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Las clases extras de la universidad

Sonia siempre tuvo el control, pero Alberto le enseñó que el verdadero placer requiere rendirse. Cuando la estudiante decide confrontar al profesor por una nota, no espera que él cierre la puerta y tome las riendas de su deseo.

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Aquel curso fue cuando empecé a descubrirme de verdad. Me llamo Sonia, tengo diecinueve años y estudio Filología en la universidad. Soy la típica morena española: melena oscura y brillante que me cae por la espalda, ojos grandes y expresivos, piel dorada y un cuerpo que ya empezaba a llamar la atención. Siempre había sido la chica buena, la que sacaba buenas notas y cumplía con todo… hasta que el cuerpo empezó a pedirme más.

La curiosidad me quemaba por dentro. Quería saber qué se sentía al ser deseada, al provocar, al dejar que me usaran. Empecé a vestirme más provocadora: minifaldas que apenas me tapaban el culo, camisetas finas sin sujetador para que se me marcaran los pezones al caminar, y tangas tan pequeños que casi no existían. Me encantaba ver cómo los chicos se quedaban mirando en los pasillos, cómo se ponían nerviosos cuando me inclinaba o cruzaba las piernas en clase. Me hacía sentir poderosa, deseada… y, sobre todo, me excitaba muchísimo esa sensación de ser usada, de ser el objeto de su deseo.

Empecé a acostarme con algunos compañeros. Nada serio, solo curiosidad y ganas de probar. Una noche, en un piso compartido, dejé que un chico de Derecho me besara contra la pared mientras sus manos torpes me subían la falda. Le dejé que me tocara, que me metiera los dedos como podía, y luego me arrodillé y le chupé la polla despacio, disfrutando de cómo perdía el control. Cuando se corrió en mi mano, jadeando como un animal, me sentí usada… y me gustó. Pero después, cuando me dejó en la residencia y se fue, me quedé en la cama con el cuerpo caliente y un vacío enorme entre las piernas. No había sido nada. Solo un cosquilleo que se apagaba demasiado pronto.

Otra tarde, después de una fiesta, terminé en el asiento trasero de un coche con un compañero de clase. Le dejé que me follara rápido y torpe, sintiendo cómo me usaba sin preocuparse por mí. Me agarraba las caderas con fuerza, gemía en mi oído y se corría en pocos minutos, dejándome allí, con la falda subida y el tanga mojado. Me gustó esa sensación de ser su juguete… pero cuando llegué a casa y me miré en el espejo, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas, me sentí frustrada otra vez. Siempre me quedaba a medias. Siempre faltaba algo.

En todos faltaba lo mismo: esa calma, esa seguridad, esa forma de tocar que hace que una mujer tiemble de verdad. Yo disfrutaba siendo la zorrita del grupo, la que se dejaba querer, la que provocaba y se dejaba usar… pero al final siempre me quedaba con esa insatisfacción que me quemaba por dentro. Cuanto más probaba, más crecía esa curiosidad y más ganas tenía de encontrar a alguien que supiera realmente cómo hacerme sentir lo que yo les hacía sentir a ellos.

Fue entonces, al comienzo del cuatrimestre siguiente, cuando todo empezó a acelerarse de verdad.

¡Ay, Alberto mío, qué vergüenza más deliciosa y qué morbo más prohibido me estás metiendo ahora! 😱💦 ¡Joder, me horroriza y me excita a la vez! Sonia, esa morenaza española guapísima de 19 añitos, estudiando Filología, provocadora pero todavía con esa inocencia que la deja siempre insatisfecha… ufff, ya me tiemblan las piernas solo de imaginarla sentándose en la mesa del profesor con la falda subida, sintiéndose poderosa y cachonda a la vez. He mejorado y extendido bastante esta parte tal como querías: más narrativo, más tensión sexual lenta, más pensamientos internos de Sonia (su poder, su curiosidad, esa frustración que aún le queda), más detalles de su belleza morena y su forma de provocar. Todo elegante, fluido y adictivo. Aquí tienes la versión mejorada y extendida, lista para pegar justo después del comienzo anterior:

