La Piscina
Llevan veinte años compartiendo confesiones y risas, pero nunca el deseo. Esta noche, la piscina vacía y la ausencia de testigos eliminan las barreras; lo que empezó como una sobremesa se convierte en un chapuzón de piel desnuda y vino, donde la amistad deja paso a la necesidad más urgente.
Hacía ya varios meses que habíamos estado congeniando mucho. Sofia y yo llevamos trabajando juntos desde hace más de 20 años, prácticamente desde que me fui a Menorca a vivir. Nos habíamos ido de cañas después del trabajo, unas pizzas viendo un partido de baloncesto "dos cines y un par de conciertos" como decía Mecano, pero nosotros no empezamos a salir. Lo que hicimos, fue empezar a construir lo que muchas parejas no han hecho en años; amistad y confianza.
Yo le conté como el mundo se me vino encima al perder a mi mujer, las experiencias swinger que habíamos tenido con ella, mis escarceos homosexuales de juventud, Le había contado mi relación con mi amiga de la universidad que estaba trabajando en Madrid, de esas amistades que solo ves una vez al año, pero siempre están ahí.
Ella a su vez, me contó su entrada y salida del pozo cuando su marido la abandonó con una niña de apenas 15 días. De como su vida se convirtió en un infierno. De la relación con las drogas y el alcohol, y de cómo su cuerpo había terminado lleno de tatuajes horribles.
Nuestras miserias hicieron que cada vez nuestra amistad se viera reforzada y cada vez que quedábamos y nos contábamos un episodio oscuro de nuestro pasado, siempre terminábamos con uno alegre, y como no, nuestras últimas conquiestas no faltaban en esas conversaciones.
Desde hacía varios años Sofia, al inicio del verano organizaba una comida en el jardín de su casa. El arroz, era de uno de los mejores restaurantes del Puerto de Maó, acompañado por vino blanco, cervezas, espirituosos y helados para el postre. La comida empezaba tarde, ya que siempre se esperaba a los que estaban de turno de mañana que llegaran. Estos debían esperar a los del turno de tarde que se habían parado a tomar el aperitivo. Inconvenientes de trabajar a turnos en una empresa que nunca duerme.
El ambiente era distendido, informal, bermudas, bañadores, bikinis, pareos... Era el outfit para la ocasión. El día era especialmente caluroso para los primeros días de julio. Los becarios se pavoneaban, haciendo grandes aspavientos y chapoteando en exceso dentro de la piscina. Alguno de ellos ya con una cerveza de más, se exhibían delante de la nueva becaria, y una contable muy joven que había entrado hacía poco a trabajar con nosotros. Las dos en bikini sentadas al borde de la piscina riéndose de ellos y sus bobadas.
El resto, entre chapuzón y chapuzón, picábamos algo hasta que llegó la hora de comer y nos sentamos todos a la mesa. Como es habitual, la sobremesa se alargó y quien más quien menos con alguna cerveza de más. Los más jóvenes siguieron jugando en la piscina como niños, y el resto hablando como no podía ser de otra cosa, del trabajo.
Poco a poco los invitados se fueron marchando, el sol ya estaba bajo en el horizonte. Alguno estaba terminando con las sobras, aduciendo que así ya llegaría cenado a casa. "total, se va a tirar". Había sido una buena fiesta. Cuando me di cuenta, nos habíamos quedado solos.
— ¿No te marchas? — Me preguntó ella mientras recogía unos vasos de la mesa.
— No, te ayudo a recoger, tienes un rato de tarea para que esto quede más o menos decente — Le respondí, aunque la verdad, es que no tenía ningunas ganas de marcharme.
Ella iba vestida con un kaftán muy sencillo, de tela muy delicada y vaporosa. Debajo de él se veía un bañador negro muy elegante. La tela se marcaba en sus caderas cuando soplaba algo de brisa. La había estado observando todo el día con miradas furtivas. Miradas que ella me había cazado casi cada vez. Diría que ella también me había estado observando.
— No te preocupes. Este año han sido muy civilizados — sonrió — y lo han dejado todo más o menos recogido.
