La Cualidad de la Palabra. 41
Tiene el poder de convertir cualquier deseo en orden y cualquier resistencia en sumisión. Pero cuando la noche cae en Villa Montesinos, la línea entre el placer prohibido y la lealtad familiar se desdibuja, y la verdadera prueba no es dominar a las mujeres, sino retener el corazón de quien realmente ama.
A mitad de mañana Guille tomaba un café en el trabajo, estando en pie al lado de la máquina. Comentaba con un compañero que el café parecía más bueno.
- Es verdad. Parece que han cambiado la marca o la mezcla. - El compañero respondía al mismo tiempo que soplaba sobre el vaso. - Ignoro si es más cara o barata, pero se nota el cambio.
- Pues no sé el precio, y desde luego que hay diferencia.
Era relajante poder hablar de cualquier cosa distinta al trabajo durante unos minutos después de unas horas de concentración. Despejaba la cabeza. En ese momento entraba un mensaje por el móvil. Al reconocer quien se lo enviaba se despidió del compañero con un gesto.
Leyó que don Francisco le ordenaba que le llamara en cuando pudiera. Lo hizo inmediatamente.
- Nada importante, muchacho. Va bien. – Respondió el abuelo. Parecía animado. - Decirte que lo que le hiciste a Teresa funciona. Te lo agradezco.
Guille vio que el salón de juntas estaba vacío y se encerró ahí para poder hablar cómodamente ya que su despacho quedaba en otra planta. Dedicó unos minutos a explicar el porqué del comportamiento de esa mujer.
- Ya veo. Después de veinte años. – Murmuró don Francisco y ya habló con voz normal. - Lo que me parecía que era un juego de una mujer joven que follaba con todas las pollas que veía, en realidad estaba encoñada conmigo o de mi dinero.
Hubo una breve pausa en la que Guille simplemente esperaba que el abuelo continuara hablando. Estaba seguro que sabía de esa mujer que pretendía su dinero y el apellido.
- Nunca hablamos de mantener una relación ni nada que se le parezca. Además, creo recordar que a la vez que estaba conmigo, sin necesidad de la Cualidad, salía con el director de las galerías del puerto, que estaba casado. Y, aunque de esto no estoy seguro, también estuvo varias veces con tu padre.
- ¡Caramba con la señora! Y también con papá.
- Sí. Pero el comportamiento debe venir de familia porque su hermano era igual. Y, yo no lo vi, pero se dice que en una fiesta de disfraces y haciendo cómo que no se reconocían al cubrirse con máscaras, follaron como locos en medio de otras parejas que hacían lo mismo.
- ¡Vaya! ¿Y la señora Marina?
- Si se enteró, que seguro que sí, nada podía decir porque estuvo conmigo en un pabellón al otro lado del jardín, y con al menos tres más esa tarde en esa fiesta que duró dos noches, allá en el caserío de Alberitela.
Guille asintió. Ponía voz solemne al afirmar.
- Abuelo. Nunca iré a esas fiestas.
Ambos recordaron la fiesta en el Golfo Pérsico. Ninguno la mencionó.
- Ya me he dado cuenta de eso. Y es tu opción. - Respondió como si eso fuera una contrariedad. – Bien muchacho. Sigue con la Cualidad. No la descuides. – Recordó: - ¡Ah! Tu abuela te espera para comer. No le falles. Sé puntual.
Asintió algo molesto. Como tenían invitados debía acudir a la mansión a comer con ellos. Debía arreglarlo para no tener que volver a la oficina por la tarde.
Esa tarde, Berta estaba un poco chafada de ánimos, y Guille supuso que era por falta de hierro o la proximidad de los exámenes. Con la intención de animarla se puso hablar sobre lo que podrían hacer ese verano.
- Cariño. Te quiero. - Interrumpió Berta. - Pero creo que voy a echar una siesta. ¿Me llamas en una hora?
- Bien. Los exámenes empiezan el jueves.
- No. Mañana. Dos asignaturas lo han adelantado. Y lo que para muchos compañeros es un fastidio Realmente para mí es un alivio. - Y justificó su opinión. - No hago más que repasar todo una y otra vez. Ya quiero quitármelo de encima.
- Comprendo.
- ¿Dedicarás un rato al trabajo?
- No. Es lo bueno de ser el jefe. - Sonrió. - Lo he arreglado para tener libre esta tarde.
La acompañó a la habitación. La ayudó a acostarse colaborando en quitarle la ropa. Al quedar con solamente las bragas con un brazo se protegía el pecho evitando así que Guille intentara nada. El amante esposo la ayudó a ponerse una camiseta de manga corta a modo de pijama.
- ¿Te pongo el pantalón?
- No hace falta. Así estoy bien. No pasaré frío.
Guille abrió la ropa de cama para que se tumbara. Con la esposa ya acostada el dio un beso fugaz en los labios y murmuró:
- Descansa cariño. Una hora.
Berta cerró los ojos murmurando que le amaba.
Caminando despacio se dirigía al gabinete, pero estando la puerta abierta escuchó la voz de su "tía" Marina hablando de otros miembros de la familia, comentando a qué se dedicaban y cómo les iba. Se le quitaron las ganas de verlos. Como calzaba zapatillas deportivas decidió dar una vuelta fuera de la casa, aunque hiciera calor. La otra opción sería encerrarse en un despacho y trabajar un rato, algo de lo que no tenía ganas en ese momento. No se acordaba de la piscina.
Bajó al garaje decidiendo que saldría al lateral del edificio y se acercaría al bosque pequeño. Recordó que hubo un problema sobre unos árboles, y sintió curiosidad de averiguar si los habían podado o arrancado. La vez anterior como estuvo con Raquel no se fijó. Sonrió al recordar:
“Que me la chupara dos veces me despistó”.
Al pasar por el garaje se sorprendió al encontrarse con Raquel ahí mismo cuando la suponía en la piscina. La muchacha vestía el bikini y llevaba una toalla entorno de su cintura. Calzaba unas sandalias. Como ya estaba condicionada por la Cualidad se mostró amable.
- ¡Hola! Estaba mirando el súper coche del tío Francisco. Ya me lo mostraste el otro día, pero no había forma de recordarlo.
Claro que no lo recordaba, pensó Guille. Era una orden, no algo que sucediera realmente.
- Bien. Yo no le daría importancia. Por otro lado, si quitas que tiene unos pocos detalles extra es un coche normal. – Sonreía al proponer: - Puedes subir si quieres.