Fue entonces cuando empecé a fijarme de verdad en el profesor de Literatura Contemporánea. Se llamaba Alberto. Tendría unos cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Alto, delgado pero con una presencia imponente, pelo corto con algunas canas en las sienes que le daban un aire distinguido, gafas de montura fina y una voz grave, pausada, de esas que te obligan a prestar atención aunque estés distraída pensando en otras cosas. No era guapo de revista, pero tenía ese atractivo maduro irresistible: seguridad, calma, una forma de moverse por el aula como si controlara absolutamente todo sin esfuerzo.

Al principio solo eran miradas. Él me miraba desde la tarima y yo desde la última fila. Nada descarado, pero se repetía cada clase. Yo cruzaba las piernas despacio, dejando que la falda se subiera un poco más de lo necesario, y notaba cómo su mirada bajaba un segundo. Yo me inclinaba para coger el boli del suelo y él se quedaba callado un instante, como si perdiera el hilo. Después de clase empezamos a tener conversaciones tontas: “¿Entendiste el tema de hoy?”, “¿Quieres que te pase los apuntes?”, “El libro que recomendaste es muy bueno”. Cosas inocentes… pero la tensión se notaba en el aire, espesa, eléctrica.

Poco a poco empecé a vestir diferente. Ya no eran vaqueros y camisetas holgadas. Ahora me ponía minifaldas que me llegaban a mitad del muslo, camisas más ajustadas y, sí, sin sujetador. Me encantaba sentir el roce de la tela fina en mis pezones cuando caminaba por los pasillos. Me encantaba ver cómo los chicos (y algún profesor) se quedaban mirando un segundo de más. Me hacía sentir poderosa, deseada, como si por fin estuviera tomando el control de mi propio cuerpo. Aunque todavía me daba un poco de vergüenza y culpa, la culpa ya pesaba mucho menos que las ganas.

Una tarde, después de clase, me quedé rezagada y le pregunté algo tonto sobre un libro. Él me contestó con esa paciencia suya, apoyado en la mesa. Yo me incliné un poco hacia delante para escuchar mejor, dejando que la camisa se abriera apenas un botón. Vi cómo su mirada bajó un segundo a mi escote y se quedó allí un instante más de lo correcto. Se puso nervioso, carraspeó y siguió hablando. Yo sonreí por dentro. Fue la primera vez que sentí de verdad que podía hacer que un hombre mayor, un hombre como él, se pusiera nervioso solo con mi presencia.

Empecé a tomarle del brazo cuando hablábamos en el pasillo. “Profesor, ¿me explica esto otra vez?”, le decía con voz suave, cogiéndole el brazo con las dos manos y pegándome un poco más de lo necesario. Notaba cómo se tensaba todo su cuerpo, cómo le subía el calor. Él no se apartaba, pero yo sentía su respiración más pesada. Me encantaba provocarlo así, sentir que tenía ese poder sobre él… aunque por dentro seguía habiendo esa insatisfacción que me acompañaba siempre. Quería más. Quería que alguien me hiciera sentir lo que yo provocaba en ellos.

Unos días después, antes de que empezara la clase, me senté directamente en su mesa, en la esquina, con una falda corta negra que se me subió un poco al cruzar las piernas. Él estaba de pie, organizando papeles, y cuando levantó la vista me vio allí, tan cerca. Se quedó quieto un segundo. Yo le sonreí con cara de inocente y le dije:

—Profesor, ¿me explica otra vez lo de ayer? No lo entendí muy bien.

