Xtories

ImPerfect(o) Cap.23 y 24

Lena siempre supo que su vida era diferente, pero nunca imaginó que su decimoctavo cumpleaños la convertiría en el centro de la atención de los hombres más peligrosos de la ciudad. Mientras celebran su adultez entre trajes elegantes y miradas intensas, una simple mirada puede encender la furia de quien cree que ella le pertenece.

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I'mPerfect(o)

El chico que creía en la ley.

La chica que vivía fuera de ella.

CAPÍTULO 23

Esa mañana me desperté con una sensación distinta oprimiéndome el pecho. Una especie de intuición, como si me hubiera venido un eco del pasado que, pese a no haberse producido nunca, podía percibir bajo la piel avisándome de que algo malo iba a pasar.

Hice todas las tareas previstas sin comentar con nadie mis pensamientos y me preparé para el trabajo de la noche, ese que nunca era tan fácil como parecía.

Nils estuvo vomitando durante toda la tarde.

Me acerqué a él y le ofrecí un vaso de agua antes de irme.

—Siento mucho no poder acompañaros, no sé qué mierdas he comido, pero me encuentro fatal.

—No hace falta que lo jures, enano —murmuró Tarek al pasar por su lado.

—No te preocupes, será un trabajo fácil. Lena irá con Aron —ordenó Wolf dejándonos descolocados.

—Es una broma —afirmó Aron, convencido.

Wolf alzó las cejas.

—¿Me caracterizo por ser un bromista? —preguntó mirándolo fijamente.

—Oh, mierda, Wolf, sabes que no trabajo con crías.

—¡No soy una cría! —protesté, molesta.

—Que tengas la regla y te hayan salido tetas no te convierte en mujer.

Fruncí los labios, sintiéndome profundamente herida por el tono que había empleado.

—Tranquilo, Aron —dije alzando la barbilla—. No hace falta que trabajes con una mujer, creo que con que trabajes bien nos conformamos.

Su mandíbula se tensó y vi cómo apretaba los puños, conteniendo esa rabia que le asaltaba a veces.

Wolf nos miró a los dos y puso los ojos en blanco.

—Sé que no sois la pareja del año, pero Aron, déjame que te diga que no engañas a nadie. Te gusta provocar a Lena, pero te importa. Todos nos hemos dado cuenta de que te preocupas por ella cuando crees que nadie te ve.

Aron cogió una gran bocanada de aire y me miró de arriba abajo, decidiendo si valía la pena seguir discutiendo o no.

—Puede que me importe un poco —reconoció de pasada—. Después de todo la has hecho parte del grupo. Pero lo que me fastidia es que parece que aquí todos habéis olvidado lo jodidamente peligroso que es lo que hacemos, no podemos jugárnosla con gente que no está a la altura.

Me crucé de brazos, molesta por todo lo que me hacía sentir sin proponérselo.

—Te prometo una cosa, si en algún momento veo que no estoy a la altura, me pongo de puntillas, ¿te vale con eso? —dije en tono irónico.

Las risas de nuestros compañeros se desataron a nuestro alrededor, pero fue Wolf quien volvió a centrarnos en la misión.

—Bueno, chicos, será mejor que nos vayamos ya si no queremos llegar tarde.

La noche caía sobre el viejo parking subterráneo del centro comercial abandonado de Kottbusser Tor, un lugar húmedo y olvidado, perfecto para las transacciones fáciles.

Me ajusté la capucha de la sudadera y me mordí el labio con fuerza.

—Odio este sitio —murmuró Aron, enfundando las manos en los bolsillos de su cazadora.

—En eso coincidimos —le miré de reojo—. ¿Quién lo iba a decir?

Miré el reloj de mi teléfono, constatando que el receptor debía llegar en cinco minutos, así que aproveché para revisar el contenido de la mochila. La droga estaba escrupulosamente empaquetada en bolsas herméticas, conté cada uno de los paquetes individuales, constatando que no faltaba ninguno.

Desde el fondo del pasillo escuchamos el eco de unos pasos acercándose y alzamos la cabeza al mismo tiempo, oriéntala hacia el sonido.

—Son ellos —murmuró.

Entonces vimos a tres hombres bajar la rampa. No parecían nerviosos, pero por alguna razón me fijé en la sonrisa ladeada del chico que iba en el centro. Recorrí con la vista el lugar, tratando de localizar a nuestros compañeros, pero no les vi y eso me dejó intranquila.

