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Soy Laura, una ninfa ninfómana - Parte 4

Ramón venía a imponer reglas, pero no sabía que Laura ya había preparado la trampa. En el silencio de un apartamento cerrado, la negociación del alquiler se transformaría en algo mucho más carnal, donde la autoridad del hombre se desmoronaba ante la voluntad de ella.

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PARTE 4

No me sorprendió que viniera sin avisar. Ni siquiera tocó el timbre con discreción: tres golpes secos, como quien no está acostumbrado a que lo hagan esperar. Abrí con desgana, en camiseta de tirantes, sin sujetador, y unas braguitas mínimas que no se molestaban en esconder nada. Iba descalza.

Allí estaba: Ramón. El propietario. Cincuenta y tantos, camisa abierta hasta el segundo botón. Llevaba esa actitud de hombre que cree que todo se le debe. Un tipo que huele a coche nuevo, a colonia intensa de hombre divorciado, a alguien que ha tenido poder sobre muchas mujeres… pero pocas como yo. Mi vestimenta era bastante indecorosa, pero formaba parte de mi plan.

—Hola, Laura —dijo, sin apartar los ojos de mi escote.

—Ramón —respondí con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. ¿Pasa algo?

—Venía a hablar del piso. ¿Puedo pasar?

Me giré sin responderle, dándole la espalda y dejando que siguiera con la vista la curva perfecta de mi culo bajo la tela ajustada de las bragas. Sabía lo que hacía. No tenía prisa. El suelo estaba frío bajo mis pies. El aire acondicionado apagado. Yo, ligeramente sudada. El escenario ideal para ponerlo incómodo. Procuré que mi culo se contoneara con gracilidad ante sus ojos de salido.

—¿Quieres agua? ¿Una cerveza? —pregunté, entrando en la cocina mientras él cerraba la puerta.

—No, gracias. Esto será rápido. —Ya veremos, pensé yo.

Se quedó de pie, en el umbral del salón. No se sentó. No se movió. Sólo me siguió con los ojos como un perro viejo que no sabe si atacar o sentarse. Me apoyé en la encimera, dándole ángulo de sobra para mirar.

—A partir del mes que viene, el alquiler sube. Doscientos euros más —dijo con voz grave, casi ensayada.

—¿Sube? —arqueé una ceja, fingiendo sorpresa. Yo ya sabía perfectamente que iba a ocurrir gracias a un contacto en común—. Qué forma más original de saludar a una inquilina que siempre paga a tiempo y no da problemas.

—Las condiciones han cambiado. Y la zona… bueno, la zona está más demandada —añadió, con una sonrisita idiota.

Me acerqué despacio, sin romper el contacto visual. Mis pasos eran lentos, medidos. El suelo crujía ligeramente bajo mi peso. Él tragó saliva.

—¿Y no hay nada que pueda hacer para… evitar ese aumento?

—No lo creo —respondió, pero ya tenía la voz un poco más baja.

—¿Nada? —dije, parándome a menos de un metro de él, con la camiseta suelta dejándome los pezones medio marcado por la tela.

Ramón bajó los ojos. Fue solo una fracción de segundo, pero lo suficiente para saber que había mordido el anzuelo.

—Bueno —empezó a decir, buscando tono—, depende de… ciertas circunstancias.

Sonreí despacio. No contesté. Caminé hacia el mueble del salón y agarré una pinza para el pelo. Me lo recogí con un gesto lento, dejando el cuello completamente expuesto. Cuando me giré de nuevo, Ramón ya tenía las pupilas dilatadas. Y yo, la intención clara.

Él no lo sabía, pero la subida en el alquiler estaba a punto de quedarse en cero.

Me senté en el borde del sofá, con las piernas cruzadas despacio, dejando que la camiseta se abriera lo justo como para sugerir sin mostrar. Ramón permanecía de pie, torpe, mirando a todas partes menos donde quería mirar. Lo tenía a medio camino entre la seriedad de propietario y el hombre que se masturba pensando en sus inquilinas. Una mezcla frágil. Perfecta para romperla.

