Xtories

En el cielo se puede acabar

La muerte no fue el final, sino la llave de una suite donde el deseo no tiene reglas. Mauro y Luciana descubren que el cielo es demasiado limpio y el infierno demasiado ardiente, pero juntos encuentran la mezcla perfecta para una eternidad de placer sin límites.

Dolores383.1K vistas7.7· 7 votos

Mauro López tenía treinta y cinco años y una vida que parecía diseñada para terminar de forma ridícula. Medía casi un metro noventa, cuerpo trabajado en el gimnasio tres veces por semana, brazos gruesos de tanto cargar cables y tableros eléctricos, pelo negro corto siempre desprolijo y una barba de tres días que le daba cara de cansado permanente. Vivía solo en un departamento chico en el barrio de Fisherton, Rosario. Las paredes olían a cigarrillo y a la pizza fría que se comía mirando porno hasta las tres de la mañana.

De día era electricista freelance. Trabajaba en obras, arreglaba instalaciones viejas, subía a azoteas peligrosas y cobraba en negro. No tenía novia fija desde hacía más de dos años. La última, Carla, lo había dejado porque “solo pensás en coger”. Y tenía razón. Mauro cogía como si el mundo se fuera a acabar mañana. Cuando tenía plata se bajaba una mina de Tinder o de alguna app, la llevaba al departamento y la reventaba sin piedad. Le gustaba hablar sucio, agarrarlas fuerte del pelo, meterles la pija hasta el fondo de la garganta y llenarles la concha de leche caliente mientras les decía al oído lo puta que eran. La mayoría volvían una o dos veces más, porque Mauro tenía una verga gruesa, venosa y con una cabeza grande que sabía usar muy bien.

Cuando no tenía con quién, se pajeaba como un animal. Se sentaba en el sillón, pantalón bajo, pija dura en la mano, y se cascaba viendo videos donde las minas gritaban mientras las cogían salvaje. Le encantaba el porno argentino casero, el de culos grandes y tetas naturales, y siempre terminaba eyaculando grueso sobre su propia panza, gruñendo como un perro.

Tenía pocos amigos, casi nada de familia cerca y una sola pasión verdadera: el morbo. Soñaba despierto con orgías, con coger en lugares públicos, con romperle el culo a una mina mientras otra le sentaba la concha en la cara. Fantaseaba con ser usado, con usar, con no tener límites. En la vida real nunca había podido vivirlo del todo. Siempre había algo: plata, tiempo, vergüenza, miedo a que lo juzguen.

Esa mañana de mierda había amanecido con la pija dura como hierro. Se había hecho una paja rápida en la ducha pensando en una clienta casada que le había mirado el bulto cuando fue a arreglarle el aire acondicionado. Se vistió con el mismo jean roto de siempre, una remera negra ajustada y salió a laburar al centro. El cartel luminoso del edificio viejo lo esperaba. No sabía que en menos de dos horas iba a estar muerto, con el cráneo destrozado, tirado en una azotea sucia.

Tampoco sabía que la muerte le iba a dar exactamente lo que siempre había querido: una eternidad para coger sin límites, sin culpa y sin final.

Luciana Vargas tenía treinta y dos años y un cuerpo que parecía hecho para volver locos a los hombres. Era de estatura mediana, piel morena clara, pelo castaño oscuro largo y ondulado que le caía por la espalda, tetas firmes y grandes (tamaño 36C naturales) y un culo redondo, carnoso y que llenaba cualquier jean. Trabajaba como diseñadora gráfica desde su departamento en el barrio de Pichincha. Vivía sola, rodeada de plantas, velas aromáticas y un escritorio lleno de pantallas donde pasaba horas retocando logos y publicidades.

Su vida sexual era tan intensa como desordenada. No tenía novio fijo desde hacía un año y medio, pero nunca le faltaba verga. Usaba Tinder, Bumble y alguna que otra app más oscura. Le encantaba salir a tomar algo, elegir un tipo con buena pinta y terminar la noche con la concha destruida. Le gustaba que la cojan fuerte, que le hablen sucio, que le agarren el cuello mientras le meten la pija hasta el fondo. Tenía una debilidad especial porque le coman el culo y le metan dedos mientras la están cogiendo.

