Xtories

Cualquier cosa por un puesto

La entrevista no era lo que esperaba. Ricardo y su esposa no buscan empleados, buscan sumisión. Y el verdadero examen comienza cuando la dejan sola con el hijo tímido del CEO.

Dolores388.4K vistas9.8· 9 votos

Alejandra tenía 24 años y una ambición sin límites. Recién recibida de Administración de Empresas en una universidad privada de Rosario, había mandado currículums a decenas de empresas, pero solo una multinacional tecnológica con sede en Buenos Aires le respondió en serio. El puesto de becaria junior en marketing ofrecía la posibilidad de contrato fijo en seis meses. El sueldo estaba bien, pero lo que ella buscaba era poder y estabilidad.

El CEO, Ricardo Morales, de 48 años, era alto, de pelo entrecano impecable, traje a medida y fama de implacable en los negocios y exigente en la cama. Alejandra había googleado todo sobre él: divorciado dos veces, un hijo, fotos en eventos de lujo y rumores de que le gustaban las pendejas dispuestas. Cuando recibió el mail con una “entrevista informal” en un hotel del centro, no lo dudó.

—Si hay que pagar el precio, lo pago —se dijo frente al espejo. Se puso un vestido negro ajustado que le marcaba las tetas firmes y el culo redondo, tacones altos y lencería de encaje negro. Nada de inocencia.

Llegó al hotel a las nueve de la noche. Subió al piso 12 y golpeó la puerta de la suite presidencial. Ricardo abrió casi al instante, con la camisa blanca desabotonada y pantalones de vestir.

—Pasá, Alejandra. Me alegra que hayas venido.

Ella entró con paso seguro. La habitación era enorme: cama king size, ventanales con vista a la ciudad y un sillón de cuero amplio. Lo que no esperaba era ver a una mujer de unos 45 años sentada allí, elegante, pelo castaño corto y vestido ceñido, con una copa de vino en la mano.

—Ella es mi esposa, Carolina —dijo Ricardo mientras cerraba la puerta con llave—. No te preocupes, esto forma parte del acuerdo.

Alejandra se quedó quieta un segundo, pero se recompuso rápido. Si hacía falta un trío con la mujer del jefe para el puesto, adelante.

—Mucho gusto —dijo con voz firme.

Los tres se acomodaron. Ricardo y Carolina en el sillón grande, Alejandra frente a ellos.

—Mirá, Alejandra, sos inteligente, tenés buen perfil y me gustó tu currículum —empezó Ricardo—. Pero el puesto tiene mucha competencia. Yo te puedo meter directamente, con todas las facilidades para que crezcas. Lo que necesito saber es si estás dispuesta a todo. Absolutamente a todo.

—Entiendo. Y estoy dispuesta —respondió ella sin titubear.

Carolina intervino con voz suave pero firme:

—No es solo con Ricardo. Tenemos un hijo, Tomás, muy jovencito. Es extremadamente tímido, casi no sale de su habitación. Nunca tuvo novia, nunca estuvo con una mina. Es virgen y nos preocupa. Queremos que pierda la virginidad de una forma controlada, con alguien discreta, linda y que sepa lo que hace. Alguien como vos.

Alejandra sintió que la concha se le humedecía al instante. El morbo la recorrió entera.

—¿Y cómo sería? —preguntó, tratando de sonar profesional.

—Primero te evaluamos a vos —dijo Ricardo—. Quiero ver cómo te movés, cómo obedecés, cómo aguantás. Si pasás la prueba, arreglamos lo de Tomás. Él no sabe nada todavía.

Ricardo se levantó y se acercó. Le levantó la cara con dos dedos.

—Desnudate. Despacio.

Alejandra se paró, se bajó el cierre del vestido y lo dejó caer. Quedó en tanga y corpiño negro de encaje. Sus tetas medianas pero firmes tenían los pezones ya duros. El culo respingón se veía perfecto.

Ricardo le desabrochó el corpiño. Las tetas saltaron libres. Él las agarró con fuerza y apretó los pezones.

