Soy una Vaca vieja
Por fuera es la empleada de oficina más invisible de Madrid; por dentro, ya no es humana. Laura, una chica de veintitrés años, le ha enseñado a mugir en silencio y a esperar con las rodillas en el suelo. La pregunta no es si lo hará, sino cuánto tiempo podrá resistir la tentación de cruzar la distancia para ser usada como el ganado que siempre quiso ser.
Me llamo Ana y tengo cincuenta y cuatro años. Vivo en un piso normal de un barrio de las afueras de Madrid, trabajo de administrativa en una oficina de seguros y llevo una vida que cualquiera describiría como aburrida y corriente. Me levanto a las siete, cojo el metro, atiendo llamadas, vuelvo a casa, preparo la cena y me acuesto. Nadie que me vea por la calle imaginaría que por dentro estoy obsesionada con que me traten como a una puta vaca. No es un juego suave ni una fantasía de fin de semana. Es algo duro, sucio y real que me tiene enganchada desde hace años y que cada día me cuesta más ocultar.
Todo empezó hace unos seis o siete años, cuando ya había cumplido los cuarenta y ocho. Hasta entonces el sexo era algo que hacía de vez en cuando, sin más. Un polvo rápido con mi ex, alguna paja viendo porno normal y ya. Pero un día, por curiosidad, entré en un foro de BDSM. Leí historias de gente que se dejaba atar, que se dejaba humillar, que se dejaba convertir en animal. Y algo dentro de mí se encendió. No fue una chispa romántica ni nada de eso. Fue un golpe seco en el estómago. Quería que me quitasen la dignidad. Quería que me borrasen la cara de persona y me pusiesen cara de bestia.
Me tiré meses leyendo, mirando fotos, viendo vídeos. Lo que más me ponía era el pet play extremo, sobre todo cuando la sumisa era tratada como vaca. Hucow, lo llaman. Una mujer convertida en ganado. Con las tetas hinchadas, colgando como ubres, obligada a gatear a cuatro patas, a mugir en vez de hablar, a comer del suelo, a mear en un rincón como un animal. Cuanto más degradante, mejor. No quería que me llamasen “buena chica” ni que me acariciasen el pelo. Quería que me diesen palmadas en el culo como a una vaca en el establo y que me dijesen que solo sirvo para dar leche y para que me follen cuando al amo le apetezca.
Mi experiencia real, hasta hoy, es ridícula. Solo he vivido dos sesiones cortas, las dos con el mismo tipo, un dom de cuarenta y pico que conocí por internet. La primera vez quedamos en un hotel barato de la carretera de Barcelona. Me hizo ponerme a cuatro patas nada más entrar, me colocó un collar de perro y una correa. Me obligó a ladrar cada vez que me hablaba. “Di guau, vaca de mierda”, me decía, aunque yo no era vaca todavía, solo una perra improvisada. Caminamos por la habitación durante diez minutos. Yo gateando, con las rodillas peladas de la moqueta, ladrando cada vez que él tiraba de la correa. Me sentía ridícula, vieja, gorda, con las tetas colgando y el culo al aire. Y sin embargo me empapaba. Me corría solo con la vergüenza. La segunda vez fue igual, pero duró un poco más. Veinte minutos de paseo por la habitación, ladrando, con un plug en el culo con cola de perro. Nada más. No hubo ordeño, no hubo establo, no hubo nada de lo que yo fantaseaba. Él se corrió en mi cara y se fue. Y yo me quedé allí, todavía a cuatro patas, con el semen secándose en la mejilla, pensando que aquello era solo el principio.
Pero no lo fue. Desde entonces no he vuelto a tener nada físico. Solo chat. Hablo casi todos los días con dos amos. Uno es un hombre de cincuenta y dos, serio, metódico, que me escribe cosas bastante duras pero sin llegar al extremo que yo busco. El otro es una ama. Se llama Laura y tiene veintitrés años. Sí, veintitrés. Cuando me lo dijo la primera vez pensé que era broma. Una cría. Pero habla como alguien que lleva diez años haciendo esto. Sabe exactamente cómo humillarme. Sabe exactamente qué palabras usar para que me quede el resto del día pensando en ser una vaca inútil.
Laura es la que más me tiene loca. Empezamos hablando hace cuatro meses. Yo le conté lo de las dos sesiones de perro y le dije que eso no era nada, que lo que de verdad quería era que me convirtiesen en vaca humana. Le mandé fotos mías desnuda, sin filtros, con las tetas caídas, la barriga blanda, las estrías de la edad. Le dije que quería que me viesen exactamente así: vieja, usada, buena solo para leche y para que me monten. Ella me contestó al minuto: “Perfecto. Las vacas viejas dan más leche y se humillan mejor porque saben que ya no valen para otra cosa”. Desde ese día hablamos todos los días, a veces por la mañana temprano antes de ir al trabajo, a veces por la noche cuando estoy en la cama.
