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Silvia pajea a su amigo con su novio al lado 2

Manuel está concentrado en la partida, pero el roce húmedo de piel contra piel rompe el silencio. Silvia no para, desafiando la mirada de su novio mientras su amigo se tensa entre sus tetas. Esta vez, no hay secretos que ocultar, solo el placer compartido bajo la mirada de quien decide no apartar la vista.

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Silvia pajea a su mejor amigo con su novio al lado - Parte 2

PARTE 1: https://todorelatos.com/relato/252301/ (8 mins. de lectura)

—¿Te vas a correr otra vez para mí? —susurró ella, lamiendo la punta con la lengua plana—. Hazlo… Córrete en mis tetas mientras mi Manu está al lado… Quiero sentir cómo tiemblas de miedo y de gusto al mismo tiempo.

Su excitada presa solo pudo asentir, tensando todo el cuerpo, sabiendo que en cualquier momento podía pasar lo peor… o lo mejor. El riesgo era adictivo, y los dos estaban completamente enganchados.

—De todas formas, Martín… —le susurró, ampliando su sonrisa—... ¿qué importa si nos ve?

Al escuchar esto, su amigo torció el gesto y frunció el ceño, incómodo ante lo que Silvia parecía estar proponiendo: sabía perfectamente a lo que se refería, pero una cosa era esa y otra muy distinta querer buscarse un problema… otra vez.

Porque la realidad era que no sería la primera vez que Manuel los pillara.

La última había tenido lugar hacía dos meses, un sábado por la noche. Silvia estaba de rodillas chupándosela a Martín en la cocina mientras el novio jugaba en la otra habitación.

Cuando entró a por agua, los vio de lleno. Se quedó parado unos segundos, con la cara roja, soltó un “¡¿En serio?!” bastante cabreado y se fue sin decir mucho más. Estuvo unos días rallado, contestando seco y poco receptivo. Luego, como siempre, se le pasó: volvió a hablarles normal, y semanas después incluso bromeó torpemente con Silvia sobre “lo caliente que estaba esa noche”.

Porque la realidad era esa: la joven era ardiente, promiscua, incapaz de estar muchas horas sola sin buscar algo que la excitara, de modo que no por casualidad Manuel llegaba al extremo de apodarla “la Puta” cuando se hallaban en círculos de confianza —y no tan de confianza.

Su chico era harina de otro costal: impredecible y morboso por igual, en ocasiones se molestaba por lo poco que costaba su novia ofrecerse a otros hombres —llegaban a discutir fuerte—, y otras veces era él mismo quien la incitaba a yacer con terceros. Solo Silvia parecía medio entender sus cambios de humor.

En todo caso, tanto ella como Martín sabían lo que había, y mientras tanto la chica apretaba sus tetas con más fuerza alrededor de la polla, pajeándolo con movimientos más largos y evidentes. Ya no intentaba ser tan silenciosa. El roce húmedo de piel contra piel se oía claramente por encima del sonido del juego.

—Sabes que si gira la cabeza ahora… nos ve —susurró Silvia, mirándolo a los ojos con una sonrisa lujuriosa—. Y esta vez no voy a parar aunque nos pille.

El joven tragó saliva, excitado por la certeza. Su mano descansaba en el muslo desnudo de ella, subiendo lentamente hasta rozar el borde de las braguitas.

—Hhhmmmfff… Silvia… Me matas…

El novio soltó una maldición fuerte por los auriculares y se echó hacia atrás, estirando los brazos. Su cabeza se movió peligrosamente hacia la derecha. Durante un segundo largo, sus ojos pasaron por encima de ellos. Y los vio.

Vio a su pareja con las tetas fuera, brillantes de saliva y semen seco de antes, moviendo el torso arriba y abajo mientras la polla de su amigo entraba y salía entre ellas. Vio la cara de placer de su colega, la sonrisa traviesa de Silvia, y el movimiento descarado.

Se quedó congelado un par de segundos. La expresión cambió: sorpresa, molestia, y luego algo más complicado… Esa mezcla de celos y excitación que ya conocían.

