Xtories

ImPerfect(o) Cap.10 y 11

No era un hogar, era un refugio de sombras y óxido. Pero cuando Wolf la llevó allí, Lena supo que por primera vez en su vida, el frío había dejado de ser su único compañero.

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I'mPerfect(o)

El chico que creía en la ley.

La chica que vivía fuera de ella.

CAPÍTULO 10

Entramos en lo que parecía ser un taller abandonado. Había poca luz y el aire olía a óxido y humedad. Las paredes estaban cubiertas de moho y las sombras de la gente que vivía allí parecían moverse por su cuenta, deformadas por la luz temblorosa de unas bombillas que colgaban de cables ennegrecidos.

Miré cada rincón de la estancia, deteniéndome en las personas que la habitaban; no eran muchas, pero al escuchar la llamada de Wolf, fueron acercándose. Conté un total de seis chicos entre quince y veinte años.

—¡Oh, madre mía, Wolf, una boca más que alimentar! —se quejó uno de los chicos mientras se limpiaba las manos de grasa con un trapo.

—¿Por qué has traído a una chica aquí? —preguntó el más joven, confundido.

—Eso mismo me pregunto yo; ya tenemos bastante con el crío este —comentó revolviendo el pelo del más joven.

—¡Oye! —protestó el chico, empujándolo.

—Bueno, ya que nadie se atreve a presentarse empezaré yo —el chico se colgó el pañuelo de grasa al hombro y tendió la mano en mi dirección—. Yo soy Tarek, el alma de este lugar, y el crío es Nils —Revolvió otra vez el cabello castaño del muchacho con saña.

—¡Joder para, mira que eres pesado! —se quejó.

—Dejaos de tanta cháchara y traed el botiquín —dijo el chico corpulento—. Kasper tiene una herida en el hombro y yo tengo que desinfectarme esto —mostró el brazo arañado y Tarek silbó.

—¿Eso es lo que parece? ¿Una mujer te ha hecho eso, Aron? —Empezó a reír descontrolado y el aludido le fulminó con la mirada.

—Haz lo que te he pedido —ordenó, muy serio.

—Que no te engañen las apariencias —comentó Wolf, percatándose de mi rostro desencajado—. Son buena gente.

Debería estar aterrada, era la única chica en un hogar de hombres. Todos eran mayores que yo y parecían haber librado cientos de peleas callejeras sin haber perdido ni una sola, pero no sentí ningún miedo. Estaba expectante, concentrada en cada detalle de ese lugar, en cada risa, comentario y gesto.

—Ven conmigo —dijo Wolf dirigiéndome hacia otro lugar dentro de la nave.

Cada paso que daba resonaba con un eco hueco, metálico, como si caminara sobre una placa de hierro. En las esquinas se amontonaban trastos: piezas de motores, garrafas y ropa sucia. De vez en cuando una gota de agua caía desde alguna grieta del techo y sonaba como un reloj marcando el tiempo, lento y agónico.

Llegamos a una especie de comedor, donde había una gran mesa. Wolf abrió la nevera y sacó algo de embutido. Lo puso sobre un plato con un pedazo de pan.

—Necesitas comer —dijo dejando el plato sobre la mesa—. Siéntate.

Caminé hacia la silla y me senté bajo la atenta mirada del grupo. Me llevé un trozo de queso a la boca y mastiqué despacio; me supo a gloria.

En ese momento se acercó el sexto chico, no tendría más de veintiún años. Llevaba el pelo largo de un inusual tono rojizo, parecía bronce. Se sentó a mi lado y me sonrió con amabilidad. Se tocó el pecho y abrió un cuaderno para mostrarme su nombre.

«Jax».

Seguidamente me señaló a mí y permaneció a la espera.

—Lena —susurré, al fin.

Él asintió y pasó una página de su cuaderno. Estuvo unos segundos garabateando algo y cuando me lo mostró hice una mueca.