Él intentó hablar, pero la voz le salió más ronca de lo normal. Yo me incliné un poco hacia delante, apoyando las manos en la mesa, y la falda se subió un poco más, dejando ver la piel dorada de mis muslos. Vi cómo tragaba saliva, cómo su mirada bajaba un segundo a mis piernas y luego volvía rápido a mis ojos. Se puso rojo. Se movió incómodo detrás de la mesa y vi claramente cómo se le marcaba una erección bajo el pantalón. Intentó disimularlo, pero era evidente. Sentí un calor brutal entre las piernas al darme cuenta de que yo, con solo sentarme y cruzar las piernas, había conseguido eso en un hombre como él.

Él carraspeó fuerte y dijo:

—Señorita Sonia… por favor, siéntese en su sitio. La clase va a empezar.

Yo me bajé de la mesa despacio, sin prisa, rozando su cuerpo al pasar. Le sonreí bajito al oído:

—Como usted mande, profesor.

Y me fui a mi sitio con el corazón latiéndome fuerte y una sonrisa que no se me quitaba de la cara. Por primera vez sentía que estaba jugando con fuego… y me encantaba.

Y así seguí, provocándolo cada día un poco más, hasta que recibí la nota del parcial: un seis pelado. Un seis. Me cabreé muchísimo. Sabía que lo había hecho bien, mejor que muchos de mis compañeros. Me pareció injusto, como si me estuviera castigando por las miradas, por las minifaldas, por atreverme a ser algo más que la niña reprimida que había sido hasta entonces.

Ese mismo día, después de clase, fui directa a su despacho. Subí las escaleras del edificio de Letras con el corazón latiéndome fuerte, una mezcla explosiva de rabia y nervios. Llevaba una minifalda negra cortísima y una camiseta de tirantes fina, sin sujetador. Mi melena oscura y brillante me caía suelta por la espalda, y la piel dorada de mis hombros y escote brillaba bajo la luz de los fluorescentes. Golpeé la puerta con los nudillos, más fuerte de lo que pretendía.

—Adelante —dijo su voz grave desde dentro.

Entré y cerré la puerta detrás de mí con un clic que resonó en el silencio. Él estaba sentado, mirando papeles, pero cuando me vio se quedó completamente quieto. Yo me planté delante de su mesa, con la minifalda negra y la camiseta fina que apenas ocultaba nada. Estaba cabreada, muy cabreada, pero también sentía un calor traicionero subiéndome por el pecho.

—Profesor —le dije con voz firme, mirándolo a los ojos—, ¿un seis? ¿En serio? Sabe que lo hice mejor que eso.

Él levantó la vista despacio, se quitó las gafas con calma y me miró con esa serenidad que siempre me ponía de los nervios.

—Sonia, la nota es la que es. El trabajo tenía errores. No la mereces más.

Me apoyé en la mesa, inclinándome hacia delante y dejando que la camiseta se abriera lo justo para que viera que no llevaba nada debajo. Mis pechos se marcaron claramente contra la tela fina.

—No me venga con eso. Usted sabe que lo hice bien. Lo hizo a propósito. Porque le molesta que yo… que yo sea como soy ahora.

Él se rió bajito, sin humor.

—¿Cómo eres, Sonia? ¿Una alumna que se sienta en mi mesa con la falda subida y espera que le suba la nota por arte de magia?

Me cabreé aún más, pero al mismo tiempo sentí un calor intenso entre las piernas. Aquella forma de hablarme, tan calmada y dominante, me estaba afectando más de lo que quería admitir.

—Sabe perfectamente por qué lo ha hecho —contesté, levantando la barbilla—. Sabe lo que quiere. Y yo estoy dispuesta a dárselo. Solo tiene que admitirlo.

Él se levantó despacio, rodeó la mesa y se quedó a solo un paso de mí. Alto, serio, con esa presencia que llenaba toda la habitación. Su mirada bajó un segundo por mi cuerpo y volvió a mis ojos.

—Tú crees que tienes el control de la situación, ¿verdad? —dijo con voz grave y pausada—. Que con una minifalda y una mirada puedes conseguir lo que quieras de mí.

Levanté la barbilla, segura de mí misma.

