Xtories

Fuego Vikingo en la Torre Mediterránea

La reunión terminó, pero el verdadero negocio apenas comienza. En la oficina vacía, el CEO vikingo y su socia no tienen intención de irse a casa solos; van a demostrar quién tiene más control, usando la mesa de cristal y el ventanal como escenario de su guerra sexual.

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Robert García, de 43 años, avanzaba por el pasillo de la planta 28 de la Torre Mediterránea en pleno centro de Barcelona con esa presencia imponente que hacía que el aire se volviera más denso y cargado de electricidad. Su melena vikinga moderna era inconfundible y provocaba miradas discretas entre el personal: los lados rapados al cero dejando ver la piel bronceada por innumerables horas de natación en aguas abiertas del Mediterráneo, mientras que las largas trenzas rubias salpicadas de blanco plateado le caían pesadamente hasta mitad de la espalda, balanceándose con cada paso firme y decidido. Esos cabellos ya empezaban a teñirse de gris en las sienes y en las puntas de las trenzas, dándole un aire de guerrero maduro, experimentado, salvaje y peligrosamente atractivo al mismo tiempo. Sus ojos grises, fríos como el acero del mar del Norte en invierno, parecían atravesar a cualquiera que se cruzara en su camino, evaluando, dominando y, en ocasiones,

Medía exactamente 1,78 metros y pesaba 75 kilos de músculo puro y funcional, forjado en años de disciplina férrea. No era un bodybuilder hinchado de suplementos y espejos; su cuerpo era el resultado de sesiones brutales de artes marciales —muay thai y jiu-jitsu brasileño tres veces por semana—, natación en mar abierto incluso cuando el agua estaba helada, y rutinas de fuerza en el gimnasio privado de la empresa. Sus brazos estaban completamente cubiertos de tatuajes tribales y runas nórdicas que se extendían desde las muñecas hasta los hombros, subiendo por el cuello en un diseño intrincado que desaparecía bajo el cuello de la camisa. En el pecho y la espalda llevaba medio torso tatuado: un gran lobo Fenrir rugiendo en el pectoral izquierdo, olas estilizadas del Mediterráneo mezcladas con símbolos vikingos antiguos que cubrían gran parte de la espalda y se perdían hacia los costados. Cuando se quitaba la camisa en el gimnasio o en la intimidad, aquel mapa de tinta sobre músculo definido, venas marcadas y piel bronceada hacía que más de una persona se quedara sin aliento.

Robert García era uno de los dos CEOs de Mediterraneo Sport Group, una multinacional en pleno auge que abarcaba desde Barcelona hasta Málaga. La compañía se dedicaba a cadenas de gimnasios premium con piscinas de aguas abiertas simuladas, equipamiento de alta gama para natación y artes marciales, organización de eventos costeros de élite y academias de entrenamiento para deportistas profesionales. Facturaba millones al año y crecía mes a mes gracias a la visión agresiva de sus líderes. Pero Robert no era solo un CEO; era el alma salvaje de la empresa. Exigente hasta el límite, directo como un golpe de muay thai, con un sentido del humor negro y juguetón que podía pasar de una orden seca en la sala de juntas a una broma subida de tono en privado. Le gustaba el control absoluto… pero también le encantaba cuando ese control se rompía con la persona adecuada, especialmente cuando esa persona tenía el mismo poder que él.

Por encima de Robert y Elena existía un consejo de administración con jefes y jefas más poderosos: inversores internacionales y ejecutivos veteranos que supervisaban las grandes decisiones estratégicas desde Madrid y algunos socios en el norte de Europa. Ellos dos eran los CEOs operativos, los que dirigían el día a día con mano de hierro, pero sabían que cualquier error grande podía costarles el puesto. Esa tensión añadía un morbo extra a sus encuentros: follaban como si el mundo se acabara, sabiendo que al día siguiente tenían que volver a ser profesionales impecables ante sus inversores.