«Tú. Ángel».

Llevó una mano hacia mi rostro y lo acarició con fugacidad.

—Jax no habla —aclaró Nils.

—¿Por qué? —quise saber.

Nils le miró un instante, pidiéndole permiso, y este asintió.

—Su familia anterior le cortó la lengua —precisó.

Saber eso me heló la sangre. Sin poder evitarlo sentí dolor en mi corazón.

—Jax es un superviviente, como todos aquí —matizó Wolf.

Seguidamente señaló mi plato animándome a seguir comiendo.

Me sentí intimidada porque cada uno de ellos me miraba como si fuera un bicho raro, como si antes de ese día nunca hubieran visto a una chica. Cuanto terminé de comer miré al líder con atención.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Wolf se pasó una mano por la cara, pensando.

—Ahora duermes. Es tarde y debes estar cansada —respondió, casi como una orden—. Mañana empieza lo difícil.

—¿Lo difícil?

Me dedicó una sonrisa de medio lado que no supe interpretar.

—Aprender a sobrevivir no es gratis, Lena. Nadie te regala nada aquí. Si vas a ser una más debes dar el cien por cien de ti.

El silencio volvió a apoderarse del lugar. Vi como algunos de los chicos se acomodaban en los sofás desgastados que había en las esquinas para descansar o ver las noticias en el viejo televisor, otros hablaban en voz baja, planeando quién saldría primero al amanecer. Se dispersaron tan pronto que casi no tuve tiempo de reaccionar.

Jax y Tarek aparecieron en la habitación cargando un colchón, una manta y algo de ropa limpia. Les miré con el interrogante grabado en mis ojos mientras dejaban esas cosas en el rincón más alejado de la sala. Tarek cogió una estantería baja y Jax y Nils arrastraron una cómoda que colocaron estratégicamente para crear una pequeña división en la estancia que otorgaba una cierta intimidad. No entendí lo que estaban haciendo hasta que Jax caminó hacia mí y me condujo de la mano hacia ese pequeño lugar improvisado.

—Tu habitación —dijo Tarek sonriendo.

Tragué saliva. ¿En serio teníamos que dormir todos así?

—¿Dor… dormimos juntos? —pregunté, intentando disimular mi incredulidad.

—Somos una manada —espetó Kasper pasando detrás de mí con una toalla y un neceser en la mano—. ¿Qué esperabas?

Le miré alucinada.

Se tumbó en un colchón a pocos metros de mí y depositó sus enseres en una silla que suplía la función de mesita de noche a su lado.

—Estás de suerte, Lena, a ti te ha tocado la suite.

Los chicos empezaron a reír, incluso Wolf hizo serios esfuerzos por aguantar la risa mientras esperaba a que todos ocuparan sus lugares antes de apagar la luz.

No entendía las normas ni la manera de funcionar de esa inusual familia, pero había algo que me gustaba y era que, por primera vez en muchos días, no sentí miedo. Estaba en un nido de víboras, así que el resto del mundo tendría que temernos a nosotros y no al revés.

Me envolví en la manta como una crisálida y me acosté en el colchón que me proporcionaron en ese rincón que acondicionaron para que fuese exclusivamente mío.

Todavía se oían leves susurros de conversaciones dispersadas por la habitación cuando Wolf, al fin, apagó la luz.

Ahí me di cuenta de que esa noche también sería como un punto y aparte, otro cambio que se sumaba a la larga lista de cambios que había dado en mi corta vida. Lo que no sabía en ese momento era cuántas cosas tendría que perder para no volver a sentir frío nunca más.

CAPÍTULO 11

Lo primero que escuché fue un ruido metálico que me hizo abrir los ojos de golpe. Siguió una carcajada y después el sonido del agua cayendo a trompicones desde algún lugar donde había mucho eco. Tardé un momento en ordenar mi mente y recordar donde estaba. Sentí el tacto de la manta áspera en la piel y ese olor tan peculiar a grasa y a pan tostado y entonces caí en la cuenta:

El taller.