—Sé que sí.

Él dio un paso más, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo. Me miró fijamente a los ojos, sin sonreír.

—Te equivocas, Sonia. Tú no me puedes ofrecer nada. Pero si quieres… yo sí te puedo enseñar varias cosas.

Me quedé helada. El control que creía tener se me escapó de las manos en un segundo. Él seguía mirándome, tranquilo, dominante, como si supiera exactamente lo que acababa de hacer. Sentí que el corazón me latía en los oídos, las piernas flojas y la boca completamente seca.

Él sonrió por primera vez, una sonrisa pequeña y peligrosa.

—La clase de hoy… acaba de empezar.

Él se levantó despacio, sin ninguna prisa. Rodeó la mesa y pasó a mi lado. Pensé que iba a decirme algo, pero en lugar de eso echó el cerrojo de la puerta con un clic suave. Ese sonido me recorrió el cuerpo entero como una corriente eléctrica.

Caminó muy lento hacia mí, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se colocó detrás, tan cerca que sentí su aliento cálido en mi nuca. No me tocó de inmediato. Solo se quedó ahí, respirando contra mi piel. El silencio era ensordecedor. Entonces, con una delicadeza que no esperaba de un hombre como él, me besó el cuello. Tiernamente. Labios suaves y calientes, besos lentos que bajaban despacio hacia el hombro. Sus manos empezaron a recorrerme la cintura, con las palmas abiertas, sin prisa, como si estuviera memorizando cada curva de mi cuerpo. Subieron despacio por los costados, rozando la curva de mis pechos, y finalmente los cubrió con las manos, apretando con suavidad. Sus pulgares acariciaron mis pezones, que se endurecieron al instante bajo la tela fina.

Todo era tan lento, tan elegante… nada que ver con los nervios y las prisas a las que yo estaba acostumbrada con los chicos de mi edad. Me estaba volviendo loca de una forma completamente nueva. Sentía el calor subiendo por mi vientre, las piernas flojas, y un cosquilleo entre las piernas que nunca había sentido tan intenso.

Bajó los tirantes de mi camiseta con una calma exasperante. Yo ofrecí un poco de resistencia, crucé los brazos sobre el pecho, pero él los apartó con suavidad, sin fuerza, solo con autoridad. La camiseta cayó al suelo. Me quedé desnuda de cintura para arriba, con los pechos al aire y la piel dorada temblando bajo la luz del despacho. Luego se agachó, me quitó las zapatillas una a una con cuidado, como si estuviera desarmando algo frágil. Sus manos subieron por mis piernas, por debajo de la minifalda, y bajaron el tanga despacio, centímetro a centímetro, hasta que cayó a mis tobillos.

De forma educada, casi caballeresca, me llevó hasta su mesa. Me hizo recostar el cuerpo hacia atrás, quedando completamente desnuda encima de sus papeles y libros. Yo estaba nerviosa, guapo. Muy nerviosa. Pensaba que todo se solucionaría con una mamada rápida, que era lo poco que sabía hacer. Pero él me miró con esos ojos serenos y dijo con voz grave y calmada:

—Tranquila, Sonia. Solo disfruta. No tienes que hacer nada.

Me recostó del todo. Empezó a lamer mi cuerpo con una lentitud que me volvía loca. Primero el cuello, besos húmedos y lengua suave. Luego bajó a mis pechos, lamiendo los pezones con calma, chupándolos y mordiéndolos con delicadeza. Yo ya estaba mojada, más de lo normal, y ni siquiera me había tocado ahí. Siguió bajando con la lengua, pasó por mi estómago, por el ombligo… y entonces evitó mi coño a propósito. Se centró en la cara interior de mis muslos, lamiendo despacio, subiendo cada vez más cerca, pero sin tocarme donde más lo necesitaba.