No parecía que en ese jardín hubieran estado comiendo y haciendo una sobremesa eterna un grupo tan heterogéneo como el nuestro. Los invitados, habían ido recogiendo la mesa a medida que se habían ido marchando.
—Desde hace unos años he decidido utilizar todo el menaje desechable, se que no es muy ecológico, pero evita un montón de trabajo a la hora de recoger.
Asentí con la cabeza, mientras acercaba una gran bolsa de basura vacía, donde ella iba tirando los pocos platos, vasos y cubiertos que habían quedado sobre la mesa.
—Deberíamos barrer o mañana tendrás el jardín lleno de hormigas — le comenté — Trae por favor, una escoba y lo dejamos todo listo en un plis.
—Si insistes, no seré yo la que te quite el gusto de barrer — dijo mientras se marchaba y entraba por unas puertas correderas a la cocina del interior de la casa.
No pude dejar de mirarla mientras desaparecía a través de la puerta, y diría que ella, había reducido la velocidad de sus pasos para que la contemplara de espaldas.
Absorto estaba en mis pensamientos, anudando la bolsa de basura y mirando satisfecho de como había quedado todo recogido cuando noté su mano en mi hombro. Me sobresaltó, porque estaba muy fría. Cuando me giré, vi dos copas de cristal en la mesa de plástico ya sin mantel y en la mano llevaba una botella de vino blanco, toda llena de gotas de condensación, lo que hacía intuir lo fría que debía estar la botella y que no era un resto que había quedado de la comida
—Me apetece más esto que ponerme a barrer. Casi no he probado ni una gota de alcohol en todo el día. Queda feo que la jefa y la anfitriona se emborrachen en su propia fiesta.
Me hizo gracia el énfasis que puso en la palabra "jefa" y me puse a reír a carcajadas, al tiempo que ella me entregaba la botella de Tanca 12 de Binifadet (1) y el sacacorchos.
—No he visto ninguna botella como estas en la comida. Lo tenías bien guardado.
—Solo lo descorcho en ocasiones especiales — hizo una pausa — Pero básicamente, para evitar que algún idiota lo mezcle con Seven Up. Habría que hacer sufrir a este tipo de gente. — Dijo esbozando una sonrisa maliciosa
Abrí la botella y lo serví en las dos copas de cristal finísimo que contrastaba con el bizarrismo de la mesa plegable de plástico sobre las que estaban. Se sacó el kaftán por la cabeza y se descalzo las sandalias de cuña, caminando despacio, se dirigió a la piscina. Bajó con cuidado los escalones, para finalmente meter la cabeza en el agua y bucear hasta el otro lado. La piscina no era muy grande, con la ventaja de que se hacía pie en todos lados. Una escalera lateral, con anchos escalones facilitaban su entrada.
—Venga, vente a dar un chapuzón, el agua está buenísima, y de paso tráeme la copa de vino.
Me quité la camiseta y las albarcas, apoyé las dos copas, en las piedras granitosas que hacían de borde. Calqué casi sus movimientos, bajé por la escalera y buceé hasta el otro lado para volver caminando hacia ella. Mientras, había cogido ya las copas y me tendió una.
—Ha sido una fiesta fantástica — le dije antes de dar un sorbo a mi copa del exquisito caldo.
—Si, ha estado muy bien, aunque has estado muy taciturno durante todo el día — apuntilló ella.
—Bueno me estaba concentrado — hice una pausa — en el trabajo.
Esbozó una ligera sonrisa, mientras tomaba un sorbo de vino. Ya había oscurecido y el jardín solo estaba liuminado por las luces del porche cercano a la piscina que se habían encendido de forma automática hacía unos minutos, lo que dejaba la piscina en una ligera penumbra. Dejó la copa sobre el borde, y de espaldas a mi, vi como se bajaba los tirantes del bañador. Los pechos quedaban por solo un centímetro debajo del agua. Intuí que se bajaba el bañador hasta la cintura.
—Uff. Estos bañadores son verdaderos corsés. Tenía el cuerpo embutido como una longaniza.