La manada.

Ellos.

Me incorporé despacio y por encima de la cómoda y la estantería baja vi la frenética actividad de los chicos. Aron discutía con Tarek por quién había dejado la llave inglesa llena de grasa encima de la ropa limpia del otro. Kasper, ajeno a la disputa, se escurría entre los chicos robándoles el gel y la espuma de afeitar sin que se dieran cuenta y, con una habilidad para el despiste pasmosa, lanzó una pastilla de jabón a Nils, que estaba a punto de entrar en el baño. El joven reaccionó por instinto para cogerla al vuelo, momento en el cual Kasper se coló dentro y cerró la puerta.

—¡Maldito cerdo, ya lo has vuelto a hacer! —se quejó Nils aporreando la puerta, pero esta no se abrió.

Wolf, sentado sobre la mesa, los observaba con calma. Parecía haberse acostumbrado al desastre y al caos de esos chicos compitiendo por quién sería el primero en hacer qué. Suspiró sonoramente y Jax le dejó su cuaderno. Leyó las anotaciones de su compañero y empezó a escribir algo.

—Cinco minutos por cabeza, lo sabéis —anunció, sin levantar la vista del cuaderno—. Y después reunión grupal urgente, debemos establecer ciertas normas.

—¡La única norma que se va a establecer aquí es respetar el turno del lavabo, yo me he levantado cuando todavía roncabais y todavía no he entrado! —exclamó Aron, alterado.

—¡Eso no es verdad! ¡Yo me he levantado primero! —protestó Nils.

—Sabes que no pienso entrar en el baño después de ti —dijo Aron muy serio—, me niego a tener que lavarme respirando tu olor a mierda.

—¿Cómo dices? —le encaró Nils, haciéndose el valiente, pese a que no tenía ninguna posibilidad de ganar a Aron si se producía una pelea.

—Pues digo que siempre te entran ganas de cagar por las mañanas y por ese motivo tú deberías ser el último.

Wolf presionó el puente de la nariz con los dedos.

—Nueva norma —dijo—: Lena se queda con los primeros turnos.

Se desató una ovación de protestas.

—¿La primera en usar el baño? Perfecto —dijo Tarek cruzándose de brazos—. Y cuando salga ya habrá pasado un cambio de estación.

Todos rieron y frente a ese comentario yo tampoco pude permanecer impasible. En ese momento Kasper salió del baño sin camiseta y exhibiendo una radiante sonrisa. Aparté la mirada por pudor mientras Aron y Nils corrían para ser los siguientes en ocupar el baño. Antes de que Nils lograra cruzar la puerta, Aron lo cogió sin esfuerzo y lo echó hacia atrás para ser el primero.

—¡Eres un bruto! —gritó el chico, resignándose—. Te juro que esta me la pagas.

Jax emitió un suspiro de resignación y señaló con la cabeza a Kasper mientras se cambiaba de ropa en público. Me puse roja al tener frente a mí el primer plano de un culo blanquísimo. Sin ser consciente de que le estábamos mirando, llevó una mano hacia atrás y se rascó una nalga mientras rebuscaba en una caja un calzoncillo limpio.

—Esto no puede seguir así, Jax, no hay ni un mínimo de decencia.

Centré mi mirada en el suelo. Prácticamente en cada rincón que miraba había un chico semidesnudo. Pero fue Nils la gota que colmó el vaso cuando minutos después salió del baño completamente desnudo, corriendo con una toalla enrollada al cuello como si fuera la capa de un súper héroe.

—¡Mirad, soy el rey del agua caliente! —gritó dando un salto sobre Tarek, que en ese momento estaba agachado poniéndose las zapatillas.

El golpe que le propinó fue directo y ambos acabaron en el suelo.