—Buenas tetas tenés, pendeja. Bien firmes.

Le bajó la tanga de un tirón. La concha depilada quedó al aire: labios hinchados y brillosos de humedad.

—Mirá cómo está de mojada ya la concha de esta puta —comentó Carolina con una sonrisa.

Ricardo la empujó hacia la cama.

—Ponete en cuatro patas. Quiero ver ese culo.

Alejandra obedeció, arrodillada con el culo en pompa y la espalda arqueada. Ricardo se sacó la camisa y los pantalones. Su pija gruesa y venosa ya estaba semi dura.

Le dio una nalgada fuerte que resonó en la habitación.

—Ahh —gimió ella.

—Te gusta que te traten como la puta ambiciosa que sos, ¿no?

—Sí… señor.

Carolina se acercó y le acarició el pelo.

—Vas a tener que chupar bien la pija de mi marido. Y después te va a coger duro. Si aguantás, quizás te dejemos desvirgar a nuestro hijo.

Alejandra abrió la boca. Ricardo le metió la pija de un empujón hasta el fondo de la garganta. Ella tuvo arcadas pero no se apartó. Empezó a mamársela con ganas, saliva corriendo por la verga y haciendo ruidos húmedos.

—Así, mamame la pija bien profundo, puta. Hasta el fondo —gruñó él, agarrándola del pelo y follándole la boca con fuerza.

Carolina le metió dos dedos en la concha desde atrás.

—Está empapada. Le encanta que la traten así.

Después de varios minutos, Ricardo sacó la pija chorreante.

—Ahora te voy a coger como se merece una becaria desesperada.

La puso boca arriba, le abrió las piernas bien anchas, se escupió la pija y de un empujón brutal le clavó toda la verga hasta el fondo.

—¡Ahhh, carajo! —gritó Alejandra.

La cogía sin piedad. Embestidas fuertes y profundas que hacían saltar sus tetas. La cama crujía. Ricardo le apretaba las tetas y le pellizcaba los pezones con fuerza.

—Mirá cómo te abre la concha mi verga, hija de puta. Esto es lo que querés a cambio del puesto, ¿no? Que te cojan como a una cualquiera.

—Sí… sí, señor… cójame más fuerte…

Carolina se subió a la cama y se sentó sobre la cara de Alejandra.

—Ahora lameme la concha mientras mi marido te revienta.

Alejandra sacó la lengua y empezó a lamerle el clítoris, chupando sus jugos. Carolina gemía bajito, moviendo las caderas.

Ricardo no paraba. Le daba cachetadas en las tetas y en la cara.

—Decime qué sos.

—Soy una puta… una puta ambiciosa que quiere el puesto…

—Más fuerte.

—Soy su puta, señor… cójame la concha como quiera… use mi cuerpo para lo que necesite…

El orgasmo la atravesó de golpe. Alejandra se corrió temblando, apretando la concha alrededor de la pija de Ricardo y soltando chorros de jugo que mojaron las sábanas.

Él la dio vuelta otra vez, culo en pompa. Le escupió en el orto y le metió un dedo mientras seguía cogiéndola por la concha.

—Este culo también lo vamos a probar después. Pero hoy quiero ver hasta dónde aguantás.

La siguió cogiendo unos minutos más hasta que sintió que se venía. Sacó la pija y le descargó un chorro espeso y caliente sobre la espalda y las nalgas. La leche le chorreaba por el culo y los muslos.

Alejandra quedó jadeando, con el cuerpo marcado y la concha roja e hinchada. Carolina bajó de su cara con una sonrisa satisfecha.

—No está mal para empezar. Tenés buena actitud.

Ricardo se limpió la pija con una toalla y se sentó. Miró a Alejandra con lujuria todavía en los ojos.

—Vení acá —le ordenó con voz ronca.

Ella se acercó desnuda, con las tetas moviéndose y la concha goteando semen. Ricardo la tomó de la cintura y la sentó sobre sus piernas, de frente, con la concha abierta apoyada contra su pija semi dura.

