El repartidor de Uber 1
La puerta se abre y el aire cambia. No es solo la comida lo que llega a su casa esta noche, sino un joven que no pide permiso, sino que toma lo que quiere. Con su marido roncando al fondo, María descubre que el riesgo de ser vista es la mejor excusa para perder el control.
María tenía 32 años y llevaba seis casada con Carlos. Por fuera era la esposa modelo del barrio: pelo castaño oscuro que solía llevar suelto o recogido en una coleta alta, ojos marrones grandes y dulces, sonrisa tímida y un cuerpo curvy que no conseguía esconder del todo. Sus tetas eran grandes y naturales, talla 95D, pesadas y con pezones oscuros y anchos que se marcaban con facilidad. Tenía la cintura estrecha pero con esa suavidad propia de su edad, caderas anchas y un culo redondo, firme y prominente que temblaba ligeramente al caminar. Entre las piernas conservaba un vello negro espeso y natural que solo recortaba un poco; nunca se había atrevido a quitárselo del todo. A Carlos le gustaba así… aunque últimamente casi ni la tocaba.
Esa noche de jueves Carlos se había quedado dormido en el sofá del salón viendo una serie, roncando con la boca abierta. María había llegado tarde del trabajo y tenía hambre de verdad. Abrió la app y pidió un kebab grande con patatas y refresco. Mientras esperaba, se quitó los vaqueros y se quedó solo con una camiseta oversize blanca de tirantes finos, sin sujetador. La tela fina se le pegaba a las tetas y marcaba claramente sus pezones. Debajo llevaba unas braguitas de algodón azul claro. Se miró al espejo del pasillo, sonrojándose un poco. “Solo es el repartidor”, se dijo, nerviosa.
A las 23:47 sonó el timbre. María se puso una bata fina de satén negro por encima, pero no se la abrochó del todo. Abrió la puerta con el corazón acelerado.
Delante de ella estaba Ahmed, un chico de solo 19 años. Alto, piel morena clara, barba incipiente bien cuidada, ojos negros intensos y un cuerpo fuerte y marcado para su edad. Llevaba la camiseta ajustada del uniforme pegada al pecho por el sudor y pantalones negros. Olía a moto, a sudor joven y a especias.
—Buenas noches, guapa… —dijo con una sonrisa chula, recorriéndola descaradamente de arriba abajo—. Kebab grande, patatas y Coca-Cola, ¿no?
María se sonrojó intensamente y bajó la mirada.
—Sí… gracias —murmuró casi en un susurro, cogiendo la bolsa. Al hacerlo, la bata se le abrió más y la camiseta se le subió por detrás, dejando ver la parte baja de su culo redondo y las braguitas azules clavadas entre las nalgas.
Ahmed soltó una risita arrogante y se mordió el labio.
—Joder… qué vistas más ricas me das, señora. Tienes un culo que te cagas.
María se puso roja como un tomate y tiró de la bata para taparse, muerta de vergüenza.
—Son 13,90 € —dijo él, sin apartar la mirada de sus tetas, que se movían libres bajo la tela fina.
María buscó el monedero con las manos temblorosas. Al agacharse, la camiseta se le subió del todo, mostrando casi entero su culo maduro y firme. Ahmed silbó bajito.
—Hostia… qué buena estás. Y eso que eres casada, ¿no? —dijo con chulería, señalando con la cabeza hacia el salón donde se oían los ronquidos de Carlos.
Cuando María le dio el dinero, sus dedos se rozaron. Ella apartó la mano rápidamente, avergonzada.
—Quédate con el cambio… —susurró sin mirarle a los ojos.
Ahmed sonrió con superioridad y dio un paso hacia dentro.
—Con el cambio no me conformo, siñora… —dijo cerrando la puerta detrás de él sin pedir permiso—. Una tía como tú seguro que tiene una propina mucho mejor para un chaval como yo.
María retrocedió un paso, nerviosa y con el corazón latiéndole a mil.
—Yo… no sé… mi marido está ahí… —balbuceó, roja de vergüenza.
Pero Ahmed ya la tenía contra la encimera de la cocina. La besó con fuerza, metiendo la lengua con descaro mientras le subía la camiseta y agarraba sus tetas grandes con las dos manos.
—Qué tetas más ricas y grandes tienes… —gruñó contra su boca, pellizcándole los pezones duros—. Estás cachonda, ¿eh? Se te nota.
María gemía bajito, temblando de vergüenza y excitación. Ahmed le bajó las braguitas hasta los muslos de un tirón y sacó su polla gruesa y venosa, ya durísima.
—Por favor… rápido… —suplicó María en voz baja, muerta de miedo y excitación al mismo tiempo.
Ahmed la giró, la inclinó sobre la encimera y la penetró de un empujón. María soltó un gemido ahogado y se tapó la boca con la mano. El chico de 19 años empezó a follarla con fuerza pero controlando el volumen, agarrándola de las caderas anchas. Sus tetas grandes rebotaban contra la encimera con cada embestida.
—Qué coño más apretado y caliente… —gruñó Ahmed con chulería—. Estás casada y te mojas como una perra por una polla joven… qué viciosa eres.
María se corrió en menos de un minuto, temblando entera y mordiéndose el brazo para no gritar. Cuando notó que Ahmed estaba a punto, susurró avergonzada y jadeante:
—Por favor… no dentro… acaba en mi boca… para no manchar…
Ahmed soltó una risita arrogante y la sacó. La giró, la empujó de rodillas y le metió la polla hasta el fondo de la garganta.
—Así me gusta… tragándotela toda como una buena zorra casada.
Se corrió con fuerza, soltando chorros espesos y calientes de semen joven directamente en su boca. María tragó como pudo, con lágrimas de vergüenza en los ojos, sintiendo el sabor fuerte y salado. Parte le chorreó por la barbilla y cayó sobre sus tetas grandes.
Ahmed se limpió rápido, se subió los pantalones y le dio una palmada en el culo.
—Buena propina, señora. La mejor de la noche —dijo con una sonrisa chula—. Si quieres que te traiga algo más… ya sabes dónde encontrarme.
Salió sin hacer ruido.
María se quedó arrodillada en la cocina, con el sabor del semen del repartidor de 19 años todavía en la boca, el coño palpitando y las braguitas en los tobillos. Se limpió como pudo, se subió las braguitas y se sentó a comer el kebab con las piernas temblando y la cara ardiendo de vergüenza.
A las 00:25 recibió un mensaje:
Ahmed: ¿Todo correcto con el pedido, guapa? 😈 La próxima vez te cobro más propina…
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