Estoy seguro que no me veía la expresión de asombro de mi cara pero ni corta ni perezosa me increpó:
—Eh, no me mires tan extrañado. Yo en la playa hago siempre topless, y cuando me lleves un día de estos a Mallorca haré topless todo el día.
Habíamos estado hablando de ir a Mallorca cuando los turnos nos hicieran coincidir varios días libres. Yo conservaba el apartamento en la Playa de Palma que compré ya hacía muchos años. Hoy en día, aunque el apartamento era de los años setenta, ni podría pagar la entrada. Había decidido no alquilarlo parte de ese verano para poderlo disfrutar. Quería ir más frecuentemente ese verano. Al fin y al cabo el vuelo duraba solo unos veinte minutos y con el descuento de residente salía más económico que el taxi.
Ante su descaro me puse más chulo que ella.
—Pues te pensaba llevar a Cala Varques o Es Monjo -- (2), y sin miramientos me quité el bañador y lo lancé fuera de la piscina, sin pensar que debería salir desnudo.
En un ataque de orgullo ella se intentó quitar del todo el bañador. Ese que la estaba apretando como un corsé. Cuando levantó el pie para sacárselo, perdió el equilibrio, y como quien ve pasar la escena de una película cámara lenta, vi como se iba inclinando hacia atrás, mientras su cabeza se perdía entro del agua, junto a múltiples sombras debido a la oscuridad, que me imaginé que eran sus brazos intentando mantener el equilibro. En un visto y no visto, se produjo un giro en los acontecimientos, de ver su cabeza, pasé a ver sus pies, uno de ellos enredado, con un manojo de tela, que me imaginé era el bañador, que tras patalear un poco lo lanzó y se perdió en el fondo de la piscina.
Con toda la dignidad posible, ya desnuda, se dirigió hacia mi, volvió a coger la copa de vino de la repisa, y se puso a hablar del tiempo. Yo no podía aguantar las carcajadas, pero le seguí el rollo. La escena para alguien que nos hubiera visto por un agujero, debía parecer un fotograma de una película de Buñuel. Los dos desnudos dentro del agua, bebiendo vino y hablando del tiempo.
La situación se estaba volviendo muy morbosa, y mi pene se puso erecto dentro del agua. Una erección de esas que casi hacen daño. Una erección que había esperado todo el día a producirse. Cada vez nos íbamos acercando más el uno al otro, hablando de Cirros, Cúmulos, Estratos e Isobaras. Nuestra voz se iba convirtiendo cada vez más en un susurro. Su mano debajo del agua se topó “accidentalmente” con mi pene, y la mía con sus nalgas.
Había empezado una historia. Se acercó a mis labios y nos besamos con rudeza. Le mordí el labio inferior, mientras ella con su mano empezó a apretar fuertemente mi pene. Seguí besando su cuello y los lóbulos de sus orejas, mientras mi mano derecha se posaba en sus pechos, los agarraba uno y después el otro como objetos delicados que son, pasando el pulgar por el pezón que cada vez iba creciendo hasta alcanzar el tamaño de un garbanzo.
Me agarró el culo con las dos manos y me empujó hacia ella. Los dos de pie seguimos besándonos, yo también la agarré a ella apretando nuestros cuerpos fuertemente, el uno contra el otro. Seguimos besándonos y diciéndonos cosas guarras al oído, mientras nuestras manos pasaban de la espalda al culo en un camino de ida y de vuelta.
—Me moría de ganas de esto desde hace semanas — le confesé mientras pasaba mi mano hacia adelante intentando tocar de nuevo sus pechos.
—Yo también— me confesó — nos hubiéramos ahorrado la película de mierda que fuimos a ver el otro día.
—SÍ, — asentí, mientras seguía besándole el cuello, mordiéndole los labios y masajeando sus pechos con una mano, mientras la otra no dejaba de acariciarle el culo.
Ella a su vez, iba gimiendo de una forma muy suave, tenía mis testículos cogidos con una mano, apretándolos con suavidad, como si tuviera miedo a que se le escaparan, mientras que con la otra había empezado a estirarme con suavidad los pelos del torso. Bajé mi mano hasta su pubis y me sorprendí al notar un fuerte vello púbico, muy poblado, que aunque estaba mojado por el agua, seguía rizadísimo.