—Escuchame bien, porque esto es importante —dijo mientras le apretaba una teta con fuerza—. Mi hijo Tomás es virgen. Extremadamente tímido, casi no sale de su habitación. Carolina y yo queremos que pierda la virginidad, pero de una forma que lo marque. Queremos que lo guíes, que lo hagas disfrutar… y que lo perviertas un poco.

Alejandra sintió que la concha le palpitaba solo de pensarlo.

—¿Y qué querés que haga yo? —preguntó, frotando suavemente su clítoris contra la verga mojada.

Ricardo sonrió con malicia y le pellizcó el pezón, arrancándole un gemido.

—Mañana por la tarde vas a ir a mi casa con unos papeles importantes que tengo que firmar. Yo te recibo, firmo rápido e invento una emergencia en la planta. Salgo urgente y te dejo sola con Tomás. Carolina tampoco va a estar.

Hizo una pausa y le metió dos dedos en la concha, revolviendo su propio semen mientras hablaba.

—Una vez que me vaya, subís a la habitación de Tomás con cualquier excusa. Tenés que hacer que parezca casual. Pero desde el primer segundo vas a empezar a seducirlo de forma estratégica.

Alejandra jadeó cuando los dedos entraron y salieron con lentitud.

—¿Cómo querés que lo haga? —preguntó con voz entrecortada.

—Despacio al principio, pero sin perder tiempo. Exhibite. Dejate los botones de la blusa un poco abiertos para que vea el encaje del corpiño y el nacimiento de esas tetas firmes. Cruzá las piernas para que la falda se te suba y le des una buena vista de los muslos. Hablale con voz suave pero directa: decile que te pone caliente su timidez, que querés que te toque. Guiá sus manos hacia tus tetas, apretalas vos misma contra sus palmas. Después llevá una de sus manos debajo de tu falda para que sienta lo mojada que está tu concha.

Ricardo aceleró los dedos dentro de ella.

—Cuando lo tengas nervioso y con la pija dura, arrodillate frente a él. Bajale el pantalón y chupale la verga despacio al principio, para que no se asuste. Mamásela rico, con mucha saliva, mirándolo a los ojos. Decile cosas como “qué linda pija tenés”, “me encanta chupártela”, “quiero que te acostumbres a que una mujer te la mame como puta”. Después subite encima, frotá tu concha empapada contra su pija y empalátelo vos misma. Cogelo despacio al principio, pero poco a poco andá acelerando. Susurrale al oído que querés que te coja más fuerte, que te rompa la concha, que te agarre del culo, que te trate como la guarra que sos.

Carolina intervino desde su sillón, con voz calmada pero cargada de morbo:

—Queremos que salga de esa habitación cambiado. Que entienda que las mujeres podemos ser dulces por fuera y unas putas insaciables por dentro. Que aprenda a coger, a comer concha, a dar nalgadas. Si lo hacés bien, si lo hacés correrse adentro tuyo y lo pervertís lo suficiente, el puesto con contrato indefinido es tuyo desde el lunes.

Ricardo sacó los dedos de la concha y se los metió en la boca a Alejandra para que los chupara.

—Y no termina ahí —agregó—. Si todo sale como queremos, Carolina y yo te vamos a recompensar como corresponde. Nos gusta mirar, nos gusta participar. Quizás la próxima vez te cojamos los tres juntos… o te hagamos coger delante nuestro mientras miramos.

Alejandra chupó los dedos con gusto, saboreando su propia corrida mezclada con semen.

—Entendido —dijo con voz ronca—. Voy a hacer que Tomás pase de tímido a adicto a la concha en una sola tarde.

Ricardo le dio una nalgada fuerte en el culo.

—Esa es la actitud. Ahora andá a casa, descansá y preparate para mañana. Vestite profesional pero sexy: blusa semi-transparente, falda ajustada, tanga fácil de sacar. Y mandame un mensaje cuando termines contándome con lujo de detalles cómo le cogiste a mi hijo.