En casa era todavía peor. Tenía un cajón lleno de juguetes: dildos gruesos, vibradores, plugs anales y un succionador de clítoris que usaba casi todas las noches. Se sentaba en la cama con las piernas abiertas frente al espejo, se metía un consolador grande y se cogía a sí misma mirando cómo su concha rosada y depilada lo tragaba entero. Gemía fuerte, se pellizcaba las tetas, se daba cachetadas en el culo y terminaba corriéndose a chorros, mojando las sábanas mientras gritaba “¡más fuerte, carajo!” aunque estuviera sola.

Fantaseaba con orgías, con que la usen varios tipos al mismo tiempo, con que la aten y la llenen de leche por todos lados. Le excitaba la idea de que la miren mientras la cogen, de ser la puta de la noche. En la vida real había probado tríos un par de veces y le había encantado, pero siempre quería más. Más sucio. Más salvaje. Más sin límites.

Esa mañana se había levantado con la concha hinchada y mojada. Había dormido con un plug anal chico puesto toda la noche y lo sentía cada vez que se movía. Se duchó, se puso una tanga negra diminuta que apenas le tapaba la rajita, un vestido corto ajustado que le marcaba las tetas y el culo, y salió a la reunión en el centro. Después de terminar el trabajo decidió bajar a buscar un café antes de volver a casa. Iba caminando por la vereda, con el plug todavía adentro, sintiendo cómo le rozaba el culo con cada paso, cuando el destino decidió que ese día iba a morir.

No imaginaba que en pocas horas iba a estar muerta, con el cráneo abierto, tirada en la vereda… ni que la eternidad le iba a dar exactamente lo que más deseaba: pijas y lenguas sin parar, por el resto de la existencia.

En un extraño y estúpido accidente que nadie podría haber previsto, Mauro y Luciana murieron el mismo día, a la misma hora, sin conocerse de nada. Mauro estaba en la azotea de un edificio viejo del centro reparando un cartel luminoso que parpadeaba como si tuviera epilepsia. Luciana pasaba por la vereda de abajo porque había ido a buscar un café después de una reunión. El cartel, mal fijado desde hacía años, se desprendió de golpe con un crujido seco. Cayó como un bloque de metal y vidrio directo sobre la cabeza de Mauro, aplastándolo contra el borde de la azotea. El rebote del impacto hizo que una esquina afilada del cartel saliera volando y le partiera el cráneo a Luciana en la calle, justo debajo. Sangre, gritos, sirenas. Estúpido. Absurdo. No fue tránsito. Fue pura mala suerte cósmica.

Cuando abrieron los ojos, no había túnel de luz blanca ni ángeles con arpas. Estaban en una suite de hotel de lujo que parecía sacada de un catálogo de cinco estrellas en Dubai. Paredes de mármol negro, luces cálidas indirectas, una cama king size con sábanas de seda negra y un ventanal que daba a un paisaje imposible: nubes rosadas flotando sobre un horizonte dorado. Un hombre alto, traje impecable, sonrisa de comercial de autos de alta gama, los esperaba sentado en un sillón de cuero.

—Bienvenidos al tránsito. No es el paraíso ni el infierno todavía. Esto no es la Divina Comedia de Alighieri por lo que tampoco es el purgatorio. Llamémoslo una elección de lugar para vivir, o mejor dicho para seguir muertos. Es la sala de espera premium. Aquí deciden dónde van a vivir para siempre. Pueden visitar ambos lados el tiempo que quieran, quedarse semanas, si les da la gana. Prueban, comparan, eligen. Sin apuro. Sin juicios. Solo experiencias.

Mauro se tocó la cabeza. Ni un moretón. Luciana se miró las manos. Perfectas. Los dos estaban desnudos, pero no les importó. La suite tenía ropa colgada en un perchero: trajes, vestidos, lencería cara. El tipo del traje les dio una tarjeta negra con un logo dorado.