- ¿Conducirlo? ¡No! No me atrevo. – Raquel malinterpretaba la propuesta. - Es grande y muy caro.
- Me refiero atrás. – Aclaró Guille sonriendo. Abrió la puerta trasera más cercana. - En el lugar de las señoras. - Empleó la Cualidad para ordenar que subiera. – Sube y verás que cómodo es. Lo disfrutarás.
Raquel pasó a la cabina y frotó la tapicería con las manos. Se sentó mejor apoyando la espalda.
- ¡Es muy cómodo!
- ¿Le has dicho a alguien que venías aquí?
- No. Hablaban con los abuelos de sus cosas cuando me asomé. Solamente saludé diciendo hasta luego. Besé a los tíos. Deben pensar que estoy paseando por el bosque y cuando el sol no apriete tanto, en la piscina. Saben que me gusta.
- Bien. Cuenta más cosas. El por qué y todo eso.
- El bosque es tranquilo y aprovecho para pensar en mi novio. Le echo de menos. Y también añoro sus caricias. Ayer me hice un dedo estando sentada bajo un árbol, y ya puedo regresar a la pesadez de la familia.
Parece que además de lo que le ordenó el otro día, ya solía hacerlo por su cuenta.
- Comprendo. Te parecemos pesados.
- Sí, perdona. No entiendo lo de tener que vestirse y maquillarse correctamente para cenar en casa. Allá en Madrid tía Amparo y en contra de lo que dice mi tía Teresa, me caía bien, pero aquí con sus normas es... ridículo. Y teniendo en cuenta que realmente no es una Cifuentes ni Montesinos.
- Parece que tu tía te habla mucho de doña Amparo.
- Sí. Me ha contado sus diabluras de joven. De que estando ya casada se ha follado a muchos y una vez por lo menos hasta tres tíos a la vez. Ha tenido que ir dos veces a Londres para abortar porque no estaba segura de quién era el padre.
Guille se estaba enfadando contra su "tía" Teresa.
- Bien. Escucha Raquel. – Ordenó con la Cualidad. - Pon en duda esas habladurías porque ahora conoces a doña Amparo, toda una dama, y no te puedes creer que fuera así. Que todo parece que es mentira ideada por quien la envidia. Llegas a la conclusión de que el enfado y las calumnias son porque tu tío Francisco escogió a Amparo en lugar de a Teresa para casarse.
- No sabía eso. – Admitió Raquel.
- Ya veo.
Le contó la intención de su tía y que don Francisco prefirió a doña Amparo. Por eso el enfado. Luego ordenó que había llegado a esa conclusión ella sola.
Guille ya se relajó. Por fin daba las órdenes correctas para arreglar la situación con su querida abuela. Ahora era el momento de divertirse.
- ¿Hacerte un dedo es meterlo por el coño o frotar?
- Frotar.
- Bien. Lo vas hacer ahora.
Le ordenó que pensara que estaba con el novio. Que le gustaría hacer cosas muy sabrosas con él. Y que todo lo que iba a pasar en el coche se creería que era imaginado mientras se masturbaba aprovechando que estaba sola en el garaje.
Raquel retiraba la braga del bikini a un lado, pero Guille le ordenó que se la quitara así podría vérselo. Momento que aprovechó para poner la toalla cubriendo el asiento.
- Estarás más cómoda. Y quiero verte el coño.
- Bien.
Ya sentada comenzó a pajearse. Sus dedos recorrieron todo el coño antes de centrarse en el clítoris. Lanzó un gemido mostrando que lo pasaba bien. Murmuró:
- Hoy hay algo. ¡Lo noto! Será más fuerte.
Guille sonrió. Claro que lo pasaría mejor que con una simple paja debajo un árbol.
Le ordenó que se sacara las tetas del sujetador, porque, aunque pequeñas le apetecía verle los pezones. Raquel cogió la tela del bikini y tiró a los lados descubriéndolas, mostrando unos pezones duros. Así sujetas por la tela parecían más grandes.
Alargó la mano y dio un suave pellizco a uno. La chica gimió.
Al poco dio más órdenes.
- Bien Raquel, preciosa, piensa que te giras sobre tu novio y se la chupas un rato. - Se bajó el pantalón mostrando el ya erecto pene. - Hazlo ahora que estás convencida que te gustará saborearla y darle placer a tu novio.
Raquel así lo hizo, y comenzó a chuparle la polla cómo fuera aleccionada el otro día.
Le cogió la polla, pasó la lengua por el glande y la metió en la boca. Guille admitió que lo hacía bien.
- Bien. Muy bien, nena. Siéntate sobre mí dándome la espalda y métete mi polla por el coño. Vamos a follar mientras te imaginas que estás con tu novio y te alivias metiéndote varios dedos. Lo vas a disfrutar.
Esa postura le venía muy bien para acariciarle las tetas. Pequeñas y agradables al tacto. Retiró del todo el sujetador para que no molestase dejándola totalmente desnuda. Contorneada figura de bonitas caderas. Piel tostada.
Pasando sus manos por debajo de los brazos de Raquel le daba apretones en las tetas o las empujaba a los lados. Pronto esos pezones se pusieron más duros resultando más agradable la caricia.
Raquel murmuraba el nombre de su novio elogiando lo bien que se lo hacía. Comentó:
- Hoy la tienes menos cabezona, pero más larga. ¡Me gusta!
Diferencias anatómicas con las que nada se podía hacer.
- Sí, te gusta esta diferencia y lo disfrutas en esta fantasía. Pero también estás deseando que sea realmente tu novio quien te folle. – Repitió: - Ahora te gustaría estar con él.
Estuvieron follando en esa posición durante unos minutos en los que Raquel lanzaba unos gemidos que más parecía que se quejaba. Mientras que Guille lo pasaba bien. Sus manos no estaban quietas ya que abrazando a la muchacha alcanzabas sus tetas para acariciarlas. O bien, se agarraba a ese culo que subía y bajaba delante de él.
- Bien. Te vas a correr en diez. Vas a tener un buen orgasmo. Uno de los mejores que has tenido. – Ordenó entre jadeos. - ¡Lástima que el polvo sea imaginado! Acaríciate el coño mientras. Cuenta despacio.
Guille intentó, mediante unos tirones, de recolocar la toalla para que no se manchara el asiento del vehículo. No pudo moverla.