Se levantó y se subió el pantalón.

—Una cosa más —dijo antes de dirigirse a la puerta—. No tengas piedad con él. Quiero que cuando termine la tarde, Tomás ya no pueda dejar de pensar en pija dura y concha mojada. ¿Está claro?

—Clarísimo —respondió Alejandra, sonriendo con ambición y lujuria—. El puesto es mío.

Alejandra llegó a la elegante casa de Ricardo en un barrio privado de Rosario poco después de las siete de la tarde. Llevaba un sobre grande con documentos urgentes. Se había vestido con inteligencia: blusa blanca semi-transparente que dejaba ver el encaje negro del corpiño, falda lápiz gris oscura ajustada a las caderas y tacones negros altos. Profesional, pero suficientemente sexy.

Ricardo la recibió en la puerta, todavía con traje.

—Pasá, Alejandra. Gracias por traerlos personalmente. Tengo una reunión importante en media hora y necesitaba firmar esto hoy sin falta.

La llevó hasta el escritorio del estudio. Mientras firmaba rápido, sonó su teléfono. Contestó, frunció el ceño y miró el reloj.

—Carajo… sí, ya voy. Decile que salgo ahora mismo. —Colgó y se dirigió a Alejandra con gesto apurado—. Surgió un problema en la planta. Tengo que salir urgente. Firmé todo. Dejá los papeles acá.

Se puso el saco y tomó las llaves.

—Tomás está arriba en su habitación. Decile que me fui y que vuelvo tarde. Si querés esperarme, podés quedarte. Hay café en la cocina.

Y sin darle tiempo, Ricardo salió casi corriendo.

Alejandra se quedó sola en el living. Una sonrisa lenta y peligrosa se le dibujó en los labios. Esto era mucho mejor que cualquier plan en un hotel.

Subió las escaleras con paso suave. Se detuvo frente a la puerta entreabierta de la habitación de Tomás y golpeó suavemente.

—¿Tomás? Soy Alejandra, trabajo con tu papá. ¿Puedo pasar un segundo?

Se oyó un ruido de silla y luego una voz joven, nerviosa:

—Eh… sí, pasá.

Alejandra abrió la puerta y entró. Tomás estaba sentado frente a la computadora, con auriculares colgados del cuello y una remera negra holgada. Era alto y delgado, pelo oscuro revuelto, ojos grandes e inocentes. Al verla, se paró torpemente, claramente sorprendido por la visita de una mujer tan atractiva.

—Hola… —balbuceó—. Mi papá no me avisó que venía alguien.

Alejandra cerró la puerta detrás de ella con un clic suave y sonrió con calidez.

—Tu papá tuvo que salir corriendo. Me pidió que te avisara que vuelve tarde. —Dio unos pasos dentro de la habitación, mirando alrededor—. Qué lindo cuarto tenés. Muy ordenado para un chico tan joven.

Tomás se sonrojó y se rascó la nuca.

—Gracias… ¿querés sentarte? Puedo ofrecerte algo para tomar si querés esperar a mi papá.

Alejandra no se sentó. Caminó lentamente por la habitación, pasando cerca de él. Se detuvo frente a una estantería y fingió mirar los libros mientras arqueaba la espalda, haciendo que la blusa se le tensara sobre las tetas.

—No hace falta, gracias. En realidad… me da curiosidad conocerte. Tu papá habla muy bien de vos, aunque dice que sos bastante tímido.

Tomás bajó la mirada, incómodo pero atraído.

—Soy… un poco retraído, sí.

Alejandra se giró hacia él y se apoyó contra el escritorio, cruzando los brazos por debajo de las tetas para levantarlas sutilmente.

—Yo creo que la timidez puede ser muy atractiva… cuando hay una chica que sabe cómo sacarla. —Lo miró a los ojos y bajó la voz—. ¿Nunca te pasó que una mujer te mire y te haga sentir… cosas que no esperabas?

Tomás tragó saliva. Sus ojos bajaron al escote.

