La primera vez que no pude resistirme
Laura se duerme enseguida, dejando a Sofía sola en el salón. Pero no está sola: Enrique, el padre de Laura, baja con una mirada que no admite réplicas. En menos de una hora, la chica aplicada dejará de ser ella para convertirse en lo que él ordene.
Sofía llegó a casa de Laura sobre las seis y media de la tarde, nerviosa y con la mochila colgando del hombro. Tenía 19 años, era rubia natural con flequillo recto, ojos azules grandes e inocentes y una cara de muñeca que la hacía parecer aún más joven. Medía solo 1,58 y su cuerpo era pequeño pero deliciosamente curvy: tetas firmes y redondas de 90C, cintura estrecha y un culo redondo, respingón y suave que se marcaba con cualquier prenda. Esa tarde llevaba una camiseta fina de tirantes y pantalones cortos de algodón gris.
Laura la recibió en pijama, bostezando.
—Estoy muerta, Sofi… Me voy a dormir ya. Si necesitas ayuda, mi padre está en el despacho.
En menos de veinte minutos, Laura ya dormía profundamente.
Sofía estaba concentrada en el portátil cuando Enrique bajó. Tenía 58 años, era alto (1,90), corpulento y de presencia imponente, con pelo blanco plateado y gafas de montura fina. Sus hombros anchos y sus manos grandes transmitían autoridad.
—Siéntate recta —dijo con voz grave y firme nada más entrar al salón.
Sofía se enderezó inmediatamente, sonrojada. Enrique se sentó a su lado, muy cerca, y empezó a explicarle la parte complicada del trabajo. Su voz era calmada pero autoritaria. Mientras hablaba, su mano grande descansaba sobre el respaldo del sofá, rozando de vez en cuando el hombro de ella.
—Eres una chica muy aplicada… pero también muy distraída —comentó de repente, mirándola fijamente—. ¿Por qué te pones tan nerviosa cuando estoy cerca?
Sofía bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.
—No… no sé… —susurró.
Enrique sonrió con superioridad. Sin pedir permiso, le levantó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo.
—Cuando te hablo, me miras a los ojos —ordenó con tono suave pero firme.
Luego, sin avisar, la besó. Fue un beso dominante, posesivo. Su lengua entró en la boca de Sofía sin pedir permiso. Ella gimió bajito, temblando, pero no se apartó. Enrique la besaba como si tuviera todo el derecho del mundo.
—Buena chica —murmuró contra sus labios.
La levantó sin esfuerzo y la sentó sobre sus piernas. Le subió la camiseta despacio, descubriendo sus tetas firmes y redondas.
—Qué tetas más bonitas… —dijo, agarrándolas con sus manos grandes y apretando—. Son mías ahora.
Sofía jadeó, muerta de vergüenza y excitación. Enrique bajó la cabeza y chupó sus pezones rosados con fuerza, mordiendo lo justo para hacerla gemir. Luego, con voz grave y autoritaria, ordenó:
—Quítate los pantalones y las braguitas. Ahora.
Sofía obedeció con manos temblorosas. Se quedó completamente desnuda de cintura para abajo. Enrique la miró con deseo y satisfacción.
—Buena chica —repitió—. Ahora ponte a cuatro patas en el sofá.
Sofía, roja de vergüenza, se colocó a cuatro patas, con el culo en pompa. Enrique se colocó detrás y le separó las nalgas con sus manos grandes y fuertes.
—Mírate… qué coñito y qué culito más bonitos tienes —dijo con voz ronca—. Hoy voy a probar todo lo que es mío.
Sofía escondió la cara entre los cojines, muerta de vergüenza.
—Por favor… don Enrique… —suplicó bajito.
—Shhh. Calladita —ordenó él.
Y entonces hundió la cara entre sus nalgas.
Empezó lamiendo su coño desde atrás, con lengua larga y firme, saboreando sus jugos. Sofía gemía contra el sofá. Pero Enrique no se detuvo ahí. Subió lentamente y pasó la lengua por su ano virgen, pequeño y rosado. Sofía se tensó entera.
—¡Ah! Ahí no… por favor… —suplicó, avergonzada.
Enrique le dio un cachete firme en el culo.
—He dicho que calladita. Todo esto es mío esta noche.
Y siguió. Lamió su coño y su ano alternativamente, metiendo la lengua en ambos agujeros con dedicación. Chupaba, succionaba, lamía todo sin prisa. El sonido húmedo de su lengua llenaba el salón. Sofía temblaba de vergüenza y placer, nunca nadie le había hecho algo así. Se sentía sucia, expuesta y completamente dominada.
—Qué rico sabe tu culito… —gruñó Enrique, metiendo la lengua más profundo en su ano mientras le metía dos dedos gruesos en el coño.
Sofía se corrió con fuerza, gimiendo contra los cojines, con las piernas temblando sin control.
Enrique se incorporó, se desabrochó los pantalones y sacó su polla gruesa, venosa y pesada. Sin decir nada, la penetró de un solo empujón en el coño. Sofía soltó un gemido largo.
—Así… toma mi polla —gruñó él, follándola con ritmo fuerte y dominante, agarrándola fuerte de las caderas.
Cambió de postura varias veces, siempre controlando el ritmo. La puso de lado, luego otra vez a cuatro patas, follándola cada vez más profundo. Sus tetas firmes se balanceaban con cada embestida.
Cuando estuvo a punto de correrse, la sacó, la giró y le metió la polla en la boca.
—Chúpala. Trágatelo todo —ordenó.
Sofía obedeció, chupando con lágrimas en los ojos. Enrique se corrió con un gruñido grave, llenándole la boca de semen espeso y caliente. Ella tragó todo lo que pudo.
Después, Enrique la abrazó contra su pecho, acariciándole el pelo con calma.
—Buena chica —susurró—. Esto solo acaba de empezar. La próxima vez te voy a follar ese culito virgen también.
Sofía, todavía temblando y con el sabor de su semen en la boca, solo pudo susurrar:
—Sí… don Enrique…
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