Raquel se corría, quedando abrazada al asiento delantero.
Cambió de opinión, continuaban follando.
- Vamos por otro. Quieres continuar. Emplea los dedos sobre tu coño. Disfruta. Notas que me falta poco. – Concretó. - Que a tu novio le falta poco, y te pone muy caliente. Tienes otro orgasmo en diez. Cuenta.
Raquel gritó su gozo. Lo estaba pasando muy bien.
- ¡Oh! ¡Qué bien!
- Vale. Ahora sabes que me falta poco, pero no quieres que me corra en tu coño. No estando en el coche y carecer de higiene adecuada. Por lo que te retiras. Usa la toalla para limpiarte el coño que lo tienes chorreando.
Raquel era muy obediente.
- Y ahora dame una mamada. Quieres notar mi descarga de semen en la boca. Lo estás deseando. Desde un tiempo que no puedes precisar te gusta chupar el pene de tu novio.
Tras restregarse el coño con la toalla para retirar las babas, se abalanzó sobre el pene y lo llevó a la boca.
Guille se corrió disfrutando de esa boca y la juguetona lengua que le lamía el meato.
Raquel murmuró el nombre de su novio mientras removía con la lengua el semen que todavía retenía en la boca para saborearla.
- Nena. Lo has hecho muy bien. Vas a tener a tu novio muy contento. Mira. Cuando puedas le cuentas el pajote que te has hecho pensando en él. ¿Le has contado algo así antes?
- No. Nunca. No me gusta.
- Vale. Bien. Entonces no lo hagas.
Raquel volvía a pasarse el extremo de la toalla por el coño, se limpiaba. Lanzaba leves gemidos que no quedaba claro si eran de placer o molestia.
- Bien. Te dejo aquí. - Dijo Guille. - Estarás segura que esperaste a que me fuera para hacerte las pajas pensando en tu novio. Dos casi seguidas. En cuanto salga, esperas un minuto. Limpias esto un poco dejando las ventanillas bajadas para que se vaya el olor a sexo. Luego vas a la ducha de la piscina para refrescarte y ya haces lo que quieras. ¡Ah! En la ducha de la piscina bebe agua para enjuagarte bien la boca y te frotas bien la cara.
Iba a salir cuando recordó que no atendía el negocio familiar y que podría arruinarse en el futuro. Regresó para "aconsejarla" que debía interesarse más en el trabajo y contribuir a la prosperidad del negocio.
- También debes fijarte si ese Luis realmente te quiere o solamente va por una vida cómoda como gerente en la empresa familiar. Y obrar en consecuencia.
- Sí. Así lo haré. Si es un vago le daré pasaporte. - Y añadió de su cosecha. - Pero será después de follar dos o tres veces este verano.
- Cómo quieras.
Guille sonrió mientras pensaba que a Raquel ya le gustaba follar.
Guille dio un corto paseo por el cercano bosque. Era agradable escuchar el rumor de las ramas mecidas por el viento allá arriba. El canto de las torcaces. Y le pareció ver una ardilla. ¿Las había? Debía preguntarlo a Soriano. Sí, era agradable el paseo. Y le gustaría un poco más si hubiera algo de viento al nivel del suelo, pero con tantas ramas llenas de hojas eso era casi imposible. Al poco miró la hora comprobando que faltaban unos minutos para despertar a Berta. Fue a buscarla.
- ¡Qué bien he descansado! Lo necesitaba. - Berta regresaba de lavarse la cara en el baño. Iba descalza y solamente vestía unas bragas. Se estaba poniendo el sujetador. - ¿Tú que has hecho?
- Nada especial. He ido a ver los coches en el garaje y pasear por el bosque pequeño. Me equivoqué ya que si bien hay sombras entre los árboles no hay apenas viento, pasé calor.
- ¿Los coches?
- Sí. Me parecía que el mío estaba rayado un lateral, pero no es así. ¡Qué alivio! – Cómo si no lo recordara hasta ese momento o no fuera importante, añadió: - Me encontré con esa… Raquel, no se comportó tan tonta como otras veces.
- Mejor.
- Sí. Realmente fue mejor.
Guille la abrazó e intentó besarla. Berta aceptó un corto beso sin dejar que su esposo se “animara” demasiado.
- No puede ser, cariño. – Se pasó una mano por el vientre. – Además, no tenemos tiempo.
- No nos esperan. Pero podemos ir. Eso le gustará a la abuela.
Había visto el gesto de Berta en su vientre recordó los nervios adelantaron la menstruación, y, sintiéndose egoísta, no insistió.
Berta se quedó dudando al mirar el vestidor.
- Pensaba ponerme vaqueros, camiseta y sandalias para ir con la familia, pero en solidaridad con la abuela me pondré un vestido y zapatos. ¿Qué opinas?
- Que no me pondré un traje, pero sí me cambiaré. Nada de vaqueros ni zapatillas. Pienso que tienes una buena idea.
Berta miró la hora.
- Bueno pues no lo retrasemos. Debemos ir. Ya sabes, pronto la abuela pedirá el café de la tarde.
- Vale. Eres una tirana.
- Y tú, un sátiro.
Ya con otra ropa fueron a tomar el café con la familia. Así se enteraron que los Sempere se marchaban al día siguiente. Y Berta casi se pone a dar saltos de alegría al librarse de esa gente, sobre todo de una mujer que tanto importunaba a su querida abuela. Estando centrada en los estudios no se había dado cuenta del cambio de talante de esa señora.
- Gracias por vuestra hospitalidad. - Dijo el tío Julio sonriendo a doña Amparo. - Espero que vayáis pronto por Madrid y vengáis unos días a casa. Os recibiremos con los brazos abiertos.
A su lado Marina asentía también sonriendo.
La sirvienta Martina se ocupaba de acercar una bandeja con las tazas llenas de café. En la misma bandeja había una jarrita con leche y un tarrito con varios tipos de azúcar. Desde un lateral de la puerta al pasillo, doña Paula observaba a todo el mundo y parecía esconder un arma con la que defender a los señores de la casa ante unos forajidos.
En un aparte don Francisco pidió a Guille que un proyecto de los descartados unos días antes, que trataba sobre la restauración de un edificio que fuera una comisaría, lo dejara aparcado por el momento. Tenían que hablarlo más despacio.