—Veo que hay caras nuevas entre vosotros —dijo mirándome de arriba abajo.

—Eso no te importa —intervino Aron, muy serio—, si has venido con el dinero cerremos esto ya y larguémonos de aquí.

El chico de la derecha avanzó un poco más, se descolgó la mochila que llevaba al hombro y la abrió para mostrar su contenido. Aron no se volvió a mirar, no apartó la vista de los chicos en ningún momento, como si estuviera inmerso en una competición para ver quién aguantaba más tiempo sin parpadear.

Miré dentro de la bolsa, contando rápidamente los fajos de dinero antes de darle mi mochila.

—Ese… ese fajo es falso —dije señalando uno en el interior de la bolsa.

El chico de en medio sonrió por lo bajo.

—Vaya, qué vista más fina… —comentó en tono irónico.

—No hay trato —dijo Aron con rapidez, confiando plenamente en mi palabra.

Seguidamente hizo una señal para advertir a nuestros compañeros de que abortábamos la misión.

—Pues verás, yo creo que sí hay trato —respondió el chico del medio mostrando la culata de un arma bajo su cazadora.

Aron soltó una risita.

—Mierda, te lo creas o no mis instintos me estaban avisando de algo así… ¿realmente estás a la altura, Lena? —me preguntó de repente, ladeándose en mi dirección.

—Por supuesto —respondí sin dudar.

El chico de la izquierda rio y dio un paso más.

—Será mejor que dejéis la mochila en el suelo sin montar un numerito, ¿de acuerdo?

Aron soltó un bufido y alzó las manos, fingiendo ceder a la amenaza, pero no pensaba irse sin más. Dio una patada a una piedra cercana que rebotó contra la pared desconchada, desviando la atención del grupo.

—¡Ahora! —gritó.

Sin pensármelo dos veces me lacé a por el chico de la mochila retorciendo una de sus muñecas y pegándola a la espalda, provocando que su cuerpo cediera hacia delante. Aron golpeó al del medio y forcejeó con él para arrebatarle el arma mientras el tercer hombre se abalanzaba sobre su espalda para tratar de inmovilizarle.

Escuché los alaridos de dolor del chico que tenía retenido, había retorcido tanto su brazo que con cualquier leve movimiento podría partírselo. Le giré la muñeca un grado más y le di una patada en la corva de la rodilla haciéndolo aterrizar sobre el chico que estaba reteniendo a Aron. La inercia del golpe propició que los dos cayeran al suelo.

Aron dio un puñetazo en la cara al chico que tenía el arma y se volvió con rapidez hacia mí.

—¡Lena, agáchate!

Le obedecí instintivamente y él aprovechó el hueco para golpear al tipo que había a mi espalda.

Justo en ese momento, una bocina sonó desde la entrada. El BMW de Wolf apareció derrapando frente a nosotros.

—¡Subid, vamos! —gritó desde el asiento del copiloto mientras apuntaba con un arma por la ventanilla.

Aron tomó mi mano y me instó a correr hacia el coche. Cuando subimos Jax retomó la conducción y salimos a toda prisa del lugar.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Aron mirando hacia atrás, asegurándose que nadie nos seguía.

—Kasper percibió algo raro desde el principio y les tendimos una emboscada antes de que llegaran esos tres con la mochila.

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin entender una sola palabra de lo que había dicho.

—Había miembros de la banda escondidos en el parking, dispuestos a intervenir para robar la mercancía. Les tendimos una trampa antes de que llegarais. No podíamos avisaros sin delatarnos, pero por lo que veo os habéis entendido bien… —observó Wolf girándose en nuestra dirección.

—¿Y qué ha pasado con ellos?

Wolf volvió a girarse hacia atrás.

—Que han pagado las consecuencias.

Fruncí el ceño.

—¿Les habéis matado? —pregunté, sorprendida.

—Ellos se lo han buscado —confirmó volviendo la vista hacia delante.

Me entró un escalofrío tras escuchar esas palabras, pero sorprendentemente no sentí pena, ni dolor, ni siquiera culpabilidad; en realidad esperaba que pasara.

—¿Por qué han querido engañarnos?