—Usen esto para moverse entre los planos. Y diviértanse. Aquí el morbo no tiene límites. Es parte del paquete. Como una indemnización por ayudar al equilibrio entre los planos existenciales

Se miraron por primera vez en silencio. Mauro era alto, morocho, de hombros anchos y brazos marcados por el trabajo. Su pija, aún flácida por el impacto de la muerte, comenzó a endurecerse lentamente bajo la mirada de ella. Luciana tenía tetas firmes y llenas, un culo redondo y carnoso que invitaba a ser agarrado, y una expresión en el rostro que mezclaba desafío y deseo puro.

Ninguno pronunció un “hola” ni preguntó nombres. El aire de la suite ya estaba cargado.

Luciana dio un paso hacia él, recorriéndole el cuerpo con la vista sin pudor. Sus ojos se detuvieron en la verga que crecía ante ella.

—Mirá cómo se te para… —dijo con voz baja y ronca—. Apenas nos vimos y ya querés cogerme, ¿no?

Mauro tragó saliva, sintiendo cómo la sangre le bajaba rápido. Respondió con la misma crudeza:

—Con esa cara de puta que tenés y ese culo que mueve al caminar, cualquiera se pondría duro. Estamos muertos, linda. No hay por qué disimular.

Ella sonrió de lado, acercándose un poco más. Sus tetas casi rozaban el pecho de él. Levantó la mano y, con lentitud deliberada, pasó las yemas de los dedos por el pecho de Mauro, bajando por el abdomen hasta rozar apenas la base de su verga ya completamente erecta.

—Sos grande… y grueso —murmuró, sin llegar a agarrarla todavía—. Me pregunto cómo se sentirá esa pija abriéndome la concha. ¿Te imaginás metérmela hasta el fondo mientras te miro a los ojos?

Mauro respiró más pesado. Extendió la mano y le acarició la cadera, subiendo lentamente hasta tomar uno de sus pechos con firmeza, apretando la carne suave.

—Te imagino gritando mientras te la entierro. Mojada, caliente, apretándome. Quiero oírte decir lo puta que sos mientras te cojo contra esa pared.

Luciana soltó un gemido suave cuando él le pellizcó el pezón. Se acercó hasta que sus cuerpos se rozaron por completo. Su mano por fin envolvió la verga de Mauro, apretándola con fuerza pero sin moverla todavía.

—Estamos muertos juntos, cari —susurró contra su boca, casi rozando sus labios—. Mejor que nos conozcamos de verdad… Quiero que me uses. Quiero que me rompas.

Mauro no aguantó más. La tomó por la nuca y la besó con hambre, metiéndole la lengua profundamente. Ella respondió con la misma intensidad, mordiéndole el labio inferior mientras su mano comenzaba a masturbarlo con movimientos lentos y firmes.

Sin separar sus bocas, Mauro bajó la otra mano entre las piernas de Luciana. Sus dedos encontraron la concha ya empapada, hinchada y resbaladiza. La acarició con dos dedos, abriéndole los labios mayores, rozando el clítoris hinchado antes de hundirlos lentamente dentro de ella.

—Estás hecha un río —gruñó contra su boca—. Tan mojada que vas a mojar el piso cuando te cojo.

Luciana gimió fuerte y apretó su verga con más fuerza.

—Meteme los dedos más profundos… Así. Imaginate que es tu pija gruesa la que me está abriendo. Quiero sentirte entero.

Él obedeció, follándola con los dedos mientras su pulgar le frotaba el clítoris. Luciana jadeaba contra su cuello, moviendo las caderas contra su mano.

—Cogeme ya, Mauro… —suplicó con voz entrecortada—. No quiero preliminares eternos. Quiero esa verga adentro mío ahora. Clavámela contra el vidrio, como si el mundo entero nos estuviera mirando.