- ¿Qué tiene de interesante ese edificio? – Dudó al recordar algunos datos. - Creo que se llama Aguilar. Es antiguo y da nombre a una calle. Al ser declarado histórico poco se puede adaptar para algo moderno. – En su opinión solo servía para una cosa y no era su negocio. - No nos dedicamos al alquiler de apartamentos.
- Tiene valor sentimental. Ya lo hablaremos en otro momento. Y nunca lo menciones delante de tu abuela.
Guille recordó que antes de ser una comisaría fue un colegio. Quizás el abuelo fuera ahí de crío.
Esa noche visitó a Teresa. Hizo que se la chupara mientras tenía un consolador en el culo y se acariciaba el coño. Se corrieron a la vez.
- ¡Sigue! – Ordenó llenándole la boca de semen. – No dejes de chupar. Trágalo todo.
No pudo empalmarse, todavía llevaba el cansancio de haber follado esa tarde con Raquel.
Antes de retirarse a su habitación renovó la orden que había sido un sueño.
- Y recuerda: no debes molestar ni hablar mal de doña Amparo Espuela. Jamás. Cuando vuelvas a esta casa seguirás las normas.
Salió al pasillo y encontró a tía Marina. Disimuló preguntando qué hacía.
- Pues tengo ganas de beber un vaso de leche, pero no sé si encontraré la cocina.
- Te acompaño.
La mujer se puso a hablar sobre que Guille ya no era un crío y contó algunas trivialidades que sirvieron para reír.
Ya en la cocina Guille sintió morbo por verla desnuda y empleó la cualidad. Obediente a la Cualidad, tía Marina se desnudó. El cuerpo de esa mujer, acusando que ya tenía casi cincuenta años y no hacía ejercicio ni dieta, tenía algo de sobre peso. Llevaba el coño totalmente rasurado mostrando la raja vertical de los labios mayores totalmente cerrada. Sus tetas, algo gordas y de pezones oscuros estaban un poco caídas.
Guille se animó. Ordenó que se apoyara en la mesa y se la metió al coño desde atrás. Fue cuando Marina soltó una revelación:
- ¡Oh, sí! La tienes como tu padre.
- Vale. Follaste mucho con él.
- ¡Ojalá! Unas dos o tres veces.
- ¿Dónde?
- Una en mi casa. ¡Oh! Te lo contaré todo, muchacho, pero no te pares. ¡Así, así! Dame fuerte. – Y ya contó más. - La otra fue durante una fiesta en Lugo, ¿O en Santiago? De la primera nunca lo olvidaré, hizo que me corriera tres veces sin sacarla. ¡Una máquina!
Se dispuso a emularlo.
Media hora follando y Marina se había corrido tres veces.
- Para por favor. Me matas. No puedo más.
- Vale. – Dijo retirándose. Se sentía bien. – Ahora prepárate vas a chupármela hasta que me corra.
- ¿Qué? Bueno. Bueno.
Con tanto ejercicio la verdad es que tenía ganas terminar y acostarse. Se corrió pronto.
- Vale, ya tienes tu trago de leche. Enjuágate la boca y a dormir.
Tía Marina se movía como una sonámbula.
Guille estaba cansado. Sonreía. En pocas horas había follado con las tres mujeres de la familia Sempere.
A mitad de mañana del día siguiente el coche de la villa Montesinos se alejaba en dirección al aeropuerto. Se llevaba a la familia Sempere al completo. Don Francisco suspiró aliviado mientras que doña Amparo murmuraba que todos habían sobrevivido. No había cadáveres.
- No pienso ir a visitarles, jamás. - Dijo serio don Francisco.
- Ya se verá. – Respondió doña Amparo. – Seguramente no será el año que viene, pero sí al siguiente. Recuerda que somos familia.
- Espero tardar mucho en volver a verlos. – Murmuró Guille e inmediatamente añadió: - Me marcho a la oficina. – Dio un beso a la abuela y casi salió corriendo. – Ya nos veremos.
Aquel medio día Berta había concluido tres exámenes, le quedaban dos para el día siguiente y ya terminaría con los diez de ese curso. Se mostraba relajada.
Guille lo arregló para poder comer todos juntos en villa Montesinos. Antes fueron a saludar a los abuelos al gabinete donde ya les esperaban.
- ¡Qué cambiadas estás, hija mía! – Dijo doña Amparo al incorporarse en el asiento para darse un beso. - Tu rostro está más fresco, despejado.
- Sí abuela. No sé las notas todavía, pero es un alivio que ya me haya librado de ese tostón. Los exámenes de mañana son más fáciles.
Doña Amparo continuó con los elogios.
- Seguro que te parecen fáciles porque estás bien preparada.
A su lado Guille pensaba que para él no fue tan traumático los exámenes del último curso, claro que disponía de la tranquilidad de poder pedir revisión de examen y con la Cualidad mejorar la nota a su antojo. Algo que no hizo falta ya que sus notas fueron aceptables tirando a buenas.
Berta pidió unos minutos para cambiarse, no quería entrar en el comedor vistiendo vaqueros y doña Antonia le dedicó una sonrisa.
- Gracias, hija mía. Es medio día, puedes ir como quieras.
Entraron en el comedor dirigiéndose a la mesa redonda que otra vez estaba cerca de la ventana. Berta continuaba hablando sobre el cansancio de los estudios.
Don Francisco, que las seguía inmediatamente detrás, le recordó a Berta:
- Niña. La vida fuera de las aulas es más dura.
Llegaron a la mesa y los hombres movieron las sillas de las mujeres al sentarse. Berta ya respondió.
- Pues la verdad, teniéndote a ti como guía y a Guille como soporte me resulta más fácil.
- ¿Y yo, hija mía? – Doña Amparo sonreía al preguntar. - ¿Nada dices de mí?
Berta le dedicó la mejor de sus sonrisas al responder.
- Abuela. Tus abrazos son mi puerto, tu sonrisa mi faro que me guía al sosiego. Eres un ángel y estar a tu lado es comparable con el paraíso.
El silencio ante esa declaración fue roto por don Francisco.
- Niña. Deja los negocios y dedícate a la poesía.
- ¡No! Por favor, no. – Se quejó Guille con ganas de reír. - Es muy cursi. No sacaría ni para comprar pipas.
Berta hizo un gesto con la cara burlándose de su esposo. Éste le contestó con algo similar.
La abuela protestó sin dejar de sonreír:
- ¡Niños! Esos modales. Qué estamos en la mesa.
