El primer encuentro sexual entre Ana y Carlos
Ana no busca amor, busca ser controlada. Y Carlos, con su mirada pesada y sus manos firmes, es justo el hombre capaz de romper su resistencia. En la penumbra de la habitación, el límite entre el placer y el dolor se desvanece.
La habitación del hotel estaba en penumbra, iluminada solo por la luz cálida de una lámpara de pie. El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero no lograba refrescar el calor que ya crecía entre ellos. Ana tenía 28 años y un cuerpo que hacía que muchos hombres se giraran en la calle: era gordibuena, con curvas generosas que llenaban cada prenda. Sus senos eran enormes, pesados y redondos, apenas contenidos por el vestido negro ajustado que llevaba esa noche. Su trasero era amplio y firme, con una forma que invitaba a ser agarrado con fuerza, y sus muslos gruesos se rozaban al caminar, suaves y calientes.
Ella estaba de pie junto a la cama, mordiéndose el labio inferior, con las mejillas sonrojadas. Sabía perfectamente lo que quería esa noche. Llevaba semanas fantaseando con esto: un hombre mayor, experimentado, que tomara el control. Alguien que la mirara como si fuera suya y la hiciera sentir pequeña, deseada y completamente dominada. Carlos, de 52 años, la observaba desde el sillón con una sonrisa tranquila pero peligrosa. Alto, de hombros anchos y manos grandes, exudaba esa autoridad natural que a ella le humedecía las bragas solo con mirarlo.
—Ven aquí, Ana —dijo él con voz grave y baja, casi un orden suave.
Ana tragó saliva, pero obedeció. Sus tacones resonaron suavemente sobre la alfombra mientras se acercaba. Cuando estuvo frente a él, Carlos levantó la vista y recorrió su cuerpo sin prisa: los pechos que subían y bajaban con su respiración agitada, la curva pronunciada de su cintura, el ancho de sus caderas y ese culo que parecía hecho para ser azotado.
—Eres una puta maravilla —murmuró él, sin filtro—. Esos tetones tan grandes… y ese culo gordo que tienes. Llevo toda la cena imaginando cómo se van a sentir en mis manos.
Ana sintió un calor intenso subir por su vientre. Le encantaba que le hablara así. Directo. Sucio. Sin rodeos.
—Quiero que me domines esta noche —susurró ella, la voz temblorosa pero cargada de deseo—. Quiero que hagas lo que quieras conmigo… pero despacio al principio. Quiero sentir cómo me controlas.
Carlos sonrió y se levantó. Era mucho más alto que ella. La tomó por la barbilla con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Buena chica. Vas a ser obediente, ¿verdad?
—Sí… —respondió ella, casi jadeando.
—Quítate el vestido. Lentamente. Quiero verte.
Ana obedeció. Sus manos temblaban ligeramente mientras bajaba la cremallera lateral. El vestido negro cayó al suelo, revelando su cuerpo desnudo salvo por un tanga negro diminuto que desaparecía entre sus nalgas carnosas. Sus senos enormes quedaron libres, pesados y suaves, con pezones ya duros y oscuros. Su vientre era suave y redondeado, y sus muslos gruesos se tocaban, dejando solo un pequeño espacio donde se adivinaba su coño ya mojado.
Carlos dio un paso atrás y la miró de arriba abajo, disfrutando cada detalle.
—Joder, mírate. Esos tetazos tan grandes y pesados… y ese culo enorme. Date la vuelta.
Ana giró sobre sí misma, ofreciéndole la vista de su trasero amplio y redondo. Las nalgas eran gruesas, suaves, con esa forma perfecta que se movía ligeramente al caminar.
—Inclínate un poco y separa las piernas.
Ella lo hizo. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la cama, y abrió los muslos. El tanga se hundió aún más entre sus nalgas, dejando ver la humedad que ya empapaba la tela.
Carlos se acercó por detrás. Su mano grande acarició primero la curva de su espalda, luego bajó hasta posarse en una de sus nalgas. La apretó con fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda y caliente.