—Hay gente que se cree más lista, que nos subestima porque no somos una banda especialmente conflictiva, pero lo que ignoran es que con nosotros no se juega. Hoy les hemos mandado un mensaje.

—Los chicos que nos atacaron… esos tres… ¿ellos también…?

Wolf asintió.

—Tarek y Kasper están ocupándose de ellos ahora mismo.

Desvié la mirada. Debía admitir que todo eso me venía grande, pero no podía decir que no me lo esperara. Wolf había llegado a ser alguien porque sabía jugar bien sus cartas y mantener a raya al resto de jugadores. Para mí era una persona muy inteligente, racional y empática, pero eso no significaba que no pudiera actuar con frialdad si las circunstancias lo requerían.

Emití un suspiro de resignación y me acomodé en el asiento; no quería pensar en nada más. No me di cuenta hasta minutos después de que seguía aferrándome a la mano de Aron con fuerza. Desde que habíamos entrado en el coche no nos habíamos separado y él simplemente se dejó llevar por la necesidad que tenía de sentirme protegida.

Me giré lentamente hacia él y esperé a que me devolviera la mirada. Nuestros ojos se desviaron a nuestras manos unidas al mismo tiempo y sentí un calambre atravesar todo mi cuerpo.

—Al final… —murmuró, casi incómodo—, no has resultado ser tan inútil como pensaba.

Hice serios esfuerzos por contener la risa.

—Y tú… —respondí con media sonrisa sin soltar su mano—, tampoco eres tan imbécil como pareces.

Él soltó una carcajada y negó con la cabeza, divertido.

—Siéntete afortunada, pequeña; eres la primera que me llama imbécil y vive para contarlo.

Le devolví la sonrisa y respiré hondo por primera vez en toda la tarde; en ese momento supe que acabábamos de sellar una alianza.

Mientras el motor del BMW rugía y la ciudad quedaba atrás en un borrón de luces, me di cuenta de que la línea que nos separaba a Aron y a mí había ido difuminándose poco a poco en el transcurso del tiempo hasta borrarse por completo en esa misión suicida. Nuestras manos siguieron unidas, revelando más aprecio que las palabras que empleábamos.

Ya no quedaba ningún obstáculo por saltar, había vencido todas las barreras y encajado en un mundo que me abría un sinfín de oportunidades. Misión tras misión, broma tras broma, herida tras herida… fuimos creciendo, reinventándonos, sobreviviendo. Sin darme cuenta los años pasaron como un parpadeo.

Para cuando quise volver a mirarme en un espejo, me había distanciado por completo de la niña que Wolf había recogido debajo de un puente, esa niña que a duras penas lograba recordar. Iba a cumplir dieciocho años y mi familia no pensaba pasarlo por alto.

Es increíble cómo los pequeños gestos logran conmover… cómo, de pronto, un cumpleaños que nunca había esperado celebrar se convierte en una prueba silenciosa de que he crecido rodeada de algo parecido al amor. Ellos me habían enseñado a pelear, a defenderme, a seguir siempre hacia delante, a no mirar atrás… Pero también me habían dado la lección más valiosa de todas: incluso en los entornos más desestructurados, conviviendo con personas completamente diferentes, hay lugar para amar.

Quería a esos chicos por lo que eran y por todo lo que me hacían sentir. Cada uno de ellos, desde el más serio al más despistado, tenían un lugar preferente en mi corazón. Los veía como algo más de lo que aparentaban; bajo su coraza había almas que sentían, sufrían en silencio y peleaban con todas sus fuerzas.

Así era mi familia: un montón de historias distintas caminando juntas en una misma dirección.

CAPÍTULO 24

En el taller se intuían los nervios, esas conversaciones interrumpidas o las miradas intencionadas que hace la gente cuando quiere esconder un secreto. Los conocía tan bien que, nada más abrir los ojos esa mañana, supe que tramaban algo.

El día transcurrió con normalidad, pero al caer la noche todo cambió.

Estaba acabando de doblar la ropa cuando Jax se acercó a mí y retiró la prenda de mis manos.

Le miré de arriba abajo constatando que se había puesto muy guapo, por lo que deduje que iba a ver a Hanna.

—¿Ocurre algo? —pregunté, dejándome guiar por el interior del taller.