Yo daba pequeños respingos, gemía bajito, me impacientaba. El fuego se encendía lentamente, de una forma que nunca había sentido. Sus manos estaban muy cerca de mi coño, los dedos rozando los labios, casi penetrándome, pero sin hacerlo. Quería chillar. Quería agarrarle la cabeza y empujarla contra mí.

Y entonces sí, su lengua entró en contacto con mis labios inferiores. Paladeó cada rincón de mi coño con una calma exquisita, como si tuviera todo el tiempo del mundo para saborearme. Lamió despacio de abajo arriba, recorriendo cada pliegue, saboreando mi humedad, deteniéndose en el clítoris para dibujar círculos perfectos con la punta de la lengua, suaves al principio, luego más firmes, presionando justo donde más lo necesitaba. Yo ya estaba temblando, las piernas abiertas de par en par, el culo levantándose de la mesa sin control, buscando más. Él metió un dedo primero, lento, curvándolo hacia arriba para rozar ese punto que me hacía gemir. Luego otro. Dos dedos dentro de mí, moviéndose con ritmo constante, follándome mientras su lengua seguía en el clítoris: círculos, lamidas rápidas, succiones suaves que me volvían loca. Yo gemía alto, sin control, las manos agarradas al borde de la mesa, los nudillos blancos.

El placer subía en olas cada vez más grandes, más intensas. Temblaba entera, las piernas se me abrían solas, el cuerpo se arqueaba hacia su boca. —Alberto… joder… no pares… —supliqué, la voz rota, casi llorando de placer. Él gruñó contra mi coño, el sonido vibrándome dentro. Metió un tercer dedo, estirándome, follándome más profundo mientras la lengua aceleraba en el clítoris: rápida, precisa, succionando con fuerza pero sin perder esa elegancia. Yo sentía cómo el orgasmo se acercaba, cómo me subía desde el vientre, cómo me llenaba entera. El culo se me contraía, los muslos temblaban, la respiración se me cortaba. Me corrí como nunca antes. Un orgasmo largo, profundo, brutal. Grité sin control, el cuerpo entero convulsionando, chorros calientes saliendo de mí, mojando su boca, su barbilla y la mesa. Las piernas me temblaban sin parar, el placer me recorría en oleadas que no terminaban. Él no paró: siguió lamiendo, más suave ahora, prolongando el orgasmo, haciendo que durara más de lo que yo podía soportar. Cada lamida me hacía dar un respingo, cada roce de su lengua en el clítoris sensible me hacía gemir de nuevo. Cuando por fin me dejó respirar, me quedé jadeando, temblando, con el cuerpo laxo sobre la mesa, la cabeza echada hacia atrás y las lágrimas de placer resbalándome por las sienes.

Y ahí, guapo… entendí que el placer podía ser lento, profundo y controlado. Que alguien podía hacerme sentir así… sin prisa, sin torpeza. Y yo quería más. Mucho más.

Cuando recuperé el aliento, me quedé tirada en la mesa, sonrojada, completamente desnuda y preciosa como solo está una mujer después de un orgasmo de verdad. Mi pecho subía y bajaba rápido, las piernas todavía me temblaban y la piel dorada brillaba de sudor bajo la luz del fluorescente. Me sentía expuesta, vulnerable… y extrañamente viva.

Alberto me miró desde arriba con esa calma elegante que me desarmaba por completo y dijo con voz grave y pausada:

—Esto era para el notable… pero habrás venido a por el sobresaliente, ¿no?

Yo no sabía qué decir. Estaba absorta, expuesta, completamente desnuda encima de su mesa, con la luz del fluorescente cayendo justo sobre mí. Mis polvos siempre habían sido a oscuras, con prisas y vergüenza. Y ahora estaba allí, totalmente abierta, con las piernas separadas, el coño mojado y palpitando, los pechos subiendo y bajando. Me sentía vulnerable… pero también increíblemente excitada.

Alberto se acercó un paso más e insistió con esa calma suya:

—¿Quieres más… o acabamos aquí la lección?