Don Francisco escondió su humor en un gruñido.
Las sirvientas Paula y Elena intentaban no reír mientras servían el primer plato.
- ¡Fideos con champiñones! – Dijo entusiasmada Berta. Miró agradecida a las sirvientas y luego a la abuela - Me gusta esta sopa.
- Fue nuestra querida Natalia quien lo propuso. – Explicó la abuela sonriendo. - Sabía que ibas a tener una mañana dura.
- Luego bajaré a darle un beso.
- Hija mía. Se marcha en media hora. – Avisó doña Amparo, y añadió sonriendo. – Puedes emplear ahora el teléfono.
Guille casi gritó:
- ¡Ah! ¡Un precedente!
Aquella mirada de doña Amparo ponía límites a su nieto.
Al día siguiente, Guille estaba en una reunión de trabajo en Mundo Globo cuando recibió un mensaje de don Francisco. Atenderle tenía preferencia. Pidió disculpas a los compañeros y salió un momento al pasillo.
Así se enteró que quien fuera alumna de ese colegio en el edificio Aguilar era doña Amparo. Según don Francisco tenía gratos recuerdos de ese lugar.
- Compra el edificio y que vuelva a ser un colegio.
- ¡Abuelo! – Guille se sorprendió por esa orden. Dudaba de si se trataba de una prueba. - Tu primera lección fue decirme que con los sentimentalismos no se gana dinero.
- Cierto. Pero quiero ver sonreír a mi Amparito.
Pues iba en serio
- Vale, abuelo. El edificio será de ella. Me ocuparé que un arquitecto lo reconvierta en escuela. Se hará lo que digas.
- Eso quería oír. Mi esposa nada debe saber hasta el día de la inauguración del colegio.
- Sí, jefe.
Regresó a la reunión pensando que el abuelo se estaba haciendo un blando sentimental. Se detuvo frente la puerta de la sala de reuniones. No le gustaba pensar así. Todo lo que tenía, realmente lo debía al abuelo. Todo. Debía ser más respetuoso, y si se trataba de un regalo a su querida abuela con mucho más motivo. Quizá lo mantuviera a su nombre unos años y luego lo vendiera. Ya se vería.
Sin moverse de la puerta y mediante el teléfono, ordenó a Ana, la secretaria, que recuperase la documentación del edificio Aguilar, que hiciera una copia y lo llevara a Planificación para que lo estudiaran en Nuevos Proyectos.
- Se trata de que vuelva a ser un colegio.
Ana Barranco. La secretaria que sustituía a Viver en vacaciones y que posiblemente quedara fija en ese puesto, creía haber entendido mal.
- Perdone, don Guillermo. ¿Ha dicho un colegio?
- Sí. Es un capricho del viejo.
Berta se presentó en Mundo Globo poco antes de que Guille saliera a comer. De hecho, en ese momento estaba recogiendo la mesa y desconectando el ordenador. Algo que se aseguraba de hacer desde lo sucedido en la fábrica de recambios para vehículos.
- Hola, cariño. ¡Qué sorpresa! ¿Vienes a trabajar? Se entra a las ocho, no a la una.
Berta se apoyaba con una mano en la puerta al despacho.
- Vengo a que me invites a comer.
- ¿Que te invite? ¡Nena, no me digas que te has gastado toda tu asignación!
Berta se sorprendió ante esa pregunta de su esposo, pero reponiéndose rápidamente continuó con la broma.
- Sí, cariño. Necesitaba medias nuevas.
Se subió un poco el vestido mostrando las piernas un poco por encima de las rodillas, y que siendo verano no llevaba medias. Se trataba de una ropa adecuada para ir por la calle, incluso a la universidad, pero no en la dirección en una empresa de negocios. Consistía en un vestido fresco, de verano sin mangas, complementado con sandalias, y un bolso que más parecía una cesta playera. Llevaba el pelo recogido con unos prendedores.
- Vale, pues te invito a un perrito caliente con patatas y una gaseosa. En el chiringuito de la esquina.
- ¿Qué? Bueno, de momento vale, pero esta noche me llevas a un lugar bonito. Y ya puedes ir buscándome un buen sillón y mesa en esta casa. ¡He aprobado!
- ¡Bien! Avisaré a personal que la bacante de fregona ya está cubierta.
Mientras hablaban se iban acercado hasta quedar tan próximos que casi se tocaban.
- Puedes decirles también que no compren trapos que emplearé tu pellejo. Guille la abrazó. Se besaron. Inmediatamente Berta se retiró mirando alrededor. Se ruborizaba ante esa muestra de cariño en el lugar de trabajo. Guille también miró, sin darle tanta importancia. La secretaria había salido un momento.
- Has aprobado. ¡Bien!
- Sí, ocho con seis de media.
- Felicidades, cariño. Esta noche podemos ir a cenar. Dedica unos días a descansar que has estado muy concentrada y nerviosa.
Fueron a comer al sitio donde Guille solía hacerlo. No fue de perrito caliente y una gaseosa.
Por la tarde fueron a la villa a descansar y cambiarse de ropa. Avisaron a la abuela que salían a celebrar las notas de Berta.
- Volveremos tarde.
- Bien. Hijos míos, que os divirtáis.
Doña Amparo acababa de llegar del club de golf, tan apenas si se había cambiado de calzado faltando más de una hora para la cena. Desde la butaca que solía sentarse miró a la pareja que permanecía en el sofá. Hablaban mediante cuchicheos. Vio que Berta estaba radiante, descansada, y se alegró. Le caía bien esa muchacha. Estaba segura que no tardaría en ser la señora de Montesinos. Se corrigió. Llevaban unos años viviendo juntos. Berta era la señora de Montesinos por derecho propio.
Fueron a cenar a lo que un siglo atrás fuera un molino de aceite, reconvertido en restaurante. El dueño no se calentó la cabeza buscando un nombre: Almazara. Luego fueron a una sala de fiestas a bailar. Con la ropa que vestían era más adecuado que ir a una discoteca. Tomaron unos refrescos porque no quisieron alcohol, Guille debía conducir, y Berta por acto solidario.
No era muy tarde cuando bajaron del coche aparcado en el garaje de la villa, Berta todavía tarareaba la última melodía que bailaron abrazados y a veces se movía al compás. Guille la cogió de la cintura mientras esperaban el ascensor. Berta continuaba moviéndose y frotando su cuerpo contra el de su esposo.