Esa tarde de finales de primavera el sol mediterráneo entraba a raudales por los enormes ventanales del despacho principal, tiñendo todo de un dorado cálido que contrastaba con el aire acondicionado que mantenía el ambiente fresco. La reunión maratoniana sobre la expansión hacia Málaga —nuevos gimnasios premium, un centro de alto rendimiento y eventos de natación en aguas abiertas— había terminado hacía más de media hora. Los empleados ya se habían marchado, pero Robert no había salido del ala ejecutiva. Se había quedado porque sabía perfectamente que ella estaría allí, revisando los últimos informes y gráficos con esa concentración feroz que tanto le ponía.

Elena Vargas, 34 años, era la otra co-CEO de Mediterráneo Sport Group, con exactamente el mismo nivel de poder y responsabilidad que Robert. Española de madre colombiana y padre catalán, tenía un cuerpo que parecía esculpido para mandar y tentar al mismo tiempo. Medía 1,70 metros de curvas peligrosas y femeninas: caderas anchas y generosas, un culo redondo, firme y perfectamente levantado gracias a las intensas clases de gluteos, boxeo y funcional que impartía ella misma en los gyms de la empresa, una cintura estrecha que acentuaba su figura de reloj de arena y unos pechos llenos, pesados y naturales que se movían con una sensualidad natural bajo cualquier prenda. Su piel era morena dorada por el sol de la Costa Brava, el cabello negro ondulado y espeso le caía como una cascada salvaje hasta la mitad de la espalda, y sus ojos castaños oscuros brillaban con una mezcla explosiva de inteligencia afilada, ambición desmedida y picardía descaradamente sexual. Esa tarde llevaba una falda lápiz negra ajustadísima que se pegaba a sus nalgas como una segunda piel, marcando cada curva y movimiento, y una blusa blanca de seda semi-transparente que dejaba intuir el delicado encaje negro del sujetador push-up. Los tacones altos de aguja completaban el look de una jefa poderosa que sabía exactamente el efecto que causaba en los hombres… y especialmente en Robert.

Cuando Robert entró en el amplio despacho y cerró la puerta con un clic suave pero definitivo, el sonido resonó como una promesa. Elena estaba inclinada sobre la gran mesa de reuniones de cristal templado, revisando gráficos detallados en su portátil. Su culo sobresalía ligeramente hacia atrás, la falda tensándose tanto que la tela fina marcaba la línea perfecta de las bragas de encaje negro debajo. El perfume de vainilla con notas almizcladas y algo más animal flotaba en el aire, mezclado con el olor sutil de su piel caliente después de un día intenso de reuniones, llamadas y decisiones que movían millones.

—Robert… —dijo ella sin girarse del todo, con esa voz ronca, baja y juguetona que siempre reservaba para cuando estaban solos—. Llevo toda la puta tarde pensando en cómo vas a “revisar” estos números conmigo. Los de Málaga están duros como piedras… pero creo que tú estás mucho más duro todavía. ¿O me equivoco, socio?

Robert soltó una risa grave y profunda que vibró en su amplio pecho tatuado. Se quitó lentamente la chaqueta del traje negro a medida, doblándola con cuidado sobre una silla y dejando a la vista los brazos musculosos y cubiertos de tinta bajo la camisa blanca remangada hasta los codos. Las venas marcadas en sus antebrazos se tensaban con cada movimiento mientras se acercaba por detrás con pasos lentos y deliberados. Su polla ya empezaba a hincharse dentro de los pantalones solo con la visión de ese culo ofrecido de una mujer que tenía exactamente el mismo poder que él en la multinacional.

—Los números pueden esperar, Elena —murmuró cerca de su oído, su aliento caliente rozando el lóbulo sensible de la oreja de ella y haciendo que se le erizara la piel. Su voz era grave, con ese acento nórdico mezclado con catalán que sonaba a orden y a promesa sucia al mismo tiempo—. Lo que no puede esperar es esto… y tú lo sabes tan bien como yo. Llevamos todo el día fingiendo ser los CEOs perfectos delante del los inversores, y ahora solo quiero follarte como si mañana nos echaran los jefes de arriba.