Mi sospecha se evaporó de golpe cuando levanté la vista y vi a todos mis compañeros vestidos con traje y corbata. Los mismos que podían desmontar un coche en quince minutos, vender droga a las afueras de la ciudad y meter miedo con solo alzar una ceja, ahora parecían un catálogo de sastrería outlet.

—¿Qué… qué es todo esto?

Wolf carraspeó, alisándose la chaqueta como si lo hubiese hecho toda la vida.

—Hemos pensado que, para celebrar tu cumpleaños, podríamos llevarte a un buen restaurante y comer todos juntos. Siempre y cuando no te importe ir acompañada de estos ladrones disfrazados de caballeros que llevan media hora peleándose con las corbatas.

No supe qué decir, estaba tan fascinada que no me salían las palabras. Aron se afanó a levantar la mano.

—Para que conste en acta: yo estoy a favor de quemarlas.

Tarek bufó, cansado.

—Lena, convendría que dijeras algo antes de que alguno de nosotros muriera asfixiado por esta puta corbata.

Solté una risita y pasé mi mirada por cada uno de ellos. Jamás los había visto así: tan arreglados, tan… guapos. Con esos trajes oscuros parecían una mezcla entre guardaespaldas de película y mafiosos recién salidos de un anuncio. Las chaquetas les quedaban sorprendentemente bien. Se marcaban sus anchos hombros y los brazos fuertes. Aron estaba espectacular, parecía como si en cualquier momento fuese a reventar el traje.

—Joder, tíos, no sé qué decir… veros así, de negro y tan juntitos… parecéis un código de barras.

Todos empezaron a reír, pero yo era incapaz de seguirles, estaba alucinada.

—Para que no te sientas excluida tenemos un regalo para ti…

Wolf se giró hacia Jax y este apareció con una caja en las manos.

—¿Y eso? —señalé la caja con un dedo.

—Es tu regalo —aclaró Nils—. ¡Vamos, ábrelo!

Sonreí como una tonta y me apresuré a destapar la caja con toda la ilusión del mundo. Dentro había un vestido precioso de color blanco. Algo que llamaba mucho la atención, y más teniendo en cuenta que todos ellos iban vestidos de negro. Lo saqué con cuidado y vi una discreta pedrería adornando el escote y las mangas del vestido. Nunca había tenido nada así y dudaba siquiera que pudiera ponérmelo.

—¡Oh, cielos! —arrugué la nariz—. ¿De quién ha sido la idea? —pregunté ladeándolo y admirando los destellos que la pedrería hacía bajo el fluorescente del taller.

—De todos —se adelantó Kasper—. No había un vestido más bonito en la tienda y teníamos claro que tenía que ser blanco; ese es tu color.

—¿Tú crees? —dije con mofa.

Jax asintió sin dudar y se apresuró a escribir algo en su libreta.

«Tú, ángel».

Recordé esa frase; la dijo el día de mi llegada y no pude evitar sonreír ante ese recuerdo.

Asentí con sincero agradecimiento y obedecí a Nils, que gritó desde la otra punta que moviera el culo y me lo pusiera de una vez.

Entré en el baño y me detuve un momento en mi aspecto. Me lavé, me peiné lo mejor que pude y me puse ese impresionante vestido que realzaba cada curva de mi cuerpo con una claridad increíble. Me sentía prácticamente desnuda, pero no tenía nada que temer, no estaba sola, estaba con un ejército de hombres dispuestos a dar la cara por mí si alguien se atrevía a hacer la más mínima insinuación.

Nunca me sentí tan mujer como en ese momento y debía reconocer que me gustaba esa sensación.

Salí para encontrarme con mis compañeros y sus caras no tenían desperdicio. En ese momento dejaron de hablar; ninguno de ellos creía que debajo de mi ropa habitual pudiera haber realmente una mujer, algunos habían podido intuir algo, pero hasta ese momento no acabé de despejar todas sus dudas. Una parte de mí sentía vergüenza por sentirme tan expuesta, pero otra estaba halagada porque la reacción de mis compañeros indicaba que lo que veían les gustaba.

Wolf sacudió la cabeza de manera cómica y caminó decidido hacia mí. Dobló su brazo en forma de “L” y alzó el mentón, orgulloso.

—¿Preparada? —preguntó con media sonrisa.