—No… no mucho —admitió bajito.

Alejandra sonrió con malicia. Se desabrochó lentamente el primer botón de la blusa, luego el segundo. La tela se abrió mostrando el valle entre sus pechos y parte del corpiño de encaje.

—Mirame, Tomás —dijo con voz suave pero firme—. No seas tímido. Quiero que me mires bien.

Se dio vuelta lentamente, dejando que él observara su figura: cintura estrecha, culo redondo que marcaba la falda, piernas enfundadas en medias. Luego se giró de nuevo y se acercó un paso más.

—¿Te gustan mis tetas? —preguntó directamente, pasándose una mano por el escote—. Podés ser sincero. Me pone caliente cuando un chico me mira con ganas.

Tomás respiraba más rápido. Las mejillas rojas.

—Son… muy lindas —susurró.

Alejandra se acercó hasta quedar a menos de medio metro. Tomó las manos del chico y las colocó sobre su cintura.

—Tocame. No tengas miedo. Subí las manos… sentilas.

Tomás obedeció temblando. Sus manos subieron hasta rozar la parte inferior de las tetas. Alejandra soltó un suspiro y arqueó la espalda.

—Mm… así. Apretá un poco más fuerte. Me encanta que me agarren las tetas cuando estoy empezando a excitarme.

Mientras él apretaba con torpeza pero con deseo creciente, ella se inclinó y le susurró al oído, rozándole la oreja con los labios:

—Estoy empezando a mojarme, Tomás. Solo por cómo me estás mirando y tocando. ¿Querés comprobarlo?

Sin esperar respuesta, tomó una de las manos del chico y la guió debajo de su falda. Los dedos de Tomás rozaron la tanga húmeda.

—¿Sentís lo caliente que está mi concha? —susurró ella con voz ronca—. Está mojada por vos. Porque me ponés caliente aunque seas tan tímido.

Tomás soltó un gemido ahogado, los dedos temblándole contra la tela empapada.

Alejandra se arrodilló lentamente frente a él, mirándolo desde abajo con ojos llenos de lujuria calculada.

—Ahora quiero ver lo que tienes entre las piernas… quiero ver cómo te puse la pija.

Le desabrochó el pantalón con movimientos lentos y provocadores, bajándole el cierre con deliberada lentitud. Cuando le bajó el bóxer, la verga de Tomás saltó libre: semi dura, palpitante, con la cabeza brillando de precum.

—Qué linda pija tenés… tan inocente todavía —murmuró Alejandra, lamiéndose los labios—. Me dan ganas de cuidártela rico. De enseñarte cómo se siente que una mujer te la chupe con ganas.

Se inclinó y le dio un beso suave y húmedo en la punta, saboreando el líquido preseminal. Luego sacó la lengua y lamió lentamente desde los huevos hasta la cabeza, dejando un rastro brillante de saliva.

—Mirame a los ojos mientras te la mamo —le ordenó con voz dulce pero dominante—. Quiero que veas cómo te la chupo, Tomás. Quiero que te acostumbres a que las chicas buenas como yo seamos muy putas cuando queremos.

Empezó a chuparla despacio, metiéndosela poco a poco en la boca, girando la lengua alrededor de la cabeza sensible. Tomás gemía bajito, las piernas le temblaban. Alejandra lo mamaba con cariño al principio, pero fue acelerando, haciendo ruidos húmedos y escupiendo saliva sobre la verga para que brillara.

—Ahh… Alejandra… eso se siente… —jadeó él.

Ella sacó la pija de su boca un segundo, lo miró con ojos brillantes y le susurró:

—Esto recién empieza, Tomás. Hoy te voy a enseñar muchas cosas que nunca imaginaste. Y quiero que me prometas que vas a ser obediente y que vas a disfrutar todo lo que te haga.

Tomás, completamente atrapado en el deseo, solo pudo asentir con la cabeza, respirando agitado.

Alejandra sonrió satisfecha. El hijo tímido del CEO ya era suyo.

Fin