Mauro la levantó por las nalgas con facilidad. La apoyó contra el ventanal frío y, sin más espera, colocó la cabeza gruesa de su verga en la entrada de su concha. Empujó lento al principio, dejando que ella sintiera cómo la abría centímetro a centímetro.

Cuando estuvo completamente enterrado, Luciana soltó un grito de placer y le clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte, hijo de puta… Cogeme como si fuera la última vez… que en realidad lo es.

Mauro comenzó a embestirla con fuerza creciente. Las bolas golpeaban contra su culo con cada empujón, el sonido húmedo de la carne chocando llenaba la suite. Luciana se corrió en pocos minutos, apretándole la pija con contracciones intensas mientras chorros de jugo le corrían por los muslos.

Mauro no se detuvo. La bajó al piso, la puso de rodillas y le metió la verga todavía mojada de su corrida hasta el fondo de la garganta. Luciana la chupó con hambre, saliva cayendo por su barbilla, ojos llorosos de placer. Cuando él se corrió, le llenó la boca de leche espesa y caliente. Ella tragó todo sin desperdiciar una gota y sonrió, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—Bienvenido al más allá, Mauro.

La primera visita fue al Paraíso. La tarjeta los transportó a un jardín infinito de flores que brillaban, fuentes de agua cristalina y cuerpos perfectos caminando desnudos. Ángeles y ángelas con alas blancas, pero sin pudor. Todos follaban al aire libre, en grupos, en parejas, en tríos. El aire olía a sexo y jazmín.

Mauro y Luciana caminaron tomados de la mano, la pija de él semi dura, la concha de ella todavía chorreando del polvo anterior. Una ángela rubia de tetas enormes se acercó.

—¿Quieren probar el paraíso? Aquí todo es placer puro. Sin culpa.

Luciana no dudó. Se tiró al pasto con la ángela y empezaron a besarse, lenguas enredadas, tetas contra tetas. Mauro se puso atrás de la ángela y le metió la verga en el culo mientras ella le comía la concha a Luciana. Los tres gemían como animales. La ángela tenía la concha dulce, casi adictiva. Luciana se corría una y otra vez mientras Mauro le cogía el culo apretado a la otra. Después cambiaron: Mauro se acostó y Luciana se sentó en su pija, cabalgándolo salvajemente, mientras la ángela le sentaba la concha en la cara a Mauro. Él la lamía con ganas, tragando jugo celestial. Se corrieron los tres juntos, leche y chorros por todos lados.

Pero el Paraíso era demasiado perfecto. Demasiado limpio. Demasiado “todo es amor”. Después de tres días de orgías interminables —donde cogieron con ángeles, ángelas, grupos de diez, en piscinas de leche tibia, en nubes suaves— se aburrieron.

—Esto es rico, pero me falta algo sucio —dijo Luciana, limpiándose la concha con una hoja perfumada.

—Vamos al Infierno —respondió Mauro, con la verga todavía dura de tanto coger.

El Infierno era otra cosa. Fuego que no quemaba, sino que calentaba la piel como una caricia caliente. Cuevas de piedra negra iluminadas con antorchas rojas. Demonios y demonias con cuernos, colas y cuerpos hechos para pecar. El olor era a azufre, sudor y concha mojada.

Una demonia de pelo negro largo, tetas enormes con pezones perforados y una cola larga y gruesa los recibió.

—Aquí no hay reglas, mortales. El dolor es placer. La vergüenza es lujuria. Quédense el tiempo que quieran.

Luciana se excitó al instante. La demonia la tiró sobre un altar de piedra caliente y le abrió las piernas. Le metió la cola entera en la concha mientras le chupaba las tetas con fuerza. Mauro miró y se puso detrás de la demonia, le agarró los cuernos como manijas y le metió la verga en el culo hasta las bolas. La demonia rugía de gusto, la cola entraba y salía de la concha de Luciana al ritmo de las embestidas de Mauro. Luciana gritaba:

—¡Más adentro, puta! ¡Cogeme con esa cola de mierda!