—Qué culo más rico tienes, Ana. Tan gordo y suave… —dijo mientras lo amasaba—. Me voy a divertir mucho con esto.
Le dio una palmada fuerte. El sonido resonó en la habitación y Ana soltó un gemido agudo, sorprendida por el placer que le provocó el escozor.
—¿Te gusta que te azote?
—Sí… —jadeó ella—. Más fuerte.
Carlos sonrió y le dio otra palmada, esta vez en la otra nalga. Luego otra, y otra, alternando, haciendo que su culo se pusiera rojo y caliente. Cada golpe hacía que sus nalgas rebotaran y que su coño se contrajera de excitación. Ana sentía cómo su tanga se empapaba más y más.
—Quítate las bragas —ordenó él.
Ana las bajó rápidamente, dejando al descubierto su coño depilado, hinchado y brillante de humedad. Sus labios mayores eran gruesos, y el clítoris ya asomaba, hinchado y sensible.
Carlos se arrodilló detrás de ella y separó sus nalgas con ambas manos. Su aliento caliente rozó su ano y su coño.
—Qué coño más bonito y mojado. Estás chorreando, puta.
Sin avisar, pasó la lengua desde su clítoris hasta su ano en una larga lamida. Ana gritó de placer y empujó las caderas hacia atrás, buscando más contacto.
—Dios… sí… —gimió.
Carlos lamió con hambre. Su lengua exploraba cada pliegue, chupando sus labios, rodeando su clítoris y presionando contra su ano. Ana temblaba, sus muslos gruesos temblando mientras él la devoraba. Sus senos colgaban pesados, balanceándose con cada movimiento.
—Quiero que te corras en mi boca la primera vez —dijo él entre lamidas—. Pero no te corras todavía. Aguanta.
La torturó con la lengua durante largos minutos, alternando velocidad y presión, llevándola al borde una y otra vez. Ana jadeaba, gemía, sus manos apretando las sábanas.
—Por favor… —suplicó finalmente—. Necesito correrme…
—Pídemelo bien.
—Por favor, Carlos… déjame correrme en tu boca. Quiero que me comas el coño hasta que me corra.
—Buena chica.
Él aceleró, chupando su clítoris con fuerza mientras introducía dos dedos gruesos en su coño empapado. Ana explotó casi al instante. Su orgasmo fue intenso, sus muslos se cerraron alrededor de la cabeza de él mientras gritaba y se sacudía, chorreando sobre su boca y barbilla.
Cuando bajó de la ola, Carlos se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró con ojos oscuros de deseo.
—Ahora desnúdame.
Ana se giró, aún temblando, y comenzó a desabotonar su camisa. Sus manos recorrieron el pecho ancho y velludo de él. Luego bajó a su pantalón, liberando su polla gruesa y dura. Era grande, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum.
—Dios… es enorme —susurró ella, impresionada.
—Chúpamela.
Ana se arrodilló. Sus senos enormes descansaron sobre los muslos de él mientras tomaba la polla con ambas manos. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el sabor salado. Luego abrió la boca y la metió lo más profundo que pudo. Carlos gruñó y puso una mano en su cabeza, guiándola.
—Así… chúpala bien. Quiero ver cómo esos labios gordos se estiran alrededor de mi verga.
Ana chupaba con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Saliva corría por su barbilla y goteaba sobre sus tetas. Carlos empujaba suavemente sus caderas, follándole la boca con ritmo controlado.
—Buena puta… mira cómo te gusta tener la boca llena.
Después de varios minutos, la levantó y la tiró sobre la cama boca arriba. Sus senos se desparramaron a los lados, pesados y temblorosos. Carlos se colocó entre sus muslos gruesos y abrió sus piernas ampliamente.
—Quiero follarte ahora. Quiero sentir ese coño apretado alrededor de mi polla.
—Sí… por favor —suplicó ella—. Métemela toda. Quiero que me folles duro.