El cuerpo de Guille reaccionó, imposible no hacerlo ante semejante beldad, y Berta, al notarlo, se frotaba con más ganas y deseo.
- Te mueves muy bien.
- ¿Sí? – Sus ojos brillaron, y la sonrisa era pícara. - Eso ya me lo dirás luego.
Guille la empujó suavemente dentro de la cabina, tenía la intención de besarla, pero Berta se retiró un paso, se levantó la falda del vestido, cogió los laterales de las bragas y se las bajó casi de un tirón hasta las rodillas. Las retiró por los pies sin quitarse los zapatos. Se trataba de una prenda pequeña, de poca tela, sin llegar a ser un tanga, y de color champagne. Hizo una bola con ellas y las dejó en un bolsillo de la chaqueta de su esposo.
- Perdona, cariño. No llevo mi mochila.
Le recordaba aquellas veces que iba a visitarlo a la casa en los Nopales antes de ser pareja, con la excusa de estudiar.
- Están bien ahí.
Por fin se besaron.
El trayecto desde el ascensor a la habitación no es largo, pero tardaron más de lo normal en recorrerlo porque estaban más entretenidos en besarse que en caminar. Además, una mano de Guille estaba por debajo de la falda del vestido acariciando ese culito, la cual no molestaba cuando, entre beso y beso Berta tarareaba esa canción y se movía frotando su cuerpo contra el de Guille.
- Hoy tienes el culito más suave y calentito.
- ¡Oh! Creo que peligra mi culito.
- Sólo si te va bien. Esta noche será cómo quieras.
Después de otra refregada de su pubis contra el bulto del pantalón preguntó juguetona:
- Creo que tienes más ganas que hace un ratito.
- Por favor, cariño. Deja de martirizarme y vamos ya a la habitación para amarnos. Te necesito, estoy desesperado por amarte.
Berta volvió a restregar su intimidad sobre el bulto de Guille.
- Sí. Noto tu desesperación.
- Ahora verás.
La cogió en brazos y así caminó raudo a la habitación. En esa postura no le sujetaba el vuelo de la falda por lo que su intimidad quedaba expuesta. No les importó. A esa hora se supone que el servicio no está en la casa y los abuelos se habían retirado hacía mucho a su habitación.
La joven pareja no vio que la puerta del gabinete se abría lo suficiente para que doña Amparo les mirase risueña. Se abrió un poco más y don Francisco también miró. Puso una mano en la cintura de su esposa.
- No les molestemos. - Pidió la mujer.
- Vale.
- Tampoco le mires el culo a tu nieta. - Ordenó empujándole a un lado.
- Vale. Vale.
Don Francisco cerró despacio la puerta intentando no hacer ruido. Murmuró:
- La historia se repite.
- ¡Ah! Veo que te acuerdas.
Algo de color cubrió las mejillas de doña Amparo. Hacía mucho tiempo, siendo solteros todavía. De hecho, doña Amparo hacía poco que cumplió los diecisiete, que se movía de forma similar ante don Francisco.
- Jamás podría olvidar a mi Terpsícore favorita.
- ¿La musa? No sabía que hubiera musas del rock.
- Come on, baby light my fire.
En esos días los jóvenes de Zamalca escuchaban rock americano. En este caso del grupo The doors.
Doña Amparo llevó una mano a la cabeza de don Francisco, removiendo el poco pelo y canoso que todavía quedaba.
- Mi hermoso Morrison…
Las bocas se juntaron y sus corazones no bailaron Rock and roll, pero sí una melodía armoniosamente celestial.
Don Francisco volvió a asomarse al pasillo. Ya estaba libre. Empujó a su esposa en dirección a la habitación. Antes de llegar e imitando, no a los jóvenes de poco antes, pero sí cuando ellos lo fueron, levantó el vestido de Amparito y acarició su culo por encima de las bragas.
- De cada día estás más hermosa.
Doña Amparo, que si bien se dejó acariciar vigilaba la escalera y la puerta de la habitación de los chicos temerosa de ser descubiertos, sonrió al decir:
- Gracias Paquito, por esa mentira.
- Pues te diré una gran verdad: - Los ojos de Amparito brillaban esperando la respuesta. - Te amo.
En una cercana habitación, el matrimonio más joven tampoco bailó rock. Guille desabrochó su pantalón dejando de la gravedad lo desplazase hasta los tobillos, se bajó los calzones de un tirón, levantó el vestido de su esposa y aprisionándola contra la puerta del vestidor la poseyó.
- Sí, mi bestia bruta. ¡Así!
Animó Berta al sentirse penetrada y que casi sus pies no tocaban el suelo al ser sujetada por Guille. Además, alzó una pierna con la que abrazó la cintura de su esposo.
La penetración no era profunda.
Estuvieron unos minutos amándose en pie hasta que, sin llegar a correrse, sí apaciguaron su fuego interno. Se separaron para terminar de desnudarse.
- Casi me cuelgas de la pared como un cuadro. ¡Bruto!
- Casi me derrites la polla en ese horno.
Ya desnudos volvieron a las caricias. Paso a paso fueron a la cama y Guille colocó a su esposa arrodillada con el culo alzado.
Berta, recordando lo que hablaron en el pasillo poco antes, preguntó:
- ¿Estás en plan guarrete?
- Ahora lo verás.
Se la metió por la vagina de un empujón.
- ¡Ah! ¡Bruto! ¡Me vas a romper!
La verdad es que, si bien estaba dispuesta a dar a su marido lo que pidiera, se alegraba por esa elección. Lo disfrutaba más.
Al poco los dos jadeaban su gozo.
- ¡Uf! Cariño, sigue. Lo tengo cerca. Sí.
- Adelante, nena. Yo aún no.
Guille llevó los dedos por debajo de la cintura de Berta y alcanzó el sexo. Fue fácil encontrar el clítoris, tan voluminoso que se puede decir que salió al encuentro. Entre follar y las caricias Berta gimió su orgasmo.
- ¡Ag! ¡Cariño! ¡Uhm! ¡Mermelada!
Perdió el ritmo y su vagina se contraía en la oleada de placer. Tuvo que apoyar la frente en el colchón. Pidió.
- ¡Para! No me acaricies más, que me matas.
Guille se retiró. La empujó para que quedase bocarriba. Le separó las piernas y pidió continuar mientras miraba tanto su rostro, que mostraba el placer conseguido, como su sexo chorreante de flujo orgásmico.