—Doscientos euros más… —repetí en voz baja, como quien calcula en voz alta—. Es mucho. Y justo ahora, con lo cara que está la vida…

Hice una pausa, levantando la vista hacia él con inocencia fingida.

—Quizas haya otras formas de compensar, ¿no?

Él carraspeó. Se ajustó la camisa. Dio un paso hacia el salón, pero sin decidirse del todo.

—¿A qué te refieres?

Me encogí de hombros como si nada. Me estiré hacia atrás, con los brazos apoyados en el sofá, sacando pecho. El aire se colaba por el túnel que se formaba entre mis tetas. El algodón se estiraba. Él miró. Esta vez no pudo evitarlo. Lo noté en el silencio que vino después.

—Digo… que a veces, entre adultos, hay soluciones más… flexibles —solté, con una sonrisa que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Me levanté con calma y crucé la habitación hacia la cocina, moviendo las caderas como si tuviera metrónomo interno. Abrí la nevera, saqué una botella de agua, la destapé y bebí directamente, dejando que un hilo se me escapara por la comisura del labio. Me lo limpié con el dorso de la mano y volví a mirarlo por encima del hombro.

—¿Seguro que no quieres nada? —pregunté, sabiendo que hablábamos de todo menos de agua.

Ramón no contestó. Solo me miró. Y eso fue suficiente.

Me acerqué de nuevo, despacio, ahora sin prisa, como si estuviéramos en un juego que ya había empezado mucho antes de que él tocara a la puerta.

—Dime, Ramón… —susurré—. ¿Nunca has sentido curiosidad por saber qué haría una mujer como yo… para no pagar un aumento?

Me detuve a escasos centímetros de él. Su respiración había cambiado. Más densa. Más irregular. Su cuerpo rígido, como si todo lo que había venido a decir se hubiera disuelto en mi escote.

Le puse una mano en el pecho. No empujé. Solo apoyé los dedos, suaves, como quien prueba la temperatura del agua antes de sumergirse.

—Porque si quieres hablamos de cifras, claro… —le dije, con una sonrisa lenta—. Pero soy mucho mejor negociando en… otros términos.

Él tragó saliva. Yo no retiré la mano. No tenía por qué. Ya había entrado en su cabeza. Y pronto entraría en algo más.

Ramón seguía sin decir una palabra, y su silencio me excitaba más que cualquier frase mal ensayada. Lo tenía clavado al suelo, rígido, como si todo su cuerpo gritara “no” pero su polla empezara a rogar “sí”. Y yo ya no tenía interés en fingir.

Deslicé la mano por su pecho, bajando muy lento, por encima de los botones abiertos. Sentí el calor de su piel debajo, el vello escaso, el leve temblor de alguien que sabe que está cruzando una línea. Yo sí sabía lo que hacía. Y estaba dispuesta a llevarlo hasta el fondo.

—Doscientos euros, ¿eh? —murmuré—. Me parece un poco excesivo por unos metros cuadrados y un baño con azulejos viejos.

Mis dedos ya estaban bajando por su abdomen. No se apartó. Al contrario, contuvo el aliento.

—En cambio… —proseguí, con la voz cada vez más baja—, lo que puedo ofrecerte no necesita reformas. Ni contrato. Solo que te relajes… y me dejes ayudarte a cambiar de opinión.

Llegué al cinturón. Pasé el dedo por la hebilla sin desabrocharla aún. Lo miré a los ojos.

—¿Sabes qué es lo más caro en esta ciudad, Ramón?

Él negó con la cabeza, apenas.

—Una buena mamada.

No lo esperó. Yo sí. Con un movimiento rápido, desabroché el cinturón, abrí el botón y bajé la cremallera. Su polla ya empujaba el bóxer desde dentro, dura, pidiendo libertad como un depredador que olfatea carne. Le rocé con los nudillos, sintiendo la tensión palpitante bajo la tela.