Carlos frotó la cabeza de su polla contra su clítoris hinchado, luego contra su entrada mojada. Empujó lentamente, centímetro a centímetro, abriéndola. Ana gimió fuerte al sentir cómo la llenaba. Era grande y gruesa, y su coño se estiraba deliciosamente alrededor de él.
—Joder… qué coño más caliente y apretado —gruñó él cuando estuvo completamente dentro.
Comenzó a follarla con embestidas profundas y lentas al principio, dejando que ella sintiera cada centímetro. Sus senos rebotaban con cada golpe. Carlos se inclinó y tomó uno de sus pezones en la boca, chupándolo con fuerza mientras aceleraba el ritmo.
Ana gemía sin control, sus uñas clavándose en la espalda de él.
—Más fuerte… fóllame más fuerte —pidió entre jadeos.
Carlos obedeció. Se incorporó, agarró sus muslos gruesos con ambas manos y comenzó a embestir con fuerza. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación: sus caderas chocando contra el culo gordo de ella, sus huevos golpeando contra su ano. Sus tetas enormes saltaban violentamente con cada embestida.
—Así… toma toda mi polla, puta —gruñó él—. Mira cómo te follo este coño tan rico.
Ana estaba perdida en el placer. Su cuerpo entero temblaba. Sentía cada vena de su polla rozando sus paredes internas, golpeando ese punto profundo que la hacía ver estrellas.
—Voy a correrme otra vez… —avisó ella, casi llorando de placer.
—Córrete en mi polla. Quiero sentir cómo me aprietas.
Ana explotó en un segundo orgasmo aún más intenso. Su coño se contrajo alrededor de la verga de Carlos, ordeñándola, chorreando jugos que bajaban por sus nalgas y mojaban las sábanas.
Carlos no se detuvo. Siguió follándola con fuerza, prolongando su orgasmo. Luego la giró bruscamente, poniéndola a cuatro patas. Agarró sus caderas anchas y volvió a hundirse en ella desde atrás. El ángulo era perfecto: su polla entraba más profundo, golpeando su punto G con cada embestida.
—Este culo gordo es mío esta noche —dijo mientras le daba palmadas fuertes en las nalgas.
Ana empujaba hacia atrás, encontrando cada golpe, gimiendo como una loca.
—Azótame más… dame más fuerte…
Carlos la azotaba mientras la follaba sin piedad. Sus nalgas estaban rojas y calientes. Luego humedeció un dedo y lo presionó contra su ano, introduciéndolo lentamente mientras seguía penetrándola.
Ana gritó de placer ante la doble sensación.
—Quiero que me folles el culo después… —suplicó entre gemidos—. Pero ahora quiero que te corras dentro de mi coño.
Carlos gruñó, acelerando aún más. Sus embestidas eran brutales, profundas, animales. El sudor corría por su pecho y caía sobre la espalda de ella.
—Voy a llenarte este coño… —avisó.
—Sí… lléname… córrete dentro de mí —suplicó Ana.
Con un rugido grave, Carlos se enterró hasta el fondo y explotó. Chorros calientes y abundantes de semen llenaron su coño, saliendo alrededor de su polla mientras seguía empujando. Ana sintió cada pulsación, cada chorro caliente, y eso la hizo correrse una tercera vez, más débil pero igual de intensa.
Ambos cayeron sobre la cama, jadeando, sudados, conectados aún. Carlos seguía dentro de ella, su polla ablandándose lentamente mientras besaba su cuello.
—Eres perfecta —murmuró él—. Ese cuerpo tan rico… y cómo te entregas.
Ana sonrió, aún temblando de placer.
—Quiero más… —susurró—. Esta noche apenas empieza.
Carlos rio suavemente y le dio una palmada en el culo.
—Buena chica. Descansa un poco. Luego te voy a follar el culo como te mereces… y voy a hacer que te corras tantas veces que mañana no podrás caminar bien.
Ana cerró los ojos, sintiendo el semen caliente saliendo de su coño y el cuerpo grande y fuerte de él pegado al suyo. Se sentía completamente dominada, usada y, sobre todo, profundamente satisfecha.
La noche prometía mucho más.
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