- Bien, nena. ¿Seguimos?
- ¡Sí, ven! Lléname de polla y de leche.
Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos en no metérsela de un empujón. Aunque poco a poco, y con la polla ya metida a tope fue acelerando el vaivén.
- ¡Así, cariño! – Animaba Berta. - ¡Ah! Folla a tu ritmo. – Se ofrecía como otras veces. - Disfruta de mi cuerpo. Soy tuya. ¡Uf! Fóllame a tu ritmo. Como más te guste.
Unos minutos más tarde de delicioso movimiento Guille notaba que le faltaba poco. Iba a decirlo cuando Berta se adelantó.
- ¡Ah! Lo tengo cerca. Muy cerca. ¡Sigue!
Y tan cerca. Se corrieron casi a la vez. Berta dijo que era en ese momento, y Guille se descargó aumentando el placer de ese orgasmo.
- ¡Mermelada de fresa!
Casi una hora más tarde Guille pidió a su esposa que le dejara descansar un poco, que necesitaba reponerse.
- Es que eso de pillarme contra la pared me ha puesto burra. ¿Cuántas veces te has corrido? ¿Tres? Veamos ni de pie ni desde atrás te corriste. Pero sí a lo misionero o como se llame cuando estás encima. Luego…
- Cuando me exprimías cabalgándome.
Berta abrió mucho los ojos para exagerar su asombro. Le dio un pellizco en una tetilla.
- ¿Te estás quejando?
- No. ¿Y tú, nena? ¿Cuántas veces?
- Diría que cien. Y veamos, la tercera te corriste con esa mamada que creo que he disfrutado yo más que tú.
- Seguro. Me sentía morir. Te traigo un vaso de agua.
No hizo falta el agua. Permanecieron abrazados en esa postura que tanto le gustaba a Berta. Guille de vez en cuando la besaba en la cabeza, hasta que propuso si quería continuar con el juego. Berta no contestó y Guille se dio cuenta que dormía.
- Mi diosa. – Murmuró enamorado. - Apasionada, preciosa, inteligente, culta... enumerar tus cualidades me llevaría toda la noche. Descansa.
Supuso que estaba más cansada del esfuerzo en los exámenes de esos días que en amarse tan apasionadamente esa noche.
Sonó el despertador horas más tarde y Guille estuvo tentado de arrojarlo por la ventana.
- ¡Enemigo cruel! - Se quejó frotándose la cara con una mano mientras con la otra buscaba el despertador que continuaba sonando, no lo atrapó hasta que abrió los ojos. - ¡Atacas a traición! Aprovechando que duermo.
- ¡Buenos días!
La voz de Berta sonó cantarina. Se movió enérgica. Parecía que había dormido muy bien. Se levantó de un salto y así descubrió que no se había lavado la noche anterior. Un pegote blanquecino le resbalaba por el muslo.
- ¡Vaya! Ayer mi marido me llenó el coño con su leche. - Se giró a Guille para ordenar. - ¡Venga! Levántate, nos lavamos un poco, desayunamos y a correr. Que ayer cenamos mucho.
Guille se defendió argumentando:
- Ayer quemamos muchas calorías.
- Con lo fuerte que eres por las noches y lo quejica que te vuelves por las mañanas. - Y ordenó imperiosa: - ¡Vamos!
Ya se vestían cuando Berta, riendo recordó la frase de Guille poco antes, al despertar. Añadió:
- Sí que es traidor ese reloj, siempre nos pilla durmiendo.
- ¿Lo ves?
Como solían hacer entre semana, bajaron a la cocina a desayunar, encontrándose con Elena, la menuda sirvienta. En una mano sujetaba un paño y en la otra una taza, parecía que tomaba café al mismo tiempo que limpiaba la mesa.
- Hola. Buenos días.
- Buenos días, señora Elena.
- Buenos días señores. Estoy preparando café. – Señaló la cafetera que estaba al fuego. - Supongo que lo quieren como siempre, con leche y unas tostadas.
- Sí, gracias. - Respondió Berta. Y era ella quien preparaba las tazas en la mesa. - Pongo una taza para usted.
- Gracias, no es necesario. – Mostró la taza que empleaba.
Guille ya se ocupaba de la tostadora. Preguntó:
- ¿Señora, quiere tostadas?
- No, gracias, señor. Pero si me permite sí tomaré un poco más de café, solo.
Acercó una taza que ya empleaba mientras explicaba que en la cafetera anterior quedaba muy poco.
- Señora Elena. - Ofreció Guille. - Ya sabe que puede tomar todo el que le apetezca.
Después de correr intentaron entrar a la casa por la puerta principal, y en contra de lo que esperaban todavía estaba cerrada. Les extrañó, pero simplemente fueron hasta el lateral para entrar por la cocina.
Encontraron que estaba Martina ocupándose de guardar el encargo de la comida del día. Preguntaron sobre la puerta cerrada.
- Perdón señor. Es mi culpa. Debí abrir al no estar todavía Paula aquí. Perdón. – Repitió y añadió el motivo del olvido. - Me descuidé con la recepción de la comida encargada para hoy.
Berta se interesó qué ocurría con el Ama.
- Pues no lo sé, señora. Perdone. – Dejó de atender la entrega para hablar con la señora. - No ha llamado avisando por el retraso. Y es muy raro, aunque espero que no sea nada. – Añadió aparentando preocupada al mostrar su teléfono. - Tampoco contesta mis llamadas.
- Sí. Esperemos que nada sea. Y no se preocupe por la puerta ya la abrimos nosotros al salir, que no tardaremos.
No recordaba que saldrían por el garaje.
Se detuvo para preguntar antes de abandonar la cocina.
- ¿Dónde está la señora Elena?
- Ha subido el desayuno a los señores.
Pensó que era temprano para los abuelos. Quizás tenían intención de salir de visita.
Ya en Mundo Globo, Berta estuvo mirando nuevas inversiones durante casi toda la mañana. Continuamente rechazaba proyectos que le parecían quimeras o el bajo beneficio no compensaba la inversión por el tiempo de espera. Desalentada volvió a investigar sobre los revisados antes de los exámenes encontrando el del avión todavía pendiente de capital. Lo leyó con más detenimiento. No lo encontraba lógico. Se construía grande para ahorrar viajes, pero gastaba mucho combustible y la tripulación debía ser el doble. En realidad, se trataba de dos aviones en uno.