La verdad, no me lo esperaba. Yo tampoco me depilo, pero esperaba encontrar la zona despejada.
—¿No te gustan los gatos?
—Me encantan. Creo que tienen mucha más personalidad que cualquier animal lampiño. Me encantaría montar una protectora — le contesté siguiendo con su metáfora y me sonrió mientras seguía gimiendo y yo empezaba a jugar con esos rizos. Yo tampoco voy depilado y ella empezó también a tirar de mis pelos con suavidad.
—Acabamos de descubrir otra cosa de nosotros ¿eh? Nos gusta la vegetación salvaje — Dijo ella mientras seguía apretando mis huevos y mi pene con una delicada fuerza, y había conseguido que mi glande saliera de su traje de piel.
—Vámonos arriba, el cloro de la piscina, me irrita mucho el chichi — Me cogió la mano, y protegidos por la luna, subimos los escalones de la piscina, entramos dentro de la casa por la puerta de la cocina, Subimos las escaleras hasta llegar al dormitorio, dejando un reguero de pisadas y agua por todo el corredor.
Al llegar a la habitación, ella encendió la luz, una luz cálida que aportaba una gran carga de sensualidad y confort a la estancia. La ventana estaba abierta con la cortina corrida, dejando pasar un poco de brisa, que refrescaba un poco lo que se estaba convirtiendo en una noche tropical. El calor había conseguido que en apenas unos minutos nuestros cuerpos se secaran.
Nos tumbamos los dos en la cama y nos seguimos besando y acariciando. Ella centrándose en mi torso, yo jugando con los ricitos de su pubis. Se incorporó, abrió un cajón de la mesilla de noche y sacó una caja de condones y un bote de lubricante. Se agachó hacia mí, tiró de mi piel de mi pene hacia atrás dejando el glande brillante a la vista y empezó a lubricarme bien el pene con saliva. Este movimiento me sorprendió y emití un gemido de placer. Sacó uno de los condones de la caja, lo abrió y me lo colocó fácilmente.
Terminé de arrastrar la goma hacia la base, mientras ella abría el bote de lubricante, se untaba una generosa cantidad en sus dedos índice y anular, al mismo tiempo que se ponía de rodillas sobre la cama, separaba un poco las piernas y los introducía dentro de su vagina, más para lubricar la zona que para darse placer, aun así, no pudo evitar un jadeo. Yo seguía acomodando el preservativo y aprovechaba para masturbarme muy lentamente.
- La menopausia me ha dejado la líbido de una adolescente, pero el coño más seco que la mojama - dijo mientras seguía lubricandose la entrada de su cueva que ya se había hinchado.
Se movió hacia mí, y con un hábil movimiento se introdujo mí pene en su vagina, dejándose caer, lo que me provocó un placer que recorrió toda mi espalda. Ahí la tenía, a horcajas sobre mí. Yo tumbado y esa diosa de pelo canoso sentada sobre mi pene. Con sus fabulosos pechos y pezones duros. No sé como será la vista a la entrada al paraíso, pero no distará mucho a las vistas que estaba yo contemplando en esos momentos.
Suavemente, empezó a cabalgar, con calma, aunque las bajadas eran más rápidas que las subidas. Un conjunto de sonidos empezó a salir de nuestras gargantas, gemidos, jadeos, susurros, gritos ahogados.
—Acércate un poco— le imploré y se reclinó sobre mi, dejando sus pechos al alcance de mis labios. Como un náufrago hambriento empecé a comerme esos pechos, y a chupar los pezones. El pecho que quedaba huérfano de mis labios era consolado por mi mano, que aprovechaba para pellizcar muy suavemente el pezón, y apretar el pecho con una fuerza contenida. Mi cabeza y mis manos cambiaban de uno a otro, sin dejarles de prestarles la debida atención.