Se corrió tan fuerte que salpicó todo el altar. Mauro sacó la pija y se la metió en la boca a Luciana, corriéndose en su garganta mientras la demonia le lamía la concha hinchada.

Después vino lo mejor. En una sala enorme llena de demonios, los ataron a una cruz de hierro caliente. Mauro y Luciana espalda contra espalda, esposados. Los demonios los rodearon. Uno le metió la verga enorme a Luciana en la concha mientras otro le metía otra en la boca. A Mauro le cogían el culo con vergas gruesas y le chupaban la pija al mismo tiempo. El fuego les lamía la piel sin quemar, solo aumentando el placer hasta volverlos locos. Luciana se corría una y otra vez, chorros de concha cayendo al piso de piedra. Mauro eyaculaba sin parar, leche espesa salpicando tetas y caras de demonias que lamían todo.

Pasaron varios días allí. Cogieron en ríos de lava tibia que hacían que las conchas y los culos ardieran de gusto. Participaron en rituales donde los demonios los usaban como juguetes sexuales para cientos. Luciana se dejó coger por diez vergas al mismo tiempo: dos en la concha, una en el culo, dos en la boca, el resto en las manos y entre las tetas. Mauro la miraba mientras una demonia le sentaba la concha en la cara y otra le cogía la pija con el culo. Se corrían gritando insultos, sudados, sucios, felices.

Entre polvo y polvo, hablaban. Desnudos, con la verga de Mauro todavía adentro de la concha de Luciana, moviéndose lento.

—¿Te imaginabas que la muerte iba a ser así de rica? —preguntaba ella, apretándole la pija con los músculos internos.

—Ni en pedo. Pensaba que iba a estar tocándome la pija solo por la eternidad —respondía él, mordiéndole las tetas.

En el Paraíso habían probado el placer limpio. En el Infierno, el placer sucio, prohibido, salvaje. Los dos se dieron cuenta de que querían las dos cosas. Pero sobre todo, querían cogerse entre ellos en cualquier lugar.

Después de semanas de alternar entre el Paraíso y el Infierno, regresaron exhaustos a la suite de tránsito. La tarjeta negra brillaba sobre la mesa de mármol. Se habían duchado juntos, follando bajo el agua caliente una vez más, pero ahora estaban sentados desnudos en la cama king size, con las piernas entrelazadas y la mano de Mauro descansando posesivamente sobre el muslo de Luciana.

Un suave golpe en la puerta los interrumpió. El mismo hombre del traje impecable entró, con su sonrisa profesional y una carpeta negra en la mano.

—Lamento molestar su… recreación —dijo con tono neutro—. Pero ha llegado el momento de formalizar su residencia eterna. No pueden vivir indefinidamente en ambos planos. Deberán elegir uno como hogar principal. Podrán viajar al otro lado una vez al año, durante un período de treinta días que llamamos “vacaciones eternas”. Es la única excepción permitida.

Mauro frunció el ceño y Luciana se incorporó un poco, sin cubrirse.

—¿Y si no queremos elegir? —preguntó ella, aún con la voz ronca de tanto gemir.

—Las reglas del tránsito son claras. Uno como base. El otro como visita anual. Deben decidir ahora.

El hombre dejó la carpeta sobre la cama y desapareció tan silenciosamente como había entrado.

Mauro y Luciana se miraron en silencio durante un largo rato. La pija de Mauro descansaba semierecta sobre su muslo, todavía sensible después de la última corrida. Luciana tenía las tetas marcadas por mordidas recientes y la concha ligeramente hinchada.

—Esto es una mierda —murmuró Mauro, pasándose la mano por la barba de tres días—. Pensé que podíamos tenerlo todo.

Luciana se acercó más a él, apoyando la cabeza en su pecho mientras le acariciaba distraídamente la verga con las yemas de los dedos.