Sus manos grandes, callosas por años de agarres en el agua fría y golpes en el tatami, se posaron con firmeza posesiva en las caderas anchas de Elena. La atrajo hacia atrás con autoridad, presionando su erección creciente y gruesa contra el centro exacto de aquel culo redondo y caliente. Elena soltó un gemidito bajito y gutural, arqueando la espalda como una gata en celo y frotándose descaradamente contra él en círculos lentos, sintiendo cómo la polla de Robert se endurecía más y más contra la tela tensa de la falda.

—Mmm… joder, Robert García… eres un puto animal vikingo —susurró ella, girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro con ojos castaños brillantes de deseo puro—. Desde el primer día que nos nombraron co-CEOs juntos solo pienso en que me folles encima de esta mesa. Esa melena con trenzas blancas me vuelve loca. Quiero tirar de ellas mientras me das fuerte… y luego quiero que tú me dejes montarte hasta que grites mi nombre y olvides quién manda en esta empresa.

Él sonrió con esa sonrisa lobuna, peligrosa y juguetona que siempre precedía a algo intenso. Una mano grande subió por el costado de Elena, rozando las costillas hasta llegar al lateral de su pecho lleno. Sus dedos ásperos acariciaron por encima de la blusa de seda, sintiendo cómo el pezón se endurecía instantáneamente bajo el encaje fino. La otra mano bajó sin ninguna prisa, deslizándose por la falda lápiz, metiéndose por debajo de la tela y subiendo por el interior de los muslos suaves, calientes y ligeramente temblorosos. Llegó hasta el encaje ya empapado de las bragas y presionó con dos dedos gruesos contra el coño hinchado y mojado, notando cómo la tela estaba completamente empapada de su excitación.

—Estás chorreando como una puta jefa en celo —gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel suave y sensible mientras sus dedos frotaban en círculos lentos y firmes sobre el clítoris hinchado a través del encaje—. ¿Llevas todo el día pensando en mi polla mientras firmabas contratos y presentabas la expansión a Málaga? ¿Imaginando cómo te voy a abrir con ella mientras los dos tenemos que rendir cuentas al consejo de arriba?

Elena jadeó fuerte, empujando las caderas hacia atrás con más insistencia, buscando más fricción contra aquellos dedos expertos. Sus manos se apoyaron con fuerza en la mesa de cristal, dejando pequeñas marcas de humedad por el sudor de las palmas.

—Sí… todo el puto día. Mientras presentaba los gráficos solo pensaba en arrodillarme bajo la mesa y chupártela hasta que te corrieras en mi garganta, o en que me follaras aquí mismo contra el ventanal mientras los empleados esperan fuera. Quiero que nos usemos mutuamente, Robert. Quiero que ese cuerpo tatuado, musculoso y vikingo me aplaste contra esta mesa… y luego quiero montarte yo y hacerte suplicar como si fueras mi puto subordinado.

Robert soltó un gruñido animal y profundo que salió desde lo más hondo de su pecho. Con un movimiento rápido y poderoso la giró para que quedara de frente a él. Sus ojos grises se clavaron en los castaños de ella, llenos de lujuria contenida, desafío y complicidad. La levantó sin el menor esfuerzo —gracias a esos 75 kilos de músculo funcional y años de entrenamiento— y la sentó en el borde de la mesa de cristal, abriéndole las piernas con sus rodillas fuertes. La falda se subió hasta la cintura, dejando a la vista las bragas negras de encaje completamente empapadas y las ligas finas que sujetaban las medias transparentes.

Se inclinó sobre ella y la besó con hambre salvaje. No fue un beso tierno ni romántico; fue un beso sucio, profundo y agresivo: lenguas enredándose con urgencia, dientes mordiendo labios inferiores, saliva compartida. Sus largas trenzas rubias y blancas cayeron hacia adelante, rozando el escote abierto de Elena mientras él devoraba su boca como si quisiera comérsela entera. Una mano grande le apretó un pecho por encima de la blusa, amasándolo con fuerza posesiva, pellizcando el pezón entre los dedos hasta hacerla gemir y retorcerse dentro de su boca.

—Quítate la blusa ahora mismo —ordenó con voz ronca y autoritaria, separándose apenas un centímetro para mirarla a los ojos—. Quiero ver esas tetas grandes y perfectas que me han estado torturando todo el día mientras tomabas decisiones que mueven millones de euros.

