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El político autoritario y yo, la devota monja 2

Entre las paredes frías del monasterio, ella guarda el recuerdo de su calor y su virilidad como un secreto sagrado. ¿Podrá su amor trascender el cautiverio y el pecado?

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El silencio del monasterio del Pirineo catalán era casi insoportable. Fuera, el viento soplaba entre los abetos, pero dentro de mi pequeña estancia, el único sonido era el rasgar de la pluma sobre el pergamino. Mis manos temblaban y mis ojos derramabsn lágrimas mientras intentaba poner en palabras lo que mi alma gritaba.

«Mi querido...,

Te escribo desde la penumbra, con el corazón encogido pero lleno de una certeza que nadie me puede quitar: te amo. Escucho las noticias, veo lo que dicen de ti, el ruido del odio y la incomprensión... y me entran ganas de gritar al mundo que se equivocan. Que no saben nada de tu risa, de ese optimismo que te nace de dentro incluso en las horas más bajas.

Cierro los ojos y aún siento el calor de tu barriga contra mi cuerpo, la seguridad de tu pecho peludo donde me quedé dormida. Mis delicadas manos, mis carnosos labios y mi boca todavía recuerdan el tamaño, el tacto y el sabor de tu virilidad y tu amor hacia mí. Recuerdo cómo me mirabas: con una ternura que ningún 'dictador' podría tener. Solo un hombre con una sensibilidad pura puede tocar a una mujer con la delicadeza con que tú me tocaste a mí.

Me duele saber que estás solo en tu cautiverio, que intentan apagar tu luz. Pero sé que eres fuerte, que eres ese hombre 'rústico' y auténtico que no se dobla fácilmente. No pierdas nunca tu sentido del humor, amor mío. Que tu alegría sea tu mejor arma contra los que te quieren ver derrotado.

Sabes que aquí, en la distancia, soy yo quien te guarda el corazón. No hay nadie más que te ame con la transparencia con que lo hago yo. Cada rezo que sale de mis labios es para ti. Si esto es un pecado, lo cometo con orgullo, porque no hay nada más sagrado que la lealtad que te tengo.

Eres mío, y yo soy tuya. Por siempre.

Tu monjita.»

Doblé el papel con un cuidado infinito. En mi mente, él estaba solo en aquel cautiverio, pero pensando también en mí. Me gustaba pensar que, en medio de tanta política y tanto ruido, yo era una verdad más en su vida.

Una vez terminada la carta, la doblé con cuidado y la apreté contra mi pecho, justo donde él también había apoyado su cabeza. Pude oler, por un segundo, aquel rastro de hombre que aún parecía impregnado en mi piel, a pesar del agua y el tiempo.

Cogí el cilicio que tenía sobre la mesa, pero esta vez no lo usé para castigarme. Lo guardé en un cajón. Ya no sentía que mi deseo fuera una mancha. Mi amor por él me había hecho más humana, más viva. Me había enamorado del hombre que ríe, que es dulce, y que, a pesar de todo el poder del mundo, supo ser tierno con una simple monja en el Pirineo.

—Resiste, amor... —susurré a la oscuridad, entre lágrimas y con las manos en el pecho—. Porque mientras yo respire, tú nunca estarás solo.