En ese momento no vi al Wolf de siempre, vi a un chico increíblemente guapo y atractivo invitándome a cenar y no pude resistirme. Enhebré mi brazo al suyo y dejé que me acompañara.

—Hostia puta, Lena… —Nils me miró de arriba abajo con descaro—. Joder, estás tan buena que me dan ganas de pedirte el número… aunque ya lo tenga.

Aron le dio una colleja sin medir la fuerza.

—¡Cállate, idiota!

—¿Qué? ¡Solo digo lo que todos pensamos! —se quejó Nils mientras Wolf le lanzaba una mirada de advertencia.

—Perfecto —refunfuñó Aron recolocándose la americana con movimientos bruscos—. Si la mitad de los tíos con los que nos crucemos esta noche piensa lo mismo que el retrasado este voy a tener mucho trabajo.

—Pues intenta controlarte, Aron —le recordó Wolf—. Esta es la noche de Lena.

Me giré hacia Aron, que seguía cabreado.

—No te preocupes por mí, no creo que nadie se atreva a mirarme con tanto guardaespaldas y si algo me molesta creo que sabré defenderme yo solita.

Media hora después los coches se detuvieron frente a Rutz, un restaurante conocido por su cocina moderna y sus tres estrellas Michelin. Les miré un segundo para confirmar que realmente íbamos a cenar ahí, y eso parecía, pues las puertas del local se abrieron para nosotros y Wolf se adelantó para confirmar la reserva a la empleada.

—No me puedo creer que estemos aquí… —constaté en un susurro.

—Yo tampoco —secundó Nils—. Por lo que se ve tienen una carta de vinos que es la hostia.

Le miré impresionada.

—¿Vamos a beber vino?

—Hoy cumples dieciocho años, ¿no? —preguntó Wolf, que había escuchado mi pregunta—. Pero sin excesos, no hay que perder las formas…

Me mordí el labio inferior y caminé junto a ellos mientras nos conducían a una sala mucho más amplia. La decoración era minimalista, sobria, y jugaba con una iluminación cálida en lugares estratégicos. No había nada que no me gustara, todo era tan bonito que costaba recordar que nosotros no formábamos parte de todo eso.

Nos sentamos en una gran mesa redonda y, tras el impacto inicial, volvimos a recuperar la confianza y hablar en el tono que nos caracterizaba.

Tarek fue el primero en romper el hielo cuando el camarero dejó las cartas sobre la mesa.

—¿Alguien sabe si aquí tienen menú del día o hay que donar un riñón?

Nos echamos a reír.

—Creo que aquí es mejor venir sin hambre —observó Nils, mirando hacia una de las mesas donde les acababan de servir los platos—. Dios mío, si ese entrecot tiene el tamaño de dos cacahuetes ahogados en salsa verde… ¡menudo atracón!

Kasper golpeó el hombro de Nils.

—Desde luego, no se te puede sacar de casa. A esos platos les llaman delicatessen.

—Di lo que quieras, pero después de aquí me voy a por un Bretzel.

Wolf puso los ojos en blanco.

—En fin, hablemos de otras cosas —puntualizó mirándome a mí—. Lena, ¿qué se siente al ser oficialmente adulta?

Me encogí de hombros.

—Creo que llevo años siéndolo, solo que ahora lo pone en mi Personalauweis [1].

—Es cierto, ahora puedes entrar legalmente en clubs —aportó Tarek guiñándome un ojo—, beber alcohol y…

—Y nada más —interrumpió Wolf dándole un manotazo en el hombro—. No vamos a corromperla más de lo que ya está.

—Creo que Lena ya está curada de espanto. Ha convivido siete años con nosotros y sigue de una pieza; eso tiene más mérito que cumplir dieciocho.

Parpadeé aturdida. ¿Ya habían pasado siete años?

—Es casi como otra vida —enfaticé, alucinada por lo rápido que había pasado el tiempo.

Todos parecieron reflexionar sobre ese hecho hasta que Aron emitió una especie de bufido y chasqueó la lengua con fastidio. Nos giramos en su dirección para prestarle atención.

—¿Y ahora qué pasa? —quise saber.

—No me gusta un pelo cómo te está mirando el tío de la derecha. En realidad no necesito más para romperle la cara…

Wolf se apresuró a detener sus intenciones colocando una mano sobre su brazo.