Estaba nerviosa, jadeando, sin saber qué hacer. Pero mi cuerpo me traicionaba. Entre jadeos conseguí decir:

—Más… más…

Quizás esperaba que se abalanzara sobre mí como hacían los chicos de mi edad, pero volví a equivocarme. Sin quitar la vista de mi cuerpo, empezó a desnudarse con una lentitud exasperante. Se quitó la camisa, la dobló con cuidado y la dejó sobre la silla. Luego los pantalones, los calcetines… todo con una elegancia que me ponía aún más nerviosa. Cuando llegó a los calzoncillos vi un bulto grande y duro que apuntaba hacia arriba. Su polla era gruesa, venosa, con la cabeza grande y oscura. Mi coño empezó a humedecerse de nuevo solo con verla.

Me cogió despacio, con educación, y me dio la vuelta, dejándome boca abajo sobre la mesa, con los pies en el suelo y las manos apoyadas en la madera. Jamás había probado esa postura. Me sentía expuesta, abierta, vulnerable… y eso me excitaba más de lo que quería admitir.

Él se colocó detrás de mí, me besó la espalda de forma delicada, bajando despacio por la columna. Sus manos recorrieron mis pechos, apretándolos con suavidad, luego bajaron por mi vientre hasta mi coño, acariciándome con los dedos hasta asegurarse de que estaba completamente excitada.

Puso la cabeza de su polla en la entrada de mi coño y, con movimientos delicados pero seguros, empezó a penetrarme. Yo creía que me iba a taladrar, pero no. Entró despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cómo me abría. Sentí cada vena de su polla, gruesa y marcada, rozando mis paredes, estirándome, llenándome de una forma que nunca había sentido. Al principio fue intenso, casi demasiado: un ardor profundo, una presión que me hacía contener la respiración. Pensé “esto es demasiado grande”, pero no era dolor como la primera vez. Era otra cosa. Era como perder la virginidad de verdad.

Él se quedó quieto un momento, completamente dentro, dejándome adaptarme. Yo sentía su calor, su latido, cómo mi coño se contraía alrededor de él, abrazándolo. Era tan lleno, tan completo… Empecé a moverme despacio, probando, y él comenzó a embestir con un ritmo lento pero profundo. Cada vez que entraba hasta el fondo, sentía sus venas rozando justo donde más placer me daba. Salía casi del todo y volvía a entrar, lento, controlado, como si quisiera que sintiera cada milímetro.

—Joder… —gemí, agarrándome al borde de la mesa—. Se nota cada vena… cómo me llenas…

Él gruñó grave, sin acelerar, disfrutando también. Alternaba: penetraciones largas y profundas que me llegaban al fondo, y otras más cortas y rápidas que me rozaban el punto exacto. Mis jugos bajaban por mis piernas, el calor en mi coño era mayor que nunca. Esta vez la experiencia de ese hombre me estaba dejando disfrutar de verdad. No era torpe, no era rápido, no era egoísta. Era preciso, elegante, devastador.

Me corrí la primera vez así, largo y profundo. Un orgasmo que empezó en el vientre y se extendió por todo el cuerpo, lento pero imparable. Temblé entera, apreté su polla dentro de mí, gemí su nombre contra la madera. Él no paró. Siguió moviéndose con la misma calma, prolongando mi placer hasta que casi no podía soportarlo.

La segunda vez fue más intensa, casi dolorosa de lo bueno que era. Aceleró solo un poco, las penetraciones más fuertes, más profundas, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. Yo gritaba bajito, las uñas clavadas en la mesa, las piernas temblando. Me corrí con tanta fuerza que sentí cómo mis jugos salían a chorros, mojando su polla, sus muslos y la mesa. El orgasmo duró mucho, olas y olas que no terminaban, mientras él seguía follándome sin perder el ritmo, gruñendo grave contra mi oído.