—¡Aparta eso de mí, enano! —rugió Tarek, apartándolo con el antebrazo y poniéndose en pie de un salto—. ¡Te he dicho mil veces que no me ataques con la manguera al aire!

Kasper se inclinó sobre ellos, divertido.

—Tranquilo, Tarek, es su forma de demostrar cariño. Los caniches se tiran las piernas de sus amos y Nils… bueno, Nils es un punto y aparte, contra eso no puedes luchar, debes resignarte.

—Sí, claro —respondió Tarek, haciéndose el ofendido—. Y luego compartimos champú y hablamos de sentimientos.

Nils estalló en carcajadas.

—No te vendría mal algo de suavizante para ese carácter, viejo.

El grupo rio y, por un instante, todo pareció normal: una manada de tipos grandes, torpes y medio desnudos haciendo del caos su forma de convivencia. No sé si estaba preparada para eso, pero debía reconocer que me lo estaba pasando muy bien.

Wolf esperó a que todos estuvieran presentables y los obligó a sentarse alrededor de la mesa. Jax había preparado algo de pan tostado con mantequilla y café para todos. Previó también añadir una silla más a la mesa para que pudiera sentarme.

—Ahora que estamos todos, debemos instaurar unas normas. Y va en serio Aron, hasta ahora no ha hecho falta, pero con Lena aquí… esto debe cambiar.

Pese a que se notaba que ninguno de ellos estaba de acuerdo con instaurar esas normas, nadie se atrevió a contradecir a Wolf. El silencio fue la única respuesta del grupo, símbolo del enorme respeto que le tenían.

—¿Cuántos años tienes, Lena? —preguntó de repente y yo le miré con sorpresa. Las mejillas me ardieron.

—Doce —contesté en un susurro.

La reacción del grupo no se hizo esperar. Escuché leves murmullos mientras se cruzaban miradas.

—Es la más joven del grupo y eso nos obliga a todos a tener más cuidado. No estoy hablando de otorgarle privilegios, solo de ayudarla a crecer en un lugar donde no se sienta diferente, donde pueda encontrar su lugar… Mirad, chicos, al llegar aquí, cada uno de nosotros necesitó ciertas cosas del resto. Aron, por ejemplo, necesitó que alguien le recordara que no todo se arregla a golpes —dijo Wolf, mirando al grandullón con media sonrisa—. Y aunque sigue sin entenderlo del todo, al menos ahora pregunta antes de romperle la mandíbula a alguien.

Aron se encogió de hombros con indiferencia.

—Aprendí la lección: solo golpear cuando se lo merecen.

—Exacto —replicó Wolf—. Kasper, en cambio, necesitó que lo obligaran a dejar de desaparecer cuando las cosas se ponían feas. Aprendió que una manada no se abandona, aunque el instinto diga lo contrario.

Kasper alzó una ceja, jugueteando con una cucharilla entre los dedos.

—No desaparecía, solo exploraba rutas alternativas.

Tarek le dedicó una mirada escéptica.

—Rutas directas al infierno —comentó.

—Y tú —continuó Wolf, dirigiéndose a Tarek sin perder la calma—. Tú necesitaste aprender a mantener la boca cerrada.

Tarek puso cara de ofendido, lo que provocó que el grupo riera a mandíbula batiente.

—Y aún está en proceso —añadió Wolf, poniendo los ojos en blanco.

Volvieron a reír.

—Y a ti, Nils —le miró fijamente—, te costó entender que la impulsividad puede poner en riesgo al grupo. No siempre es cuestión de ser el primero en saltar, a veces hay que pensar mejor las cosas y valorar los riesgos. Todos estamos ayudándote a que mantengas a raya tu impulsividad enseñándote otras formas de hacer las cosas. Y luego está Jax —le dedicó una mirada de infinito agradecimiento, como si estuviera en deuda con él por algo—. Jax solo necesitaba un hogar que no le menospreciara, donde su opinión contara. Le dimos el lugar que merecía y debéis reconocer que esta familia no sería la misma sin él.

