Xtories

La Noche que Fui Perra de Verdad

No era solo sexo lo que buscaba, era perder el control por completo. Entre el dolor y la vergüenza, descubrió que su verdadera naturaleza no era la de una dama, sino la de una perra dispuesta a todo.

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Querido diario:

Ay, amiga, no te imaginas lo que me pasó anoche. Pero siéntate, porque esto viene bien jugoso.

Me invitaron a una fiesta de disfraces y yo dije: “pues es ahora o nunca, mija”. Y me vestí bien putona, pero bien. Me puse unos tacones de aguja que casi me matan, una peluca larguísima negra que parecía de diva de telenovela, unas bubis falsas bien paraditas que parecían recién pagadas con tarjeta de crédito, y un culote con relleno que ni Kim Kardashian.

Yo me sentía la más deseada, amiga. No sé si me veían con deseo o con curiosidad porque pues, ya sabes, no todas están listas para tanta mujer, pero varios me volteaban a ver. Y eso que aún no comenzaba lo bueno.

Fueron llegando varios amigos. Me puse a beber con unos, con otros… y entre más tomaba, más cachonda me ponía. Y con varios hombres jariosos a mi alrededor — bien machotes, bien rudos, de esos que huelen a hombre y a peligro— yo me sentía en la gloria. Ya sabes cómo se ponen ellos cuando andan pedos: pesados, intensos, agresivos… y yo les aguantaba el ritmo, porque una es una dama, pero también una zorra cuando hace falta.

Ya en mi peda, empecé a notar que uno de estos amigos me hacía señas discretas. Como para que lo siguiera. Ay, amiga, yo toda tímida, como si no supiera lo que quería. Me resistí. Pero otra vez me hacía señas. Más claras. Un movimiento de cabeza hacia el pasillo, una mirada que me decía “ven, putita”.

Total, ya me decidí. Le dije que sí, también con discreción, porque una tiene su clase, ¿no?

Se adelantó. Yo iba unos pasos atrás de él, con el corazón latiéndome a mil y el chicloso mojadísimo debajo de la tanga. Para colmo, el baño estaba vacío. ¿Casualidad? No, amiga, destino.

Me metió a un cubículo. Cerró la puerta. Y sin preguntar, sin un “¿cómo estás, guapa?”, nada, me puso de rodillas.

— A mamar —dijo, bien ronco.

Se la sacó y me puso a mamársela. Ay, amiga, no mames. Fue delicioso. Una verga bien rica, gruesa, caliente… yo creo que hasta me habló, de lo viva que estaba.

Pero se vino rapidísimo — porque así son, puras emociones pero duran poco — según él para que nadie nos viera. Se limpió, se subió el cierre y se salió como si nada.

¿Y yo? Pues yo ya estaba bien cachonda, amiga. Así que salí del baño bien decidida a perrearle a todos esos machos. Y eso hice. Si uno ya me había dado verga, seguro que otro también.

Y sí. Pinches hombres son unos fáciles.

Le eché el ojo a uno. Moreno, grandote, con una sonrisa de lobo. Fui directo a rozar mi culo falso contra su verga mientras bailábamos. Él lo disfrutaba porque hasta me jalaba de la cintura, apretándome contra él, como si yo fuera suya.

— Ay, la tienes bien grande —le dije al oído, bien zorrita, mientras perreamos.

— ¿La quieres probar? —me preguntó con la mirada encendida.

— Les decimos que vamos a fumar y nos salimos —le propuse, bien ardilla.

Y eso dijimos. Pero uno de sus amigos, bien pedo, nos dijo:

— Yo también voy.

Ay, no mames. Lo tenía que arruinar. Pero no del todo. Estaba muy guapo, pero muy borracho.

Salimos a fumar. Había una jardinera y una banquita. Su amigo, en cuanto se sentó, se quedó dormido al instante.

Y en chinga nos metimos entre la jardinera, amiga. La calentura nos tenía al borde. Las hojas me picaban las piernas, pero qué importaba. Él se fue directo a mis tetas falsas y las devoraba como si fueran reales. Las mordía, las chupaba, las aplastaba con sus manos grandes. Lo que hace el alcohol, jajaja.

Yo ya tenía su verga en mi mano. Bien erecta. Palpitaba. Goteaba.

— Mamala —me dijo, con una voz que no admitía negativa.

Y yo, como buena perrita, me la llevaba toda a la boca.

Él me cacheteaba con su vergota en la mejilla, en los labios, en la lengua. ¿Y sabes qué, amiga? Eso me gustaba. Me escupía la cara, me jalaba el pelo, me llamaba puta. Y yo ahí, en cuatro, en la tierra, con las rodillas raspadas y las medias rotas, feliz de ser su perra. Porque a veces una necesita que le recuerden lo puta que es.

De repente, me levantó de un solo jalón. Me volteó, me puso de espaldas a él, me levantó la faldita, me bajó la tanga de un tirón y me escupió en mi culito.

— Esto es lo que querías, putita —gruñó.

Me la dejó ir toda de un solo golpe.

Ay, amiga, casi me hace gritar. Me dolió muchísimo. Me palpitaba del dolor y mis lágrimas se me salían. Y él no me soltaba. Al contrario, eso le daba placer. Sentí cómo se reía detrás de mí, cómo apretaba mis caderas contra él, cómo se enterraba más y más.

— Ya sácala —le dije, con la voz rota.

— ¿Querías verga, no, perra? —me escupió al oído.

— Ay, me duele…

— Ahora trágate toda, puta.

— Ya sácala, que me lastimas…

— Ya te dije que no, puta. Y ahora… ládrame. Ládrame como lo que eres. Una perra.

— Ay, no… —intenté decir, pero él me apretó el cuello.

— Si no me ladras, te voy a pegar, maldita.

Tuve que ladrar, amiga.

— Guau… —susurré, entre lágrimas.

— MÁS FUERTE, PERRA.

— ¡GUAU! —grité, mientras él se reía y me penetraba más duro.

— Ya sácamela —le pedí otra vez, llorando.

— Cállate, puta. Complace a tu hombre. Andabas en celo, no, pinche perra? Ahora traga verga y ladra.

Me dio la vuelta otra vez, me metió la verga en la boca y yo ladraba con la boca llena. Era una mezcla de asco, dolor y una puta humillación que me tenía temblando entera. Pero algo dentro de mí… algo que no quiero analizar mucho… también me excitaba.

— ¡LADRA, PERRA! ¡LADRA! —gritaba él, mientras me cacheteaba la cara con su verga mojada.

Yo ladraba. Una y otra vez. Tuve que ladrar pero de dolor. Mi culito sentía que me lo partía.

Al fin se vino. Y ahí me dejó toda abierta y adolorida. Me sentía usada. Sucia. Rota.

¿Y lo peor, amiga?

Es que me gustó.

Fin de la primera parte.

"Vamos… cuéntame aquella fantasía, esa que guardas como un secreto sucio en lo más hondo. No tengas miedo. Te prometo que voy a transformar mis letras en caricias que te lleguen directo al corazón… o directo a la entrepierna. O a los dos al mismo tiempo, para que no sepas si latir o correrte. Suéltala. Yo me encargo del resto."

Tg: @DulxeErotixa