Me cuenta cómo me trataría si me tuviese en su casa. Me dice que me tendría en el garaje, convertido en establo. Que me pondría un arnés que me apretase las tetas hasta que se hinchasen como ubres de verdad. Que me obligaría a llevar tapones en las tetillas todo el día para que se agranden y goteen. Que me haría comer pienso para animales mezclado con su orina. Que me sacaría a pasear por el patio a cuatro patas, con una campana en el cuello y un rabo de vaca metido en el culo. Que me ordeñaría a mano dos veces al día, tirándome de las tetillas mientras yo mugía como una idiota. Y que si no daba suficiente leche me azotaría las ubres con una vara hasta que llorase.
Cuando me escribe esas cosas me pongo a temblar. Estoy en la oficina, con el ordenador delante, y de repente me llega un mensaje suyo: “Hoy he pensado en ti, vaca. Imagino cómo te voy a marcar el culo con mi inicial cuando seas mía de verdad. Vas a mugir mientras te quemo la carne”. Y yo tengo que cruzar las piernas porque me mojo tanto que temo que se me note en la falda. Me paso el resto del día imaginando que soy esa vaca. Que estoy en el suelo del garaje, con las rodillas doloridas, las tetas colgando pesadas, esperando a que Laura llegue y me ordeñe. Pienso en cómo me sentiría cuando me metiese los dedos en la boca y me obligase a chuparlos mientras me dice que soy un animal repugnante que solo sirve para dar leche y para abrir las patas.
Por la noche, cuando llego a casa, me desnudo nada más cerrar la puerta. Me pongo a cuatro patas en el salón y me arrastro hasta la cocina. Abro el grifo y bebo directamente del chorro como si fuese un abrevadero. Me imagino que Laura me está mirando y que se ríe de lo patética que estoy. A veces me pongo pinzas en los pezones y tiro de ellas mientras me toco. Me corro pensando en que me obliga a mugir cada vez que me corro. “Muuuuu, vaca de mierda. Muuuuu”. Y lo hago en voz baja, para que los vecinos no me oigan, pero con toda la humillación que puedo.
Sé que soy mayor. Sé que mi cuerpo no es el de una veinteañera. Tengo las tetas grandes pero caídas, la cintura ancha, el culo blando. Y precisamente eso es lo que me pone. Quiero que me vean vieja y que me usen igual. Quiero que Laura me diga a la cara que soy una vaca vieja y gorda pero que da buena leche y que por eso me va a mantener encerrada. Quiero que me haga parir, aunque sea con juguetes, y que luego me ordeñe mientras estoy todavía con la barriga hinchada. Quiero que me obligue a comer mi propia leche del suelo. Quiero que me folle con un arnés mientras me llama “puta vaca preñada”.
El otro amo con el que hablo es más suave. Me dice que le gusta la idea de la correa y de los paseos, pero no llega al nivel de degradación que yo necesito. Con él hablo de las cosas básicas: collar, correa, gatear, ladrar. A veces me manda que me ponga el plug de cola y que le mande fotos. Lo hago, pero no me llena igual. Con Laura sí. Con Laura siento que de verdad podría llegar a ser una vaca de verdad.
A veces me pregunto por qué me atrae tanto esto. No tengo una respuesta bonita. No es porque me falte algo en la vida normal. Es simplemente que me excita perder el control por completo. Me excita que me quiten todo lo que me hace humana. El lenguaje, la ropa, la postura erguida, la dignidad. Quiero ser reducida a un animal de granja. Quiero que me miren como a una vaca y que me traten como tal. Sin compasión. Sin “después te cuido”. Solo uso, ordeño, humillación y más uso.
Esta mañana, antes de salir de casa, Laura me ha escrito. “Esta noche quiero que te pongas a cuatro patas en tu salón durante una hora. Sin móvil, sin nada. Solo mugiendo de vez en cuando para recordarte lo que eres. Y me mandas un audio con diez muuuus bien claros”. Lo he leído en el metro y se me han puesto los pezones duros debajo del sujetador. Ahora mismo, mientras escribo esto, ya estoy pensando en esa hora. En cómo me voy a poner en el suelo, con las rodillas en la alfombra, las tetas colgando, y voy a mugir como la vaca vieja que soy. Y sé que después me voy a correr pensando en que algún día Laura me tendrá de verdad en su garaje, encadenada, ordeñada y follada como la puta animal en la que quiero convertirme.
No sé cuándo va a pasar. No sé si algún día tendré el valor de coger un tren e ir a su casa. Pero mientras tanto vivo con esto dentro. Todos los días. Cada hora. Pensando en ser vaca. Pensando en que me humillen, en que me degraden, en que me usen hasta que no quede nada de la Ana de cincuenta y cuatro años que va a la oficina. Solo una vaca. Una vaca vieja, gorda y obediente que muge cuando le tiran de las ubres y que abre las patas cuando el amo quiere montarla.
Eso es lo que soy por dentro. Y cada día que pasa lo soy un poco más.
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