con descaro.
Sin pensarlo dos veces, Sara se acercó y le susurró al oído: —Sígueme. Quiero probarte ahora mismo. El hombre, sorprendido pero excitado, dejó el café y la siguió hasta los baños del pasillo menos transitado del segundo piso. Entraron en el baño familiar para discapacitados, cerraron la puerta con pestillo y el ambiente se cargó de tensión sexual inmediata.
Sara se arrodilló sin decir nada más. Desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del desconocido con dedos hábiles. Sacó su polla ya medio dura, gruesa y venosa, y la miró con ojos hambrientos. —Qué rica se ve —murmuró antes de meterse la punta en la boca. El hombre gimió bajito y apoyó la espalda contra la pared.
Ella comenzó a mamársela con ganas, moviendo la cabeza adelante y atrás, chupando con fuerza y dejando que su saliva chorreara por el tronco. La polla creció rápidamente dentro de su boca caliente y húmeda. Sara usaba una mano para masturbar la base mientras su lengua lamía el glande hinchado y jugaba con la ranura. El desconocido agarró su cabello oscuro y empujaba suavemente sus caderas, follándole la boca con ritmo creciente.
—Joder, qué bien la chupas —susurró él con voz ronca. Sara aceleró, metiéndose casi toda la polla hasta sentir arcadas suaves que solo lo excitaban más. Sus tetas grandes se movían con cada movimiento de cabeza. El sonido húmedo de la mamada llenaba el pequeño baño. Ella sacó la polla un segundo para lamerle los huevos y después volvió a tragársela entera con hambre.
El desconocido empezaba a temblar. Sara notó cómo la polla palpitaba fuerte en su lengua y supo que estaba cerca. Lo miró a los ojos mientras seguía chupando con intensidad, acelerando la mano y succionando con fuerza. —Me voy a correr —avisó él entre dientes. Sara no se apartó. Siguió mamando hasta que chorros calientes y espesos de semen explotaron en su boca. Ella tragó todo lo que pudo, dejando que el resto le cayera en los labios y la barbilla.
Lamió la polla limpia con dedicación, recogiendo hasta la última gota. Se levantó sonriendo, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio un beso rápido en los labios al desconocido. —Gracias por la leche —susurró traviesa. Él todavía jadeaba, sorprendido por lo rápido y intenso que había sido.
Sara abrió la puerta, comprobó que no hubiera nadie y salió como si nada. El hombre se quedó dentro unos segundos recomponiéndose. Ella regresó al centro comercial con una sonrisa satisfecha y el sabor salado todavía en la lengua, sintiéndose traviesa y poderosa. Aquella mamada rápida a un completo desconocido en medio del bullicio del centro comercial le había puesto el día mucho más interesante y húmedo.
Minutos después, mientras caminaba entre las tiendas, notaba cómo su propio coño palpitaba de excitación. Quizás la próxima vez se atrevería a más. Por ahora, el recuerdo de esa polla gruesa corriéndose en su boca era suficiente para mantenerla mojada el resto de la tarde.
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