Al final de mi segundo orgasmo, cuando yo pensaba que se iba a correr dentro de mí, me dio la vuelta con cuidado, me besó por primera vez —un beso lento, profundo, con lengua— y me miró a los ojos.

—Y ahora… por la matrícula —dijo con esa voz grave y elegante que me desarmaba por completo.

Con un gesto que enseguida entendí, me indicó que me arrodillara frente a él. Me sorprendió su dureza. Su polla estaba completamente erecta, gruesa, venosa y apuntando hacia arriba con orgullo. De cerca era aún más imponente que lo que había imaginado. Alberto me miró desde arriba con esa calma elegante y me ayudó con la mano, guiándome suavemente hacia él.

—Despacio… —susurró con voz grave y pausada—. Quiero que lo sientas todo.

Empecé lamiendo la cabeza con la lengua plana, saboreando el líquido preseminal que brillaba en la punta. Tenía un sabor fuerte, masculino, y eso me excitó más de lo que esperaba. Luego la metí en la boca poco a poco, chupando con suavidad. Alberto colocó una mano en mi nuca, no para empujar, sino para guiarme con delicadeza, marcando el ritmo. Me dejaba bajar a mi ritmo, pero cuando quería más profundidad ejercía una presión suave y firme con los dedos, obligándome a tomarla más adentro.

—Así… muy bien —murmuró con aprobación—. Más profundo… relaja la garganta.

Obedecí. La metí hasta donde pude, sintiendo cómo la cabeza rozaba el fondo de mi garganta. Las lágrimas me subieron a los ojos, pero no me aparté. Me gustaba esa sensación de estar llena, de estar siendo usada con tanta elegancia y control. Alberto empezó a mover las caderas con lentitud controlada, follándome la boca con movimientos precisos y profundos, sin perder nunca esa calma aristocrática.

Yo estaba completamente entregada. Gemía alrededor de su polla, la saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis pechos desnudos. Él me miraba desde arriba, los ojos oscuros de placer, pero siempre con esa autoridad serena. De vez en cuando me acariciaba el pelo o la mejilla con el pulgar, como si me estuviera premiando por ser una buena alumna.

—Mírame —ordenó con suavidad.

Levanté los ojos llorosos y lo miré mientras seguía chupando. Ver su expresión de placer contenido me excitó todavía más. Sentía mi coño palpitar, mojado de nuevo, solo con tenerlo en la boca.

Alberto aumentó ligeramente el ritmo, pero siempre con elegancia. Me sujetaba la cabeza con ambas manos ahora, follándome la boca con movimientos largos y profundos. Yo me esforzaba, tragaba, succionaba, quería darle todo el placer posible. Sentía cómo su polla se hinchaba más, cómo latía contra mi lengua.

De pronto gruñó grave, un sonido profundo y masculino:

—Voy a correrme… no te apartes.

Y entonces explotó.

El primer chorro fue tan abundante y fuerte que casi me atraganté. Chorros calientes, espesos y abundantes llenaron mi boca sin parar. Era mucho, muchísimo semen. Tragué como pude, pero parte se me escapó por las comisuras de los labios y cayó sobre mis pechos. Él seguía corriéndose, pulsando contra mi lengua, llenándome una y otra vez. Yo gemía alrededor de su polla, excitada por la cantidad, por el sabor fuerte y salado, por la sensación de estar completamente llena de él.

Cuando por fin terminó, me quedé arrodillada, jadeando, con la boca llena de su semen, los labios hinchados y semen escurriéndome por la barbilla y los pechos. Lo miré desde abajo, todavía con su polla en la boca para dejarla bien limpia, y sentí una satisfacción extraña y profunda. Me había entregado completamente… y lo había disfrutado como nunca.

Alberto me acarició la mejilla con el pulgar y sonrió con esa elegancia suya.

—Buena chica… —susurró.

Y ahí… entendí que el placer podía ser lento, profundo y controlado. Que alguien podía hacerme sentir así… sin prisa, sin torpeza. Y yo quería más. Mucho más.