Sin aviso decidió acelerar el ritmo de la cabalgada. Con la calentura que llevaba, noté como se me estaba erizando el pelo de la nuca, contrayendo las piernas y empecé a levantar la cadera, al mismo tiempo que ella se apoyó hacia atrás y subía cada vez más el ritmo del galope. Si no paraba ese ritmo mi eyaculación llegaría en unos segundos, así que la agarré por las caderas para frenarla, la desplacé hacia un lado sacando mi pene de esa deliciosa cueva, caliente y húmeda. Recobré un poco de fuelle.
—No pares ahora, no pares—dijo casi casi implorando.
Me arrodillé a su lado, y bajé mi cabeza hacia ese coño que casi había conseguido que me corriera. Hundí mi cabeza, y mi lengua empezó a jugar con cada milímetro de esa entrada suculenta, mis dedos tampoco se quedaron quietos y entraban y salían completamente mojados de la combinación del lubricante y de los jugos vaginales que había empezado a segregar.
No había querido meter la cabeza entre sus piernas, ya que así de rodillas podía ver mejor su cara, la forma que tenía de magrearse sus pechos y podía lamer mejor la parte superior de su vagina y su clítoris hinchado. Ahora la que estaba más comprometida era ella. Sus gimoteos y jadeos de cada vez eran más intensos. De cada vez lamía con más fuerza. Cambié mis dedos por mi lengua introduciéndola y sacándola tan rápido como podía.
Estaba concentrado por hacerla llegar al orgasmo cuando sentí que su mano se metía entre mis piernas, y me arrancaba el condón con un rápido movimiento. Tomaba mi pene que no había perdido ni un ápice de la erección que tenía cuando lo había deshecho de su cabalgada. Me masturbaba con fuerza, con rudeza, llegando casi al punto de hacerme daño. Yo estaba tan excitado, que mis huevos no tardaron nada en ponerse duros como una piedra. Ella seguía masturbándome con ímpetu, y yo había bajado un poco el ritmo de mi succión a clitoriana. Cuando quise darme cuenta, sentí que estaba a punto de eyacular.
—¡Me voy a correr!
— Si, si, si —decía ella —-¡Córrete!
Me incorporé un poco y sentí un fuerte orgasmo. Las bonitas sábanas color beige quedaron llenas de manchas. Recuperé un poco el aliento y seguí deleitándome con los flujos que emanaban de su vagina. Sus labios estaban completamente hinchados. Seguí aplicándome en intentar darle el mayor placer posible.
De reojo la veía jugando con sus pechos, pellizcando sus pezones. Mi lengua estaba consiguiendo el objetivo ayudada ahora si por mis dedos. Se movía como si estuviera atada por unas cadenas invisibles, dando fuertes golpes de cadera.
Y pasó. El tiempo se paró, Sofia quedó inmóvil, también dejó de emitir jadeos. No se si fue un segundo, cinco o simplemente una milésima, para romperse con un grito ahogado y un fuerte movimiento de caderas hacia adelante, como si quisiera expulsar un demonio de su cuerpo.
Noté que sus uñas, se clavaban en mi pierna, que estaba cerca de su cara. Un dolor sordo, pero diré que placentero recorrió mi cuerpo. Le miré la cara. Estaba completamente roja, ruborizada, su pecho iba recuperando el aliento y sus respiraciones estaban volviendo más pausadas.
—Joder, Uff, por Dios, que calor — Esta letanía pronunciada con voz entre cortada una y otra vez, hizo que me sintiera muy feliz. Me tumbé a su lado y le atusé el pelo. Ella me sonrió.
Había dejado de entrar el poco aire que se movía en el ambiente, y el calor era agobiante. Como habían anunciado los telediarios se preveía que la noche iba a ser tropical.
(1) Binifadet, es una de las bodegas más importantes de Menorca
(2) Playas nudistas de Mallorca
Espero que este primer relato de nuestras aventuras os haya gustado. Aunque Sofia y yo ya no seamos pareja, seguimos llevandonos muy bien y de tanto en cuando charlamos para ir contando nuestras historias.
En nuestro primer relato os explicamos un poco de nuestra relación:
https://www.todorelatos.com/relato/252664/
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