Elena obedeció con una sonrisa traviesa, juguetona y llena de poder. Se desabrochó los botones de la blusa de seda lentamente, provocándolo a propósito, dejando que la tela se abriera poco a poco y revelara el sujetador negro de encaje que apenas conseguía contener sus pechos llenos y redondos. Cuando se lo quitó del todo y lo lanzó a un lado, Robert gruñó de aprobación profunda. Sus pezones oscuros y grandes estaban duros como piedras, pidiendo atención. Se inclinó y atrapó uno con la boca caliente, chupando con fuerza mientras su lengua lo azotaba y sus dientes lo mordisqueaban con la presión justa. Elena arqueó la espalda con un gemido largo, enredando los dedos en las trenzas blancas y rubias de él, tirando con más fuerza ahora, casi como si quisiera usarlo de riendas.

—Joder… sí… muerde un poco más fuerte, vikingo… me encanta cuando eres bruto conmigo. Pero no creas que solo tú mandas aquí, Robert García. Yo también soy CEO y te voy a hacer pagar por cada orden que des.

Mientras succionaba y mordisqueaba sus pechos con devoción hambrienta, Robert metió la mano entre las piernas abiertas de ella y apartó las bragas empapadas completamente a un lado. Sus dedos gruesos y expertos encontraron el coño resbaladizo, caliente, hinchado y chorreante. Introdujo dos dedos de golpe hasta el fondo, curvándolos con precisión para rozar ese punto sensible que la hacía temblar y contraerse. Elena soltó un gemido más alto y gutural, moviendo las caderas contra su mano con desesperación mientras sus uñas se clavaban en los hombros tatuados de él a través de la camisa.

—Estás empapada… este coño de jefa está pidiendo polla a gritos —dijo él contra la piel húmeda de sus tetas, levantando la mirada gris para verla deshacerse—. Pero primero quiero comerte como si fuera mi última comida antes de una reunión con los jefes de arriba.

Robert se arrodilló frente a la mesa sin soltarla, le abrió más las piernas y hundió la cara entre sus muslos morenos. Su lengua ancha y experta lamió desde el perineo hasta el clítoris con lentitud deliberada, saboreando el gusto dulce y salado de su excitación. Chupó el clítoris hinchado con hambre, metiendo y sacando dos dedos al mismo ritmo mientras Elena se retorcía sobre la mesa de cristal, tirando de sus trenzas largas y jadeando su nombre entre gemidos entrecortados.

—Joder, Robert… tu lengua es una puta arma… sí, ahí… no pares… me voy a correr en tu boca…

Elena se corrió por primera vez con un orgasmo intenso y tembloroso, sus muslos apretando la cabeza de Robert, inundándole la boca y la barba con su jugo caliente y abundante. Apenas le dio tiempo a recuperarse cuando él se levantó, la giró con fuerza y la inclinó completamente sobre la mesa. El culo perfecto de Elena quedó totalmente expuesto, redondo, firme y con la piel morena brillando de sudor. Le dio un par de cachetadas fuertes y sonoras que resonaron en el despacho vacío, dejando las nalgas enrojecidas con la marca clara de sus manos grandes.

—Este culo de co-CEO es mío hoy… aunque tengamos jefes por encima —gruñó Robert, frotando la cabeza gruesa y venosa de su polla contra los labios hinchados e hinchados del coño de ella—. Voy a follarte tan fuerte y tan profundo que mañana no podrás caminar por la oficina sin recordar quién te abrió en esta mesa… y luego tú me vas a montar hasta que yo tampoco pueda sentarme en la próxima junta.

Empujó de una sola embestida larga y poderosa, enterrándose hasta el fondo en aquel coño caliente, apretado y chorreante. Elena soltó un grito ahogado de placer puro, sus uñas arañando el cristal de la mesa mientras su cuerpo se adaptaba al grosor. Robert empezó a follarla con un ritmo duro, profundo y constante, sus caderas chocando contra el culo con sonidos húmedos, obscenos y rítmicos. Una mano tiraba de una de sus trenzas largas como si fueran riendas de un caballo salvaje, la otra le apretaba la cadera con fuerza, dejando marcas rojas en la piel morena.