—Analicémoslo con calma. El Paraíso… es hermoso, limpio, perfecto. Orgías suaves, placer puro, sin dolor, sin vergüenza. Allí todo es amor y goce eterno. Las ángelas tienen conchas dulces y culos que se abren como manteca. Podemos coger en nubes, en fuentes de leche tibia, rodeados de cuerpos perfectos que solo quieren dar y recibir placer.

Mauro asintió, recordando.

—Sí, pero después de un tiempo se vuelve… aburrido. Demasiado perfecto. Falta el olor a sudor sucio, el insulto en el oído, el dolor que te hace correrte más fuerte. Allí nadie te dice “puta” mientras te rompe el culo. Todo es “te amo” y “qué hermoso es compartir”. Me aburro rápido de tanto cariño.

Luciana suspiró y apretó suavemente su verga, sintiéndola endurecerse bajo su mano.

—El Infierno, en cambio… es puro fuego. Allí sí nos rompen como animales. Las demonias tienen colas que te llenan hasta el útero, vergas enormes que te destrozan, rituales donde te atan y te usan durante días. El dolor se mezcla con el placer de una forma que te vuelve loco. Me encanta que me insulten, que me escupan, que me llenen de leche hasta que chorree por todos lados. Allí me siento realmente usada… y eso me excita como nada.

Hizo una pausa y miró a Mauro a los ojos.

—Pero también cansa. El azufre quema la nariz después de un tiempo. El fuego constante te deja la piel sensible, y a veces quiero paz. Quiero correrme sin que me peguen, sin que me ahoguen con una verga mientras me tiran del pelo. Quiero un lugar donde pueda cogerte lento, mirándote a los ojos, sin demonios mirando.

Mauro le acarició el pelo ondulado y bajó la mano hasta meterle dos dedos perezosamente en la concha todavía mojada.

—Entonces… ventajas del Paraíso: placer limpio, belleza eterna, orgías sin violencia, descanso para el cuerpo y la mente. Debilidad: se vuelve monótono, le falta suciedad, le falta ese morbo oscuro que nos prende fuego.

Luciana gimió suavemente cuando los dedos de él la penetraron más profundo y continuó:

—Ventajas del Infierno: morbo sin límites, dolor que multiplica el placer, ser usados como juguetes sexuales, orgías salvajes y prohibidas. Debilidad: es agotador, agresivo, y a veces quiero sentirme amada, no solo follada como un animal.

Se quedaron en silencio un rato, masturbándose mutuamente con movimientos lentos mientras pensaban.

Finalmente, Mauro habló con voz grave:

—Yo voto por el Infierno como hogar principal. Quiero tenerte disponible para cogerte salvaje cuando se me antoje, sin reglas. Pero cada año, esas treinta días en el Paraíso… van a ser nuestras vacaciones de lujo. Allí podemos coger suave, descansar, recargar energías y volver al fuego renovados.

Luciana apretó la concha alrededor de sus dedos y sonrió con picardía.

—Me gusta esa idea. Yo también elijo el Infierno como base. Allí soy más yo… más puta, más libre. Pero necesito esas vacaciones en el Paraíso para no volverme loca. Treinta días al año de placer puro, de amor y de cogidas lentas contigo… y el resto del tiempo, que nos rompan el culo y la concha como animales.

Mauro sacó los dedos de ella y se los llevó a la boca, chupándolos con gusto.

—Entonces está decidido. Infierno como residencia permanente. Paraíso una vez al año.

Luciana se subió encima de él, colocándose a horcajadas. Tomó su verga dura y la frotó contra su entrada empapada.

—Sellémoslo como corresponde —susurró, bajando lentamente hasta que él la llenó por completo—. Cogeme ahora pensando en nuestra nueva eternidad… en el fuego y en las nubes.

Mauro la agarró fuerte de las caderas y comenzó a embestirla desde abajo.

—Infierno para siempre… y treinta días de Paraíso cada año. La puta vida eterna perfecta.

Los gemidos volvieron a llenar la suite mientras sellaban su decisión con un polvo profundo y apasionado, sabiendo que, aunque tuvieran que elegir, seguirían teniendo acceso a lo mejor de ambos mundos.

FIN