—Tranquilo, es normal que miren, hasta ahí podemos pasar…

Solté una carcajada.

—¡Madre mía ni que fuerais mis padres!

Nils rio con ganas.

—¿Te imaginas a Aron siendo padre? El niño saldría con mala hostia, tatuajes y la cabeza rapada desde el parto.

No pude evitar reír imaginándome la escena. Aron, por el contrario no parecía estar pasándoselo demasiado bien.

—Pásame esa carta —dijo muy serio—, voy a mirar si hay sopa en el menú, porque no sé si ese idiota va poder comer algo sólido después de que le rompa los dientes.

Volvimos a reír y yo aproveché ese momento para girarme ligeramente en la dirección del chico que había irritado a Aron. Me encontré con su mirada y automáticamente me volví; no podía creer que pese a la cara de pocos amigos de Aron siguiera mirando hacia nuestra mesa.

—Ya está. Esto no es solo descaro, es provocación y, frente a eso, no puedo quedarme de brazos cruzados —sentenció Aron haciendo el intento de ponerse en pie.

Wolf volvió a detenerle y se empleó a fondo para desviar su atención.

—Mira, traen el vino, he pedido el mejor de la casa porque hoy vamos a celebrar el cumpleaños de Lena como es debido.

El camarero llenó nuestras copas y las llevamos al centro de la mesa. No lo dijimos en voz alta, pero esa noche brindamos por nosotros, por lo que éramos fuera de ese restaurante, por haber encontrado un hogar en el que ser nosotros mismos.

Las risas y el buen humor acompañaron toda la velada. Probamos platos de nombres impronunciables, bebimos, reímos, nos hicimos alguna que otra confesión… todo fue perfecto, como un sueño. No recordaba un momento más feliz. Jax me miró con cariño y no le hizo falta escribir para saber justo lo que estaba pensando en ese momento. En ese restaurante demasiado distinguido para nosotros, en un ambiente que no era el nuestro y haciendo un esfuerzo hercúleo por encajar, me demostró que esos pequeños gestos, esas acciones que nadie ve, son hechos que importan y demuestran amor sin palabras.

Sentí una punzada de dolor al recordar a Hanna; el amor de su vida, por la que llevaba años demostrando sentimientos que no eran escuchados y sentí pena por él.

No sería hasta muchos años después que entendería que pena no era el sentimiento predominante, era admiración. Admiración por su forma de amar sin ser visto, por su capacidad de perseverar en silencio sin esperar nada a cambio. Admiraba algo que ignoraba que pudiera sentir y, sin embargo, llegaría un día en el que yo también acabaría amando a ciegas, a destiempo y con toda el alma.

***

Una hora después, Aron fue al servicio y en la salida se encontró al chico que había estado comiéndose a Lena con los ojos desde que habían llegado. Vio la oportunidad y no la dejó escapar, puso una mano en el hombro al chico y, con una confianza exagerada, preguntó:

—Hola, tío, ¿estás bien?

El chico miró a Aron, tratando de adivinar si le conocía de algo o no.

—Sí… —contestó intimidado por su proximidad.

Aron sonrió y le dio un puñetazo en la cara sin previo aviso. El chico se apresuró a cubrir su nariz sin entender lo que había pasado.

—Oh, vaya, tío, perdona —se disculpó Aron con fingida preocupación—, a veces no controlo estos espasmos…

Prácticamente no le dio tiempo a recomponerse que Aron volvió a golpearle en el mismo sitio. Fue un golpe seco, rápido, directo a la nariz. Un reguero de sangre tibia manchó su rostro mientras el chico aullaba de dolor. Aron rebuscó un pañuelo en sus bolsillos.

—Lo siento, de verdad, no puedo controlarlo —le entregó el pañuelo y le dio una palmadita contundente en la espalda—. Aquí no ha pasado nada, ¿verdad? —preguntó en tono amenazante. El chico se apartó de él, todavía desorientado e incrédulo tras lo que acababa de pasar—. Así me gusta, chaval. Sigue con lo tuyo, cabrón —musitó entre dientes.

Aron abandonó el servicio e inspiró profundamente. Se dirigió profundamente satisfecho hacia la mesa con sus compañeros. Mientras se sentaba orgulloso tras lo que acababa de hacer sin levantar sospechas, pensó para sí: “uno menos”.

[1] Documento de identificación.