—Esto… —le susurré—, no lo consigues ni subiendo el alquiler quinientas euros.

Se le escapó un gemido bajo, casi inaudible. Lo suficiente para saber que lo tenía.

Me arrodillé frente a él, sin perder la sonrisa, sin dejar de mirarlo. Bajé los pantalones y los bóxers con una sola mano, dejando al descubierto su polla, gruesa, ligeramente curvada, con la piel estirada y brillante en la punta.

—Vaya —dije, como si me sorprendiera—. Parece que el mercado está al alza.

La agarré con una mano, cálida, suave, y la acaricié con los dedos como si la estuviera saludando por primera vez. Sentí cómo palpitaba, cómo se endurecía más solo por mi aliento. Le pasé la lengua por el glande, muy lento, como si la probara.

—Déjame convencerte… con hechos, no con palabras.

Dicho eso, abrí la boca con lentitud y me lo metí hasta la mitad, dejando que su glande rozara la parte superior de mi paladar, caliente y húmedo. La lengua se movía suave, solo en la punta, como un susurro pegajoso. Ramón exhaló un gemido contenido, con la cabeza echada atrás, el cuerpo tenso como un bloque de cemento a punto de partirse.

No me moví de ahí. Solo mantuve su polla dentro, quieta, respirando por la nariz para que notara como expulsaba el aire y le rozaba acariciaba el tronco. Tragando saliva a propósito para que sintiera cada contracción de mi garganta.

Luego la saqué. Despacio. Con un sonido húmedo y guarro que tanto pone a los hombres.

Plop.

—¿Qué decías de subir el alquiler? —murmuré, lamiendo la punta con la lengua ladeada.

Él no respondió. Solo me miró, con las manos a los lados del cuerpo, sin saber si debía tocarme, resistirse, o dejarse ir. Eso me gustaba. Verlos así. Desarmados. Sujetos por la polla —literalmente— a mi voluntad.

—¿Doscientos, dijiste? —pregunté mientras lo acariciaba de nuevo, con los labios apenas rozando la base, sin llegar a metérsela otra vez.

Ramón asintió. Tarde. Dudas en los ojos. El cuerpo ya no le pertenecía.

—Parece que no estás tan convencido ahora —susurré—. ¿No será que estás considerando otro tipo de… pago?

Le di una lamida larga desde la base hasta el glande, dejando un hilo de saliva brillante que bajó por su tronco. Él se estremeció. Cuando abrió la boca para responder, me la metí de golpe otra vez, solo hasta la mitad, y lo miré fijo, con los ojos abiertos, mientras giraba la lengua alrededor del glande, babeándolo, rodeando su bálano de cuerdas de babas.

Luego la saqué. Y nada más sacarla, le escupí encima. Un escupitajo sucio, directo, grueso, caliente y blanco. Lo esparcí con la palma abierta y le acaricié los huevos con los dedos mojados.

—¿Sabes lo que haría una inquilina cualquiera? —pregunté en voz baja, con una sonrisa torcida—. Te rogaría. Te suplicaría que no subieras el alquiler.

Volví a lamerlo. Corto. Áspero.

—Yo no.

Otra vez la polla en mi boca. Un poco más profundo. Mi garganta empezó a abrirse.

Gghhlk. Slrrpp.

—Yo prefiero hacer que te corras tan fuerte que firmes cualquier acuerdo que yo quiera —le susurré después, aún con la baba conectando mis labios con su polla—. Así que escúchame bien, Ramón…

Lo agarré fuerte, por el escroto, y lo miré sin parpadear.

—Me vas a decir ahora mismo que el alquiler se queda como está. Que no hay subida. Que esta visita nunca ocurrió. O te vas a ir de aquí con los huevos tan hinchados que no vas a poder ni sentarte en el coche.

Me metí solo la puntita y le di un golpe con la lengua en la parte baja, justo en ese punto donde sabía que se moriría de gusto. Él jadeó.

—Está bien… —dijo por fin—. No lo subo.