—Joder… Robert… más fuerte… rómpeme… quiero sentirte hasta el fondo —suplicaba ella entre gemidos altos, empujando hacia atrás con el culo para encontrarse con cada embestida brutal.

El sudor hacía brillar los tatuajes del pecho y los brazos de Robert mientras la follaba sin piedad, cambiando el ángulo para golpear ese punto sensible una y otra vez. Sentía cómo el coño de Elena se contraía alrededor de su polla gruesa, chorreando por sus muslos y por la base de su verga.

La dinámica de poder no paró ahí. Elena, con la respiración entrecortada, se giró de repente con una fuerza sorprendente, lo empujó hacia atrás contra la silla ergonómica del despacho y se subió encima de él como una amazona. Ahora era ella quien tomaba el control total. Se sentó sobre su polla gruesa y venosa de un solo movimiento descendente, bajando hasta el fondo con un gemido largo y satisfecho. Empezó a cabalgarlo con fuerza y ritmo experto, sus pechos llenos rebotando frente a la cara de Robert, las manos apoyadas en su pecho tatuado mientras sus caderas se movían en círculos apretados y subían y bajaban con velocidad.

—Ahora yo mando, vikingo de mierda —jadeó ella con una sonrisa perversa, tirando de sus trenzas blancas con una mano mientras con la otra le arañaba el pecho y los abdominales marcados—. Quiero sentir cómo esa polla gruesa y curva me llena completamente… y quiero que me mires a los ojos mientras te monto como si fueras mío.

Robert gruñó de placer, agarrando sus caderas anchas con ambas manos, ayudándola a subir y bajar más rápido y más profundo. Sus ojos grises no se apartaban de los castaños de ella ni un segundo. El sonido de la carne chocando contra carne llenaba el despacho, mezclado con gemidos, jadeos y palabras sucias que ninguno de los dos se molestaba en contener.

—Joder, Elena… cabalga más fuerte… ese coño apretado y caliente me va a volver loco… vas a hacer que me corra antes de tiempo.

Cambió de posición otra vez: Robert la levantó en brazos sin salir de ella, la llevó contra el ventanal panorámico y la penetró de pie, el pecho tatuado y sudoroso pegado a la espalda de ella mientras la follaba con embestidas profundas mirando las luces de Barcelona extendiéndose abajo. Elena gemía su nombre sin control, pidiendo más, más rápido, más profundo, alternando el control entre los dos como dos CEOs que se follaban con la misma intensidad salvaje con la que dirigían la multinacional y rendían cuentas a sus inversores.

Después de varios minutos intensos, cuando los dos estaban al límite, Robert la puso de rodillas frente a él sobre la moqueta suave del despacho. Elena abrió la boca con una sonrisa perversa y juguetona, sacando la lengua y mirándolo con ojos brillantes. Robert se masturbó las últimas veces con la mano y se corrió con un gruñido animal y profundo, pintando su cara bonita, sus tetas llenas y su lengua con chorros gruesos, calientes y abundantes de semen. Elena tragó lo que pudo, lamiendo el resto con picardía, pasando los dedos por su piel y llevándoselos a la boca mientras lo miraba.

—Esto solo es el principio de la expansión a Málaga, socio —susurró ella con la voz ronca y satisfecha, lamiéndose los labios lentamente—. En el yate rumbo a la costa te quiero todo el fin de semana… y esta vez yo decido quién manda primero en cada camarote.

Robert, aún jadeando con fuerza, con las trenzas revueltas y húmedas de sudor, el cuerpo brillante y los tatuajes reluciendo bajo la luz del atardecer, sonrió con esa sonrisa lobuna y peligrosa que lo definía.

—Prepárate, Elena Vargas. La multinacional va a tener muchas “reuniones privadas” como esta… y me encanta cuando luchamos por el control aunque tengamos inversores mirando desde arriba.

(CONTINUARA EN EL CAPÍTULO 2)