—¿Otra vez? —dijo con voz baja y un poco seca, quitándose del todo los auriculares—. Joder, Silvia…

Ella no paró. Siguió moviéndose, más lento ahora, pero sin sacar la polla de entre sus tetas. Miró a su novio con ojos brillantes y desafiantes.

—¿Qué? —preguntó ella con voz suave y juguetona—. Estabas muy metido en la partida… y Martín necesitaba aliviarse.

El novio suspiró, frotándose la cara con una mano. No se levantó. No gritó. Solo se quedó ahí sentado, mirando cómo su chica continuaba la cubana con descaro.

—Eres una puta calentorra… —murmuró, pero no había verdadero enfado, sino resignación y, debajo, ese tono que ambos reconocían: el que salía cuando la idea empezaba a ponérsela dura.

Martín se tensó, pero la veinteañera le apretó más las tetas alrededor del miembro, obligándolo a quedarse quieto.

—¿Y lo que te gusto así, mi amor? —le soltó, con una amplia sonrisa de oreja a oreja y una mirada de viciosa que no podía con ella—. ¡No te enfades, cariño! —le pidió ella sin dejar de moverse, con un tono casi de diversión—. Sabes que luego te lo cuento todo… y te pones como una moto.

Manuel negó con la cabeza y soltó una risa corta y amarga, pero sus ojos no se apartaban de las tetas de Silvia ni de la polla de su amigo.

—Al menos tened un poco de vergüenza… —protestó débilmente, aunque ya se estaba recostando mejor en la silla, como si se preparara para mirar.

Silvia sonrió con malicia y aceleró el ritmo otra vez, haciendo que sus tetas rebotaran con más fuerza. La rabo de Martín estaba más duro que nunca, palpitando entre sus melones mientras el novio los observaba a poco más de un metro.

—¿Quieres que pare, mi vida? —preguntó ella, mirando directamente a su chico.

Este tardó unos segundos en responder. Finalmente, con la voz más ronca, dijo:

—No... Termina lo que empezaste… No lo dejes a medias ahora.

Al escuchar esto último, la joven rubia soltó una risita triunfal y giró sus ojos verdes hacia Martin, mordiéndose el labio.

—¿Ves? Ya te dije que no se enfadaría mucho jijiji.

Empezó entonces a mover las tetas más rápido, más sucio, lamiendo la punta cada vez que asomaba, sin importarle que su novio estuviera mirando todo el espectáculo.

Martín sentía la adrenalina mezclada con alivio y una excitación aún más fuerte ahora que ya no había secreto. El novio se quedó ahí sentado, con los ojos clavados en ellos, respirando más pesado. Sabía que en unos días se le pasaría el malestar inicial… y que, probablemente, esa misma noche o al día siguiente, le pediría a Silvia que le contara con detalle cómo había sido.

Entretanto, la susodicha continuaba trabajándole la polla con sus tetas, más descarada que nunca, disfrutando de que ya no tuvieran que esconderse.

—Venga… Córrete otra vez... —apremió a Martín, lo suficientemente alto para que su novio también lo oyera—. Lléname las tetas de leche mientras él mira... Le gusta verme así… Mmmmmmfff… Aunque le cueste admitirlo…

El veinteañero ya no aguantaba más: entre el inminente clímax, las provocaciones de su amiga y con Manuel observándolos abiertamente, el orgasmo llegó rápido y fuerte.

—¡Aaahhh…! ¡Hhhmmmfff…! —gimió levemente, cerrando los ojos y tratando de no hacer demasiado ruido, pues no estaba seguro de si los padres de ella estaban en casa y no quería arriesgarse a que entraran.

Mientras jadeaba, chorros espesos de semen salpicaron el pecho y el cuello de Silvia, algunas gotas incluso llegaron hasta su barbilla.

Ella siguió moviéndose hasta sacarle la última gota, sonriendo satisfecha, sabiendo que el juego, con la incorporación de su chico como “cornudo consentidor”, acababa de subir de nivel otra vez.

Este, ante semejante espectáculo por parte de la guarra y puta de su novia, solo pudo suspirar, ajustarse el pantalón con un gesto muy mal disimulado y murmurar:

—Sois unos putos viciosos…

Pero no se levantó. Se quedó mirando. Y eso, para los tres, era suficiente.

***

Víctor Martínez de Font

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