—¿Y?

—El precio se queda igual.

Le pasé la lengua lenta, despacio, desde abajo hacia arriba.

—¿Y?

—Y no diré nada. No he venido.

Ahora sí. Lo agarré con ambas manos, escupí de nuevo sobre la punta y me preparé para lo que venía.

—Buena decisión —le dije—. Ahora abre bien las piernas… que te voy a hacer olvidar hasta cómo se firma un contrato.

Le sostuve la mirada en silencio, dejando que la tensión se quedara flotando entre su cuerpo y el mío. Ramón estaba ya más fuera de sí que dentro; el sudor bajándole por las sienes, la respiración descompasada, y la polla dando brincos como si llevara horas rogando por ese final que aún le negaba.

—Ves como era cuestión de hablar —le susurré, antes de bajar de nuevo, lenta y decidida.

Me aproximé a sus testículos. Me tomé mi tiempo. Le acaricié el interior de los muslos con las uñas suaves, y luego los abrí con ambas manos, dominándolo sin que opusiera resistencia. Le lamí las pelotas despacio, con la boca abierta, jugando con la lengua, como si cada bola fuera una fruta madura a punto de estallar. Los tenía pesados, tensos. Llenos.

—Llevas una semana sin soltarlo, ¿eh? —le dije en voz baja, rozándole con los labios mientras lo observaba desde abajo—. Lo noto aquí.

Los metí en la boca uno a uno, luego los dos a la vez, con delicadeza al principio, pero con más saliva a cada segundo. Húmedos. Chasqueantes. Lo hacía gemir solo con eso. Su polla golpeaba mi frente cada vez que me agachaba más, como si reclamara protagonismo, pero yo seguía adorando sus testículos como si fueran lo único que existiera.

Solo cuando su jadeo se volvió suplicante, volví arriba. Le escupí en la punta con salivazo épico, grande, pegajoso. Su piel ardía. Y entonces empecé a comérsela de verdad.

Lo tomé entero, hasta la garganta, sin detenerme. Dejé que mis labios se ciñeran a su eje, que la lengua girara desde la base hasta el frenillo, que la saliva resbalara por mi mentón. Lo hacía chorrear.

Gghhhlk… slk… mmmmgh…

Me movía con ritmo, sin pausa, con las dos manos apretándole la base mientras mi boca lo tragaba. Ramón gemía en voz baja, casi sin poder creérselo. Lo miré con los ojos brillantes y él soltó un suspiro largo, tembloroso. Le sentí tensar las piernas. Yo me la incrusté hasta el fondo y saqué la lengua por debajo de sus gemelos.

—No… no aguanto más —murmuró.

Me lo saqué con un plop húmedo, los labios hinchados, la lengua fuera.

—No te vayas a correr fuera, ¿eh?

Y me lo metí de nuevo. Esta vez no paré. Cada embestida era más profunda, más sonora. La garganta se acostumbró, la lengua bailaba debajo, las manos no dejaban de presionarle las pelotas mientras subía y bajaba con devoción. Él ya no se aguantaba.

Se corrió en mi boca como si se soltara de un disparo, con un gruñido ronco y los dedos, ahora sí, clavados en mi pelo. Descargó todo adentro, caliente, espeso, feroz. Yo no me aparté. Lo aguanté todo. Cada pulso. Cada gota. Tragándomelo sin detener el ritmo, sin dejar de apretar sus huevos mientras se sacudía como si le arrancaran el alma por la base. Mis ojos estaban fijos en los suyos con tenacidad.

Cuando se relajó, me lo saqué lento. Me limpié los labios con el dorso de la mano y lo miré desde abajo.

—Ahora sí —le dije, con una media sonrisa—. Alquiler congelado. Contrato cerrado.

Ramón se subió los pantalones sin decir una palabra. Sudado. Vencido.

—Mañana te traeré la renovación del contrato… por el mismo precio. Eso ya lo veremos, volví a pensar para mis adentros.

Y se fue sin mirar atrás.

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