- En verdad es que no se reducen gastos. Solamente un piloto en lugar de dos. Veamos los de aeropuerto.
Faltando poco para ir a comer lo desechó definitivamente.
- Son pocos los aeropuertos donde tiene pista suficiente para despegar. Necesita más ruedas que se desgastan a la vez al aterrizar. Con la envergadura de esas alas no se puede acercar a los “fingers”, y se tiene que hacer muchos más viajes en autocar al haber el doble de pasajeros.
Encontraba demasiados problemas, aunque se bajaran los precios de los pasajes.
- Eso si conseguimos llenarlo.
Guille se acercó a su mesa.
- Hola, nena. ¿Vamos a comer?
Berta asintió. Al poco, conforme bajaban en el ascensor, en el que casualmente iban solos, se le ocurrió decir:
- Que no se entere mi jefe, pero hoy no he conseguido nada positivo en todo el tiempo.
- Tranquila. No puede despedirte por la sencilla razón que todavía no estás en nómina.
Berta se asombró sin decir nada. Por lo que Guille continuó.
- Cariño, no has pasado por personal para firmar el contrato.
- Ni se me había ocurrido. ¿Por qué no me han llamado?
- Puede que no sepan que estás aquí.
- Vale. Luego voy.
- Bueno. Pues mira, ahora, para comer puedes emplear esto como servilleta, si quieres.
Le entregó una bola de tela. Que Berta, solamente por el color ya supo que eran sus bragas del día anterior.
- ¿Las has llevado en el bolsillo todo el tiempo?
Guille respondió con una sonrisa.
- Y dime... ¿Cuántas veces las has olido, guarrete?
- Yo no hago esas cosas.
Ambos sonreían mientras Berta las guardaba en el bolso.
Estaban en el restaurante cuando Guille planteó.
- Cariño dentro de poco es tu cumpleaños y no sé qué regalarte.
- También fue el tuyo hace una semana y nada te regalé. Estamos a mano. - Sonrió al decir: – Además. Superados los dieciocho las mujeres dejamos de cumplir años hasta transcurridos cincuenta años o... cuando nos interesa acordarnos.
- Vale. De acuerdo cariño. Pero yo sí quiero mi regalo. Quiero muchos besos.
Ya se sonreían.
- De acuerdo. Te daré un millón al llegar a casa.
- ¡Pues vaya! – Fingió quejarse. – Además de esperar, son pocos.
Ya en la villa se enteraron que doña Paula, el ama de llaves, se cayó por la escalera del edificio donde vive, nada grave, pero en la radiografía aparecieron unas manchas en los huesos. No se podía operar porque los tenía muy blandos. La curación debía ser natural y por lo tanto llevaría mucho más tiempo.
- Pobre señora.
- Espero que se recupere.
Don Francisco ordenó a Guille que acudiera a su despacho. Allí estuvieron hablando sobre el edificio Aguilar. El abuelo le pidió que fuera a explorarlo cuando los arquitectos hicieran el estudio de viabilidad.
- Necesito que recuperes un tesoro que perteneció a tu abuela, mi Amparito.
¿Tesoro? Sintió curiosidad.
Cuando Guille se enteró del posible contenido del tesoro dio su palabra en buscarlo y conseguirlo.
- Te lo traeré.
Una tarde, doña Amparo y Berta fueron a ver a la señora Paula al hospital.
- Señoras. No tenían que haberse molestado.
La mujer, aunque informada con mucha antelación de la visita parecía apurada. Estando en la cama se cubría con la bata, pensaba que estar solamente con el camisón era incorrecto ya que se trasparentaba el sujetador.
Con un gesto, Paula ordenaba a su hijo que cediera el asiento a la señora más mayor. Aquel no le entendió y se lo ordenó con voz imperiosa. El chico, de unos diecisiete años, corrió a moverse.
Aunque se trataba de visitar a una empleada las señoras se habían vestido como si se tratase de una dama en su casa. Avisaron que solamente sería un ratito porque no querían molestar ya que suponían que debía estar muy incómoda por el dolor.
- Les agradezco su interés.
Hablaron durante unos minutos en el que Paula mostró que tenía miedo por su enfermedad. Decidió dejar de servir en la villa.
- Me retiro, señoras. Mis huesos no aguantan lo que deben. Cuántas más roturas será peor. Debo evitar pesos y escaleras.
- Siento escuchar eso, señora. - Doña Amparo hablaba solemne. - En villa Montesinos estamos muy contentos por su trabajo. La vamos a echar de menos. Y en confianza… ¿Podemos hacer algo por usted?
- Pues… perdonen mi egoísmo.
Habló de su hija Nerea, su edad, su último trabajo.
- Don Guillermo ya la ayudó dándole trabajo en Barcelona. Y, bueno, me gustaría que la contrataran el tiempo suficiente para que vean si les agrada en villa Montesinos. Y, bueno... eso. - Tomó aire y lanzó un suspiro. - Otra cosa señoras... es decisión de ustedes, por supuesto, pero creo que Juliana haría bien el papel de ama de llaves. Conoce sobradamente la casa y las rutinas.
Doña Amparo miró un instante a Berta, la cual asintió. Le tocaba hablar como actual señora de Montesinos.
- Señora Paula, tendremos en cuenta sus palabras a la hora de decidir sobre la futura disposición del personal. Usted solamente debe preocuparse en sanar y disfrutar de su merecido descanso junto su familia.
Doña Paula hizo un gesto de difícil interpretación.
Doña Amparo dedujo que se pasaban los efectos del calmante y todavía tardaría para el siguiente. Disimuladamente hizo una seña a su nieta y al poco se marcharon.
Conducía Berta de regreso a Villa Montesinos cuando preguntó a su abuela.
- Todavía te acuerdas de las señas del Cic.
- Sí, hija mía. De algo. Durante un tiempo las practiqué con una amiga que se marchó a Madrid. - Sonrió al añadir. - Creía equivocarme.
- No, abuela. Fue correcta. - Propuso: - ¿Practicamos?
- No. No. Que no me acuerdo de más. Creo que ha sido casualidad hacerla bien.
Sin mediar palabra las dos recordaron aquella vez en casa de los padres de Berta que hizo sonar la taza pidiendo calma a la muchacha.
Continúa en
- Relato #252967— title-regex: contiguous parts (40 -> 41)
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