Wolf respiró hondo antes de volver a centrar su mirada en mí.

—Todos tuvimos que adaptarnos, cambiar algo de lo que éramos para poder encajar. No puede ser diferente con Lena. Aquí nadie está por encima del resto, pero todos somos responsables de lo que el otro necesita para sobrevivir.

El silencio que reinaba en la habitación era casi solemne. Una especie de pacto no escrito que, de algún modo, me hizo sentir que ya era parte de algo.

—De ahora en adelante, quiero un poco más de orden y respeto. Se acabó el ir de aquí para allá desnudo y el invadir la intimidad del otro. Haremos turnos para el baño y respetaremos los tiempos, debemos lograr que esta convivencia sea cómoda para todos los que estamos aquí.

Nils arqueó las cejas; no acababa de entender lo que decía el líder.

—¿Es que no es cómoda ahora?

Tarek, que no perdía una, contestó:

—Lo que Wolf quiere decir —añadió mirando a Nils con fingida seriedad—, es que la convivencia mejora cuando uno deja de exhibir… eso. —Señaló con la mirada su entrepierna—. Algunos estamos empezando a perder el apetito.

El grupo estalló en carcajadas.

—¡Vete a la mierda, Tarek! —gruñó Nils.

—¿Y para Lena no hay normas? —preguntó Aron desde el final de la mesa—. ¿En qué va a cambiar ella?

Todos se volvieron en mi dirección, pero fue Wolf quien habló:

—Lo único que debes saber y empezar a aceptar si quieres vivir con nosotros, es lo siguiente: Siempre se antepone el bienestar del grupo al de uno mismo, no se tolera la mentira ni la traición y tu implicación con nuestros intereses debe ser total. Así que come algo; nos vemos fuera en media hora, hoy entrenas conmigo.

Eso me sorprendió.

—¿Entrenar? ¿En qué sentido?

—En todos —sonrió cogiendo una tostada y poniéndose en pie—. Debes aprender a defenderte. No importa que seas una chica y que tengas doce años, haré de ti una mujer fuerte e independiente que no necesite de nadie para salir adelante.

Asentí, sin apartar la mirada.

—De acuerdo.

Y se alejó.

Parpadeé y miré al resto. Las conversaciones fueron elevando el tono progresivamente hasta que ya nadie reparaba en mí. Nadie a excepción de una persona… Jax apretó los labios y me dedicó una sonrisa. Era muy observador, siempre alerta y pendiente de todos. Le devolví la sonrisa y asesté un bocado al pan que había en mi plato.

Jax siguió mirándome y estudiándome en su habitual silencio y cuando estuvo preparado se acercó a mí y depositó el cuaderno sobre la mesa.

«Bienvenida a tu hogar».

Los ojos se me llenaron de lágrimas; Jax tenía razón, en medio de mi propia guerra interna y la de ese grupo acababa de encontrar un hogar. Puede que no fuera gran cosa, pero ellos no me juzgaban, no les importaba el daño que había hecho con anterioridad o de dónde había salido, solo me ofrecían lo que tenían y me daban un lugar donde quedarme; era más de lo que había tenido en toda mi vida y lo cogí con los brazos abiertos. Desde ese momento tuve la certeza de que ya no estaba sola, tenía una familia a la que seguir y por la que pelear.

Sin duda era mucho más de lo que una chica como yo merecía. Pero como en toda familia hay secretos, secretos que podían llegar a matar.

Después de convivir con la manada... ¿qué miembro te intriga o te gusta más? Os leo en los comentarios.

Wolf, el líder inteligente.

Jax, el observador silencioso.

Aron, fuerza bruta y pocos filtros.

Tarek, sarcasmo y carácter.

Nils, joven impulsivo.

Kasper, el fantasma.